— Verba Volant

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Tag "Fragmentos para una teoría del caos"

Esther ha salido de fiesta con un grupo de amigos. La verdad es que no son tanto un grupo de amigos como un elenco de conocidos que han coincidido para picar algo. Lo de la fiesta ha surgido después, en una suerte improvisada de encuentro de rotos para descosidos. Esther ha entrado un poco rezagada,  con Miguel y Yolanda. El local está lleno de música, plagado de un ambiente que, en otras ocasiones, Esther hubiese tildado de adocenamiento de personas. Han dejado los abrigos en una mesa que está junto a la pared, donde esperan todos los demás. Yolanda ha levantado las manos y ha hecho un quiebro de cadera que ha sido secundado, de manera casi sincrónica, por Miguel. Esther les ha imitado y se han acercado todos al lugar donde tres chicos voluntariosos están armado un ruido muy apto para bailar.

Han arribado Dani y Santi para preguntar qué querían tomar. Yolanda ha decidido por todos: cerveza y vodka. Esther baila poseída por algo extraño, como una sensación de no querer estar ahí, pero, a la vez, necesitarlo. El camarero ha llegado con las bebidas, que ha dejado en la mesa en la que se habían apalancado los sosos del grupo. Cuando los vasitos de vodka estaban llenos, todos han brindado y han apurado el trago, tal y como parece que es obligación. A Esther le ha quedado un sabor raro en la boca. No le gusta mucho beber y hoy, más que una excepción, ha querido hacer una revolución. La revuelta se ha visto acompañada de dos pintas bebidas con ansia. Miguel ríe con risa floja y Dani parece ganarles a todos en casi todo. Yolanda y Esther siguen bailando y restriegan sus caderas en un ritmo frenético que los demás no pueden seguir. La música empequeñece y ensancha a la vez una cabeza necesitada de movimientos y ritmos desaforados. Esther, en una rémora de consciencia, disfruta como nunca de ese momento. Se acuerda de los tiempos en los que el tiempo corría y ella solo tenía motivos para soñar.

Se acercan algunos rezagados de la mesa a esa pista casi improvisada para unirse a esos momentos de exploración de un camino que, no por trillado, deja de tener alguna incógnita pendiente de despejar. Sucede que a veces hay que echar cerrojos a los infiernos personales y refugiarse en los de los demás. Todos piden tres rondas más de todo. Yolanda, oportuna, aconseja acompañar esa marea con algo sólido. Hamburguesas, dice Dani. No va a ser mucho, pregunta Miguel. Las partimos por la mitad es la conclusión. Se acercan a la mesa que tenían invadida con los abrigos. Cuando una camarera llega con esa montaña de carne, Santi reparte con maña las mitades. A Esther le da le impresión de que la hamburguesa no va a caber en esa boca que empieza a estar un poco adormecida, pero aprieta con fuerza y prudencia el pan y el kétchup solo se desparrama por los dedos y no amenaza la camisa de Miguel. Cuando acaban, Yolanda y Dani pegan un grito muy agudo e invitan a los demás a seguir bailando. Esther se siente cansada. Se ha visto vencida por una noche demasiado llena y demasiado larga. En los ojos cansados de Esther se encuentra una fatiga que no es de hoy, sino que acumula muchos años de sinsabor. Si uno se fija más detenidamente, vemos las mellas que han hecho en la parte de su nariz unas gafas que Esther esconde de todo lo que no sea la intimidad de su casa. Esther coge el abrigo y, sin decir nada a nadie, sale del bar y pide un taxi, camino de su casa.

(Imagen de Mark Oakley. Esta entrada es el fragmento número 50 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

 

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fonSimetría fallida

Luis ha salido de trabajar y ha entrado en la estación de metro. Nada más bajar las escaleras y enfilar el primer pasillo, ha tenido una sensación extraña: tan solo tres personas en una estación del centro y en hora punta. Cuando ha girado hacia la izquierda para coger la línea que le dejaría cerca de su casa, Luis se ha encontrado totalmente solo. Al llegar al andén, un panel indicaba que el metro tardaría todavía cuatro minutos y cuarenta segundos. Luis se ha puesto a mirar el plano con las líneas que ya conoce de memoria y ha contemplado los anuncios de un espectáculo musical.

El metro, al fin, ha llegado y Luis, dudando, ha entrado por la puerta de la derecha. Se ha sentado en uno de los asientos libres. En frente, una mujer y su hijo, de unos cuatro años, con las rodillas peladas y tomando un helado con las manos invadidas ya de chocolate y vainilla. Justo al lado de Luis, una mujer leyendo, con la pierna izquierda subida y apoyada en el asiento en una postura extraña. Sandalias blancas, cómodas, pedicura cuidada que contrasta con su aspecto informal. Sin poder evitarlo, Luis mira el libro que tiene en sus manos. Una sensación rara inunda su ánimo. Proust, El tiempo recobrado. Es justo el último volumen de la novela (En busca del tiempo perdido) que él empezó a leer ayer por la noche, Del lado de los Swann. Esa noche, Luis no pudo conciliar el sueño: la prosa larga y una amargura que le conectaba con todos los miedos de su infancia. La mujer baja la pierna y sube la otra, en un movimiento extrañamente sincopado. Pasa página y, con un lapicero, subraya una frase. Luis no puede evitar seguir conectado con ella,  invadiendo la intimidad de la lectora. La megafonía a del tren señala la próxima estación y la muchacha, en la parte superior de la página, escribe de forma rápida pero elefante una frase: “No evites nunca caer en la locura “. El metro frena para entrar en el andén y la chica, antes de levantarse, mira a Luis y sonríe. Luis la sigue con la mirada hasta que sale sosteniendo el libro en su regazo. Las puertas se cierran y el tren sale. Sus ojos marrones eran sorprendentemente claros.

(Imagen «Simetría fallida». Esta entrada es el fragmento número 49 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Epic, de Andree Kröger

Laura ha sentido la necesidad de hacerlo otra vez: ha puesto una canción en su móvil y la ha escuchado de forma insistente hasta convertirse en algo enfermizo. Laura primero ha bailado, luego ha reído y ha terminado por ponerse a llorar. Siempre le ocurre cuando escucha una estrofa de esta canción, que le predispone a la melancolía. Laura descubre que es una canción que describe todo lo que siente de un modo que nada ni nadie ha podido conseguir hasta ahora. Laura deja que vaya discurriendo la canción, que llea acompase. Entonces, Laura cierra los ojos y piensa en todo lo que quiere en la vida, en todo lo que ha podido tener y tiene solo de un modo parcial, incompleto. Laura se acuerda de todos los momentos que no existen, de todas las ocasiones en las que podía extender las manos para rozar con cariño su antebrazo, de esos momentos de cercanía que no existen, que ella no propone por miedo a verse rechazada. Y, cuando la canción va disminuyendo de volumen para acercarse al final, Laura se propone como un reto ineludible la maravillosa oportunidad de abandonarse en un abrazo.

Imagen de Andree Kröger. Esta entrada es el fragmento número 48 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Walking in my shoes, by Roshellin

Son las nueve y veinticinco de la mañana, Andrea coge las llaves del bolso y abre la puerta de su negocio. Entra rápidamente para desactivar la alarma: pulsa tan atolondradamente los dígitos que, después de tres pitidos, tiene que introducir el código correcto. Andrea va hacia el fondo, deja el bolso en la parte trasera del mostrador, se sienta en pequeño taburete y cambia las bailarinas que traía de casa por unas sandalias, que le resultan más cómodas para pasar la jornada de pie. Andrea tiene una tienda de souvenirs desde hace seis años. Una mala experiencia laboral y una ruptura sentimental le llevaron a cambiar de ciudad, de trabajo y de rutinas. Estaba de visita en la ciudad, en un viaje que imaginaba iniciático y, en efecto, acabó por cambiar su vida.

Andrea ha subido muchas veces ya esas empinadas cuestas que conducen a un lugar que fue soñado y que ahora empieza a pesar con toda la carga de la rutina. Por eso, tarda unos minutos en sosegarse. Para lograr la calma, Andrea se dirige hacia una estantería donde unas botellas de vino esperan ser recolocadas. Todo estaba ya en orden, pero Andrea las levanta para pasar el trapo del polvo. Parece, así, que el proceso de limpieza es más un proceso de purificación propio que una necesidad. Andrea deja la última botella en su sitio de siempre y ahora coge un peluche de un cesto para cambiarlo por otro, un precioso elefante de color naranja.

Andrea sale a la puerta de la tienda y enciende un cigarrillo. María, la joven dueña del bar que tiene al lado la ve y sonríe. El contacto diario ha creado una sólida amistad entre ambas. Aprovechan para hablar de sus cosas mientras suena una melodía agradable y fresca que aparece desde el interior del bar.

Andrea se despide de María y vuelve a entrar en la tienda. Llega al taburete que está detrás del mostrador y se sienta. Andrea supera unos segundos de tristeza para sonreír y esperar que la vida le corresponda con algo de ese cariño que tanto necesita.

(Imagen de F.T.Roshellin. Esta entrada es el fragmento número 47 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Butterflies in your stomach

Después de muchos días inquieta, Laura ha encontrado un pequeño atisbo de esperanza. Laura se ha dedicado durante mucho tiempo a lamentarse por las ausencias, por la soledad, y no ha recapacitado en el valor de los escasos pero valiosos momentos en los que encuentra compañía. Hasta hace muy poco, Laura se sentaba enfrente de de la tele y dejaba perder su mirada entre colores y voces que no le decían nada, con la mente puesta en otro sitio, más allá de las posibilidades, más allá de los significados concretos de su vida. Laura ha proyectado sus recuerdos hacia las sonrisas, las conversaciones en las que, de forma concentrada, se intenta recoger lo más importante de una vida disociada, casi esquizofrénica, pero llena de matices, de olores, de sabores incluso. Laura recuerda las batallas de besos y abrazos, el momento de abandonarse para renacer. Todos esos momentos que le impulsan a sentirse viva por encima de todas las convenciones, de todos los obstáculos. Laura ahora no quiere pensar en ese presente puntual, el que vive en este mismo segundo, sino en los miles de segundos de perfecciones. Y se niega a pensar en la oscuridad y en el vacío para imaginar un futuro posible, lleno de sonrisas. Un futuro que no sea una quimera, sino un espacio para la esperanza. Laura está segura del lugar de donde procede todo ese aluvión de matices positivas. Antes pensaba en que unas mariposas revoloteaban constantemente en su estómago, pero ahora conoce la verdad: las mariposas revolotean en su alma.

(Imagen de María Leandro. Esta entrada es el fragmento número 46 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Straight on

Laura no ha podido evitarlo y las lágrimas le han explotado en el rostro. Al menos, ha conseguido avanzar a pasos cortos pero rápidos hasta un lugar en que no la viera nadie. Laura ha doblado la esquina, se ha agachado y se ha tapado la cara con las manos. Por unos instantes que parecen una vida, se ha sentido la persona más solitaria y desvalida del mundo. Laura no ha podido reprimir algunos sollozos pero, cuando ha oído un ruido a lo lejos, ha intentado convertirlos en toses mal disimuladas. Laura se ha incorporado y ha ido al aparcamiento y ha entrado en el coche. Ha respirado dos veces muy fuerte y ha puesto música. El volumen desproporcionado que suele conseguir que las ideas le vuelen desde la cabeza a lugares ignotos, esta vez, le ha molestado y ha modulado la música hasta un nivel muy moderado. Laura ha vocalizado sin fuerza la letra de esa canción que tanto le gusta, incluso se ha atrevido a cantarla con una voz triste y desafinada. En estos casos, no importa nada más que oír una voz, aunque sea la de una misma. Laura ha sacado un pañuelo de papel del bolso, ha enfocado el espejo retrovisor que le ha devuelto una imagen distorsionada, llena de un negro transvase de los ojos hasta los párpados. Laura ha seguido canturreando, ha mojado el pañuelo con saliva y ha intentado despejar el rímel corrido. Con toda la pena aún anegando su alma, ha cambiado de canción por una todavía más triste. Laura ha girado la llave y el coche ha despertado con un quejido. Sigue cantando de forma monocorde y desajustada, con la mirada fija pero perdida. Por fin, Laura coge la carretera y enfila una recta que parece no tener fin.

(Imagen de Damon Jah. Esta entrada es el fragmento número 45 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Suelo de la calle

Nacho ha subido al autobús a las siete menos veinte. El autobús estaba totalmente vacío y Nacho ha avanzado por el pasillo con una sensación de frío que una calefacción recién activada no puede disipar. Nacho elige un asiento cercano a una puerta y, al sentarse, comprueba que el botón de parada le queda a la altura de los ojos y, de un modo totalmente absurdo, se siente a salvo. Pasan los segundos y el autobús sigue vacío. Nacho mira por la ventanilla y ve al conductor al lado de la parada fumando un cigarrillo. El conductor inhala una última calada, arroja la colilla con un hábil movimiento de dedos y, sacudiéndose las bajas temperaturas, sube al vehículo. El conductor enciende la radio. Un locutor de voz cascada y engolada habla sobre una cumbre de jefes de estado. A Nacho le molesta el volumen de la radio y decide poner música en el móvil, pero se acaba de dar cuenta de que se ha dejado los auriculares en casa. Mira el reloj y faltan unos segundos para que den las siete menos cuarto.

El autobús se pone en marcha y, por unos segundos, parece que va a descoyuntarse. Avanza por una avenida llena de luces mortecinas y, pasados un centenar de metros, se detiene en un semáforo. Nacho se fija atentamente en la cuenta atrás y, cuando quedan cinco segundos para que se ponga en verde, el conductor avanza. Nacho mira un indicador en el que figura la temperatura exterior, demasiado baja. Hay muy pocas personas transitando por las calles y a Nacho le parece que la luz de las farolas no es suficientemente intensa como para sacar a los viandantes de su sueño perdido.

Después de siete paradas, Nacho pulsa el botón de parada. Se levanta antes de que el autobús se detenga. La puerta tarda un poquito más de lo habitual en abrirse. Nacho baja el escalón, avanza hacia una sombra circular en el suelo en la que posa los pies. Nacho se imagina que ese hoyo imaginario que ahora pisa es, en otro lugar del universo, una luna llena de resplandor.

(Imagen de Rookuzz. Esta entrada es el fragmento número 44 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Hug_by_complejo

Laura esta sentada en su sillón favorito, con las piernas recogidas sobre el pecho. Tiene puesto un pantalón de pijama gris, un camiseta de algodón y esa chaqueta de mangas largas y dada de sí con la que se siente tan cómoda desde hace años. Su vista está orientada hacia los destellos de luz del televisor, que emite un programa vespertino. Laura, hace unos minutos, ha quitado el volumen y ahora solo contempla a un grupo de personas hablando en torno a una mesa y las imágenes que se intercalan. La única referencia que tiene Laura de ese mundo televisivo es el de los rótulos con pequeños titulares y los tuits que envían los espectadores. Más que ayudarla, esa lectura entrecortada y descontextualizada empuja a Laura a un estado de irrealidad que le ayuda a abstraerse, a que su cabeza dé vueltas a algunos episodios de su vida, a pensar en todo lo que le falta.

En la televisión, una mujer y un hombre parecen enzarzados en una discusión mientras el realizador pasa a un plano de otras dos personas que cuchichean y se ríen. A los pocos segundos, sin aparente conexión, entra un vídeo enlatado de un programa televisivo emitido hace unos años. Las caras parecen de otra época, pero Laura se fija en una forma de vestir que parece sacada de una ficción inverosímil. Laura recuerda que ella tenía una camisa con flores bastante parecida a la de una de las chicas. Laura gira el cuello un poco hasta que hace crujir sus vértebras. Luego estira un poco más la espalda y fija su atención en el techo. Sabe que tiene que cambiar ese halógeno que se fundió hace unos meses. La semana pasada compró el repuesto, pero le da mucha pereza coger la escalera y colocarlo.

La mirada de Laura recorre ahora la pared, el mueble del salón, que tiene pendiente una cita con el trapo del polvo. Y, difuminando su vista hacia la nada, se da cuenta de que necesita un abrazo. Necesita que alguien se acerque y Laura pueda recoger la cabeza en el pecho de otra persona. Acercar una de sus mejillas al pecho para poder sentir algo vivo. Aprovechar sus brazos para afianzarse y esbozar una sonrisa. La sensación que tiene Laura no es ahora inmaterial, sino totalmente física, parecida a la necesidad que tiene una rama de pertenecer a un tronco y la que tiene un tronco de pertenecer a la raíz.

Después de ese instante, Laura permanece en el sillón, con las piernas recogidas sobre el pecho. En la televisión una persona se desplaza por el plató y la cámara le sigue. Y da paso a un reportaje en el que, al parecer, alguien habla de alguien.

(Imagen de Alberto Polo. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Desde hace seis años, Isabel trabaja como monitora en un centro deportivo. Para Isabel, el gimnasio formaba una parte importante de su vida. Entraba a la sala, se subía a la tarima, contemplaba a todos los asistentes y esbozaba una amplia sonrisa. Isabel sabe que el trabajo desvela una parte importante de su concepción de la vida y, por eso, intentaba hacer llevaderos los momentos más duros de las sesiones. Un comentario acertado, una pequeña maldad, una observación que denota conocimiento… Desde hace unos meses, Isabel se siente algo más perdida. En otras ocasiones, pese a encontrarse mal, pese a estar triste, a Isabel esas horas de contacto directo con el esfuerzo le servían para sobreponerse. Para dar algo más. Para olvidar los sinsabores de todo lo cotidiano.

Ahora, sin embargo, Isabel entre en una sala repleta y se siente vacía. La rutina, que antes le servía para sobreponerse, ahora se le viene encima con todos los pesos. Isabel piensa, ahora, que un día es igual a otro, que una sesión es igual a otra, que el mundo se comprime en sesenta minutos que han de pasar pronto para volver a la realidad. A veces, Isabel se marcha a casa escuchando la música del coche a todo volumen para olvidar. No obstante, no hay ni un solo día en el que sueñe con volver a iluminar la sala con la sonrisa, para que cada día sea único, especial. No hay ningún día en el que no sueñe en volver a comenzar.

 

(Imagen de Michael Kötter. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Olga trabaja como socorrista en una piscina desde hace cuatro años. Todas las mañanas, llega a las once menos cuarto al vestuario. Se pone el bañador y, encima, unos pantalones cortos muy cómodos y la camiseta roja. Olga se recoge el pelo en una coleta y va hacia la taquilla en la que coge el walkie, el pequeño maletín de primeros auxilios y las llaves para abrir el recinto. Olga se encuentra en la puerta con Carola, la compañera que se encarga esa mañana de la piscina cubierta. Intercambian unas pocos formulismos, lo mismo que cada mañana y se dirige a la mesita que constituye su centro de operaciones. Deja todas las cosas y abre la sombrilla. Olga hace el recorrido a lo largo de la piscina comprobando que todo está en orden. Abre los grifos de las duchas para comprobar que funcionan correctamente e intenta que luego, al cerrarlos, no goteen. Todo está en calma ahora.

Olga está sentada mientras entran al recinto los primeros bañistas. Observa sus rutinas, cómo colocan las toallas en las tumbonas, cómo doblan la ropa para meterla en su bolsa, cómo las mujeres ajustan los tirantes del bikini. Es una piscina tranquila y Olga puede escuchar algunas de las conversaciones. Anécdotas del día anterior, planes para la tarde, pequeños relatos de compras o de noches de cervezas. Olga también se fija en los seres solitarios, personas que llegan a la piscina y sacan su libro para leer de forma compulsiva o, simplemente, que mantienen la vista en el agua, a veces en un punto fijo. Olga se imagina, desde fuera, lo que sienten por dentro. Se interroga también por lo que sienten esos nadadores de larga distancia, que reparten buena parte de la mañana recorriendo largos y largos de la piscina.

Afortunadamente, nunca ha tenido que resolver un problema de un bañista con problemas dentro del agua. Todo se resume en pequeñas heridas, algún mareo por el calor. Olga siente que su trabajo es más un ejercicio de introspección que cualquier otra cosa. Después de ver e imaginar vidas e historias, Olga recogerá su walkie, el maletín de primeros auxilios. Sacará la llave para cerrar los candados de las vallas que dan acceso a la piscina. Cogerá su bici e intentará reconstruir su propia vida.

(Imagen de Inverno Dreaming. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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