— Verba volant

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Tag "Fragmentos para una teoría del caos"

Sonia está sentada, acumulando horas de trabajo y cansancio delante de su portátil. Cada poco tiempo, se inclina hacia atrás, estira un poco la espalda y mira a la calle, llena de primavera, de luz y de vida. Sonia, cuando mira por la ventana, siente que la vida se encuentra un poco más allá de lo que hace, de todo el trabajo que le espera y que se le amontona: al alcance de la mano pero, ahora mismo, inalcanzable.

Sonia tiene un plazo de diez días para acabar un trabajo amontonado de folios, pesquisas e ilusiones. Todo lo realizado a lo largo de los años se junta ahí, en un espacio delimitado y un tiempo que aparece cerca en el calendario. Lejos de suponer un alivio, esa cercanía genera una sensación de hartazgo en Sonia. En ocasiones, se siente tentada de levantarse, de sublevarse, de mandarlo todo a la mierda. Sonia piensa que su espíritu es volátil, pero ella misma, en su fuero interno, sabe que su trabajo es, más que una necesidad, una muestra de su talento, de una perseverancia que creía no tener.

Superando ese momento que enfoca hacia los árboles y los coches una vista que siente cada día más cansada, Sonia suspira, arrima la silla y, de forma atenta, mira la pantalla y remata de forma cuidadosamente apresurada, un avance más hacia lo que ella creía que era la nada.

(Imagen de Ivana Vasilj. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Imagen de Serge Melki

David ha pasado una mañana ajetreada. En el trabajo, todo se ha complicado: llamadas, correos electrónicos, decenas de gestiones pendientes que tenían que salir adelante. David ha tenido que respirar hondo varias veces, animarse por dentro y en silencio, cerrar los párpados con un impulso violento para luego abrir los ojos e intentar reanimar ese día especialmente difícil. David siente que todo se acumula, que cuando hace una cosa tendría que hacer otra y, cuando hace esta, tendría que haber optado por otra distinta, también pendiente. Su jornada ha acabado con más pena que gloria. Por un momento, han resonado en su cabeza unas palabras: “Non serviam”. Ha salido de su despacho, se ha puesto la cazadora y se ha enrollado al cuello la bufanda. David se siente especialmente a disgusto por tener que abrigarse en un día de primavera, pero su garganta está algo resentida después del último catarro y parece que las nubes y el viento no entienden últimamente de ciclos naturales.

David ha cruzado el semáforo después de esperar un tiempo que le ha parecido demasiado largo hasta que ha llegado el color verde. Ha enfilado el camino de casa intentando ir rápido, ansioso de cobijarse del frío y otras inclemencias personales. De pronto, un hueco de cielo azul se ha abierto entre las nubes. David ha alzado la vista y ha encontrado un destello de luz. Ha tenido un pensamiento intenso y fugaz. David se ha aflojado la bufanda, se ha bajado la cremallera de la cazadora. Ha respirado fuerte un par de veces y ha comprobado que el aire entrada con fluidez a sus pulmones. David ha aflojado el paso, ha sacado los auriculares y ha puesto una de sus canciones favoritas. Con la cabeza ligeramente alzada hacia el cielo, recibiendo toda la claridad de lo que solo es una metáfora, David ha cambiado de rumbo.

(Imagen de Serge Melki. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Elena está ante el espejo, intentado recogerse el pelo en una coleta. Lo ha ensayado tres veces recurriendo a un alarde automático e instantáneo que, hasta ahora, siempre le había dado resultado, pero el aspecto conseguido no ha sido satisfactorio. Elena no se recoge el pelo porque lo tenga sucio –siempre le ha dado cierto repelús ese argumento higiénico–, sino porque quiere encontrarse cómoda. Pese a que Elena se siente muy contenta con su pelo oscuro suelto, ya hay varias personas, desde hace semanas, que le dicen que le sienta mejor el pelo recogido. “Se te ve más la cara”, decía ayer una amiga a la que se encontró en el supermercado. “Te hace más fina”, le dijo una vecina en el ascensor cuando subía a casa. Elena está buscando ese toque informal y, paradójicamente, no lo consigue sino tras un meditado estudio. Se ha enfundado deliberadamente unos pantalones vaqueros más gastados de lo normal. Se ha puesto una camiseta blanca que parece una camiseta, sin más ni más, pero la ha estirado y recogido hasta darle el aspecto deseado. Antes de ir al baño, se ha mirado en el espejo de la habitación, se ha metido las manos en los bolsos delanteros del pantalón, ha estirado los brazos y se ha girado un par de veces, para ver si era una postura desenfadada o forzada.

En el fondo, Elena no es consciente de que algunos episodios recientes en su vida le han ido cambiando su manera de pensar. No son cosas importantes, pero sí van acaparando más tiempo en el día a día, en ese misterioso azar que es la vida cotidiana. Elena ha hecho un último intento: la largura de su pelo le ha permitido doblar la coleta por la mitad y recogerla bastante arriba en la cabeza. Ha estirado el cuello, fino y delicado. Ha notado que la camiseta le sienta bien sobre la piel morena. Se ha puesto unos pendientes que encierran de forma discreta una perla. Elena ha salido del baño, ha metido la cartera en el bolso y ha salido de su casa fingiendo creer que todas sigue así, igual que siempre.

(Imagen de Gilderic. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Marisa ha llegado al bar. Había quedado a las 17:30 para tomar un café con Julia. Hace más de un mes que no se veían y Marisa, al final, la llamó ayer para decirle que si se animaba a retomar, aunque fuese por un día, su cita habitual de los miércoles por la tarde. Marisa ha entrado en el bar, ha echado un vistazo general a todas las mesas y, al ver que Marisa no estaba en ninguna de ellas, se ha acordado de las dos mesitas del fondo, que quedan ocultas por la barra. Se ha acercado, pero ha descubierto que estaban desocupadas. Marisa se ha dado la vuelta y ha salido del bar. Tiene la manía de no esperar sola dentro de los bares cuando queda con alguien. A Marisa siempre la dado la impresión de que estar solo en un bar es la metáfora más cruel de lo que significa estar solo en el mundo. Por eso, nunca ha entendido a aquellas personas que bajan al bar a desayunar mientras leen el periódico y, mucho menos, a aquellos que están acodados en la barra, con su cerveza o su vino, mirando hacia el infinito.

Marisa prefiere esperar en la calle, aunque quede expuesta a la vista de todo el mundo, aunque la espera se vaya convirtiendo, nerviosamente, en duda sobre la hora, a medida que se van estirando los minutos. Después de mirar fijamente hacia un lado y hacia el otro, Marisa se ha puesto a mirar el escaparate de la ferretería por tercera vez y, por tercera vez, se ha sorprendido del precio de ese grifo que, de tan moderno, resulta anticuado. Ha consultado la hora en su reloj y ha sacado del móvil del bolso para comprobar que no lo tiene en silencio, que no ha recibido ningún mensaje de Julia diciendo que se ha entretenido, que llega más tarde. Se ha vuelto a acercar al bar y ha mirado la pizarra en la que está escrito el menú del día. 8,50, qué barato, ha pensado Marisa. Demasiado, para unas cocochas. De dónde habrán salido. De merluza no son, desde luego. De bacalao, como mucho. Y, por supuesto, congeladas. Marisa, aunque no se ha separado más de cinco metros de la puerta, ha pensado que quizá se ha despistado un momento. Vuelve a entrar al bar y repite la rutina. Llega hasta el final y encuentra a dos chicas, cada una sentada en una mesa, una con un ordenador portátil y otra tecleando compulsivamente en el teléfono móvil. Al salir, un grupo de tres chicos se ríen. Marisa, por un momento, piensa que puedan reírse de ella, que reconstruyan, sin saberla, su historia de forma certera. Acelera el paso para salir cuanto antes, con un cierto rubor en las mejillas. Marisa se siente tonta, susceptible y pesimista.

Cuando vuelve a salir a la calle, mira hacia un lado y hacia otro. Consulta al reloj y ve, que tras quince minutos de espera, Julia no llega. Hay dos personas fumando en un barril que sirve de mostrador, muertos de frío. Marisa saca el móvil, simulando una llamada, hace como que contesta. Y habla: ¿Julia? ¿Sí? Bueno, no pasa nada. Lo dejamos para otro día. Y enfila el camino hacia su casa, con pasos cada vez más lentos, cada vez más cansada de esperar.

(Imagen de Paco CT. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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Alfonso ha vuelto a su ciudad después de tres años de ausencia. Se marchó de forma drástica y contundente un día de septiembre sin dejar pasar siquiera un período de duelo. Víctima de su dolor, Alfonso decidió liarse la manta a la cabeza y, a sus 54 años, dejarlo todo atrás. Alfonso no es una persona que dé excesiva importancia a los símbolos y a las fechas emblemáticas, pero hoy ha cogido el coche del garaje y ha recorrido los 405 kilómetros que le separaban de la ciudad en la que nació, en la que creció y en la que creía que viviría para siempre.

Se ha sentido desorientado al llegar a las afueras, debido a una red de circunvalaciones desconocidas para él. No obstante, Alfonso ha llegado al cementerio relativamente pronto. Ha recorrido la calle central, dejando la capilla a su derecha. La sensación ha sido extraña: en todo el camposanto no se ha cruzado más que con una anciana que intentaba raspar el musgo de una lápida y con una madre con su hija, de unos cinco años, que animaba el contraste del tiempo y del ambiente con un precioso paraguas de colores. El amarillo, azul y blanco ha teñido, por un momento, la mente gris y obnubilada de Alfonso.

Alfonso ha intentado buscar la calle donde se encuentra el nicho de María, pero todos sus esfuerzos han sido en vano. La certeza inicial se ha ido convirtiendo en una vacilación y la vacilación, ha dado paso al titubeo y a la inseguridad. Alfonso se ha encontrado andando pausadamente hacia ninguna parte hasta que ha decidido parar. Se ha sentado en un banco de piedra, frío y mojado. Ha levantado la cabeza hacia el cielo gris y la lluvia ha llegado, liberada del pequeño reborde del sombrerito que Alfonso tiene para protegerse del agua. Alfonso ha mirado hacia delante y su mirada se ha encontrado casi de frente con una lápida vieja y casi rota, en la que el desgaste del tiempo y del descuido impide casi adivinar cualquier dato que no fuese el año de 1922 y un nombre, del que Alfonso desconoce absolutamente todo. Alfonso se ha acercado y ha recogido una flor roja, caída en el suelo. La ha puesto sobre la piedra con decidida calma. Y ha tomado el camino de salida para no volver nunca más.

(Esta entrada forma parte de la serie Fragmentos para una teoría del caos. Imagen de Alessandro Prada)

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Sonia se ha levantado con la extraña sensación de haber dormido mucho, pero no lo suficiente. Sonia sabe que las horas de sueños perdidas por todas las preocupaciones de la semana no se recuperan estirando las horas de una noche de viernes. Después de concederse apenas un minuto para incorporarse de la cama, Sonia trastea con los pies hasta encontrar las zapatillas y se promete, una vez más, que las colocará de forma adecuada la próxima vez. Mientras camina hacia el salón, va poniéndose el albornoz y se ajusta el cinturón, dando el último apretón con decisión antes del nudo.

Sonia ha roto su rutina, que comienza con una taza de café, ansiosa por ver si la mañana amanece con la dulzura, la calma y la buena temperatura de los días pasados. Se acerca a la ventana, corre un poco la cortina y mira hacia el cielo, que le devuelve un panorama gris, corroborado, al bajar la vista, por unos papeles que obedecen al capricho de un viento que se antoja demasiado fuerte, desapacible. El propósito de Sonia, que era dar un vistazo rápido, de comprobación sucinta, de vamos a ver el día que hace hoy, se convierte en una deleitación, de embelesamiento. Se diría que Sonia se mantiene en una actitud casi hipnótica, en la que la mirada hacia fuera no deja de ser una metáfora de la mirada interior. De hecho, Sonia permanece un buen rato mirando en apariencia con atención todos los detalles, todos los movimientos caprichosos de las nubes, pero una reflexión atenta sobre su actitud nos obliga a bajar la vista a los labios, que, lejos de estar relajados, esconden una mandíbula que fija la presa de sus pensamientos con obstinación.

Sonia reacciona ante el vuelo bajo de un pájaro, que le saca la mirada del plano de visión para recuperar la consciencia del mundo real. Cierra las cortinas y se aleja de la ventana. Un vaso de café la espera para comenzar, esta vez sí, la rutina de la mañana del sábado.

(Imagen de Analissa Schianove.)

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David se ha despertado de repente en medio de la noche. Ha mirado el reloj de la mesilla: las 3:47 de la madrugada parpadeando en la pantalla digital. Se gira hacia la izquierda. Adivina un hombro parcialmente acogido por el borde de la sábana. Con esa luz débil del despertador, se fija de nuevo en la espalda, que revela una respiración pausada. David, de pronto, recobra algo más de conocimiento, algo más de consciencia mientras vuelve a darse la vuelta. Las 3:51. Se da cuenta de que una canción elegida hace mucho atronará en el amanecer a las 6:40. Cierra los ojos, sabiendo que el intento de dormir, a partir de este momento, será en vano. Se engaña intentando acoplarse con  la respiración acompasada a su lado. Se revuelve de nuevo. Por unos instantes, sus párpados siguen cerrados más por una persistencia más entendida que por utilidad. Las 3:57. Con mucho cuidado, se levanta de la cama. Coge el albornoz y, con toda la calma que le permiten las tinieblas, rodea la cama y se sienta en el borde, al lado de sus piernas encogidas. Un mechón de pelo desordenado cubre parcialmente su rostro. Sus ojos consiguen estar cerrados con la fragilidad que supone estar a mucha distancia de la vigilia. David no pierde detalle de toda esa lección de calma. Al taparse con el albornoz, David hace un poco de ruido. Ella reacciona, se acomoda, pasa ligeramente su mano por la nariz intentando evitar un picor inexistente.

David mira el despertador. Son las 4:22. No quiere romper ese momento dulce, pero se mueve un poco hacia delante. Extiende su mano y, con mucho cuidado, toca su hombro más con un movimiento de pequeño contacto más que con una caricia, que se queda en algo incipiente. Ella mueve otro poco la cabeza. Un nuevo roce hace que abra un poco los ojos. Se aparta el mechón de la cara, que ahora está inundada con una contorsión muscular. David comprueba que le mira y que, en un murmullo, dice “Hola, cariño. Buenos días” para volver a descender hacia el pozo del sueño.

David sonríe. El reloj marca las 4:26. Y piensa en que ella se irá para siempre. Cuando amanezca otra vez.

El Reloj

(Entrada que entrecruza uno de los Fragmentos para una teoría del caos con las Canciones prosificadas, construyendo un relato a partir de la canción “El reloj”, de Roberto Cantoral. La imagen es de Adrien Mogenet.)

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Cristina acaba de salir de clase después de una dura jornada que ha comenzado a las ocho de la mañana y que ha concluido cuando la noche ha invadido a mordiscos los resquicios positivos de la tarde. Hoy ha sido un día lleno de clases interminables, de prácticas pendientes, de ajustes horarios, de problemas que creía solucionados. Cristina ha soportado las clases en un asiento cuyo vértice se le clavaba en la espalda, intentado prestar atención al chorro de luz que le devuelve una materia traducida a esquemas poco esquemáticos. No obstante, los ojos demasiado atentos de Cristina revelan, si viajásemos desde su pupila hasta el cerebro, que Cristina, hoy, estaba a otra cosa. No llega a quitarse de la cabeza ese momento de la tarde-noche del viernes, cuando un chat que, en un principio, era una charla inocente entre amigas, se convirtió en una agria discusión que terminó con una palabra demasiado fuerte y rotunda y un clic que la desconectaba del ordenador y, sobre todo, de una amistad labrada desde hace dos años. Por un momento, Cristina ha revivido este momento a raíz de una asociación de palabras totalmente fortuita y se ha removido, impaciente en el asiento. Cristina, de pronto, se ha sentido demasiado cerca a sus compañeras, se ha visto invadida en su minúsculo espacio personal, atrapada y sin posibilidad de salir al pasillo. Ha mirado a un lado y a otro, ha intentado hacerse sitio, ha respirado fuertemente dos bocanadas de aire que, lo sabe, no han hecho más que empeorar las cosas. Cristina, en esas ocasiones, siente que pierde el control. No hay, en esos momentos, escapatoria que resulte cortés, no existen palabras con las que expresar esa sensación de encierro, que no encaja tanto en el cuerpo como en su alma.

Cristina ha tenido que esperar con lágrimas que se asomaban a sus ojos, con ganas irrefrenables de estallar. Se ha intentado distraer mirando fijamente a la luz del fluorescente, luego a los reductos de palabras que evocaban la clase anterior, después a la mesa del profesor, que suponía un bodegón académico bastante desorganizado. En el cambio de clase, cuando podía llegar el momento de la liberación, Cristina no se ha visto con fuerzas para acompañar a sus amigos a tomar un café. Se le había olvidado coger dinero y, aunque sabe que tiene confianza de sobra para decirlo, le ha dado reparo en el último momento. Cristina, de forma contradictoria, se ha quedado sentada en el mismo sitio, sin modificar su postura. La ausencia de personas en sus inmediatos puntos cardinales le ha supuesto un alivio que, en pocos minutos, se ha convertido en una mayúscula sensación de soledad.

Después de toda la jornada, Cristina ha optado por no coger el autobús. Y, andando despacio, paseando bajo el viento y con una serie amenaza de lluvia, Cristina ha caminado con pasos muy cortos hacia el final del día.

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. La imagen es de Bachmont .)

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Olga lleva ya seis horas en el puesto número 17 de la línea de cajas del hipermercado en el que lleva trabajando desde hace seis años. Olga estrenó su trabajo con ilusión, calzada con unos patines y con la tarea de controlar y comprobar los precios de las promociones y los códigos de barras defectuosos. Sus piernas tenían toda la fuerza, todo el vigor del que empieza con algo diferente en una vida. Olga había empezado la carrera de magisterio, pero un conjunto de azares negativos, las matemáticas y una asignatura de pedagogía se pusieron en medio del camino.

Olga ahora contempla cada día como una inmensa rutina. Los días, los meses y los años han ido apeando la sonrisa plácida con la que acompañaba los buenos días, las buenas tardes. El contacto visual con los clientes se ha ido disipando a medida que ha ido comprobando que estos no la diferenciaban demasiado de los estantes de la caja de las galletas y cereales. Hoy las cosas se están dando peor de lo previsto: problemas con el lector óptico, con la lectura de las tarjetas de crédito, con unos cambios que no llegan nunca. Parece que entre la caja central y la caja diecisiete media un abismo de kilómetros, que se extiende entre el tiempo y los gestos de unos clientes impacientes.

Olga levanta la vista y ve que la cola en su caja se hace cada vez más larga. Intenta no oír los comentarios cada vez más desabridos y elevados en el tono y en las maneras. Olga se ha puesto nerviosa y ese temblor de manos no le ayuda precisamente a pulsar la tecla adecuada. Por un momento, Olga desea con todas sus fuerzas soltar un grito, mandarlo todo a la mierda, arrancarse la tarjeta de identificación con un nombre que nunca ha pasado de ser más que eso. Olga intenta respirar con la suficiente hondura como para no ahogarse, pero con la suficiente dulzura como para pasar desapercibida. Levanta la cara y mira a la persona que aguarda. Cree que la conoce, pero Olga ha llegado a un punto en el que no llega a diferenciar si las personas que pasan por su caja son conocidas porque se cruzaron en algún momento de su vida o, si por el contrario, tan solo ha coincidido con ellas a la hora de ir cogiendo enseres de la cinta negra que le acerca los alimentos.

Olga presenta hoy algo en común con el resto de sus compañeras. Bajo la uniformidad de su atuendo, que no llega a ser elegante pero que pretende, al menos, ser discreto,  la cara de Olga está maquillada, los labios pintados de un color discreto, los ojos con una sombra del color del que será su vestido a la hora de la salida. Olga ha ido por la mañana a casa de su prima, que estudia un módulo de peluquería. Le ha dado unas mechas, le ha cortado las puntas, le ha dado cierto volumen a su pelo con el cepillo. Olga lleva ya casi recorrida su larga tarde de viernes y no ve el momento de llegar a la taquilla, cambiarse y salir a ver el cielo, por fin, oscuro, lejano por lo tanto a la blanca artificialidad que le altera los ritmos circadianos.

Unos minutos antes de acabar su jornada, Olga ha recibido un mensaje en su móvil: “lo siento wapa oi no voi a poder llegar a tiempo ke lo pases bien 1 bst”.  Lo que Julián no sabe es que Olga había cancelado todos sus compromisos con sus amigas, había dejado el resto de puertas abiertas para recibir esta noche tan especial como si fuese la última.

En el último rato libre que ha tenido libre en toda la tarde, Olga ha empezado a hacer recuento de los tiques de los clientes que han pagado con tarjeta.

(Imagen de Landahlauts.)

 

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Santi se ha despertado y, al segundo, tenía los ojos como platos. Santi es una de esas personas que, por regla general, concilia bien el tránsito del pensamiento al sueño y del sueño al despertar. Pero hoy, por encima del sonido del despertador, un pensamiento demasiado intenso pero fugaz le ha aturdido sin que Santi llegase a desentrañar exactamente su significado. Santi se ha levantado de la cama con una tranquilidad fingida, más para comprobar que todo va bien que con la confianza cotidiana. Ha pasado la revisión cotidiana ante el espejo, mirándose de cerca los ojos y, posteriormente, cerrándolos y llevando las puntas del dedo corazón a la nariz con el brazo semiflexionado. Por último, ha decidido dejar el afeitado hasta después del desayuno.

Santi ha encendido la radio y ha cambiado las noticias por la primera emisora de música girando el dial hasta conseguir una recepción perfecta. Una canción de James Morrison ha acompañado a Santi mientras permanecía sentado en una silla de la cocina con el brazo que sujetaba la taza de café apoyado en una pierna cruzada. Santi se ha levantado con aparente decisión, ha fregado la taza y, una vez más, ha jurado en hebreo por haber dado el agua del grifo con demasiada presión. Ha gestionado su correo electrónico mientras se enfrentaba a su dificultosa relación con los intestinos y, por último, ha dejado correr el agua de la ducha hasta que ha alcanzado la temperatura adecuada.

Santi ha salido de la ducha y se ha dado cuenta de que, una vez más, ha dejado la toalla fuera de su alcance. Intenta dejar pocas huellas de humedad en el corto viaje de ida y de retroceso. Hoy Santi ha cambiado el desodorante de aerosol por uno de barra, ya que últimamente sentía un picor muy molesto en las axilas. Se ha rociado desde una distancia prudente una colonia de olor tirando a fresco y agradable y se ha peinado con diligencia. Se ha enfundado unos pantalones vaqueros que necesitan urgentemente un recambio, una camisa de rayas, los calcetines negros y unos zapatos a los que ha tenido que pegar un repaso con una toallita ligeramente humedecida.

Cuando ha cogido las llaves y la cartera y ha llegado al portal, Santi es consciente, por primera vez en la mañana, de que no ha logrado pergeñar ni un solo pensamiento articulado. Santi se ha puesto a andar y ha empezado su jornada. Como todos los días.

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