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Tag "Fragmentos para una teoría del caos"

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Desde hace seis años, Isabel trabaja como monitora en un centro deportivo. Para Isabel, el gimnasio formaba una parte importante de su vida. Entraba a la sala, se subía a la tarima, contemplaba a todos los asistentes y esbozaba una amplia sonrisa. Isabel sabe que el trabajo desvela una parte importante de su concepción de la vida y, por eso, intentaba hacer llevaderos los momentos más duros de las sesiones. Un comentario acertado, una pequeña maldad, una observación que denota conocimiento… Desde hace unos meses, Isabel se siente algo más perdida. En otras ocasiones, pese a encontrarse mal, pese a estar triste, a Isabel esas horas de contacto directo con el esfuerzo le servían para sobreponerse. Para dar algo más. Para olvidar los sinsabores de todo lo cotidiano.

Ahora, sin embargo, Isabel entre en una sala repleta y se siente vacía. La rutina, que antes le servía para sobreponerse, ahora se le viene encima con todos los pesos. Isabel piensa, ahora, que un día es igual a otro, que una sesión es igual a otra, que el mundo se comprime en sesenta minutos que han de pasar pronto para volver a la realidad. A veces, Isabel se marcha a casa escuchando la música del coche a todo volumen para olvidar. No obstante, no hay ni un solo día en el que sueñe con volver a iluminar la sala con la sonrisa, para que cada día sea único, especial. No hay ningún día en el que no sueñe en volver a comenzar.

 

(Imagen de Michael Kötter. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Olga trabaja como socorrista en una piscina desde hace cuatro años. Todas las mañanas, llega a las once menos cuarto al vestuario. Se pone el bañador y, encima, unos pantalones cortos muy cómodos y la camiseta roja. Olga se recoge el pelo en una coleta y va hacia la taquilla en la que coge el walkie, el pequeño maletín de primeros auxilios y las llaves para abrir el recinto. Olga se encuentra en la puerta con Carola, la compañera que se encarga esa mañana de la piscina cubierta. Intercambian unas pocos formulismos, lo mismo que cada mañana y se dirige a la mesita que constituye su centro de operaciones. Deja todas las cosas y abre la sombrilla. Olga hace el recorrido a lo largo de la piscina comprobando que todo está en orden. Abre los grifos de las duchas para comprobar que funcionan correctamente e intenta que luego, al cerrarlos, no goteen. Todo está en calma ahora.

Olga está sentada mientras entran al recinto los primeros bañistas. Observa sus rutinas, cómo colocan las toallas en las tumbonas, cómo doblan la ropa para meterla en su bolsa, cómo las mujeres ajustan los tirantes del bikini. Es una piscina tranquila y Olga puede escuchar algunas de las conversaciones. Anécdotas del día anterior, planes para la tarde, pequeños relatos de compras o de noches de cervezas. Olga también se fija en los seres solitarios, personas que llegan a la piscina y sacan su libro para leer de forma compulsiva o, simplemente, que mantienen la vista en el agua, a veces en un punto fijo. Olga se imagina, desde fuera, lo que sienten por dentro. Se interroga también por lo que sienten esos nadadores de larga distancia, que reparten buena parte de la mañana recorriendo largos y largos de la piscina.

Afortunadamente, nunca ha tenido que resolver un problema de un bañista con problemas dentro del agua. Todo se resume en pequeñas heridas, algún mareo por el calor. Olga siente que su trabajo es más un ejercicio de introspección que cualquier otra cosa. Después de ver e imaginar vidas e historias, Olga recogerá su walkie, el maletín de primeros auxilios. Sacará la llave para cerrar los candados de las vallas que dan acceso a la piscina. Cogerá su bici e intentará reconstruir su propia vida.

(Imagen de Inverno Dreaming. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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David ha llegado pronto a la piscina. Ha salido del vestuario con el bañador puesto, la toalla colgada del hombro derecho y la bolsa de deporte en la mano derecha. David ha conseguido una silla, la ha colocado en un lugar de sombra y se ha sentado plácidamente. A David le gusta sentarse así, distrayéndose con los retazos de las conversaciones ajenas de la gente próxima y mirando a la piscina: contemplar la decisión del que se tira de cabeza sin probar el agua, del que empieza a nadar decidido y no dura ni cuatro brazadas, del parsimonioso que, a paso de tortuga, va ocupando los largos con minutos demorados.

Hoy hay muy pocas personas dentro del agua: la noche ha sido fría. David contempla a esos cuatro o cinco bañistas y se siente, de algún modo, observador privilegiado de sus realidades desde esa realidad externa que es el césped. Después de unos segundos, David contempla con interés el nado de dos chicas, que van exactamente a la misma velocidad, una al lado de la otra, avanzando en brazadas de crowl acompasadas con una perfección extraña. David piensa que no es posible tal sintonía, tal sincronía. Pasmado, sigue observando sus movimientos, el avance rápido y limpio de ambas en el agua. Toda una sensación de armonía le inunda. Pero, al poco tiempo, David descubre un pequeño desajuste. La nadadora de la izquierda ha demorado su salida del agua una centésima de segundo y, poco a poco, David descubre la realidad: una de las nadadoras sigue, casi exactamente, los avances y los gestos de la otra.

David ha abierto la cremallera de la bolsa de deportes, ha sacado su libro de bolsillo y se ha puesto a leer, entre la brisa y las sombras.

(Imagen de Álex Carvalho. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Sonia está sentada, acumulando horas de trabajo y cansancio delante de su portátil. Cada poco tiempo, se inclina hacia atrás, estira un poco la espalda y mira a la calle, llena de primavera, de luz y de vida. Sonia, cuando mira por la ventana, siente que la vida se encuentra un poco más allá de lo que hace, de todo el trabajo que le espera y que se le amontona: al alcance de la mano pero, ahora mismo, inalcanzable.

Sonia tiene un plazo de diez días para acabar un trabajo amontonado de folios, pesquisas e ilusiones. Todo lo realizado a lo largo de los años se junta ahí, en un espacio delimitado y un tiempo que aparece cerca en el calendario. Lejos de suponer un alivio, esa cercanía genera una sensación de hartazgo en Sonia. En ocasiones, se siente tentada de levantarse, de sublevarse, de mandarlo todo a la mierda. Sonia piensa que su espíritu es volátil, pero ella misma, en su fuero interno, sabe que su trabajo es, más que una necesidad, una muestra de su talento, de una perseverancia que creía no tener.

Superando ese momento que enfoca hacia los árboles y los coches una vista que siente cada día más cansada, Sonia suspira, arrima la silla y, de forma atenta, mira la pantalla y remata de forma cuidadosamente apresurada, un avance más hacia lo que ella creía que era la nada.

(Imagen de Ivana Vasilj. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Imagen de Serge Melki

David ha pasado una mañana ajetreada. En el trabajo, todo se ha complicado: llamadas, correos electrónicos, decenas de gestiones pendientes que tenían que salir adelante. David ha tenido que respirar hondo varias veces, animarse por dentro y en silencio, cerrar los párpados con un impulso violento para luego abrir los ojos e intentar reanimar ese día especialmente difícil. David siente que todo se acumula, que cuando hace una cosa tendría que hacer otra y, cuando hace esta, tendría que haber optado por otra distinta, también pendiente. Su jornada ha acabado con más pena que gloria. Por un momento, han resonado en su cabeza unas palabras: «Non serviam». Ha salido de su despacho, se ha puesto la cazadora y se ha enrollado al cuello la bufanda. David se siente especialmente a disgusto por tener que abrigarse en un día de primavera, pero su garganta está algo resentida después del último catarro y parece que las nubes y el viento no entienden últimamente de ciclos naturales.

David ha cruzado el semáforo después de esperar un tiempo que le ha parecido demasiado largo hasta que ha llegado el color verde. Ha enfilado el camino de casa intentando ir rápido, ansioso de cobijarse del frío y otras inclemencias personales. De pronto, un hueco de cielo azul se ha abierto entre las nubes. David ha alzado la vista y ha encontrado un destello de luz. Ha tenido un pensamiento intenso y fugaz. David se ha aflojado la bufanda, se ha bajado la cremallera de la cazadora. Ha respirado fuerte un par de veces y ha comprobado que el aire entrada con fluidez a sus pulmones. David ha aflojado el paso, ha sacado los auriculares y ha puesto una de sus canciones favoritas. Con la cabeza ligeramente alzada hacia el cielo, recibiendo toda la claridad de lo que solo es una metáfora, David ha cambiado de rumbo.

(Imagen de Serge Melki. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Elena está ante el espejo, intentado recogerse el pelo en una coleta. Lo ha ensayado tres veces recurriendo a un alarde automático e instantáneo que, hasta ahora, siempre le había dado resultado, pero el aspecto conseguido no ha sido satisfactorio. Elena no se recoge el pelo porque lo tenga sucio –siempre le ha dado cierto repelús ese argumento higiénico–, sino porque quiere encontrarse cómoda. Pese a que Elena se siente muy contenta con su pelo oscuro suelto, ya hay varias personas, desde hace semanas, que le dicen que le sienta mejor el pelo recogido. «Se te ve más la cara», decía ayer una amiga a la que se encontró en el supermercado. «Te hace más fina», le dijo una vecina en el ascensor cuando subía a casa. Elena está buscando ese toque informal y, paradójicamente, no lo consigue sino tras un meditado estudio. Se ha enfundado deliberadamente unos pantalones vaqueros más gastados de lo normal. Se ha puesto una camiseta blanca que parece una camiseta, sin más ni más, pero la ha estirado y recogido hasta darle el aspecto deseado. Antes de ir al baño, se ha mirado en el espejo de la habitación, se ha metido las manos en los bolsos delanteros del pantalón, ha estirado los brazos y se ha girado un par de veces, para ver si era una postura desenfadada o forzada.

En el fondo, Elena no es consciente de que algunos episodios recientes en su vida le han ido cambiando su manera de pensar. No son cosas importantes, pero sí van acaparando más tiempo en el día a día, en ese misterioso azar que es la vida cotidiana. Elena ha hecho un último intento: la largura de su pelo le ha permitido doblar la coleta por la mitad y recogerla bastante arriba en la cabeza. Ha estirado el cuello, fino y delicado. Ha notado que la camiseta le sienta bien sobre la piel morena. Se ha puesto unos pendientes que encierran de forma discreta una perla. Elena ha salido del baño, ha metido la cartera en el bolso y ha salido de su casa fingiendo creer que todas sigue así, igual que siempre.

(Imagen de Gilderic. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Marisa ha llegado al bar. Había quedado a las 17:30 para tomar un café con Julia. Hace más de un mes que no se veían y Marisa, al final, la llamó ayer para decirle que si se animaba a retomar, aunque fuese por un día, su cita habitual de los miércoles por la tarde. Marisa ha entrado en el bar, ha echado un vistazo general a todas las mesas y, al ver que Marisa no estaba en ninguna de ellas, se ha acordado de las dos mesitas del fondo, que quedan ocultas por la barra. Se ha acercado, pero ha descubierto que estaban desocupadas. Marisa se ha dado la vuelta y ha salido del bar. Tiene la manía de no esperar sola dentro de los bares cuando queda con alguien. A Marisa siempre la dado la impresión de que estar solo en un bar es la metáfora más cruel de lo que significa estar solo en el mundo. Por eso, nunca ha entendido a aquellas personas que bajan al bar a desayunar mientras leen el periódico y, mucho menos, a aquellos que están acodados en la barra, con su cerveza o su vino, mirando hacia el infinito.

Marisa prefiere esperar en la calle, aunque quede expuesta a la vista de todo el mundo, aunque la espera se vaya convirtiendo, nerviosamente, en duda sobre la hora, a medida que se van estirando los minutos. Después de mirar fijamente hacia un lado y hacia el otro, Marisa se ha puesto a mirar el escaparate de la ferretería por tercera vez y, por tercera vez, se ha sorprendido del precio de ese grifo que, de tan moderno, resulta anticuado. Ha consultado la hora en su reloj y ha sacado del móvil del bolso para comprobar que no lo tiene en silencio, que no ha recibido ningún mensaje de Julia diciendo que se ha entretenido, que llega más tarde. Se ha vuelto a acercar al bar y ha mirado la pizarra en la que está escrito el menú del día. 8,50, qué barato, ha pensado Marisa. Demasiado, para unas cocochas. De dónde habrán salido. De merluza no son, desde luego. De bacalao, como mucho. Y, por supuesto, congeladas. Marisa, aunque no se ha separado más de cinco metros de la puerta, ha pensado que quizá se ha despistado un momento. Vuelve a entrar al bar y repite la rutina. Llega hasta el final y encuentra a dos chicas, cada una sentada en una mesa, una con un ordenador portátil y otra tecleando compulsivamente en el teléfono móvil. Al salir, un grupo de tres chicos se ríen. Marisa, por un momento, piensa que puedan reírse de ella, que reconstruyan, sin saberla, su historia de forma certera. Acelera el paso para salir cuanto antes, con un cierto rubor en las mejillas. Marisa se siente tonta, susceptible y pesimista.

Cuando vuelve a salir a la calle, mira hacia un lado y hacia otro. Consulta al reloj y ve, que tras quince minutos de espera, Julia no llega. Hay dos personas fumando en un barril que sirve de mostrador, muertos de frío. Marisa saca el móvil, simulando una llamada, hace como que contesta. Y habla: ¿Julia? ¿Sí? Bueno, no pasa nada. Lo dejamos para otro día. Y enfila el camino hacia su casa, con pasos cada vez más lentos, cada vez más cansada de esperar.

(Imagen de Paco CT. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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Alfonso ha vuelto a su ciudad después de tres años de ausencia. Se marchó de forma drástica y contundente un día de septiembre sin dejar pasar siquiera un período de duelo. Víctima de su dolor, Alfonso decidió liarse la manta a la cabeza y, a sus 54 años, dejarlo todo atrás. Alfonso no es una persona que dé excesiva importancia a los símbolos y a las fechas emblemáticas, pero hoy ha cogido el coche del garaje y ha recorrido los 405 kilómetros que le separaban de la ciudad en la que nació, en la que creció y en la que creía que viviría para siempre.

Se ha sentido desorientado al llegar a las afueras, debido a una red de circunvalaciones desconocidas para él. No obstante, Alfonso ha llegado al cementerio relativamente pronto. Ha recorrido la calle central, dejando la capilla a su derecha. La sensación ha sido extraña: en todo el camposanto no se ha cruzado más que con una anciana que intentaba raspar el musgo de una lápida y con una madre con su hija, de unos cinco años, que animaba el contraste del tiempo y del ambiente con un precioso paraguas de colores. El amarillo, azul y blanco ha teñido, por un momento, la mente gris y obnubilada de Alfonso.

Alfonso ha intentado buscar la calle donde se encuentra el nicho de María, pero todos sus esfuerzos han sido en vano. La certeza inicial se ha ido convirtiendo en una vacilación y la vacilación, ha dado paso al titubeo y a la inseguridad. Alfonso se ha encontrado andando pausadamente hacia ninguna parte hasta que ha decidido parar. Se ha sentado en un banco de piedra, frío y mojado. Ha levantado la cabeza hacia el cielo gris y la lluvia ha llegado, liberada del pequeño reborde del sombrerito que Alfonso tiene para protegerse del agua. Alfonso ha mirado hacia delante y su mirada se ha encontrado casi de frente con una lápida vieja y casi rota, en la que el desgaste del tiempo y del descuido impide casi adivinar cualquier dato que no fuese el año de 1922 y un nombre, del que Alfonso desconoce absolutamente todo. Alfonso se ha acercado y ha recogido una flor roja, caída en el suelo. La ha puesto sobre la piedra con decidida calma. Y ha tomado el camino de salida para no volver nunca más.

(Esta entrada forma parte de la serie Fragmentos para una teoría del caos. Imagen de Alessandro Prada)

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Sonia se ha levantado con la extraña sensación de haber dormido mucho, pero no lo suficiente. Sonia sabe que las horas de sueños perdidas por todas las preocupaciones de la semana no se recuperan estirando las horas de una noche de viernes. Después de concederse apenas un minuto para incorporarse de la cama, Sonia trastea con los pies hasta encontrar las zapatillas y se promete, una vez más, que las colocará de forma adecuada la próxima vez. Mientras camina hacia el salón, va poniéndose el albornoz y se ajusta el cinturón, dando el último apretón con decisión antes del nudo.

Sonia ha roto su rutina, que comienza con una taza de café, ansiosa por ver si la mañana amanece con la dulzura, la calma y la buena temperatura de los días pasados. Se acerca a la ventana, corre un poco la cortina y mira hacia el cielo, que le devuelve un panorama gris, corroborado, al bajar la vista, por unos papeles que obedecen al capricho de un viento que se antoja demasiado fuerte, desapacible. El propósito de Sonia, que era dar un vistazo rápido, de comprobación sucinta, de vamos a ver el día que hace hoy, se convierte en una deleitación, de embelesamiento. Se diría que Sonia se mantiene en una actitud casi hipnótica, en la que la mirada hacia fuera no deja de ser una metáfora de la mirada interior. De hecho, Sonia permanece un buen rato mirando en apariencia con atención todos los detalles, todos los movimientos caprichosos de las nubes, pero una reflexión atenta sobre su actitud nos obliga a bajar la vista a los labios, que, lejos de estar relajados, esconden una mandíbula que fija la presa de sus pensamientos con obstinación.

Sonia reacciona ante el vuelo bajo de un pájaro, que le saca la mirada del plano de visión para recuperar la consciencia del mundo real. Cierra las cortinas y se aleja de la ventana. Un vaso de café la espera para comenzar, esta vez sí, la rutina de la mañana del sábado.

(Imagen de Analissa Schianove.)

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David se ha despertado de repente en medio de la noche. Ha mirado el reloj de la mesilla: las 3:47 de la madrugada parpadeando en la pantalla digital. Se gira hacia la izquierda. Adivina un hombro parcialmente acogido por el borde de la sábana. Con esa luz débil del despertador, se fija de nuevo en la espalda, que revela una respiración pausada. David, de pronto, recobra algo más de conocimiento, algo más de consciencia mientras vuelve a darse la vuelta. Las 3:51. Se da cuenta de que una canción elegida hace mucho atronará en el amanecer a las 6:40. Cierra los ojos, sabiendo que el intento de dormir, a partir de este momento, será en vano. Se engaña intentando acoplarse con  la respiración acompasada a su lado. Se revuelve de nuevo. Por unos instantes, sus párpados siguen cerrados más por una persistencia más entendida que por utilidad. Las 3:57. Con mucho cuidado, se levanta de la cama. Coge el albornoz y, con toda la calma que le permiten las tinieblas, rodea la cama y se sienta en el borde, al lado de sus piernas encogidas. Un mechón de pelo desordenado cubre parcialmente su rostro. Sus ojos consiguen estar cerrados con la fragilidad que supone estar a mucha distancia de la vigilia. David no pierde detalle de toda esa lección de calma. Al taparse con el albornoz, David hace un poco de ruido. Ella reacciona, se acomoda, pasa ligeramente su mano por la nariz intentando evitar un picor inexistente.

David mira el despertador. Son las 4:22. No quiere romper ese momento dulce, pero se mueve un poco hacia delante. Extiende su mano y, con mucho cuidado, toca su hombro más con un movimiento de pequeño contacto más que con una caricia, que se queda en algo incipiente. Ella mueve otro poco la cabeza. Un nuevo roce hace que abra un poco los ojos. Se aparta el mechón de la cara, que ahora está inundada con una contorsión muscular. David comprueba que le mira y que, en un murmullo, dice «Hola, cariño. Buenos días» para volver a descender hacia el pozo del sueño.

David sonríe. El reloj marca las 4:26. Y piensa en que ella se irá para siempre. Cuando amanezca otra vez.

El Reloj

(Entrada que entrecruza uno de los Fragmentos para una teoría del caos con las Canciones prosificadas, construyendo un relato a partir de la canción «El reloj», de Roberto Cantoral. La imagen es de Adrien Mogenet.)

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