— Verba Volant

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Silencio

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En una noche de domingo sin mañana. En un intervalo que nos llevará consigo hasta que se acabe el día. En un suspiro que dura hasta dejar el corazón lleno y los pulmones vacíos. Con un emoticono no escrito, sino dibujado en las estrellas. Con la esperanza de no ser leído. Sin redes sociales que lo difundan. Solo para aquellos que entran para darse una vuelta por los sentidos como quien se pierde en una calle vacía.

Hoy queda esta propina que no vale nada. Palabras y palabras para intentar derribar un mundo aburrido de nadar entre las sombras.

(Imagen de Oha-Lau2.)

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David se ha despertado de repente en medio de la noche. Ha mirado el reloj de la mesilla: las 3:47 de la madrugada parpadeando en la pantalla digital. Se gira hacia la izquierda. Adivina un hombro parcialmente acogido por el borde de la sábana. Con esa luz débil del despertador, se fija de nuevo en la espalda, que revela una respiración pausada. David, de pronto, recobra algo más de conocimiento, algo más de consciencia mientras vuelve a darse la vuelta. Las 3:51. Se da cuenta de que una canción elegida hace mucho atronará en el amanecer a las 6:40. Cierra los ojos, sabiendo que el intento de dormir, a partir de este momento, será en vano. Se engaña intentando acoplarse con  la respiración acompasada a su lado. Se revuelve de nuevo. Por unos instantes, sus párpados siguen cerrados más por una persistencia más entendida que por utilidad. Las 3:57. Con mucho cuidado, se levanta de la cama. Coge el albornoz y, con toda la calma que le permiten las tinieblas, rodea la cama y se sienta en el borde, al lado de sus piernas encogidas. Un mechón de pelo desordenado cubre parcialmente su rostro. Sus ojos consiguen estar cerrados con la fragilidad que supone estar a mucha distancia de la vigilia. David no pierde detalle de toda esa lección de calma. Al taparse con el albornoz, David hace un poco de ruido. Ella reacciona, se acomoda, pasa ligeramente su mano por la nariz intentando evitar un picor inexistente.

David mira el despertador. Son las 4:22. No quiere romper ese momento dulce, pero se mueve un poco hacia delante. Extiende su mano y, con mucho cuidado, toca su hombro más con un movimiento de pequeño contacto más que con una caricia, que se queda en algo incipiente. Ella mueve otro poco la cabeza. Un nuevo roce hace que abra un poco los ojos. Se aparta el mechón de la cara, que ahora está inundada con una contorsión muscular. David comprueba que le mira y que, en un murmullo, dice «Hola, cariño. Buenos días» para volver a descender hacia el pozo del sueño.

David sonríe. El reloj marca las 4:26. Y piensa en que ella se irá para siempre. Cuando amanezca otra vez.

El Reloj

(Entrada que entrecruza uno de los Fragmentos para una teoría del caos con las Canciones prosificadas, construyendo un relato a partir de la canción «El reloj», de Roberto Cantoral. La imagen es de Adrien Mogenet.)

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raining

Hoy es una entrada de un sábado raro, casi un domingo por adelantado y con otro día por delante. Pensaba hoy no escribir una entrada, dejar el hueco de las palabras en blanco para que la imaginación de todos volase hacia cualquier otro lugar más amable, apacible y placentero. Pero mi tendencia irrefrenable a decir cosas me ha llevado a la doble contradicción de escribir sobre la conveniencia de no hacerlo. Por eso, recuerdo aquí con placer supremo las palabras de Ludwig Wittgenstein en su Tractatus lógico-philosophicus (7, 1922), una de las obras más importantes de la historia de la filosofía:

«Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen.» [De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse.]

Pues eso.

(Imagen de Gordana Adamovic-Mladenovic)

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cardinal

Escribo secretos desde un teclado. La vida da vueltas y vueltas, como la música en los antiguos discos de vinilo. Al compás de la música, salen poco a poco las palabras. El vacío se llena de notas, acordes de un estado de ánimo. La vida da tantas vueltas que, al final, se nos queda en los vómitos de las esquinas, en los retortijones acompañados de muecas, estertores de la muerte. Escribo desde los secretos de las letras, esas que tienen la virtud de componer nuestro mundo. Qué difícil es escribir lo que no se desea leído, qué difícil es escribir lo que se piensa. Las oraciones son la ametralladora de las repercusiones. Qué complicado resulta discriminar, en la era cibernética, lo que hay que escribir, lo que hay que leer y lo que hay que abandonar. Hoy escribo desde los secretos mejor guardados de mi corazón para no decir nada. El lenguaje es tan jodidamente bueno que es capaz de produdir frases cojonudamente nuevas, pero eso no quiere decir que esté todo ya dicho.  A nosotros sólo nos falta escuchar la música, entender sus arpegios y su letra… y permanecer callados.

(Entrada compuesta al son de «You don’t know me», de Ray Charles e ilustrada por David Lanham.)

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Wordle K

Decíamos que las palabras forman nubes. La lectura es nuestra manera de acumular palabras y experiencias en esas nubes que, henchidas de términos, acaban por pesar tanto en nuestra cabeza como para que un día decidamos que se derramen por nuestras manos hacia la pluma, hacia el lápiz o hacia el teclado. Se transforman, entonces, en formaciones nebulosas dirigidas hacia el papel o hacia la pantalla. Surgidas de nuestro universo, de nuestros miedos, de nuestras alegrías, de nuestras emociones. Con todos los defectos y virtudes de haberlas bebido, deglutido y expulsado. Con el inmenso placer -teñido de vergüenza- de que sean compartidas con otros. Con la ilusión de pulsar la a, la m, la o y la r y que alguien adivine que hablamos de sentimientos y con la intención e pulsar la o, la d, la i y la o y que alguien piense que hablamos desde la frustración y del rencor. Con la ingenuidad de que las crean nuestras y exclusivas, o con la excesiva condescendencia de pensar que son prestadas y totalmente ajenas. Recibimos las palabras para ordenarlas en un nuevo caos. Contamos las mismas historias de siempre con nuevos medios para convertir los mismos argumentos en la piel de nuestro relato. Con la impotencia de no ser Shakespeare y con la altivez de pensar que somos diferentes. Con la debida cautela y el factor de protección necesario y con la temeridad de estar demasiado expuestos al sol, que cuartea el cutis de nuestras frases. Contamos las historias de nuestra soledad para no sentirnos solos. Y contamos las historias de nuestra felicidad para crear ficciones. La ficción de que los demás crean que somos felices.

(La imagen procede de la libertad que me he tomado de hacer con Wordle la nube de palabras del Sr. K, ejemplo de cómo se escriben historias)

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Silencio

Verba volant, amigos, está en cuarentena de silencio. Durará solamente un día, pero será un silencio activo para el que os pido colaboración a los asiduos y simpatizantes. El silencio de este día de cuarentena será un silencio de palabras. Flaubert, cuando le preguntaron quién era Emma Bovary contestó: «Madame Bovary soy yo». Todos sabemos que Nabokov tuvo problemas públicos después de publicar Lolita. No lo sé, pero si le hubieran preguntado si él era el profesor Humbert, hubiese podido responder exactamente de la misma manera que Flaubert, pero hasta hubiese podido acabar en la cárcel. Este modestísimo blog ha recibido unas tres mil visitas en el último mes, procedentes de unas cien localidades españolas y de cuarenta países diferentes. Algunos paseantes habrán pasado y se habrán ido, pero muchos (unos cuantos), decidís volver. Si os soy sincero, no sé por qué. ¿Qué tiene Verba volant? Poca cosa: unas cuantas reflexiones sobre temas que a mí me interesan y puede que a nadie más, unos textos tan mejorables que cualquiera puede coger cualquier mal libro y encontrará allí cosas mucho mejores, neuras varias (e inocentes), algunas gracietas… Verba volant es mío… bueno, no, es mío y vuestro sólo si vosotros queréis. ¿Verba volant soy yo? Aquí ya cabrían muchas respuestas, todas validas. El yo del blog es mío exactamente en el mismo sentido que, salvando las lógicas distancias, Madame Bovary era Flaubert. ¿Soy siempre yo? ¿Soy todos los emisores que dicen yo en Verba volant? Probablemente, en este mundo de internet existan pandillas de personas que entren compulsivamente en algún blog buscando sentirse retratados, verse escritos, ansiando poder ofenderse. Creo que es una tarea inútil, poco fértil y baldía. El que quiera entrar aquí, que busque un reductillo cultural de tres al cuarto, un par de líneas que intentan poner las frases en su sitio, un momentillo para una reflexión que nos identifique y un par de palabras para esbozar una sonrisa. Hoy, amigos (sólo los amigos de Verba volant), estamos en cuarentena de silencio. No me apetece citar fuentes, ni poner hipervínculos hoy, lo siento: «El silencio es uno de los argumentos más difíciles de refutar» (Josh Billins); «No se consigue cambiar a un hombre silenciándolo» (John Viscount Morley); «He aprendido silencio del charlatán, la tolerancia del intolerante, la amabilidad del antipático. He sido muy desagradecido con quienes me han enseñado» (Jalil Gibran). Wittgenstein decía que de lo que no se puede hablar es mejor callarse. Y Shakespeare, que es el puto amo lo decía como nadie en Hamlet: «El resto, es silencio».

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