— Verba Volant

Vacaciones. Profesores.

Todo el mundo conoce las vacaciones de los profesores. Si hablamos, en concreto, de los profesores universitarios, creo que pueden resumirse así de la manera que sigue:

Aunque hay clase en mayo, casi no cuenta porque la mayor parte de nosotros no aparecemos por clase, así que puede contarse como un mes. Junio es mes de exámenes y evaluaciones. Como todos intentamos aprobar a todo el mundo o suspender a todo bicho viviente para no molestarnos en corregir, ya podemos contar otro mes. Eso de que haya reuniones y más reuniones tampoco puede contarse, por supuesto, porque las reuniones de los profesores son interminables cafés (con leche) más pincho de tortilla o montadito de jamón en la cafetería. Van dos. En julio no hay nada que hacer más que reflexionar sobre lo bien que nos lo hemos pasado ya en los dos meses anteriores. Si queremos ajustar materias y planificar con otros compañeros, eso se resume en la cafetería de la que hemos hablado antes. Tampoco hay que tener en cuenta las comisiones de selección de plazas. Como todo es endogamia y cachondeo, decidimos todo nada más empezar y luego nos pasamos las cuatro horas siguientes jugando al parchís. Sumamos ya tres meses. Agosto es nuestro mes oficial de vacaciones, en el que todos nosotros nos juntamos en un resort de lujo de un país remoto a cuenta de nuestra insigne institución. Recibimos correos y correos sobre asuntos académicos, a veces también sobre aspectos administrativos, pero nos los pasamos por el forro porque están llenos de emoticonos. Como nos aburrimos tanto, en algunas ocasiones aparecemos por nuestra facultad hacia el día veintitantos para cachondearnos de todos los curritos que vemos en el camino o para intentar disimular nuestra vida de opulencia de cara a nuestros amigos. ¿Cuántos van? Cuatro, creo. Tradicionalmente, se ha dicho que en la universidad no se empieza hasta el día del Pilar, así que poco importa que las clases del semestre empiecen el día 5 de septiembre. Simplemente, no vamos. Les mandamos un vídeo a todos los alumnos por correo electrónico o les enviamos la dirección de nuestra cuenta de Instagram para que sepan por experiencia ajena lo que es el paraíso. Decíamos que el día del Pilar es a mediados de octubre, pero no tenemos en cuenta la clase de presentación, que suele durar quince días y consiste en un «Hola, pardillos, buenos días. Voy a ser vuestro profesor de la asignatura. Si queréis saber algo más, lo miráis en la guía docente. Nos vemos el día 1 de noviembre. Ah, no, que es fiesta. Pues el día 2. Ah, no, que ya es fin de semana. Bueno, empezamos el 7 de noviembre, para que no haya dudas». Sumamos y sumamos, y nos salen seis meses. Y eso solo para las vacaciones de verano.

Abro un nuevo párrafo porque me estoy cansando de tanto hablar de descansar. Claro, esas son las vacaciones, pero hay más. El mes de diciembre no cuenta porque acaba el semestre y son las navidades… un mes más. Y luego sumas que si Semana Santa, que si el día del libro, que si el día de la comunidad autónoma, que si el día de San Jordi, que si regalas un libro y una flor y tenemos otro. Van ocho. Luego están todas las fiestas que tiene todo el mundo, pero nosotros también. Como las disfrutamos el doble, sumemos otro mes.

El cómputo total para un año son nueve meses de vacaciones. Y eso que contamos tres meses en los que vamos al trabajo, pero, como todo el mundo sabe, no trabajamos y todo se resume en una rascada continua de nuestras partes bajas.

Por todo lo anterior, aconsejo a mis ocupados lectores que se dediquen en cuerpo y alma a intentar entrar en la universidad. ¡Ah, no, que es un coto cerrado, en plan club de millonarios! Pues os jodéis. Ya estamos nosotros para contaros lo que es la buena vida. Que os vaya bien en vuestra mísera y ocupada existencia.

Firma la presente un ocioso convencido y permanente.

La imagen es de Enrique López.

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