— Verba Volant

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Soledad

Calendario

Los días ya no corren en su calendario de mesa. Se han quedado anquilosados, blancos y vacíos. Sin ninguna perspectiva de futuro, sin el consuelo de ser habitados por algún plan que llene un vacío que se extiende hacia el abismo. El viajero, cansado, quizá acompañará a esas hojas de calendario en la ruta hacia el sinsentido. Su mirada no alcanza a ver más que el día de mañana, pero no atisba en ese futuro inmediato ningún rayo de luz que instruya su alma. La vida no ha conseguido enseñarle el camino, la alegría no ha logrado perpetuarse en su corazón. Su carne no logra descansar con la dignidad propia del que merece el premio de la meta. El viajero quiere, de una vez por todas, acompañar a esas hojas con los días carentes de destino, que vuelan para no perpetuarse. Es el único paseo que puede dar y la única compañía con la que puede contar. El infinito, como el horizonte, es muy largo de fiar.

(Imagen de Brother O’Mara)

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Maleta

El viajero de las palabras está cansado. Tan cansado como todas las lechuzas del mundo, obligadas a vigilar la noche. Y se siente muy próximo al abismo, sólo que esta vez se encuentra algo enfermo y mucho más solo. Y se niega a caminar. Se siente como el visitante de un museo en aquel relato de Cortázar -el viajero, hoy, se resiste a poner hipervínculos- en el que el visitante en cuestión se niega a pasar a la sala en la que se expone una obra maestra: dice que le vale con lo que ha visto hasta entonces, dice que no quiere ver más. Y también se siente un turista accidental del devenir (libro magnífico de Anne Tyler, película memorable de Lawrence Kasdan), intentando buscar cómo encontrar la fórmula maestra para meter en una maleta todo lo que cabe en una vida. Pero unas veces empuja la maleta para cerrarla y se le queda atascada la manga de la camisa, y otras intenta abrirla y la encuentra totalmente vacía. El viajero de las palabras piensa que Quevedo se quedaba corto, que la vida no es ir muriendo, que la existencia es una sala de despiece en la que oscilan todos los cadáveres hasta que te encajonan en su podredumbre. Y su extenuación es tan grande que llora de sufrimiento. El viajero de las palabra piensa que no pasa nada, que no es nada grave, que la vida -como la juventud- es una enfermedad que se cura con el tiempo. Y que somos tan pequeños, por insignificantes, que nadie notará nuestra ausencia (siempre le ha gustado la descarnada escena de la noria de El tercer hombre, con Orson Welles hablando a Joseph Cotten de las hormigas ). El viajero piensa que basta tan sólo dar un paso para que el viaje se acabe. El viaje y la vida como metáforas. El viajero de las palabras piensa que, en este asqueroso mundo, sólo nos quedan las metáforas. Y no todas son bellas.

 

(Imagen de Toos&TheSea)

 

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Jay Dickman, premio Pulitzer

Hace ya unos cuantos días, publiqué una entrada titulada Desmayo en el cielo en la que mostraba mi voluntad firme y serena de no querer despertarme nunca más en el caso de que volviese a perder el conocimiento. No me pasa lo mismo cuando me meto en la cama, apago la luz e intento dormir. La sensación de que no voy a volver a despertar atenaza el descanso y lo revuelve en un mar de desesperación que acaba frecuentemente en una incorporación súbita y rebelde, con esos ojos completamente abiertos característicos del que teme no volver a ver nunca más. Cada vez es más frecuente que duerma abrazado al teléfono como el único corcho salvador de mi frágil vida y como único nexo de mi unión con el mundo. Ahora que el infierno vuelve a dejar de ser un estado de ánimo para convertirse en algo aterradoramente real, me niego a cerrar mis ojos voluntariamente temiendo lo que puedo encontrarme en el torbellino ígneo que adivino al final.

(La fotografía es de Jay Dickman y pertenece a la serie de instantáneas con las que ganó el Premio Pulitzer de Fotografía en 1983. El cráneo pertenece a una víctima de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador)

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San Sebastián Zurriola

 

Después de pasar un fin de semana mágicamente normal, la tarde de domingo fue rascando los minutos de forma acelerada e implacable. Y el viajero, ante la vida, se encontró con un arpegio de ausencias y soledades. Se dispuso a gritar hacia arriba, intentando indagar, una a una, las razones, pero se quedó con las ganas. No sabe qué es mejor, si encontrar las respuestas o descubrir el vahído de la nada.

 

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Anciano

Parece ser que los científicos han descubierto algunas de las claves para vivir más tiempo. De hecho, la esperanza media de vida en los países desarrollados, según el artículo que gloso, es ya de 83 años para las mujeres y de 77 años para los hombres. Y resulta que algún sabio que anda suelo dice que no tendríamos por qué morirnos: podíamos ser como los cnidarios, que viven en el mar indefinidamente. Yo paso olímpicamente.

(La fotografía es deThorbion)

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La cena de Nochebuena

Finalizando ya los vericuetos de la Nochebuena (I y II), escribo el remate final. Mi propósito era haberlo hecho en tiempo real, pero la cosa se puso algo triste en la entrada anterior y creo que no era momento de caer en lo melodramático. A un tris he estado de borrar la entrada anterior, escrita con el corazón y con el impulso, con mucho de confesión impúdica. Pero ahí se va a quedar.

A medida que pasaba la noche, fui traicionando alguno de mis principios. Pero no todos.

  1. Pasé, en efecto, la noche solo. Y no busqué ni siquiera el refugio del móvil más que en un caso más que justificado: hablar con mi hijo. El recuerdo de los ausentes (con el cuerpo -mi padre- y con la memoria -mi madre-) fue muy doloroso. También lo fue estar separado de mi hijo, que es algo así como más de la mitad de mí. Pero también tuvo su parte de consuelo, como se tendrá ocasión de comprobar en el punto siguiente.
  2. Primera traición: abrí una lata de bonito… pero la mezclé en una ensaladilla. Congelada, eso sí. También mastiqué despacio. Y añadí algo que rondaba en el frigorífico: una sabrosísima carne guisada que estaba haciendo guardia desde la comida. Y ahí entró parte del consuelo: no tuve que ver manteles carísimos conjuntados con velas haciendo juego. No tuve que ver desfilando platos con nombres de cinco líneas (la chuminada esta de la nueva cocina, que ha recuperado la tradición de los larguísimos títulos de los libros del siglo XVIII). Me perdí -esa suerte tuve- conversaciones intrascendentes adornadas con pretensiones mil, alejadas de la naturalidad y del sentido común. Es decir, me ahorré la parafernalia. Es decir, cené bien.
  3. Vi la tele, pero sólo un poquito. Y no exactamente la tele, sino una película que tenía grabada. Tengo la costumbre de ver muchas películas en porciones, a veces muy pequeñas.
  4. Escogí el bonito y tradicional objeto navideño. Hasta le he dedicado una foto plagiada. Pero no lo exprimí hasta sus últimas consecuencias.
  5. Escuché mucha música. Y el iTunes en modo aleatorio me deparó maravillas (a veces hice trampa, y me salté alguna horterada). Así que, pese a estar solo, estuve acompañado por Wagner, Mozart, Bach, Diana Krall, Jean Michel Jarre, Miles Davis, Calamaro, Aute, Silvio, Sabina, Eartha Kitt, Gianna Nannini… Y, en efecto, escuché a Los Secretos: «Hoy he soñado con otra vida, con otro mundo. Pero a tu lado.» «Ya no persigo sueños rotos: los he cosido con el hilo de tus ojos.» «Ahora estoy solo y arrastro mi dolor.» » Y mientras en la calle está lloviendo, una tormenta hay en mi corazón». Pero el rey de la noche fue John Lennon. Y no pude tener mejor compañía. Escuché la maravilla navideña titulada «Happy Christmas (War is over)». Y muchas otras. Repetidas y repetidas. Siempre diferentes.
  6. Me acordé de alguien. Para bien. Para mal. Como reconozco que no soy una hermanita de la caridad, me acordé para mal de unos cuantos. Y el tiempo me da la razón. Pero tampoco merecen muchas ideas ni muchas líneas. Ni en mi cabeza ni en este blog.
  7. No creí oportuno escribir una entrada en los minutos próximos a las doce de la noche. Quizá hubiese puesto cosas de las que me hubiese tenido que arrepentir. Hay mucho bicho por ahí suelto…
  8. No me fui a la cama leyendo a Rilke y sus Elegías de Duino. Pero sí me acordé a lo largo de la noche de algunos versos, que siempre guardo en algún lugar recóndito de mi memoria. Obviamente, no voy a cascarlas aquí todas. Así que el atrevido, que se atreva. Sólo abriré apetito a los sensibles con el principio: «Quién, si yo gritara, me escucharía entre los órdenes /angélicos?» «La belleza no es nada sino el principio de lo terrible».
  9. Me fui a la cama. Y leí, como todos los días. Y dormí, como todos los días. Y esperé a que llegase un nuevo día, como todos los días.
  10. Y ese día, afortunadamente, llegó. Y, pese a la tristeza, también hubo felicidad (o, como le gusta decir a Rojas Marcos, «satisfacción con la vida en general»). Y de eso hablaremos: de felicidad y de resiliencia. Por extenso. Pero otro día.

 

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El árbol de Navidad en el Rockefeller Center. Qué bonito...

 

  1. Pasar esta noche mágica solo.
  2. Abrir una lata de bonito, servir su contenido en un plato y masticar despacio. Añadir algo más, lo que se tercie, lo que esté de guardia en el frigorífico.
  3. NO ver la tele.
  4. Escoger un bonito y tradicional objeto navideño. Por ejemplo, éste.
  5. Escuchar un poco de música. Al final, seguro que escucharé a Los Secretos. Primero escucharé ésta y luego, seguramente, esta otra. Y luego dejar iTunes en modo aleatorio.
  6. Acordarme de los muertos (perdón, ¿no se verá la tachadura?) de alguien. No todo van a ser buenos sentimientos…
  7. Intentar escribir una entrada de Verba volant en los minutos próximos a las doce de la noche para contar la experiencia.
  8. Irme a la cama leyendo en voy alta las Elegías de Duino de Rilke.
  9. Dormir, dormir y dormir. Esperando que llegue un nuevo día.

A ver si hay suerte.

 

(La foto es de picassina)

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espiral e infinito

Estaba apoyada en la baranda, junto al mar, y sus ojos reflejaban la inseguridad aparente de quien no es amigo de la razón. Como quien espera la noche, su espíritu oscilaba musitando palabras que sólo ella escuchaba, que sólo ella entendía. Se preocupó por el espíritu de los muertos, por el sueño de los peces de los hondos mares, por la enloquecida presencia de las heces en el infinito, por el resabido tronar romántico de los poetas, por esa esencia que no existe, por ese hombre que no desea, por el álgido temblor de los latidos inmunes al ruido. Musitaba palabras en las que no mencionaba la vida: el Arte; sólo el Arte. Buscaba, mirando al mar, todo la belleza sin natural, buscando su parangón en cuadros y poemas. La escena de la película amada recorría su memoria; el compás inspirado por el cúmulo tremendo. Y con un suspiro a medias encogido bajaba la cabeza y pintaba el aire. De repente, se dirigió a mí y quiso indagar en la razón y las ideas; yo me limité a alejarme, paseando, mitigando mi ser entre la niebla.

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No será difícil que muchos lectores de esta entrada vean tras el título la pluma de Fray Luis. En efecto, es uno de los versos de su «Oda a la vida retirada». Es un verso que me ha gustado siempre, aunque pase desapercibido entre la calidad expresiva del poema del de Belmonte. Me ha gustado y me he sentido identificado con él infinidad de veces: esa soledad buscada del lugar ameno, apartado y recóndito del que refugiarse del estrépito del mundo. Ayer, sin embargo, martilleó mi memoria en una solitaria noche de martes. Adornaban mi mesa de televisión unos triangulitos de queso de oveja, una pieza de fruta algo más que madura y un yogur aderezado con un par de cucharaditas de azúcar. El lujo supremo tomaba el nombre del Rioja crianza del 2001, que tampoco era para tirar cohetes. Cenar uno frente a la pantalla del televisor es la postura más reveladora de la soledad en el mundo. A solas, sin testigo. O frente a un testigo, la tele, a la que escuchas pero no te oye. El aparato que niega el intercambio comunicativo. Necesitaba un artilugio que rellenara con ruido el silencio para enmascarar el vacío. Me negaba a que el mutismo de la casa rebotara en la casa sin cortinas, con muebles viejos y ajados. No quería que el frigorífico, el silencio del siglo XX, repiqueteara con sus espasmos repentinos. Apagada la televisión, llegó la aparente calma. Unos instantes de lectura para motivar y deleitar el gusto, pero, sobre todo, avanzadilla del letargo. Pero una lámpara sobre la mesilla de una cama rota, sobre el suelo, provoca un mar de sombras. Y luego, tras el clic del interruptor, el abismo. Una noche sin pesadillas pero sin sueño, el agitar del viento los árboles y las luces adivinadas por los resquicios de las ventanas. A solas, sin testigo, he visto comenzar un nuevo día.

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