— Verba Volant

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Soledad

La oscuridad va cortando el día y la soledad llama a mi puerta. Mientras todo se vuelve triste, salgo, como todas las tardes, al bar de siempre, ese que está al otro lado de las vías del tren. Me siento, como siempre, a una mesa para dos, al fondo del local. Y, como siempre, me siento solo, con esa silla vacía delante que muestra de forma gráfica siete maneras de perderte, entre esas luces de neón de resplandor leve.

Hay siempre aquí un espacio para los animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños mientras contemplan el ajetreo de grupos, la alegría de las parejas que viven de forma salvaje y libre. Cuando cierro los ojos, te veo entre las sombras de este bar lleno de partículas de polvo en suspensión y no sé cómo ahogar esa angustiosa necesidad de descargar mi pena.

Veo ahora cuántas veces me he plegado a las mentiras diciéndole a mi corazón que algún día estarías contigo, sentados frente a frente en ese bar con una cerveza cómplice.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste que invade el ambiente de animales solitarios me sostendrán. Adivinaré todas las señales de los sueños que has querido cumplir, de una vida llena y cargada de sonrisas. Escucho esta canción, que adivina lo que pienso y siento que este dolor profundo que habita en mí nunca se va a terminar.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste me sostendrán. Aquí siempre tendré un lugar para recordarte, entre otros animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños.

(Canción prosificada, traducida y modificada a voluntad de «Neon moon”, de Brooks y Dunn, aquí acompañados de Kacey Musgraves).

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Me doy cuenta de que esta serie va tejiendo una tela de araña en la que las historias van entrelazándose, organizadas en un tejido en el que una cosa lleva a la otra, una persona a la de más allá. Aunque yo no lo pretendía, van adquiriendo un orden causal en el que un hecho hace que salte una chispa, una persona hace que se piense en la siguiente, la mirada de una persona evoca la de otra. En este caso, el espacio me ha puesto delante de los ojos a la chica hikikomori.

Antes que nada, quizás sea bueno recordar que los hikikomoris son personas que abandonan todo trato social para permanecer recluidas en su casa. En un estado de aislamiento casi total, debido a su inseguridad, cade vez mantienen menos relaciones con las personas, se vuelven tímidos y, en un estado de retroalimentación que toma la forma de pescadilla que se muerde la cola, suelen ser objeto de burlas en los colegios, lo que les empuja más y más a la reclusión. Su único contacto con el mundo exterior son las pantallas del ordenador y de la televisión.

Se llamaba Julia. Me he acordado de ella porque se sentaba en la misma clase y en el mismo sitio en el que años antes, se había sentado uno de los alumnos de esta historia. Si ya viene a ser un tópico hablar de sonrisas, la de Julia era sospechosamente hierática, un tipo de risa permanente que no devolvía al que la veía la sensación de que existiese una felicidad detrás. Permanecía muy recta en la silla y su mirada rara vez estaba centrada en las cosas de este mundo. Cuando pasabas cerca de su pupitre, descubrías que dibujaba manga de forma casi compulsiva. Estaba obsesionada por todo lo que tenía que ver con Japón: series de dibujos en televisión, juegos de ordenador, cómics… Nuestro mundo, en definitiva, no era el suyo y los pensamientos de Julia estaban a más de diez mil kilómetros de distancia.

Intentar rescatar a Julia para devolverla a la clase se convirtió para mí en una causa perdida. Lo más que conseguí es que hiciese los ejercicios de Lengua de forma mecánica, que me respondiese siempre con una calma nerviosa pero educada que venía a significar un pero déjame en paz y déjame volver a mi ensimismamiento. Le preguntabas y dibujaba. Le preguntabas y levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba. Le preguntabas, esbozaba su sonrisa mecánica, levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba.

En una época en la que no había conexiones de banda ancha en las casas y se accedía a internet a través del teléfono, Julia se pasaba todo el tiempo que podía en su casa jugando con el ordenador y conectada a internet. No quiero ni imaginar la factura de teléfonos que pagaba su madre. Incluso en los dos recreos de la mañana, que duraban 20 minutos, Julia, se iba a su casa (vivía justo enfrente del instituto, a menos de veinte metros) y se encerraba en su habitación para disfrutar con su enajenada obsesión por el ordenador. Luego volvía a clase (en este sentido, hay que decir que su reclusión nunca fue total, puesto que jamás faltaba a su cita con las aulas) soportando esos intervalos de tiempo interminable hasta que llegaba la hora de volver a su casa, dibujar y jugar, jugar y dibujar.

No se le conocían amigos. Yo no era su tutor, pero, al parecer, su madre no reaccionaba (las circunstancias vitales de la familia no parecían ser las mejores). Y no tengo más recuerdo de Julia que el vivir presa de su tímida, persistente y destructora obsesión.

Como habéis podido comprobar, esta historia ha sido corta. Nunca supe más cosas de Julia. Nunca, obviamente, me la encontré por la calle. Nunca supe si consiguió superar sus problemas, si un día consiguió salir a la calle, coger todo el aire posible en los pulmones, con el sol en el rostro, y liberar su sonrisa de todas las soledades. Y no sabré nunca si mandó Japón a la mierda para vivir —de verdad— consigo misma, junto a otros.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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Marisa ha llegado al bar. Había quedado a las 17:30 para tomar un café con Julia. Hace más de un mes que no se veían y Marisa, al final, la llamó ayer para decirle que si se animaba a retomar, aunque fuese por un día, su cita habitual de los miércoles por la tarde. Marisa ha entrado en el bar, ha echado un vistazo general a todas las mesas y, al ver que Marisa no estaba en ninguna de ellas, se ha acordado de las dos mesitas del fondo, que quedan ocultas por la barra. Se ha acercado, pero ha descubierto que estaban desocupadas. Marisa se ha dado la vuelta y ha salido del bar. Tiene la manía de no esperar sola dentro de los bares cuando queda con alguien. A Marisa siempre la dado la impresión de que estar solo en un bar es la metáfora más cruel de lo que significa estar solo en el mundo. Por eso, nunca ha entendido a aquellas personas que bajan al bar a desayunar mientras leen el periódico y, mucho menos, a aquellos que están acodados en la barra, con su cerveza o su vino, mirando hacia el infinito.

Marisa prefiere esperar en la calle, aunque quede expuesta a la vista de todo el mundo, aunque la espera se vaya convirtiendo, nerviosamente, en duda sobre la hora, a medida que se van estirando los minutos. Después de mirar fijamente hacia un lado y hacia el otro, Marisa se ha puesto a mirar el escaparate de la ferretería por tercera vez y, por tercera vez, se ha sorprendido del precio de ese grifo que, de tan moderno, resulta anticuado. Ha consultado la hora en su reloj y ha sacado del móvil del bolso para comprobar que no lo tiene en silencio, que no ha recibido ningún mensaje de Julia diciendo que se ha entretenido, que llega más tarde. Se ha vuelto a acercar al bar y ha mirado la pizarra en la que está escrito el menú del día. 8,50, qué barato, ha pensado Marisa. Demasiado, para unas cocochas. De dónde habrán salido. De merluza no son, desde luego. De bacalao, como mucho. Y, por supuesto, congeladas. Marisa, aunque no se ha separado más de cinco metros de la puerta, ha pensado que quizá se ha despistado un momento. Vuelve a entrar al bar y repite la rutina. Llega hasta el final y encuentra a dos chicas, cada una sentada en una mesa, una con un ordenador portátil y otra tecleando compulsivamente en el teléfono móvil. Al salir, un grupo de tres chicos se ríen. Marisa, por un momento, piensa que puedan reírse de ella, que reconstruyan, sin saberla, su historia de forma certera. Acelera el paso para salir cuanto antes, con un cierto rubor en las mejillas. Marisa se siente tonta, susceptible y pesimista.

Cuando vuelve a salir a la calle, mira hacia un lado y hacia otro. Consulta al reloj y ve, que tras quince minutos de espera, Julia no llega. Hay dos personas fumando en un barril que sirve de mostrador, muertos de frío. Marisa saca el móvil, simulando una llamada, hace como que contesta. Y habla: ¿Julia? ¿Sí? Bueno, no pasa nada. Lo dejamos para otro día. Y enfila el camino hacia su casa, con pasos cada vez más lentos, cada vez más cansada de esperar.

(Imagen de Paco CT. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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Antonio está delante de un camión multifuncional que sirve de taquilla para el circo que se ha acercado a su ciudad. Cuando se ha ido acercando a ese batiburrillo ajado y multicolor  ha comprobado que la palabra Taquilla, formada por unas bombillas, no deja de ser una metáfora de los tiempos que nos toca vivir: cada letra tiene, al menos cuatro lámparas fundidas, de manera que la palabra se lee más por el contorno que por su luminosidad.

Antonio mira la lista de precios pegada en el cristal, ante la mirada seria de una señora mayor, sentada del otro lado. Es la primera vez, a sus cuarenta y dos años, que va a pagar una entrada para este espectáculo. También es cierto que la última vez que acudió fue hace más de treinta, cuando iba con su padre. Durante unos cuantos años, Antonio no se perdió nunca el espectáculo circense que, todos los años, anidaba en la programación de las fiestas de su ciudad. Cambiaron los nombres, cambiaron las localizaciones, pero Antonio y su padre siempre estaban allí, delante de la taquilla, solo que su padre era mucho más decidido: nunca miraba los precios y siempre elegía las sillas de pista. El padre de Antonio pensaban que los espectáculos debían de verse en el mejor sitio posible, en un lugar privilegiado. Contagiado por el recuerdo, Antonio pide lo mismo, una silla de pista, y ahora piensa que lo que ahora le cuesta rascarse el bolsillo para pagar la localidad era lo que sentiría su padre en su cartera, pero multiplicado (casi) por dos.

Antonio atraviesa una pasarela reconducida por unas vallas azules y blancas. A la entrada, se encuentra con un tipo muy alto, con una chaqueta parecida a una levita de color morado. Detrás de él, hay una chica que parece sonriente debido a un maquillaje excesivamente marcado. Tiene un moño plagad de purpurina y, debajo de su blusa, se adivinan unas mallas llenas de lentejuelas. Cuando Antonio traspasa el umbral de la carpa, nota intensificado el olor que impregnaba el lugar desde mucho antes: una mezcla a polvo, a tierra, a arena, a heces. El ambiente es opresivo bajo las luces, que iluminan parcialmente los asientos y los focos, enfocados todavía hacia una parte ignota de la pista.

Lo primero que le llama la atención a Antonio es el espacio, excesivamente angosto. Antonio no sabe si esto se debe a que la niñez magnificaba las dimensiones de las cosas mágicas o, simplemente, los circos han reducido sus dimensiones. En todo caso, no logra entender cómo se producían en el pasado los extraordinarios vuelos de los dos trapecios. Las gradas son pequeñas y apenas hay, esparcidas por todo el recinto, una docena de personas.

Se acerca a Antonio la misma chica de antes, ahora con una chaquetilla roja y agitando unos boletos para una rifa de la que se prometen espectaculares regalos en el descanso. Un tipo con greñas enroscadas se acerca a unos niños con una cría de león para que lo acaricien, mientras la madre de estos se ve en la obligación de pagar para que los pequeños tengan unas fotos con el felino, que parece más un juguete, un peluche, que la fiera desengañada que será, encerrada de por vida entre unos barrotes.

Antonio espera mirando los operarios que ajustan unas cuerdas. Otro chico rubio pasea un escobón por la pista intentando quitar las irregularidades de la arena. Dos  jovencitas agitan bolsas de patatas, ante la mirada indiferente de Antonio, que tiene ganas de que empiece el espectáculo.

Desde que ha entrado, Antonio no deja de preguntarse qué hace allí, qué le ha impulsado a acercarse, a comprar la entrada, a traspasar esa puerta imaginaria entre dos lonas abiertas. Justo en ese momento, una voz sonora y rasgada da la bienvenida al ritmo de una música alegre al escaso público. Los focos han girado y la luz arroja otros visos de una realidad interpuesta entre el día a día y los sueños incumplidos. Antonio mueve un poco la silla, se acerca a la valla que le separa de la pista para apoyarse a la espera de tener una oportunidad para soñar.

(Entrada perteneciente a la serie Fragmentos para una teoría del caos, con imagen de Tomas Tozt.)

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Sheila se encuentra rara esta tarde. Es una sensación extraña en ella, porque Sheila no suele darle excesiva importancia a casi nada: prefiere mirar el mundo con ojos templados, con la distancia que se adquiere al haber vivido demasiado o, como es su caso, al haber vivido demasiado poco. Sheila ha pasado la tarde entera delante del televisor, sin importarle nada más que ir pasando, de cuando en cuando, por el teatrillo selecto de voces agudas e imágenes brillantes que le iba devolviendo, a impulsos, las pulsaciones del mando a distancia. No obstante, Sheila escucha esas voces como un sonido de ambiente y contempla las imágenes como un fondo desvaído sobre el que proyectar sus pensamientos.

Sheila piensa en Nacho. Han pasado unos cuantos meses desde que llegaron las malas noticias sobre la salud de Nacho y Sheila ha intentado estar siempre a su lado, pero Nacho, en esos momentos tan difíciles, estaba distante. Ahora llevaban un tiempo de calma, en el que las cosas se veían mucho mejor cuando se encontraban tan cerca como si no hubiera nada en este mundo que les impidiese separarse de ese abrazo, primero relajado y luego ligeramente espasmódico que les hacía sentirse indefectiblemente unidos. Sheila pensaba que, simplemente, se encontraba en paz con el mundo. Desde hace tres meses, Nacho se comporta de modo diferente. Y lo que le preocupa a Sheila no es esos momentos en los que Nacho hace la guerra por su cuenta, esos prontos en los que decide no estar para nadie y embebecerse en sí mismo. Lo que a Sheila le preocupa es que Nacho no desaparece, sino que se desvanece. Va acortando su presencia con excusas totalmente plausibles: trabajo, obligaciones ineludibles… Y esos acortamientos son pequeñas cuotas de vacío para Sheila.

Sheila no sabe qué pensar. Puede que todas estas circunstancias que Nacho aduce para permanecer en la lejanía sean ciertas e ineludibles. De hecho, Sheila comprueba cada día que Nacho anda liado, preocupado y abrumado. Que tiene poco tiempo. Pero no puede dejar de imaginar que son pequeñas argucias para una ruptura: no pasar directamente del calor al frío, sino que prefiere a la tibieza, como aquella historia de la rana que ya le han contado a Sheila en varios cursos de formación. Sheila no quiere como esa rana, no hervida, en este caso, sino helada por la soledad, congelada por la ausencia.

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. La imagen es de Luc De Leeuw.)

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Ana ha dejado su libro en la mesilla, pero no ha seguido el ritual cotidiano de apagar la luz, dar un par de golpes a la almohada, girarse hacia la derecha, suspirar y cerrar los ojos. Ana ha permanecido, apoyada en la almohada doblada y con las piernas ligeramente flexionadas, recordando los tiempos en los que leía con el libro apoyado en su abultada tripa de embarazada. Ana ha proyectado su visión hacia la nada y ha visto, de fondo borroso, un armario doble colmado de ropa. Sin saber cómo, la tenue luz de la lámpara está ayudando a que Ana se transporte de la realidad a su imaginación. Siente que sería deseable colmarse, al fin, de deseo consumado, tras una larga espera dejando el placer de lado y enfocándose hacia unas actividades que hagan su vida ligeramente soportable. Ana, sin saber cómo, ha pensado que su vida ha sido una existencia de sueños mal consumados, de esperanzas perdidas, de idas y venidas tras las paredes verticales que se interponen entre esa sonrisa traviesa con fondo de ojos tristes. Ana hace un recorrido mental por los enseres de su habitación: esas estanterías con libros, con adornos. En un movimiento nada aconsejable para adormecer su sueño, se ha incorporado ligeramente para ver una hilera de zapatos y unas botas altas y anchas con el cuero adormecido sobre el suelo. Ana ha insistido siempre en comprarse unos zapatos que, al final, le hacen daño y, por eso, odia el entretiempo. Las sandalias le producen la libertad del calor, mientras que el horror del frío lo mitiga con botas altas, con las que siempre se siente cómoda.

Ana ha pensado que esos zapatos, que fuera de contexto y de su pie le parecen muy grandes,  son algo así como una manera de pensar en la vida. Iba a desarrollar ese pensamiento cuando le ha distraído el ruido del camión de la basura, que ha estado a punto de destartalar el contenedor con tanto meneo. Con un impulso impropio de la hora, Ana se ha incorporado y ha ido recorriendo toda la calle buscando alguna señal de vida. Han pasado tres coches. Un chico joven pasea a su perro. Un hombre de mediana edad recorre la acera y levanta la vista. Ve a Ana asomada a la ventana y, con gesto descarado, saluda. Ana llega a ver una sonrisa. Sin saber por qué, levanta una mano y, tras dos sacudidas protocolarias, ha agitado la mano con más definición. El hombre alza las manos y las junta con gesto de triunfo. Hace una reverencia y después se parte de risa. Ana piensa que, pese a la escena, que parece forzada y absurda, se esconde más naturalidad de la que parece. Tras contemplar la escena de la que ella ha sido protagonista, desaparece tras las cortinas. El roce de la tela le recuerda que tiene que cambiar muchas cosas en su vida y las cortinas de la cosa son una de esas cosas, y no la menos importante. Ana piensa que las cortinas no son un adorno simple, sino que son los mecanismos que permiten filtrar la realidad del exterior cuando uno se refugia en casa.

Ana ha salido de la habitación y ha girado hacia la cocina. Ha cogido una copa con un poquito de vino y un trozo de chocolate. Pertrechada del avituallamiento, ha vuelto a sentarse en la cama. Ha dejado las cosas en la mesilla y ha vuelto a acomodarse. Ha bebido despacio el poco vino que le quedaba y ha dado el último mordisco a la onza de chocolate. Un pequeño dolor revestido de frío le ha recordado que se tiene que preocupar por su esmalte de dientes.

Ana se ha prometido a sí misma mil y una veces que tiene que enfocar su vida de forma que no duela. Sabe la importancia que tiene tirar un foulard al aire y conoce también las ilusiones y sus consecuencias. Poco a poco, Ana ha ido resbalándose por la sábana y, sin que se haya dado cuenta, la almohada ha cedido en su pliegue. Ahora la cabeza de Ana descansa ya en posición horizontal. En un estado adormilado, Ana ha girado su cuerpo hacia la izquierda. Un poquito después, se ha oído el ritmo más fuerte y acompasado de su respiración, que hace que sus hombros se muevan casi imperceptiblemente.

Ana se ha convertido ahora en el molde de los deseos secretos y su cerebro, cansado de tanta asquerosa realidad, se ha puesto ha soñar con ángeles tiernos.

(«Ana ha soñado con Ángeles» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Unas nubes en el cielo, demasiado blancas como para ser amenazantes. Bajo ellas, una esfera de ritmos espasmódicos. Luces y luces. Sonidos electrónicos, mezclados a veces con la dulzura de las palabras no evocadas. Las canciones de amor nunca deberían de acompasarse con latidos más rápidos que los de nuestro corazón, por muy taquicárdicos que permanezcamos frente a las transparencias blancas del verano. Porque los bañistas purgan sus delitos levantando la cabeza hacia el origen de las gotas de agua de la ducha y luego se sumergen en el bautismo del agua azul, clorada, ligeramente impregnada del aceite que rezuma en los cuerpos bronceados. Mudamos nuestras pieles, las permutamos por los atávicos tonos oscuros para contrastarlos con un pantalón muy caro, una camisa muy barata y, sin embargo, perfectamente armonizados. Hacia dónde caminan los pasos oscilantes, hacia dónde las miradas sin unas gafas de sol que mitiguen la refulgencia de los rayos sin filtrar.

Y, sin embargo, el corazón es el corazón y la memoria es lábil y, sin embargo, perenne y, sin embargo, perecedera. Las nubes del cielo no amenazan los ritmos de una música que nació para bailar, pero que nunca se compuso para acompasar una triste, pero alegre, tarde de verano.

(La foto de hoy no la ha hecho nadie, porque estaba pintada en el cielo, tras mi ventana.)

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URB 002-1

Quiero que toques música para mí. Que el cielo es mucho menos que la estratosfera de los mordiscos de vida que se arrancan a dentelladas. Quiero que toques mi canción favorita, porque el imperio de la noche invade los poros. Que la epidermis es mucho más que las caricias inexistentes. El universo se compone de cuatro acordes fantásticos. Quiero que cantes con voz desgarrada. Que la laringe y las cuerdas vocales son mucho más que los días y sus noches cargados a cuestas. Quiero oír la risa inapagada, los gorjeos de tu guitarra. Que mis pies son mucho más importantes que el camino que todavía queda por andar. Quiero que el silencio escuche al silencio. Que las bonitas aves marean de tanto dibujar trazos en el aire.

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Isla desierta

Me gustan todas las ficciones -libros, películas, series de televisión- que giran en torno a los naufragios y las islas desiertas. Creo que en todas ellas hay profundísimas reflexiones sobre la supervivencia y  la soledad, la autosuperación y la reflexión sobre nuestra existencia. Me gusta concebirlas como grandes metáforas del destino de los seres humanos, con todas nuestras miserias y nuestras grandezas encerradas en un entorno natural y unos cuantos metros cuadrados rodeados por el agua del mar. Parece que la llegada a la isla es el primer momento de una vida dentro de la vida y la salida futurible el momento de redención y salvación. La isla desierta es símbolo, a partes iguales, de nuestros deseos paradisíacos de soledad en contacto con la naturaleza bella y de nuestros miedos cegadores a esa misma soledad con sus privaciones. Todo lo malo y lo bueno del estado salvaje.

La pregunta «¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?» es ya un clásico trillado en el género de la entrevista periodística y en las conversaciones relajadas cuando están a punto de ponerse hondas. Cuando me han hecho esa pregunta, no he sabido muy bien qué responder. Admiro y envidio a todos aquellos que dan una respuesta atinada e ingeniosa que les salvaría de todos los males y penurias en sus años de obligada reclusión. Ahora mismo me lo pregunto a mí mismo y vuelvo a no dar con ninguna respuesta que no sea excesivamente chorra.

Reconozco, sin embargo, que se me da muy bien la formulación de la pregunta opuesta: «¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?». Digo la formulación, no su respuesta, que seguramente sería igual de tontorrona e infantiloide. A estas alturas de la película de nuestras vidas de naufragios, sé que mis deseos poco iban a solucionar la realidad de las cosas. La isla desierta es una imposición y no un abanico de oportunidades. Cuando me hacen la pregunta o yo formulo la contraria, vienen a mi mente nombres concretos de personas. Y cada vez me llevaría menos personas a la isla (aunque cada vez pienso que algunas de ellas se merecerían permanecer allí, por sí solas y sufriendo con su soledad).

Llevo ya muchísimos meses viviendo en una isla desierta. Entre momentos difíciles, momentos de angustia y días y días en los que no sabría si aguantaría más inclemencias del tiempo, sigo vivo, pese a quien le pese. Y me he ido sumergiendo en los divertidos momentos de divagación vital que supone entretenerse con las cosas pequeñas del día a día. He desarrollado mis pequeñas manías, mis pequeños trucos de supervivencia, mis pequeños rituales del día a día. He caído mil veces y me he levantado otras mil. 

Permeneciendo en esta isla vital, he ido rellenando este cuaderno de bitácora. Unas veces, mis entradas han ido penetrando en el diálogo del que manda un mensaje en una botella. Otras veces, mi discurso se ha ido viciando con una permanente y obsesiva divagación, entreteniéndome en el hilo de los discursos y no intentando salir en su resolución.

Y ahora me pregunto y os pregunto: «¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?», sabiendo que en la respuesta nunca está la salvación.

(Imagen de Cloning Girl)

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