— Verba Volant

Contagiado por el recuerdo – Fragmentos #36

 

Antonio está delante de un camión multifuncional que sirve de taquilla para el circo que se ha acercado a su ciudad. Cuando se ha ido acercando a ese batiburrillo ajado y multicolor  ha comprobado que la palabra Taquilla, formada por unas bombillas, no deja de ser una metáfora de los tiempos que nos toca vivir: cada letra tiene, al menos cuatro lámparas fundidas, de manera que la palabra se lee más por el contorno que por su luminosidad.

Antonio mira la lista de precios pegada en el cristal, ante la mirada seria de una señora mayor, sentada del otro lado. Es la primera vez, a sus cuarenta y dos años, que va a pagar una entrada para este espectáculo. También es cierto que la última vez que acudió fue hace más de treinta, cuando iba con su padre. Durante unos cuantos años, Antonio no se perdió nunca el espectáculo circense que, todos los años, anidaba en la programación de las fiestas de su ciudad. Cambiaron los nombres, cambiaron las localizaciones, pero Antonio y su padre siempre estaban allí, delante de la taquilla, solo que su padre era mucho más decidido: nunca miraba los precios y siempre elegía las sillas de pista. El padre de Antonio pensaban que los espectáculos debían de verse en el mejor sitio posible, en un lugar privilegiado. Contagiado por el recuerdo, Antonio pide lo mismo, una silla de pista, y ahora piensa que lo que ahora le cuesta rascarse el bolsillo para pagar la localidad era lo que sentiría su padre en su cartera, pero multiplicado (casi) por dos.

Antonio atraviesa una pasarela reconducida por unas vallas azules y blancas. A la entrada, se encuentra con un tipo muy alto, con una chaqueta parecida a una levita de color morado. Detrás de él, hay una chica que parece sonriente debido a un maquillaje excesivamente marcado. Tiene un moño plagad de purpurina y, debajo de su blusa, se adivinan unas mallas llenas de lentejuelas. Cuando Antonio traspasa el umbral de la carpa, nota intensificado el olor que impregnaba el lugar desde mucho antes: una mezcla a polvo, a tierra, a arena, a heces. El ambiente es opresivo bajo las luces, que iluminan parcialmente los asientos y los focos, enfocados todavía hacia una parte ignota de la pista.

Lo primero que le llama la atención a Antonio es el espacio, excesivamente angosto. Antonio no sabe si esto se debe a que la niñez magnificaba las dimensiones de las cosas mágicas o, simplemente, los circos han reducido sus dimensiones. En todo caso, no logra entender cómo se producían en el pasado los extraordinarios vuelos de los dos trapecios. Las gradas son pequeñas y apenas hay, esparcidas por todo el recinto, una docena de personas.

Se acerca a Antonio la misma chica de antes, ahora con una chaquetilla roja y agitando unos boletos para una rifa de la que se prometen espectaculares regalos en el descanso. Un tipo con greñas enroscadas se acerca a unos niños con una cría de león para que lo acaricien, mientras la madre de estos se ve en la obligación de pagar para que los pequeños tengan unas fotos con el felino, que parece más un juguete, un peluche, que la fiera desengañada que será, encerrada de por vida entre unos barrotes.

Antonio espera mirando los operarios que ajustan unas cuerdas. Otro chico rubio pasea un escobón por la pista intentando quitar las irregularidades de la arena. Dos  jovencitas agitan bolsas de patatas, ante la mirada indiferente de Antonio, que tiene ganas de que empiece el espectáculo.

Desde que ha entrado, Antonio no deja de preguntarse qué hace allí, qué le ha impulsado a acercarse, a comprar la entrada, a traspasar esa puerta imaginaria entre dos lonas abiertas. Justo en ese momento, una voz sonora y rasgada da la bienvenida al ritmo de una música alegre al escaso público. Los focos han girado y la luz arroja otros visos de una realidad interpuesta entre el día a día y los sueños incumplidos. Antonio mueve un poco la silla, se acerca a la valla que le separa de la pista para apoyarse a la espera de tener una oportunidad para soñar.

(Entrada perteneciente a la serie Fragmentos para una teoría del caos, con imagen de Tomas Tozt.)

2 comments
  1. Gelu says: noviembre 17, 20121:36 am

    Buenas noches, Raúl Urbina:

    Qué diferente forma de ver el espectáculo, según la edad.
    Los años hacen desaparecer la magia que envuelve a ese mundo, y que los niños consiguen disfrutar, pues suman la imaginación a lo que ven.
    En cambio, cuántos recuerdos -que parecían olvidados- vuelven a acompañarnos.
    Me has ‘inspirado’ para hacer mi entrada de blog.

    Saludos

  2. Aldabra says: noviembre 20, 20121:45 pm

    Antonio busca volver al pasado, tal vez para reconciliarse, tal vez sólo porque quiere volver a serel niños que fue.

    Has descrito muy bien el enfrentamiento entre nuestros recuerdos y la realidad.

    biquiños,

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