— Verba Volant

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Guerra

Russell Crowe, Gladiator

Me gusta Gladiator (de hecho, ya he hablado una vez de ella aquí). Mejor dicho, me apasiona. Por muchos motivos, tantos como entradas podría escribir. Pero hoy voy a dar otra razón de mi afición por esta película: es la historia de un vencedor que ya ha sido derrotado o de la derrota de un vencedor. Emocionalmente, nos sentimos atados a esta historia permanente de la derrota a través de la victoria. A Máximo le han arrebatado todos los méritos que ganó en el campo de batalla por las conjuras y las envidias propias de la mediocridad. Y, en ese momento, comienza la historia magnífica de un ser humano que decide sobrevivir. No es cierto que quiera ganar, porque lo ha perdido todo. Su historia es demasiado grande para tratarse de una venganza. Su personalidad es demasiado fuerte para ser tildada de arrogante.

A Máximo Décimo Meridio solo le quedaba luchar: sabía que era la única manera de que se supiese que había perdido. Porque, aunque Máximo no lo sabía, la eternidad no existe.

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Bola de Navidad

Hoy las noches son más cortas vestidas de largo, estampando las manos sobre las mesas y con el filo de los cuchillos haciendo mella en las tablas de las conciencias. Hoy salta el alborozo, la gracia chistosa, la voz grave desgastada por los envites del alcohol. Hoy suenan los petardos de los niños que perderán la inocencia, los bisbiseos de las verdades a medias y, en su centro, el gran interrogante que tienen los todos los misterios. Hoy estaremos contentos a fuerza de olvidar todas nuestras penas, arrastrándolas por todo el aparato digestivo acompañadas de langostinos y turrón. Hoy no nos haremos preguntas. Hoy no nos revolveremos sobre nosotros mismos. La vida da giros, como las palabras, en los retruécanos constantes de las montañas rusas. Pese a todo, hoy padezco más de un síndrome. Entre otros, éste. Como me decían ayer, nuestra mesa cada vez es más pequeña. Va a ser cosa de ir a una tienda e ir encargando un mantelito individual. Y que sea lindo. Por favor.

(En homenaje a todos los que vayan a leer esta entrada esperando mis aviesas intenciones, diré que he sido buen chico, que no he dicho palabrotas. Espero, por lo tanto, que esta entrada sea tomada como un buen propósito. Aquí y en China, con permiso de los chinos. De aquí a Lima, con su permiso. La imagen, de J. Salmoral.)

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War

En la entrada anterior sobre El arte de la guerra aparecieron detractores de mi tendencia belicista. Creo conveniente deciros a todos que la guerra es algo que, militar y socialmente, no me atrae. La mejor noticia de mi vida me la dieron cuando me declararon inútil para el servicio militar, entonces obligatorio. Y los vaivenes de tropas y las veleidades de los gerifaltes me la traen -pura y llanamente- al pairo. Pero la guerra es un factor ineludible de la vida social: aun no queriéndolo, la brega diaria te obliga a dejar la margarita que llevas en el pelo y ponerte el traje de faena. Y entonces es cuando las enseñanzas de Sun Tzu se hacen indispensables. Son, más que nada, un libro de autoayuda para salir a la calle, entrar en tu centro de trabajo o enfrentarte a alguno de los lazos que aún te quedan por ahí. Lo que pasa es que los libros de autoayuda son mariconadas pusilámines, timoratas, y El arte de la guerra es un libro de experiencia contrastada: más de veinte siglos dedicados al noble arte de la jodienda, de hacerte respetar cuando el «por las buenas» te deja tirado en la cuneta a punto del disparo por debajo del occipital.

Así que ya lo siento, amigos. Yo sigo inspirándome en las ideas del maestro, que en su capítulo II trata sobre el inicio de las operaciones: «sé rápido como el trueno que retumba antes de que hayas podido taparte los oídos, veloz como el relámpago que relumbra antes de haber podido pestañear». Si no, flojearán tus fuerzas: si no, habrá sublevaciones; si no, se te agotarán víveres y suministros. No movilices a tu ejército dos veces para la misma campaña, quita las armas a tu enemigo y no a tu propio pueblo. Y, sobre todo, «si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas».

Y esto lo digo porque hay mucho bicho suelto, mucha gente que parece que no se entera, mucha gente que esconde la cara para ocultar su perversidad y su estulticia. Y tienen que tener cuidado, porque hay otros que no sabemos muchas cosas del arte de la vida, pero leemos. Y tenemos a nuestro alcance toda una despensa de víveres para nutrirnos y todo un arsenal de letras para armar nuestro cerebro. Sun Tzu, ¡a por ellos!

(Imagen de ZR)

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Ando estos días totalmente fascinado con mi ignorancia y con mi suerte. Con la ignorancia, porque nunca había leído El arte de la guerra, tratado inspirado -al parecer- por Sun Tzu hace la friolera de veinticinco siglos. Con la suerte, porque no sé todavía a través qué caminos de unos y ceros, clic aquí, clic allá, me han llevado a descubrir sus líneas. La guerra «es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien». La guerra sirve para manejarse bien en la vida, que es su trasunto. Fijaos las siete preguntas que hace el sabio estratega y trasladadlas a todos los aspectos de vuestra vida: ¿qué dirigente es más sabio y capaz?; ¿qué comandante posee el mayor talento?; ¿qué ejército obtiene ventajas de la naturaleza y el terreno?; ¿en qué ejército se observan mejor las regulaciones y las instrucciones?; ¿qué tropas son más fuertes?; ¿qué ejército tiene oficiales y tropas mejor entrenadas?; y ¿qué ejército administra recompensas y castigos de forma más justa?

Sun Tzu advierte que si damos respuesta a todas estas preguntas sabremos de qué lado se inclinará la balanza de la victoria. Siguiendo estos consejos, las empresas no entrarían en suspensión de pagos, Solbes no tendría que quitarse el lápiz de la oreja para repasar las cuentas, no habría tanto listo que se las da de ídem ni tanto soplapollas (no puedo evitarlo: me encanta la palabra). Nuestros lugares de trabajo estarían regidos por tíos fríos pero sagaces y no se insertarían incapaces dentro de la cadena de mando. La incapacidad es buena para el incapaz, pero mala para la lucha y nefasta para la batalla final. Un tío grande, el Sun Tzu este. Habrá que seguir leyendo.

Pero casi mejor os dejo con el final del primer capítulo. Para vuestras vidas, para vuestras batallas. Recordadlo para la batalla final: no digáis luego no os he avisado:

El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo.

Golpear al enemigo cuando está desordenado. Prepararse contra él cuando estás seguro en todas partes. Evitarle durante un tiempo cuando es más fuerte. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo.

Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas. Ataca al enemigo cuando no esté preparado, y aparece cuando no te espere. Estas son las claves de la victoria para el estratega.

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