— Verba Volant

También tengo una amigo que va en busca del Grial. Y es negro.

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Ayer decía que tenía un amigo que se llamaba Leo Finch y hablaba un poco –con él, con todos– sobre el acto de escribir, con sus ilusiones, sus miserias y, a veces, sus inacciones. Y resulta que, de tanto frotar la lámpara mágica de las palabras, ha salido un genio (que sí, puede ser el de Aladino; que sí, que puede ser el geniecillo maligno de Descartes) y parece que una olla de esas de las antiguas, de las que funcionan bien si tienen el pitorro libre de atascos y van administrando vapor a golpetazos, ha empezado a cocinar algunas líneas en el paraíso de las palabras.

Porque, manoseando esa lámpara, resulta que el vapor ha dibujado la figura de otro amigo mío. Puestos a chulear, podré decir que soy uno de los primeros en la lista de atisbar sus ingenios. Sería un mocoso de 14 años, sí, probablemente; y, lo que es peor, sería un mocoso con un gran bigote de pelusilla, pero ya tenía la ilusión creadora –si no recuerdo mal, basada aún en una enfermiza afición por el dibujo de espadas, hachas, lanzas y demás– y una incipiente pasión lectora. Y sé que busca el Grial desde hace mucho tiempo. Entre otras cosas, porque durante unas clases que fueron para mí una delicia leímos El halcón maltés de Dashiell Hammet. Algunos descubrieron a su primera femme fatale envuelta en las páginas de un libro y yo tuve el enorme privilegio de leer uno de los exámenes más perfectos que he tenido que corregir durante mi temporada (bastante larga) como profesor de Literatura Universal.

La vida, sus aficiones y sus “aficciones” le han llevado por muchas sendas creativas diferentes e interdisciplinares. Porque el ingenio se muestra con la punta del lápiz, con un visor de una cámara, delante de un teclado o con una casaca de gusto, para mí, dudoso a lomos de un monopatín (obviamente, en ese mundo no hay nada perfecto). Y este amigo mío, que va en busca del Grial, si un día se pone, igual lo encuentra. Y sí, es negro.

(De hecho, otro día, si me da por ahí –que espero que sí–, escribiré algo sobre un grupo de chicos que coincidieron en un espacio y un tiempo. Y de cómo coincidí con ellos. Porque el mundo de la enseñanza podrá ser bueno, malo; enaltecido o vilipendiado; pero nunca podrá ser indiferente. La foto que ilustra la entrada es de Mario Larrá y tiene todos los derechos reservados. Como me imagino que leerá la entrada, si quiere que la quite… pues la quito.)

3 comments
  1. Mario says: marzo 19, 20139:45 pm

    Jolín, muchas gracias. Entre Samuel , tú y alguna sorpresa que ha habido, creo que tendréis unas cuantas entradas. Hasta que me canse o me invente otra excusa para dejarlo.

  2. Magdalena says: marzo 20, 20132:42 pm

    Estas dos últimas entradas me han encantado.

    Mientras iba leyendo la entrada, he empezado a pensar en Mario, y cuando he visto que te referías a él me he sentido agradecida por haberle conocido y haber podido trabajar con él. Y también nostálgica, por qué no decirlo…

  3. Raúl says: marzo 21, 20138:07 am

    Eso espero, Mario, eso espero. El barbecho está bien, siempre que a la calma le sigan tempestades.

    Confieso, Magda, que a mí me gustan esas entradas porque el mérito no es del que las ha escrito, sino de quienes las han inspirado 😉

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