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Otra vez el mar

Rompeolas

La historia que comienza en estos instantes acabó siendo triste, pero el final nada importa. He dedicado mi vida entera a contar los finales desolados, las esperas infinitas, el amor devenido en locura, la insensata lágrima del adiós. Era un lejanísimo día de verano, cuando aún era joven. Miraba al mar en el rompeolas, con la brisa como único testigo. De repente, sin que me diese cuenta, una voz sonó a mi lado: «Los pensamientos la mar los encierra, porque se componen de sal, bruma y agua. Mira a la piedra y pide tu deseo». No se me ocurrió volverme. Tan sólo atendí a esa voz calmada que emitía esas palabras insondables. Me limité a seguir el juego: «El deseo que pido es que sal, bruma, agua y piedra unan sus fuerzas, sean consistententes y formen unos versos convertidos por mis manos en poema». Mi petición sonó categórica y firme. Ella contestó: «Así será». Nuestra miradas, al fin, se cruzaron. Su rostro era reflejo de sus palabras. El sosiego melodioso recorría sus mejillas en un gesto adusto pero sonriente. Sus ojos miraban fijos hacia el fondo del alma, sin dar siquiera un respiro a lo contemplado. El pelo oscilaba frente al mar y echaba su cabeza hacia atrás respirando hondo: «El mar es lo primero, pero si tú dices que lo azul es azul, entonces, ciertamente, no será negro».

(La foto pertenece a heidigoseek)

Ella preguntó por las palabras

espiral e infinito

Estaba apoyada en la baranda, junto al mar, y sus ojos reflejaban la inseguridad aparente de quien no es amigo de la razón. Como quien espera la noche, su espíritu oscilaba musitando palabras que sólo ella escuchaba, que sólo ella entendía. Se preocupó por el espíritu de los muertos, por el sueño de los peces de los hondos mares, por la enloquecida presencia de las heces en el infinito, por el resabido tronar romántico de los poetas, por esa esencia que no existe, por ese hombre que no desea, por el álgido temblor de los latidos inmunes al ruido. Musitaba palabras en las que no mencionaba la vida: el Arte; sólo el Arte. Buscaba, mirando al mar, todo la belleza sin natural, buscando su parangón en cuadros y poemas. La escena de la película amada recorría su memoria; el compás inspirado por el cúmulo tremendo. Y con un suspiro a medias encogido bajaba la cabeza y pintaba el aire. De repente, se dirigió a mí y quiso indagar en la razón y las ideas; yo me limité a alejarme, paseando, mitigando mi ser entre la niebla.

Retrato de una mujer frente al mar y su inmensidad

Mujer ante el mar

El mar y su mirada preguntaron por aquella luz que emergía entre las olas. Sus ojos oscuros se posaron sobre aquella espuma -rosa y gris- para alzarse luego ante un sol inexistente.
Abrió los ojos y respiró, creyendo que la duda entraría en sus pulmones; pero su pecho quedó solo, anegado por la muerte. Percibía los placeres y se interrogaba por ellos: frágiles desvaríos a cada instante. Su cuerpo insinuaba la curva de la espera, de la calma, de aquella brisa que indagó sus deseos y quedó convertida en simple viento.
Dime por qué. Su voz se alzó, quejumbrosa, buscando las palabras de quien era semejante, y, por ello, no pudo encontrar respuesta alguna. Apenas pudo atisbar la aporía en esa ola que se alzó y rompió su semblante.
Dime cómo. Su cara se inclinó, desafiante, buscando los orígenes de la ausencia de límites, sin hallar —por eso mismo— otra contestación que el bramido de la resaca en franca retirada.
Dime cuándo. Su dedo apuntó tembloroso a esa roca que era símbolo de muerte. Y no encontró sino una gaviota que alzaba el vuelo para nunca retornar. El tiempo no tenía sentido, porque ya no existía.
Dime de qué color es la felicidad. El mar devolvió una sonrisa sincera, y contestó: «El color puede ser blanco, puede no ser negro; mas nunca busques dicha ni respuesta en figuras imposibles, negras y de contornos amarillos. Busca, en todo caso, la alegría en mi color».
Ella miró, alzó los brazos y, respirando hondamente, alzó su voz. Su dedo acabó posándose en una gota de agua y sal; la llevó a sus labios y desapareció convertida en niebla.

(La fotografía «Olas de Niebla» pertenece a Alejandro Medina)