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Felizqué

Que sí, que la Navidad está sobrevalorada. Quizás la navidad no, no lo sé, tampoco lo he pensado mucho. Que ya sé que, a fuerza de sonreír, aunque sea un rictus y no felicidad auténtica, hay algo dentro de nuestro cerebro que desencadena un efecto que no sé cómo se llama. Un conocido mío, iluminado él, me decía que él se ponía un lapicero en la boca y lo mordía para subir las comisuras de los labios y funcionaba. Yo me quedaba maravillado escuchándole. No por lo del ejercicio de sonrisa felificera, no, sino por el convencimiento que tenía de que tenía que ser un lapicero. Luego le miré los dientes y lo entendí todo. Tenía unos dientes perfectos y esa sonrisa falsa/verdadera no se había estropeado porque hincaba los dientes en algo blandito, madera. Un estilográfo le ponía en la boca, no te jode, a ver de qué se alegraba, mordiendo por el rotringdelcerodos para obtener una muesca que no se le iba a quitar en su puñetera vida. Un rotulador edding550 sería una alternativa, para que el mordisco se le hiciese grande y toda la alegría de la huerta se le fuese regando con el chorrillo de saliva que le provocaría la boca abierta.

Que no, que no soy el Grinch, que pesados. Quizás no sea un christmaslover, pero soy propenso a que me dé un poco igual todo, imaginaos lo poco que me cuesta abstraerme de todo y de muchos. Y sí, no me gustan los villancicos, no me gustan. Y sí, me gustan algunas películas navideñas, mira por dónde. Que uno se contradice en lo que quiere o con lo que puede. Que me veo Solo en casa uno y dos siempre que se tercie. Que La jungla de cristal es uno de los motivos por los que vivo, señoras y señores, con John McClane redimiéndose con el mundo y, sobre todo, consigo mismo, conmigo mismo, con todo lo que se menea y a lo que no pega tiros. Y, en el colmo de los oxímoros, tengo a Love actually en el limbo. Me parece tan bonita y tan triste y tan decadente y tan empalagosa y tan tierna y tan cínica y tan… que la veo y la reveo para ir poniéndome en el lugar de muchos de sus personajes. Pero no voy a decir cuáles, pedazo de cotillas.

Y dejo para un párrafo aparte Qué bello es vivir. Que sí, que yo soy áspero para las relaciones personales y para mostrarme afectuoso y para ser el más majo del barrio. De todos esos cargos soy culpable. Pero la ficción es la ficción y me gustan esos cuentos con ogros capitalistas y príncipes con principios, me gusta que Búfalo no quiere dormir, no quiere dormir, no quiere dormir. Y los gimnasios con piscinas agazapadas por abajo. Y los albornoces que se enredan y los pomos de las escaleras que se desprenden (bueno, eso en la ficción, no podría aguantar eso en la vida real, me daría un soponcio, lo confieso). Y los discos y que se llamen con esos teléfonos que yo no he conocido pero mi padre sí. Y que los ángeles caigan del cielo porque no se han ganado las alas. Y las sorderas obtenidas en los lagos helados y los hermanos que triunfan y tú te quedas por el camino del negocio familiar para sacar todo adelante. Es todo tan ficticio, tan exagerado, tan imperfecto en su desarrollo y tan perfecto en sus finales que parece una filosofía de vida que no comparto y que, precisamente por eso, amo.

Felizqué, amigos y amigas, felizqué. No me veréis mandar una felicitación estandarizada por wasap, lo siento mucho. Y solo contesto aquellas que están personalizadas y añaden algo a lo que no sea una lista de contacto. Mandé ayer una felicitación ayer a una amiga que estaba cenando sola. Un abrazo a una familia a la que se le fue un pilar. Y otra a otro amigo al que quiero y aprecio por muchas razones y que es al único al que le felicito, por puro placer, el Año Nuevo.

Vivimos tiempos difíciles, quién lo duda. Tiempos con distancias que se agrandan y con abrazos que no llegan. ¿Y sabéis qué? Que yo también espero que llegue algo que nos reconforte. Pero nunca he pensado en que la Navidad fuese un tiempo para esto y para aquello. La navidad está hecha para ser un conjunto de días que se pasan con el tiempo. Como la juventud, como la vida y como la risa de ese conocido con el lapicero en la boca. Y, a modo de final: nunca he aguanto ver un edding550 mordido, con los colmillos ahí marcados para siempre. Pero siempre quedará el olor del napalm o de la tinta permanente que es así porque no se va nunca.

(Esto, hoy, va sin foto).

Carpe diem con Blade Runner

No quería empezar así, que va, nada más lejos de mi intención. Tampoco quería comenzar el párrafo de esta manera, ni de broma. Puede que a alguien le interese el «carpe diem» porque tengan poso o porque sí o porque le dé por pensar en subirse a una silla como signo de protesta. Aunque luego esos que lo piensan se hayan doblegado a alguien o a algo, quién no lo ha hecho (doblegarse, no pensar en subirse en una silla: yo, de hecho, me he subido, pero no como alumno y no para cambiar una lámpara). Y, desgraciadamente, cada vez hay menos gente a la que le interese Blade Runner. Y tenéis que saber que, en ese caso, estáis muertos para mí, meros replicases de segunda (generación). (Blade Runner «la buena», aunque tengamos que hablar un día de ella, Dani, de la del 2049 con una marinera y unas cuantas cervezas, si has llegado hasta este párrafo intrigado).

Yo quería hablar de cosas mucho más prosaicas, de esas que se escuchan en la tele. Esta tarde, mientras posponía todas mis tareas, me dedicaba a ver un programa de televisión (grabado, para saltarme los anuncios, qué cuco yo) y he oído a alguien famoso y afable y simpático decir que lo que hay que hacer es vivir la vida y disfrutarla. Y yo he pensado que sí, que estamos de acuerdo. Que la eudamonía está ahí como meta para todos, que la cosa está en encontrar caminos.

Y sí. Y no. Porque pensaba yo, mientras sentía que el programa seguía circulando por mis ojos y mis oídos, que se trataría de eso, de vivir la vida y disfrutarla. Pero no sé vosotros, pero yo la vivo a un 47,43 % y la disfruto a un 29,85 % (siendo generosos). Que no es inconformismo, qué va. Que no es quejarse de vicio, qué va, aunque un poco sí. Que no sé lo que es esto que tenemos entre manos, tan corto, que no nos acaba de llenar. No sé si me explico, seguro que no. Pero vaya mierda de poso que, cuando queda cada vez más agua, más difícil es de evitar.

Y que ya sé que a lo mejor no es tanto esa visión demasiado exultante de vivir la vida y disfrutarla, sino algo con el foco más puesto en vivir y aprovechar el momento. Y ahí la hemos liado. Que aprovechar es algo muy difuso y con el que puede que no todos estemos de acuerdo. Pero, desde luego, no es sinónimo de disfrutar, no tiene por qué. Pero acabo/acabamos tan cansado/s de intentar aprovechar el momento en el sentido más práctico que no lo aprovecho, que no le saco sustancia ni sinsustancia. Ni accidentes. Que es un vacío que no sé dónde está, pero se respira y se huele y palpa. Y la boca te sabe mal cuando te despiertas, cuando duermes y cuando pasas por el día a día cojeando tus miserias.

Y eso, que me acuerdo mucho de Blade Runner y de ese anuncio luminoso de Coca-Cola con esa invitación al «Enjoy», en una ciudad y una civilización que se está muriendo, con invitaciones a marcharte muy lejos, a un quinto pino que está en el espacio exterior. Que es un espacio fuera de nuestra planeta, pero también externo, puede, a nosotros mismos. Y que, en algún momento, hay que meterse en un ascensor y esperar que se cierre la puerta para que acabe la película. Que es una puerta que abre a algún sitio que puede no ser el paraíso.

Aunque, ahora que lo pienso, llevo desde el mes de marzo sin montarme en un ascensor que me haga subir o bajar. Lo que tengo muy claro es que soy tan míseramente humano que no llego a replicante. A replicarme. A repicarme. Preferiría huir, qué duda cabe. Pero todavía tengo que rendir cuentas y protestar y poner los dedo sobre los párpados del Padre y apretar con toda la rabia que tengo no proviene de ser perecedero, sino de no encontrar la salida al laberinto. De vivir.

La imagen es de Dragan.

Terapias de felicidad #2

Hace mucho tiempo, escribí una entrada de lo que iba a ser una serie. O, más que una serie, era un propósito. O más que un propósito, era una tarea. O, quizás, en el fondo lo que quería es tener una estrategia para ser feliz.

Creo que, visto el asunto, me conozco suficientemente como para saber que la felicidad, para mí, ni siquiera es una aspiración, sino que es una ilusión, una ficción. No obstante, una cosa es ser consciente de que nunca voy a alcanzar la felicidad y otra muy distinta el negarse a ver que, cada día, hay algunos destellos que hacen mi vida más soportable.

Por lo tanto, tal y como hice en aquella ocasión, reflejó una lista de momentos apacibles ocurridos ayer dentro de las tormentas:

En mi entrenamiento colectivo con mi equipo de natación, he conseguido un par de momentos de nado subacuático fluido. Al resto de la humanidad le podrá parecer absurdo, pero es uno de los momentos más satisfactorios y bellos cuando uno está debajo del agua.

Ese momento debajo del agua, me ha hecho reflexionar sobre otra circunstancia: en la vida, no siempre es bueno ir con la cabeza levantada. A veces tienes que bajarla y alargar más los brazos.

En medio del marasmo de trabajo y corrección de prácticas, me he encontrado con varias alegrías. Unos cuantos trabajos fuera de serie y unas dosis de momentos emocionantes.

También esto me ha servido para reflexionar que me gusta ser profesor no por lo que pueda yo enseñar, sino por lo que puedo aprender. Y no es una forma de hablar, sino algo de lo que estoy plenamente convencido.

He visto una película, Capitán Phillips, que será perfectamente prescindible en mi vida, pero me ha ayudado a pasar un rato divertido, ajeno a los delirios.

He aparcado pronto el coche y me he quedado dentro hasta acabar de escuchar una de mis canciones favoritas.

He comprado una enorme barra de pan con una pinta estupenda al mismo precio que una normal.

Me ha gustado ir a la compra en bicicleta y volver cargadito o con dos bolsas. El peso, que dado provoca una caída, ha sido el que me ha dado luego estabilidad.

He pensado hoy en el día de ayer, que es, como todos los años, de recuerdo horroroso, pero me he quedado con el brillo de aquellos ojos azules para que sigan alegrando y ejemplificando lo que soy y lo que pienso.

Y, por fin, me doy cuenta de que soy capaz de pensar en diez cosas positivas. No está mal. Es un progreso.

Imagen de Aaron Kalandy

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Porque la felicidad no existe

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No tengas miedo a la felicidad porque la felicidad no existe. Ni aquí, ni en ninguna otra parte. Moriremos mañana, así que no digas nada. Es el tiempo de besarnos. Voy a quererte con toda mi alma. ¿Sabías que no existe ningún tesoro escondido en ningún lugar recóndito?: está justo aquí, a nuestro lado. Tan cerca, que casi nos hace caer. Vivir una sola vez es perjudicial para nuestra salud, así que es el momento de disfrutar de los buenos momentos, como estos que me ofreces tú, ahora, aquí. Puesto que un poco más o menos de sal no va a cambiar nada en el mar ni en ninguna otra parte, vamos a querernos apasionadamente, vamos a entrelazar nuestras manos, vamos a abrazarnos.

No tengas miedo a la felicidad: la felicidad no existe. Ahora, en este momento, tan solo voy a dedicarme a quererte con toda mi alma.

(Versión prosificada y modificada y libremente de “Le Bonheur”, de la cantante francesa Berry. La imagen es de Dani Álvarez.)

Abstine. Sustine

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Decía mi padre –que, por otra parte, era de espíritu alegre y positivo– que un optimista es un pesimista mal informado. Es cierto que esto destroza las perspectivas buenrollistas que inundan el mundo y, probablemente, alguno de los optimistas quiera salvarme para su causa. Seré pesimista: no creo que lo consigan.

Hemos venido al mundo sin acuerdo previo y nos retirarán de él cuando menos lo queramos, cuando menos lo esperemos. Podremos tener momentos más o menos buenos, estupendos o maravillosos, pero siempre hay alguien o algo esperando con el mazo. Por eso, lo ideal es tener suma precaución. Un mazazo no tiene por qué ser definitivo si lo esperamos, pero puede ser dolorosísimo si vamos por la vida sin pensar en sus consecuencias. En las consecuencias de la vida y en las consecuencias del mazo.

De entre todas las teorías que buscan no salir tan mal parados de nuestro día, la que voy considerando, según mi experiencia, la más verdadera es la atribuida a uno de los estoicos, Epicteto: «abstine et sustine». Abstente. Sostente.

Pues eso. Mañana, seguramente, llegará la entrada número mil del blog y quizás sea una entrada alegre. Quizás. El día me esperará en pie.

(Imagen de Tc Morgan.)

La dicha

La felicidad no entiende de perseverancia ni de voluntades.
La dicha es un estado pasajero.
Se levanta cuando empieza el día y, minuto a minuto, los hechos se disocian de nuestras ilusiones.
Se tambalea a medida que reflexionamos, que pensamos fríamente
Cae al atardecer, como el sol.
Y nos dormimos con el miedo y con la ilusión de volver a despertar. Quizás.

(Imagen de Víctor Nuño.)

Terapias de la felicidad #1

No soy muy amigo de las teorías psicológicas que yo denomino «iluminadas», pero hay ciertas corrientes bastante serias en la actualidad de la denominada psicología positiva, que tiene a Martin Seligman como uno de sus representantes más destacados (también contamos, en el ámbito español, con Luis Rojas Marcos). En el ámbito español, pese a ser muy divulgativas, me encantan las intervenciones de Elsa Punset en El Hormiguero. En uno de estos programas, Elsa Punset hace unas reflexiones muy generales pero muy apropiadas en torno a la búsqueda de la felicidad y se afirman cosas como que, cuando estamos tristes, nos obcecamos en ver solo una parte mísera de la realidad pero olvidamos otras cosas positivas que hay a nuestro alrededor porque, en el fondo, quizás no vemos las cosas como son realmente, sino como el cerebro nos dice que son (somos muy obstinados en nuestras percepciones). En ese mismo programa Elsa Punset nos brinda un consejo muy simple para «educar» a nuestro cerebro a ver las cosas buenas de la vida poniéndonos a la tarea de hacer una lista diaria con las cosas positivas que nos han sucedido a lo largo del día.

Esto es lo que me propongo hacer explícitamente en el blog de vez en cuando. Empezamos con cosas que me han sucedido entre ayer y hoy. Son pequeños detalles, pero quizá mi cerebro empiece, paulatinamente, en percibir los colores y no sólo el blanco y, sobre todo, el negro.

  1. Entre un tumulto de obsesiones y pensamientos tristes, se me ha ocurrido un chiste muy malo con el que me he reído a mandíbula batiente.
  2. He presenciado una pequeña conversación en torno a cuestiones importantes de la Universidad y he visto que el mundo, al menos de momento, sigue funcionando.
  3. He salido a correr y, pese a una temperatura gélida, he disfrutado con un sol temprano que iluminaba el camino y con el que las ramas de los árboles hacían formas maravillosas.
  4. Pensando en mi salud, he comprobado que últimamente las cosas van sobre ruedas, sin ninguna lesión a la vista.
  5. Me ha gustado detenerme en preparar a mi hijo el desayuno: leche caliente con cacao y galletas. Hoy no me lo he tomado como una obligación, sino como un regalo.
  6. Pese a tener mucho trabajo acumulado durante estos días, me senté frente a la televisión para disfrutar de un capítulo de Fringe.
  7. Pensando en esta serie, tengo que dar las gracias a las personas que me aconsejaron insistentemente para que no me la perdiese.
  8. Tuve la suerte de relacionar unas cuantas ideas que tenía perdidas para un trabajo de investigación que tengo pendiente.
  9. Disfruté cenando una ensalada y un plátano, y no me asaltó la necesidad compulsiva de empapuzarme después con miles de galletas.
  10. Fue cerrando los ojos paulatinamente, dejándome vender por el cansancio más que por las preocupaciones. La pasada noche no hubo monstruos.

(Imagen de Elisa Deljanin.)

Y no lo sabía

adusto

Una presa en el saco de la ignominia, una huida hacia delante. La seriedad como arma y como escudo. El gesto adusto, la mirada angulosa y angulada. Un mohín de reprobación en el semblante. Aquí nadie se ríe, que la vida es muy seria y no está el horno para bollos. Y lo digo yo, que soy el que manda. Las cosas no son lo que parecen, todo es grave siendo ingrávido; todo es volátil, pero pesa, como las consecuencias de nuestros actos. Por eso, él se decidió a no tolerar la risa, ni la broma, ni el labio curvado fácil. Padecía gelotofobia y no lo sabía. Por si acaso.

(Entrada dedicada a todos los intolerantes y poco sonrientes con los que nos toca vivir. Imagen de ViaMoi.)

¿Felices?

conferencia

Si la gripe (común, que para eso uno es muy vulgar) no lo impide (o remedia), el próximo jueves, 12 de noviembre, daré una charleta en el interClub de Caja de Burgos. Por aquello de meterme en camisas de once varas, he elegido como tema la felicidad, un asunto que me apasiona y que nos toca más la piel que una camiseta de Abanderado de las de tirantes y caladitos. Se titula «¿Es posible un mundo feliz?». Como su propio nombre indica a los avispados, quizá la pregunta tenga trampa. Quizá no.

El interClub está situado en la calle Jesús María Ordoño, números 9-11 (es una calle paralela a la calle Vitoria y que finaliza en el edificio de Hacienda). Estáis invitados, si no preguntáis mucho.

Jijí, jajá

risa

¿Quién dijo miedo? ¿Qué es eso del valle de lágrimas? ¿Cómo se come la vida sino comiendo(la)? Hoy la cosa va de sonrisas internas sacadas hacia fuera, de labios en curva que no son rictus, de sonrisas llenas de sonido pero vacías de sonoras carcajadas. Hoy la cosa va de ser feliz, de vivir con la suficiente presteza como para no obnubilarse, como para no agobiarse, como para no rebajarse al nivel de las aceras. Nada de medida en tazas pequeñas, nada de cálculos, de obsesiones y de compulsiones. Hoy la cosa va darse cuenta de que esto no es un ensayo general de la gran obra, sino de la gran obra que ahora se representa y que, necesariamente, es comedia, aunque a veces tenga mucho de tragicómica. Hoy la cosa va de contactos frecuentes, de roces sin fricciones, de agitamientos sin convulsiones. De la vida como intervalo, y no como principio, y no como final. De vestirse de gala para la fiesta a la que uno está invitado. De vestirse de gala para la fiesta a la que uno no está invitado, pero se cuela. De llorar sólo si se tiene ganas y si no se puede esquivar la lágrima, y de fruncir el ceño solamente con las bromas.

Hoy la cosa va de cosas etéreas pero reales, de bocados de vivir sazonados con el calor de lo circundante. De ver tres luces allí a lo lejos, en el puerto de una ciudad sin mar.

Jijí, jajá. No es ninguna broma. Porque la vida no sea un juego, aunque a veces se le parezca mucho.

(Imagen de Marind is waiting for les tambours de la pluie)