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Tag "Fragmentos para una teoría del caos"

Cristina acaba de salir de clase después de una dura jornada que ha comenzado a las ocho de la mañana y que ha concluido cuando la noche ha invadido a mordiscos los resquicios positivos de la tarde. Hoy ha sido un día lleno de clases interminables, de prácticas pendientes, de ajustes horarios, de problemas que creía solucionados. Cristina ha soportado las clases en un asiento cuyo vértice se le clavaba en la espalda, intentado prestar atención al chorro de luz que le devuelve una materia traducida a esquemas poco esquemáticos. No obstante, los ojos demasiado atentos de Cristina revelan, si viajásemos desde su pupila hasta el cerebro, que Cristina, hoy, estaba a otra cosa. No llega a quitarse de la cabeza ese momento de la tarde-noche del viernes, cuando un chat que, en un principio, era una charla inocente entre amigas, se convirtió en una agria discusión que terminó con una palabra demasiado fuerte y rotunda y un clic que la desconectaba del ordenador y, sobre todo, de una amistad labrada desde hace dos años. Por un momento, Cristina ha revivido este momento a raíz de una asociación de palabras totalmente fortuita y se ha removido, impaciente en el asiento. Cristina, de pronto, se ha sentido demasiado cerca a sus compañeras, se ha visto invadida en su minúsculo espacio personal, atrapada y sin posibilidad de salir al pasillo. Ha mirado a un lado y a otro, ha intentado hacerse sitio, ha respirado fuertemente dos bocanadas de aire que, lo sabe, no han hecho más que empeorar las cosas. Cristina, en esas ocasiones, siente que pierde el control. No hay, en esos momentos, escapatoria que resulte cortés, no existen palabras con las que expresar esa sensación de encierro, que no encaja tanto en el cuerpo como en su alma.

Cristina ha tenido que esperar con lágrimas que se asomaban a sus ojos, con ganas irrefrenables de estallar. Se ha intentado distraer mirando fijamente a la luz del fluorescente, luego a los reductos de palabras que evocaban la clase anterior, después a la mesa del profesor, que suponía un bodegón académico bastante desorganizado. En el cambio de clase, cuando podía llegar el momento de la liberación, Cristina no se ha visto con fuerzas para acompañar a sus amigos a tomar un café. Se le había olvidado coger dinero y, aunque sabe que tiene confianza de sobra para decirlo, le ha dado reparo en el último momento. Cristina, de forma contradictoria, se ha quedado sentada en el mismo sitio, sin modificar su postura. La ausencia de personas en sus inmediatos puntos cardinales le ha supuesto un alivio que, en pocos minutos, se ha convertido en una mayúscula sensación de soledad.

Después de toda la jornada, Cristina ha optado por no coger el autobús. Y, andando despacio, paseando bajo el viento y con una serie amenaza de lluvia, Cristina ha caminado con pasos muy cortos hacia el final del día.

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. La imagen es de Bachmont .)

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Olga lleva ya seis horas en el puesto número 17 de la línea de cajas del hipermercado en el que lleva trabajando desde hace seis años. Olga estrenó su trabajo con ilusión, calzada con unos patines y con la tarea de controlar y comprobar los precios de las promociones y los códigos de barras defectuosos. Sus piernas tenían toda la fuerza, todo el vigor del que empieza con algo diferente en una vida. Olga había empezado la carrera de magisterio, pero un conjunto de azares negativos, las matemáticas y una asignatura de pedagogía se pusieron en medio del camino.

Olga ahora contempla cada día como una inmensa rutina. Los días, los meses y los años han ido apeando la sonrisa plácida con la que acompañaba los buenos días, las buenas tardes. El contacto visual con los clientes se ha ido disipando a medida que ha ido comprobando que estos no la diferenciaban demasiado de los estantes de la caja de las galletas y cereales. Hoy las cosas se están dando peor de lo previsto: problemas con el lector óptico, con la lectura de las tarjetas de crédito, con unos cambios que no llegan nunca. Parece que entre la caja central y la caja diecisiete media un abismo de kilómetros, que se extiende entre el tiempo y los gestos de unos clientes impacientes.

Olga levanta la vista y ve que la cola en su caja se hace cada vez más larga. Intenta no oír los comentarios cada vez más desabridos y elevados en el tono y en las maneras. Olga se ha puesto nerviosa y ese temblor de manos no le ayuda precisamente a pulsar la tecla adecuada. Por un momento, Olga desea con todas sus fuerzas soltar un grito, mandarlo todo a la mierda, arrancarse la tarjeta de identificación con un nombre que nunca ha pasado de ser más que eso. Olga intenta respirar con la suficiente hondura como para no ahogarse, pero con la suficiente dulzura como para pasar desapercibida. Levanta la cara y mira a la persona que aguarda. Cree que la conoce, pero Olga ha llegado a un punto en el que no llega a diferenciar si las personas que pasan por su caja son conocidas porque se cruzaron en algún momento de su vida o, si por el contrario, tan solo ha coincidido con ellas a la hora de ir cogiendo enseres de la cinta negra que le acerca los alimentos.

Olga presenta hoy algo en común con el resto de sus compañeras. Bajo la uniformidad de su atuendo, que no llega a ser elegante pero que pretende, al menos, ser discreto,  la cara de Olga está maquillada, los labios pintados de un color discreto, los ojos con una sombra del color del que será su vestido a la hora de la salida. Olga ha ido por la mañana a casa de su prima, que estudia un módulo de peluquería. Le ha dado unas mechas, le ha cortado las puntas, le ha dado cierto volumen a su pelo con el cepillo. Olga lleva ya casi recorrida su larga tarde de viernes y no ve el momento de llegar a la taquilla, cambiarse y salir a ver el cielo, por fin, oscuro, lejano por lo tanto a la blanca artificialidad que le altera los ritmos circadianos.

Unos minutos antes de acabar su jornada, Olga ha recibido un mensaje en su móvil: «lo siento wapa oi no voi a poder llegar a tiempo ke lo pases bien 1 bst».  Lo que Julián no sabe es que Olga había cancelado todos sus compromisos con sus amigas, había dejado el resto de puertas abiertas para recibir esta noche tan especial como si fuese la última.

En el último rato libre que ha tenido libre en toda la tarde, Olga ha empezado a hacer recuento de los tiques de los clientes que han pagado con tarjeta.

(Imagen de Landahlauts.)

 

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Santi se ha despertado y, al segundo, tenía los ojos como platos. Santi es una de esas personas que, por regla general, concilia bien el tránsito del pensamiento al sueño y del sueño al despertar. Pero hoy, por encima del sonido del despertador, un pensamiento demasiado intenso pero fugaz le ha aturdido sin que Santi llegase a desentrañar exactamente su significado. Santi se ha levantado de la cama con una tranquilidad fingida, más para comprobar que todo va bien que con la confianza cotidiana. Ha pasado la revisión cotidiana ante el espejo, mirándose de cerca los ojos y, posteriormente, cerrándolos y llevando las puntas del dedo corazón a la nariz con el brazo semiflexionado. Por último, ha decidido dejar el afeitado hasta después del desayuno.

Santi ha encendido la radio y ha cambiado las noticias por la primera emisora de música girando el dial hasta conseguir una recepción perfecta. Una canción de James Morrison ha acompañado a Santi mientras permanecía sentado en una silla de la cocina con el brazo que sujetaba la taza de café apoyado en una pierna cruzada. Santi se ha levantado con aparente decisión, ha fregado la taza y, una vez más, ha jurado en hebreo por haber dado el agua del grifo con demasiada presión. Ha gestionado su correo electrónico mientras se enfrentaba a su dificultosa relación con los intestinos y, por último, ha dejado correr el agua de la ducha hasta que ha alcanzado la temperatura adecuada.

Santi ha salido de la ducha y se ha dado cuenta de que, una vez más, ha dejado la toalla fuera de su alcance. Intenta dejar pocas huellas de humedad en el corto viaje de ida y de retroceso. Hoy Santi ha cambiado el desodorante de aerosol por uno de barra, ya que últimamente sentía un picor muy molesto en las axilas. Se ha rociado desde una distancia prudente una colonia de olor tirando a fresco y agradable y se ha peinado con diligencia. Se ha enfundado unos pantalones vaqueros que necesitan urgentemente un recambio, una camisa de rayas, los calcetines negros y unos zapatos a los que ha tenido que pegar un repaso con una toallita ligeramente humedecida.

Cuando ha cogido las llaves y la cartera y ha llegado al portal, Santi es consciente, por primera vez en la mañana, de que no ha logrado pergeñar ni un solo pensamiento articulado. Santi se ha puesto a andar y ha empezado su jornada. Como todos los días.

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Sonia no hace ni diez minutos que se ha levantado esta mañana de sábado y ya va por su segundo café. El primer café era con leche y Sonia lo toma siempre en una taza de cristal. A Sonia le molesta el roce de sus labios con la cerámica o la porcelana: es una de sus muchas manías al comenzar la mañana. Al poco tiempo, se ha tomado un café solo con una cucharada de azúcar sentada en la silla de la cocina, con las piernas cruzadas y un poco inclinada hacia delante. Ha dejado el café sobre la mesa y se ha puesto a desenredarse el pelo con las manos y ha visto por la ventana a la vecina de enfrente sacudir el trapo del polvo. Sonia ha estirado su columna vertebral con una leve inclinación hacia atrás y ha notado el sonido de la mañana entumecida. Se ha levantado y ha dejado la taza en el fregadero.

El café estaba caliente, pero Sonia siente todavía un frío interno que va más allá de una noche en la que, quizá, ha dormido destapada. Para recuperar el calor interior, Sonia se mete en la ducha resistiendo la temperatura del agua caliente. Sonia levanta la cara y deja resbalar el agua por su boca: ese es el momento preciso en el que, cada vía, se siente auténticamente despierta. Después de secar sin demasiada contundencia su pelo, se dirige al ordenador para consultar su correo. La bandeja de entrada le recuerda que tiene todavía bastante trabajo pendiente. Intenta contestar las cosas más urgentes. Cuando va a cerrar el correo, ve un mensaje entrante que le ilumina la cara y le recuerda que está todavía viva. Sonríe mientras contesta de forma breve. Cuando le da a la tecla de enviar, parece que su día se ha encauzado por la vía de los sueños.

Después de vestirse y arreglarse, Sonia ha salido a hacer recados: son los compromisos ineludibles del sábado. Con un par de bolsas del supermercado en las manos, ha pasado por el escaparate de una tienda en la que ha visto un vestido precioso. Con cierto cargo de conciencia, Sonia ha entrado, se lo ha probado y se lo ha comprado, dudando todavía si ha acertado con el color. Sonia ha salido de la tienda y ha empezado la vuelta a casa. En un momento determinado, ha roto su camino y se ha desviado callejeando. Sonia, cansada pero reconfortada por el peso de las verduras, la fruta y el vestido, se ha regalado unos momentos en los que ha roto la rutina. Mientras pasaba por una tienda cerrada por cese de negocio, ha visto su perfil. Luego se ha parado y ha visto su reflejo frente a frente, mezclado con el brillo dudoso de la luna de cristal. Se ha mirado a los ojos y ha pensado que, al menos hoy, sigue siendo la misma de siempre.

(Imagen de Cafeína-Club.)

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El otro día, David tuvo que viajar a la ciudad en la que estudió la carrera. Por supuesto, había estado allí en muchas más ocasiones después de los años de doctorado, pero siempre eran visitas muy rápidas para realizar alguna gestión, por alguna cita en el médico o para hacer algunas compras en algunas tiendas en las que siempre encuentra lo que busca. Sin embargo, David hoy ha terminado sus compromisos pronto y ha decidido dar un paseo por las calles que le acompañaron durante años. Sin saber muy bien hacia dónde iba, el paseo le ha llevado a la plaza donde se encontraba la facultad cuando estudiaba y, de forma mecánica y pese al frío, se ha sentado en un banco próximo. Los ojos de David han contemplado la conjunción del edificio antiguo con otro más moderno por el que tantas veces entró a las aulas y a la biblioteca del departamento y, casi sin querer, David ha ido repasando, en una mezcla pausada y acelerada, el primer día, en el que fatalmente entró tarde en clase, ese otro día en el que la concesión de una beca le certificaría que podría contar con el dinero suficiente para realizar los estudios de posgrado, los ratitos aprovechados para tomar una cerveza en la terraza cercana en esas deliciosas tardes de primavera o los momentos en los que salía radiante con su novia cogidos de la mano y ajenos a todos los problemas del mundo. David se ha levantado del banco y se ha dirigido caminando al barrio en el que estaba su primer piso de estudiante. Aunque el acceso ha cambiado bastante, la calle en la que vivió se ha mantenido casi idéntica, con los lógicos cambios en los comercios, algún portal reformado, alguna fachada renovada pintada de otro color. Se ha parado delante del número 11 y, casi sin querer, se ha atrevido a pulsar el botón del 1.º G en el portero automático. Después de balbucir una excusa tonta, le han abierto la puerta y él ha subido por los escalones de terrazo barato. Le esperaba en la puerta semiabierta un jovencito de unos veinte años. David le ha contado una historia abreviada que ha parecido convencer al muchacho, que le ha dejado entrar en la casa. La vivienda sigue siendo un piso de estudiantes, pero David se ha sorprendido al verla totalmente envejecido. Luego lo ha pensado y le ha parecido lógico: han pasado muchos años, muchos jovencitos, muchas vidas desenfadadas y despreocupadas por lo que no es suyo más allá del plazo convenido. La cocina ha sido enriquecida con unos armarios nuevos y electrodomésticos relativamente decentes. David ha pedido al chico permiso para entrar en su antigua habitación, que le ha dejado unos momentos de intimidad y le ha dejado solo. David ha sentido una experiencia agradable con la luminosidad del cuarto. Los muebles son diferentes a los que él tenía, pero igualmente viejos, con un somier y un colchón dispuestos a torturar la espalda y una mesa demasiado alta que cojea. La sorpresa se la ha llevado David al darse la vuelta para salir de la habitación. Tras la puerta, la misma estantería que él llevó de casa, hecha de módulos ensamblados con metal. David ha recordado el momento en el que la montó, que acabó con un pellizco tremendo que le provocó una herida sangrante y mal curada. David ha sentido retroceder muchos años y le ha venido a la memoria la primera vez que durmió en su piso, tras el sorteo de habitaciones en las que se llevó la mejor de todas, la más grande y la mejor iluminada. La ciudad estaba en fiestas y tocaba El último de la fila. Como si algo hubiese removido la memoria, ha visto al joven esperando pacientemente en el salón. Le ha dado las gracias y ha salido otra vez más y definitivamente por esa puerta. Ha recorrido los veinte minutos hasta el aparcamiento, ha cogido el coche y de nuevo, una vez más, David ha vuelto, una vez más, a la rutina de su vida.

(Imagen de Dafni Douma.)

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Mónica ha necesitado hoy un poco más de aplicación en su sesión de maquillaje. Un virus de esos a los que los médicos echan la culpa de los males del mundo ronda sus ojos, más chispeantes de lo normal, y una mala noche, llena de toses secas que salían de los pulmones con dolor y una fiebre que persistía, pese a la medicación, en los treinta ocho grados y medio le han tenido atada a la ingrata tarea de luchar por respirar. Pese a todo, se ha negado a quedarse en la cama. Pese a todo, ha perseverado obstinadamente en seguir con la rutina del día, que ha acumulado más tareas de lo normal. Su rostro queda matizado por una fuerte base de maquillaje que disimula su malestar por el exterior. Son diez minutos y listo, dice Mónica. La brocha ha desfilado por los pómulos. La sombra de ojos ha dejado una marca azulada en los párpados. Un discreto pintalabios ha rozado y matizado el rojo para diluirlo en algo más discreto y, por lo tanto, más manejable. Mónica, necesariamente, se acerca más y más al espejo. Mónica ha imaginado un mundo en el que los días se acumulasen con las espumas y los encajes de fines de semana largos, llenos de una paz que inunde su mundo. Pero sabe que vivir es eso, matizar cada día con el equilibrio que se logra entre los propósitos certeros, un sueño manejable y una buena conversación con el espejo, que es el amigo del alma, que es el amigo de nuestros reflejos y que matizan, por lo tanto, la equidistancia entre lo que somos y nuestro lado inverso. Que, a veces, es el correcto.

(Imagen de Yann Gensollen.)

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Ana ha dejado su libro en la mesilla, pero no ha seguido el ritual cotidiano de apagar la luz, dar un par de golpes a la almohada, girarse hacia la derecha, suspirar y cerrar los ojos. Ana ha permanecido, apoyada en la almohada doblada y con las piernas ligeramente flexionadas, recordando los tiempos en los que leía con el libro apoyado en su abultada tripa de embarazada. Ana ha proyectado su visión hacia la nada y ha visto, de fondo borroso, un armario doble colmado de ropa. Sin saber cómo, la tenue luz de la lámpara está ayudando a que Ana se transporte de la realidad a su imaginación. Siente que sería deseable colmarse, al fin, de deseo consumado, tras una larga espera dejando el placer de lado y enfocándose hacia unas actividades que hagan su vida ligeramente soportable. Ana, sin saber cómo, ha pensado que su vida ha sido una existencia de sueños mal consumados, de esperanzas perdidas, de idas y venidas tras las paredes verticales que se interponen entre esa sonrisa traviesa con fondo de ojos tristes. Ana hace un recorrido mental por los enseres de su habitación: esas estanterías con libros, con adornos. En un movimiento nada aconsejable para adormecer su sueño, se ha incorporado ligeramente para ver una hilera de zapatos y unas botas altas y anchas con el cuero adormecido sobre el suelo. Ana ha insistido siempre en comprarse unos zapatos que, al final, le hacen daño y, por eso, odia el entretiempo. Las sandalias le producen la libertad del calor, mientras que el horror del frío lo mitiga con botas altas, con las que siempre se siente cómoda.

Ana ha pensado que esos zapatos, que fuera de contexto y de su pie le parecen muy grandes,  son algo así como una manera de pensar en la vida. Iba a desarrollar ese pensamiento cuando le ha distraído el ruido del camión de la basura, que ha estado a punto de destartalar el contenedor con tanto meneo. Con un impulso impropio de la hora, Ana se ha incorporado y ha ido recorriendo toda la calle buscando alguna señal de vida. Han pasado tres coches. Un chico joven pasea a su perro. Un hombre de mediana edad recorre la acera y levanta la vista. Ve a Ana asomada a la ventana y, con gesto descarado, saluda. Ana llega a ver una sonrisa. Sin saber por qué, levanta una mano y, tras dos sacudidas protocolarias, ha agitado la mano con más definición. El hombre alza las manos y las junta con gesto de triunfo. Hace una reverencia y después se parte de risa. Ana piensa que, pese a la escena, que parece forzada y absurda, se esconde más naturalidad de la que parece. Tras contemplar la escena de la que ella ha sido protagonista, desaparece tras las cortinas. El roce de la tela le recuerda que tiene que cambiar muchas cosas en su vida y las cortinas de la cosa son una de esas cosas, y no la menos importante. Ana piensa que las cortinas no son un adorno simple, sino que son los mecanismos que permiten filtrar la realidad del exterior cuando uno se refugia en casa.

Ana ha salido de la habitación y ha girado hacia la cocina. Ha cogido una copa con un poquito de vino y un trozo de chocolate. Pertrechada del avituallamiento, ha vuelto a sentarse en la cama. Ha dejado las cosas en la mesilla y ha vuelto a acomodarse. Ha bebido despacio el poco vino que le quedaba y ha dado el último mordisco a la onza de chocolate. Un pequeño dolor revestido de frío le ha recordado que se tiene que preocupar por su esmalte de dientes.

Ana se ha prometido a sí misma mil y una veces que tiene que enfocar su vida de forma que no duela. Sabe la importancia que tiene tirar un foulard al aire y conoce también las ilusiones y sus consecuencias. Poco a poco, Ana ha ido resbalándose por la sábana y, sin que se haya dado cuenta, la almohada ha cedido en su pliegue. Ahora la cabeza de Ana descansa ya en posición horizontal. En un estado adormilado, Ana ha girado su cuerpo hacia la izquierda. Un poquito después, se ha oído el ritmo más fuerte y acompasado de su respiración, que hace que sus hombros se muevan casi imperceptiblemente.

Ana se ha convertido ahora en el molde de los deseos secretos y su cerebro, cansado de tanta asquerosa realidad, se ha puesto ha soñar con ángeles tiernos.

(«Ana ha soñado con Ángeles» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Mónica no se ha despertado hoy demasiado pronto. Aunque está agobiada por el trabajo y por otras muchas preocupaciones, Mónica ha cambiado el ritmo de sus noches. Antes escogía con primor los últimos momentos del día: se obligaba a dejar abandonada cualquier tarea que tuviese que ver con el trabajo y se enfrascaba en alguna serie de calidad que le sobrecogiese o, si era cómica, le hiciera esbozar una sonrisa inteligente. Mónica ha descubierto que el pasatiempo inteligente y la nocturnidad  no son buenos compañeros y ahora se decanta por películas emitidas por alguna emisora de televisión. Se deja llevar por un argumento fácil que consiga mecer y acompasar sus ritmos circadianos, que mitigue con los dramas de otros los lados más oscuros de su vida.

Decíamos que Mónica ha dejado las sábanas emitiendo una falta de sintonía entre el amanecer y el equilibrio natural que le caracteriza. Se ha dirigido a la cocina casi titubeante y ha propinado a su cuerpo al necesario chute de café, al que seguirá una rápida visita al cuarto de baño y una apertura de ventanas que inunde su casa de los sonidos de la calle. Después de otro café, Mónica ha decidido empezar el día con nuevas rutinas. Se ha resistido a la tentación de mirar las noticias en internet, se ha demorado más de lo habitual en el sofá de su cuarto de estar sin hacer otra cosa que ver asomar sus tobillos por las perneras del pijama.

Mónica se ha dirigido  a la mesa y ha cogido su libro. Está contenta, porque hoy emprende una historia nueva. Mónica piensa que los libros hacen mella en cada capa de su existencia. Ahora lee en un libro electrónico de última generación y piensa que apretar un botón es menos cruel que pasar página, porque pasar página es necesariamente una metáfora y apretar un botón es, quizás, un símbolo. Ahora la vida no se le escurre cuando le queda medio centímetro de lectura. Una barra de estado le muestra que los destinos no se perciben a montones, sino que son líneas rectas en las que uno se desarrolla en un tanto por ciento ignorando cuánto monta el total.

Mónica ha soñado con esos mundos imaginarios pensando que son mundos reales; ha pensado que los mundos reales no son más que imaginaciones que se miran en el espejo de sus neuronas.  Mónica va avanzando y, de momento, se niega a señalar los párrafos más concomitantes con la línea divisoria de sus sueños. Quiere que su mañana sea un continuo avanzar sin detenerse, una mañana sin nada reseñable más que sus anhelos de vivir en otras vidas.

Cuando ha pasado un buen rato enfrascada en su libro, Mónica se ha metido en la ducha para dejar resbalar sus frustraciones. Se ha secado de forma muy incompleta el pelo. Ha llegado a su habitación, ha abierto un cajón y ha dudado con qué prendas empezar el duro acto de vivir. Luego ha sonreído con un fondo de ojos tristes y ha decidido que la fantasía es el único acto inteligente que le queda a la humanidad. Se ha sentido inmanente y transcendente, se ha visto de frente y de través. Ha acabado enfundándose una blusa y ha bajado a la calle a respirar de forma directa esos pequeños retazos de verano que tiritan, aún, en su corazón.

Escrita mientas escuchaba Shania Twain – From This Moment On. («Una mañana para Mónica» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Nacho se ha levantado y ya está cansado. No es que haya dormido pocas horas, ni que ayer se acostase tarde, ni que hoy madrugase. Probablemente, las horas de sueño no han sido reparadoras. Probablemente, la cabeza de Nacho no está a lo que tenía que estar –dormir, descansar–, sino que la preocupación que tiene desde hace meses no hace más que darle vueltas. Nacho ha encontrado un testigo palpable de esa agitación, esas sábanas endiabladamente retorcidas que evidencian agitación, nerviosismo a flor de arruga. Son las once de la mañana y, como ya va siendo habitual, Nacho ha optado por no hacer la cama. Últimamente, le agrada más deshacer cosas que rehacerlas. Nacho piensa que la cama es un designio de vida y de muerte, una especie de metáfora difícil de definir, y prefiere dejar las cosas de lado. Si se profundizara en su interior, probablemente llegaríamos a la conclusión de que se ve incapacitado para determinar el término real de esa metáfora, así que del término imagen es mejor no hablar.

Nacho lleva años riéndose del mundo y de sí mismo. Ahora que han llegado los días en los que el mundo se ríe de él, se ve incapacitado para esbozar una sonrisa que no sea algo parecido a un rictus transitorio y superficial. Ayer por la noche, en el momento de cenar, sintió un vacío relleno de temblores que provocó una huida hacia el armario de las medicinas. Nacho, a veces, cree que la única paz posible se obtiene a base de comprimidos alojados debajo de la lengua. Nacho intenta meterse en sus pensamientos para salir de ellos, pero no llega a escapar de su laberinto. Piensa que, a lo mejor, la trampa radica en que no hay salida, o que está muy lejos, o que no tiene fuerzas para atrapar el quicio de una ventana por el que se escapa la luna.

Para Nacho, hoy la vida se tiñe un poco de oscuro, pese a que ha salido un sol que amenaza con no calentar nunca como antes. Nacho espera que todo salga bien, que las pruebas no definan el dolor con palabras terribles. Por ahora, esperar es lo único que le queda.

(«Nacho Espera» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Banco

Son las diez y media de la mañana. Teresa está sentada en un banco público, con la mirada entreverada entre el infinito y el deambular de los viandantes por la acera. Teresa ha salido pronto de casa y ha llevado algo de calzado para que lo arregle el zapatero. Pese a vivir desde hace muchos años fuera de su ciudad natal, Teresa es fiel a muchas de las rutinas de su infancia y su juventud. Del mismo modo que sabe que la carne, el pan y la fruta nunca sabrán como en aquellos alegres días de infancia, también es perfectamente consciente de que no existe en el mundo un zapatero mejor que aquel que te arregló los desaguisados de las patadas que empezaste a dar a la vida y a aquellos zapatos a los que hubo que cambiar dos veces de suela. Su madre insistía en que debía de tirarlos, que estaban viejos. Pero Teresa les adornaba de betún para tapar sus costras y los frotaba con la bayeta como si le fuera en ello la vida. Esa restauración la consagraba con la vida, porque las personas empezamos nuestra felicidad por el bienestar de nuestras extremidades y la culminamos con la consciencia de que existen algunos sueños imposibles. Hoy, el zapatero le ha dado a Teresa uno de los mejores regalos que se puede recibir en este loco mundo. Le ha dicho que se fuese a hacer unos recados y que a los veinte minutos volviese a recoger los zapatos. Teresa ha salido del zapatero con la nariz arrugada por el olor fuerte de la cola mezclada con el cuero y con la sensación de que su tiempo, ese tiempo traicionero que nos empecinamos en malgastar en las rutinas, se ha detenido hoy durante veinte minutos. Los mismos veinte minutos en los que Teresa, pensando en sus cosas y ofreciendo al mundo su sonrisa, ha permanecido apaciblemente sentada en un banco, congraciada con el sol y con el aire.

(Imagen de _Teb.)

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