Archivo de la categoría: Felicidad

La felicidad y la compañía

Waterfigures

La felicidad es, quizá, el auténtico motivo conductor de nuestra vida. Todas nuestros actos intentan enfocarse hacia metas positivas. Esto no es nuevo: lo sabían muy bien todos los filósofos en todas las épocas, con Aristóteles a la cabeza. El problema radicaba, según este pensador, en la concepción de felicidad que tiene cada uno. Sea cual sea esta concepción, siempre que sea una meta alcanzable, nuestra felicidad depende de nosotros mismos, pero también depende de los demás. Por lo tanto, la felicidad es contagiosa. Un contexto de personas felices acentúa nuestro grado de felicidad. Como decía en la entrada anterior, uno de los grandes obstáculos a los que nos enfrentamos los seres humanos son los estados de indefensión aprendida postulados por Seligman. En efecto, hay muchas ocasiones en la vida en la que nos encontramos con un muro de dificultades casi imposible de escalar. La imagen que me viene en la cabeza es la de esas road movies americanas en las que el coche se estropea en mitad de un desierto, entre bifurcaciones de carreteras pedregosas y sin señales de vida. Aunque la felicidad tenga no pocos componentes genéticos, también es cierto que la felicidad se aprende. Es decir, que el camino se hace andando. Aunque se te estropee el coche. Aunque se estropee en medio del desierto. Aunque las bifurcaciones sean de carreteras pedregosas. Aunque ningún camino parezca bueno. En la película, siempre suele haber una cantimplora y unas gotas de agua.

(Imagen de Footpa, vía Pasa la vida)

¿Qué nos hace felices?

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Después de unos cuantos días agotado y esperando que me llegara la inspiración, vuelvo a Verba volant sin que las musas me hayan complacido. No obstante, dado el grado de preocupación que me llega a través de los medios digitales -y esto es curioso: exclusivamente digitales-, escribo esta entrada para reconfortarme sobre todo a mí mismo diciendo que estoy vivo. No coleando, pero vivo. Desconectado casi del mundo, pero vivo. Y agradecido por todos los que os preocupáis por mí. El grado de mis dolencias ni yo mismo lo sé, pese a que me gusta estar informado de mí mismo. Esta es una entrada ligera. Iba a hacer otra un poco más profunda, pero no quería cansarme y cansaros. Pero es una entrada esencialmente médica e inherentemente filosófica. Creo que no valoramos en su justa medida las contribuciones de Hipócrates y Galeno a la medicina. La teoría de los cuatro humores no es cierta en sí misma, pero no deja de ser obvio que nuestro cuerpo tiende a un equilibrio entre determinados componentes. Si uno falla por escasez o demasía, se rompe el equilibrio que supone nuestra salud. Además, pensaban que nuestra salud no se debía a sortilegios, fuerzas sobrenaturales o espíritus malignos, sino que anidaba en nuestro cuerpo: en el ser humano está el problema y dentro de él la curación. La enfermedad supone pena y la pena extrema puede conducirnos a lo que Seligman denomina indefensión aprendida. Lo que tenga que ver esto con la felicidad, tendréis que comprobarlo en una entrada nueva, que llegará próximamente a vuestras pantallas.

Retrato de una mujer frente al mar y su inmensidad

Mujer ante el mar

El mar y su mirada preguntaron por aquella luz que emergía entre las olas. Sus ojos oscuros se posaron sobre aquella espuma -rosa y gris- para alzarse luego ante un sol inexistente.
Abrió los ojos y respiró, creyendo que la duda entraría en sus pulmones; pero su pecho quedó solo, anegado por la muerte. Percibía los placeres y se interrogaba por ellos: frágiles desvaríos a cada instante. Su cuerpo insinuaba la curva de la espera, de la calma, de aquella brisa que indagó sus deseos y quedó convertida en simple viento.
Dime por qué. Su voz se alzó, quejumbrosa, buscando las palabras de quien era semejante, y, por ello, no pudo encontrar respuesta alguna. Apenas pudo atisbar la aporía en esa ola que se alzó y rompió su semblante.
Dime cómo. Su cara se inclinó, desafiante, buscando los orígenes de la ausencia de límites, sin hallar —por eso mismo— otra contestación que el bramido de la resaca en franca retirada.
Dime cuándo. Su dedo apuntó tembloroso a esa roca que era símbolo de muerte. Y no encontró sino una gaviota que alzaba el vuelo para nunca retornar. El tiempo no tenía sentido, porque ya no existía.
Dime de qué color es la felicidad. El mar devolvió una sonrisa sincera, y contestó: «El color puede ser blanco, puede no ser negro; mas nunca busques dicha ni respuesta en figuras imposibles, negras y de contornos amarillos. Busca, en todo caso, la alegría en mi color».
Ella miró, alzó los brazos y, respirando hondamente, alzó su voz. Su dedo acabó posándose en una gota de agua y sal; la llevó a sus labios y desapareció convertida en niebla.

(La fotografía «Olas de Niebla» pertenece a Alejandro Medina)