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Tag "Casas en las que he vivido"

Vladimir Perfanov

He tardado en escribir sobre esta casa porque me trae tantos recuerdos –algunos de ellos muy amargos– que me resulta muy difícil sufrir con el recuerdo. De la calle San Agustín nos mudamos a la calle General Mola. Ahora no se llama así, afortunadamente, sino que ha recuperado su nombre prefranquista, la calle del Progreso (¡cuántas matizaciones simbólicas en los nombres, en las realidades, en los destinos “nacionales”!). Yo era bastante pequeño (unos siete u ocho años, creo) y tenía solo una conciencia parcial de lo que significaba un cambio de casa. Recuerdo haber ido a ver con mi familia alguna de las casas que podrían haber sido el destino final, pero, a la postre, fue esta: General Mola, 12. 3º izquierda.

Era la primera vez que veía los preparativos de un traslado de domicilio, desde los barnices, la pintura, hasta la mudanza y la aventura de dejar de vivir en lo que es tu sitio para trasladarte a otro. Yo no me hacía la idea de lo que supondría vivir en otro lugar que no fuese el de siempre. Y no porque la cosa no prometiera: era una casa enorme (teníamos salón, cuarto de estar y comedor), yo iba a tener una habitación propia y muchas otras cosas más. Pero la mente de un niño está entre dos polos: el no ver más allá de las narices de lo vivido y el ver mucho más allá de sus narices para dejar de estar en el pasado. Sin duda, si tuviese que elegir una de las casas en las que viví con mi padre, esa sería la casa.

Desde la primera noche, vivida en la aventura de dormir en la provisionalidad de un lugar que no es más que un conjunto de trastos hasta la instauración paulatina del cosmos en nuestras vidas, este fue el lugar en el que fui pasando por muchas de las experiencias que fortalecieron y condicionan hoy mi vida. Se me olvidaba decir que era una casa instalada en la paradoja: como he dicho, vivíamos en un tercero… que, subido tramo a tramo por la escalera, era un quinto piso. El primer tramo era un vacío que correspondía a la altura de los locales comerciales (una cafetería que sigue siéndolo, una pollería que acabó siendo un vídeo-club y más cosas que no recuerdo), un segundo tramo al que se llamaba principal –entonces me enteré que, en las casas antiguas (y esta lo era) la altura noble era esa, en la que no había que sufrir los inconvenientes mecánicos de las alturas– y el inicio de los pisos numerados. A esta paradoja se le unía otra, ciertamente curiosa para mí: el ascensor lo era solo de subida. Al llegar al destino había que apretar a un botón para que descendiera y el retorno a la calle había que hacerlo por las escaleras. Todas las habitaciones daban al exterior, a excepción de la mía, que daba un patio. El mundo visto desde mi habitación era un mundo estrecho de ventanas, de luz relativa y de ensoñaciones provocadas por mi pasión por la lectura. Me encontraba un poco fuera del mundo, al fondo de un largo pasillo, con muchos metros de distancia entre los rincones de la vida familiar.

Y en ese largo pasillo que me separaba del mundo separo hoy esta entrada, para contar más cosas en la siguiente.

(Esta entrada pertenece a la serie Casas en las que he vivido. La imagen es de Vladimir Perfanov)

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Llamamos hogar al lugar en el que vivimos y extendemos el concepto a aquel que constituye nuestra morada más o menos permanente. Como la permanencia es propia del momento, nunca llega a serlo del todo, ni nosotros podemos llegar a adivinar su alcance. Siempre he pensado que el hogar es el enclave al que entras con familiaridad, llave en mano; aquel en el que sabes encender la luz a la primera entre las tinieblas; aquel en el que encuentras sin vacilar esa cazuela para guisos especiales.

A veces, sin embargo, la vida nos regala un hogar que lo es durante unos días, unas semanas, unos meses. Aquel en el que te refugias ante la adversidad, ante la causalidad, ante los imprevistos. Encontré un minihogar la noche que pasé en casa de mi tía en la calle Obispo don Mauricio, cuando hubo un incendio en la casa de al lado y me encontré asustado y en pijama en brazos de alguien (mi madre o mi padre, supongo). Son hogares vinculados, de algún modo, a la familia.

Pero hoy me detengo en otro hogar pasajero de características muy diferentes. La enfermedad que tenía mi padre y de la que he hablado en la entrada anterior de la serie motivó que tuviese que desplazarse a Madrid para un chequeo exhaustivo en La Paz. Ignoro lo que pasó con mi hermana y mi hermano (gracias a esta entrada, lo sabré: ¡cuántos detalles de nuestras vidas se pierden por no indagar suficientemente en ellos!), pero mi madre tuvo –lógicamente– que estar a su lado y yo pasé un tiempo en casa de unos íntimos amigos de la familia. A mí me pareció un mundo, pero no alcanzo a cuantificar mi estancia en días o semanas. La familia vivía en la plaza La Flora y su amabilidad y cercanía hizo que yo sintiese con bastante sintonía lo que era un hogar. La gran diferencia es que, por primera vez, yo aprendí con la diferencia. La ignorancia del niño lleva a pensar que todos los hogares son como el suyo. Yo, allí, descubrí un hogar totalmente diferente. Por muchas circunstancias, yo no jugaba en la calle, pero allí me encontré con horas escondido entre la vegetación del Espolón en horas en las que no había nadie. Nos aventurábamos a subir al Castillo (hoy lugar turístico y medianamente reconstruido; entonces un lugar recóndito y desalmado) con el único objetivo de clavar con fuerza un hierro forjado en la tierra. El centro de Burgos pasó a ser el centro de operaciones cotidiano de nuestros juegos.

Era una familia muy numerosa, con hijos de todas las edades posibles. Yo era compañero de colegio de Javier (creo que yo tenía unos siete años) y sus hermanas (Andrea, Verónica) eran las más próximas a nosotros en edad. Me llegué a acostumbrar al baño semanal colectivo (nos bañaban a la vez al menos a tres). No he vuelto a verlas desde hace más de veinte años, pero sería curioso verlas ahora como antiguas compañeras de esponja, de espuma. Aunque pertenecían a un sector acomodado, el mundo de los primeros años setenta tampoco era para tirar cohetes: allí se aprovechaba el agua del lavabo con un tapón que yo no usaba tanto en mi casa. La preocupación ahorradora de la madre llevaba a convertir en gomas elásticas de diferentes tamaños los guantes de cocina rotos tras el corte preciso de una tijera. Toda una lección de austeridad.

Allí vi, por primera vez, un traje de cofradía de Semana Santa antes de ser utilizado. También conocí la necesidad de tocar una armónica como bálsamo terapéutico para la enfermedad que empezó a arrastrar el padre. Los momentos díscolos de adolescencia de alguno de los hermanos mayores. En la finca de la familia, a lo largo de unos cuantos años, pasé muchos de mis mejores momentos de verano. Ahora que Burgos ha cambiado tanto por esa parte, me pregunto en qué se habrá convertido aquel enorme espacio para el juego. Lo mismo que me pregunto dónde estarán Javi, Andrea y Verónica. He intentado buceado por internet para saber de ellos, para hablarles de esta entrada, pero no he llegado a ningún resultado certero.

No llego a recordar cuándo ni cómo llegó a terminar todo. Pero no es menos cierto que, pese a las inquietudes nocturnas y las vacilaciones inconscientes de no saber lo que está pasando en tu familia, ese fue mi plácido hogar. Uno de los hogares pasajeros que la vida nos regala un día.

(Esta entrada pertenece a la serie Casas en las que he vivido. Imagen de Miguel Ángel Díaz-Rey.)

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(La primera parte de esta entrada.) Si tuviese que destacar algo por encima de todo, subrayaría cosas como estas: los disfraces, que son el amuleto de la ficción para los peques; los momentos de lectura con linterna de mi hermano (siete años mayor) y las parrafadas en la cama que acababan con mi madre, zapatilla en mano, asegurándose de que el grosor de las mantas nos aseguraba una reprimenda que jamás se convertía en color; los momentos en los que la casa se llenaba con los amigos de mi hermana (once años mayor que yo): la magia de las personas mayores (así me lo parecían a mí, cuando eran solo jóvenes), la celebración de sus cumpleaños. En el salón de esa casa Fiti contagió a mi hermano la pasión por la montaña. En el mismo lugar Longi cantaba, contaba chistes Madrigal o la magia de Félix (hoy mi cuñado), con su gran virtud para abrir la ilusión a un niño. Yo era el espectador privilegiado. Me imagino también que el niño pesado que incordia la conversación y las confidencias. Sin embargo, no puedo evitar que mis mejores recuerdos estén en las construcciones con el Exin Castillos o el despliegue bélico de los soldaditos, tanques y aviones (que tendrían su continuación en nuestra próxima cas). Fernando, mi hermano, tenía una habilidad especialísima para esas construcciones. Creo que la manera de construir, planificada, ordenada, bien ejecutada y con resultados siempre diferentes, me cambió la vida para siempre. O, al menos, eso creo.

La casa de la calle San Agustín fue también la casa de los momentos malos, cuando mi padre enfermó de depresión. Allí también aprendí a construir los castillos de la soledad y el silencio. De la introspección de un niño que necesitaba estar callado. De unos momentos que no recuerdo de forma global (por fortuna, la resiliencia de niño y la ayuda de todos hace que, en ningún momento, considere que mi infancia fuese traumática ni nada parecido), pero que han hecho de mí parte de lo que soy.

Esta casa, para mí, es la del otoño con mi abuelo, en busca de castañas (que luego estarían almacenadas en una caja de metal con agua en mi primer intento de inventar una calefacción) en lo que era el Hospicio y ahora es el parque de San Agustín; la del verano de las comidas en la terraza; la del invierno en el que mi padre decidió sacar parte de la casa (literalmente) a ese parque para hacer fotografías. Nunca le podré agradecer a mi padre su genialidad desbordante, su cerebro en constante ebullición creativa, su manera tan peculiar de ser distinto, del mismo modo que nunca podré agradecer suficientemente a mi madre su discreción, su labor callada para que el suelo nos mantuviese en la tierra.

La casa de San Agustín era, también, el lugar de paso de innumerables amigos de mis padres a los que mi padre traía a comer sin avisar. El lugar donde se celebró el banquete de mi primera comunión. El improvisado ring donde aprendí alguna de las reglas de boxeo. La aventura de colarme en la casa de los vecinos por los barrotes que separaban nuestra terraza de la suya cuando estaban de vacaciones y mi padre jugándose el tipo por el exterior para rescatarme. La casa de los vecinos, a la que me invitaban a comer y Maruja me reñía por quedarme alelado con los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente.

Las casas de nuestras vidas son las construcciones de nuestro ser, de nuestros vicios y de nuestras virtudes. Los lugares donde formulamos nuestros sueños, donde llegan las primeras pesadillas. Los lugares en los que vivimos y a los que nunca podremos regresar, a no ser que un día nos sentemos e intentamos recuperar algo de su esencia.

(Esta entrada pertenece a la serie Casas en las que he vivido.)

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Dado que empecé a vivir en esta casa desde los tres meses, para mi recuerdo personal la casa de San Agustín es mi primera casa. Aquella de la guardo la primera con(s)ciencia como un hogar.

Es difícil dirimir lo que hay en nuestra memoria entre invención o recuerdo, si es que ambas cosas no forman parte del mismo tronco. También es complicado saber si todo lo que sabes lo conoces porque lo has visto (a veces, las fotografías también cuentan) o porque te lo han contado. De toda esa mezcla, surge mi iniciación en el vivir. ¿Qué puedo destacar, a bote pronto? Un largo pasillo lleno de luz. Un salón muy alejado del resto de la casa. El papel pintado de la habitación que compartíamos mi hermano y yo, que tenía imágenes de automóviles antiguos. Unas vistas esplendidas hacia el horizonte. Un terraza con un columpio diseñado por mi padre.

El edificio de la casa de San Agustín (San Agustín, número 7. Séptimo piso) tenía un taller –Taller Mecánico Suizo– al lado del portal, en cuya sala de espera aguardábamos un compañero del autobús escolar: el mismo del que escapamos un día, hartos del tedio de un abuelito que nos cuidaba un poco y nos regalaba mucho con capones. El portal tenía unos escalones maravillosos (siete, creo recordar) para todo niño que quisiese emprender la arriesgada aventura de los saltos imposibles. Dado que conservo aún los tobillos intactos, deduzco que casi siempre aterricé con éxito.

Ahora que me pongo a escribir, descubro que puedo aportar poco a un discurso coherente sobre mi casa. Si desbrozo un poco esos recuerdos, puedo adivinar la magnífica planta cuyas ramas iban avanzando por el largo pasillo (la casa, en su interior y en su exterior, estaba llena de macetas con plantas vigorosas gracias a la luz y al don especial que tenía mi madre para cuidarlas). También recuerdo un salón al que me aterraba ir solo cuando me mandaban a coger algo, más aún si era de noche. Mi mente convirtió ese salón (y especialmente su sofá, el mismo en el que pasaría luego tantos momentos de sopor y televisión en otras casas, en otros momentos de mi vida) en el enemigo: cuando quería huir de él, corría a acogerme al calor de los sillones y el sofá del cuarto de estar. Es obligatorio subrayar la presencia de los electrodomésticos, sobre todo la llegada mágica del lavavajillas (llegó primero uno alto, enorme, que desapareció al poco tiempo. Ignoro la razón). La novedad motivo que se convirtiera en mi lugar de desayuno. Allí empecé a ser fiel al Cola Cao, al que todavía guardo pleitesía (¡qué bonitas eran las cajas!).

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Hablaba de casas y esta la primera: calle San Pedro y San Felices, en Burgos. Una casa de la que hay poco que decir y, por lo tanto, mucho que imaginar. Solo viví allí tres meses. Tengo pocas referencias sobre esa casa y no me he visto ninguna foto de la que poder inventarme algo referido a su existencia. Tampoco sé el número de calle, ni el piso (imagino que mi hermana, cuando lea esto, me dará algún detalle que pueda encuadrar, que pueda enriquecer). A lo largo de mi vida, por cuestiones de trabajo, habré pasado miles de veces por una calle en la que, por primera vez, dormí en un hogar y no sé si tengo que mirar a derecha o a izquierda, si mediada la calle, si al final, si al comienzo. Si recuerdo bien conversaciones a las que no estuve muy atento (lo confieso), tenía una peculiaridad para que pudiesen convivir la ducha y el retrete. La adivino pequeña: será una inferencia de un cambio de casa temprano, cuando llegó, con varios años de diferencia respecto a los dos anteriores, el pequeño de la casa, ese chiquitín que siempre fui y que se abriga todavía en muchos aspectos de lo que soy.

Si los primeros años son ignotos y lejanos, estos, como digo, son desconocidos. En pleno devaneo egocéntrico, no me hago a la idea de que mi hermana viviese allí unos bien reconocidos once años de existencia, o de mi hermano con siete años en los que ya se tiene una infancia suficientemente vertebrada. Por no hablar de mis padres, que se encontraban, por aquel entonces, con la mitad de su vida transcurrida. Año más, año menos: como si los años de más y de menos fuesen cosa vacía. Lo que hubiera dado por tenerles una pizquita más, meses apenas. O una última mirada consciente en sus últimos segundos. Así somos de traidores con el tiempo, deseando que pase y lamentando también su transcurso.

Supongo, también, que muchos de los muebles que conocí después estarían antes depositados en espacios que no adivino. Es curioso que los muebles parezcan ocupar su espacio natural y, pese a ello, lleguen a colocar vidas diferentes, ciudades, existencias. Armarios que he abierto y en los que he hallado parte de lo que buscaba. Sillas sobre las que he descansado y me he cansado. Mesas en las que apoyar los brazos en un quebranto de las normas de urbanidad. Y relojes que van de aquí para allá, alguno de los cuales puedo disfrutar ahora en mi casa, con manecillas paradas no por los inconvenientes del sonido fuerte del mecanismo, sino, sobre todo, por el placer de contemplar un tiempo detenido.

Naturalmente, no recuerdo tampoco el tránsito hacia el nuevo hogar. Pero esa es otra historia y, por lo tanto, otra casa. Una casa de la que tengo mi primera consciencia como habitante del mundo.

(La imagen es el Cuadro blanco cobre cuadro blanco, de Malévich.)

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No es, una casa, ciertamente. Pero, en todo caso, es un lugar de referencia vital. Se trata del Hospital General Yagüe (en el Burgos “de toda la vida”, se llamaba coloquialmente Las trescientas camas). Nací allí y permanecí algo –imagino: como todas las cosas de nuestros primeros meses, pertenecen más al ámbito de lo narrado por nosotros que al territorio de nuestra memoria–. Unos días o algo más. Si lo narrado es cierto y la inferencia que he realizado luego es afortunada (ya no queda casi nadie que me lo pueda corroborar), algo más de unos días. Quiero decir que algo más de los días normales de un recién nacido tras un parto. Que si algo de vértigo, o algo así. No sé si fui bautizado allí por si las moscas o porque la estancia fue más prolongada por un motivo que ignoro.

Hablar de un hospital como un hogar es una especie de contrasentido: es más un lugar de tránsito hacia la vida, hacia la salud, hacia la muerte que un sitio donde se permanece. Pero, en cierta medida, mi vida ha estado bastante ligada a ese hospital. Nací allí, ya digo. Y lo visité alguna que otra vez de niño. No muchas: no tanto por ser especialmente resistente; más bien, por ser un chaval reticente a descalabrarse. De visita, eso sí. Por enfermedades ajenas.

Hubo un momento, no obstante, en el que el hospital se convirtió en una pequeña sucursal del hogar. Una operación mal realizada y algo de mala suerte hizo que mi padre se debatiese en una lucha entre la vida y la muerte en una guerra que se libró en diferentes batallas, algunas de ellas muy largas. En esos casos, las puertas fueron muy importantes: la antigua puerta de la UCI, que era el nexo común entre los escasos minutos de contacto visual; la puerta de los quirófanos, a la espera de noticias acompañada la familia de todos los terrores acumulados en la espera. Habitaciones de casi todas las plantas del hospital, de salas de pruebas a las que tuve que acostumbrarme. Noches de tinieblas entre el sillón de acompañante y el suelo.

Los hospitales, a veces, son lugares también de alegrías: allí nació mi hijo un 31 de diciembre. Todo un día de preparto, de pie ante una camilla. Siendo el que menos sufre y con la única misión de la espera. Un chiquitín de dos kilos y un poquito. Una noche de alegría, de vasito de sidra y once uvas (sí, me tocaron once uvas) para pasar la noche. Y una semana en la sala de neonatos en las que los padres solo tienen contacto con su hijo unas horas. Una semana en la que eres padre solo a trozos de mañana y retazos de  tarde, con el día de Reyes en el que el regalo pudo llegar, al fin, a otra casa.

Luego llegó la desgracia propia en forma de hepatitis tóxica y brutal. Quince días (o tres semanas, no recuerdo. Fueron para mí algo mucho más largas de lo que el tiempo pueda contar) que desparramaron mi concepción de la vida. Tras ella, volvió la salud pero no volví a ser el mismo. Noches demasiado claras para ser dormidas y días demasiado turbios como para ver una luz de esperanzas. Charlas entre médico y paciente cargadas de delicadeza y sinceridad que te ponían ante las fronteras de ti mismo, con los límites bien cerca, bien diáfanos.

El hospital fue lugar de días y noches de urgencias, de pequeños percances familiares. De sustos que, afortunadamente, no llegaron a nada importante. Pero la vida es puta, como sabe todo aquel que la ha contemplado detenidamente. El hospital fue el lugar donde murió mi padre, después de haber perdido la guerra aunque ganase todas las batallas a las que me he referido. Poco más de un año más tarde, en circunstancias terroríficamente similares, el lugar donde murió mi madre. Nada reseñable que quiera recordar sin que se me parta el corazón y vuelvan los horrores. Solo dos cosas: que mi madre, pudo, al fin, olvidar de forma radical y no en tristes dosis; que mi padre murió en la planta más adecuada para su espíritu de niño.

Y creo que un hospital, lugar de tránsito, es buen momento para recordar que se nace, se vive y se muere (ahora que ya no se nace ni se muere en casa). Como metáfora existencial, el hospital donde todo comenzó para mí ya no existe. Se cerró hace muy poquito tiempo y se ha sustituido por uno nuevo en el que, todavía, no ha pasado nada reseñable (si este blog sobrevive a los años, seguro que este nuevo lugar guardará pequeños recovecos, salas y habitaciones llenas de historias).

(Imagen de Viajar24h.com)

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Se me ocurrió la idea de narrar la historia –primero individual, relacionada después– de un conjunto de gente que asiste a una celebración, pero Soledad Puértolas tuvo la idea hace ya casi quince años. Luego le di vueltas a una idea genial: un libro que contase los avatares de mi infancia desde el álbum de fotografías familiar, un libro que relacionase desde una voz narradora los acontecimientos vitales. Pero Julio Llamazares escribió ya un libro sobre eso, hace ya mucho. Y luego pensé hablar de las casas en las que he vivido y resulta que Paul Auster lo acaba de hacer en Diario de invierno.

Parece que mi imaginación no es imaginativa. O, lo más probable, que me imaginación sea la memoria de lo que leí y el engaño de invertir el orden de los factores pensando en que el producto aritmético es equivalente a la producción literaria. No sé. Pero estar tres ideas eran buenas. La primera la voy a descartar, aunque tenga que dejaros con la intriga de la conversación que tuve con un almirante. La segunda es una invención que proyecto de forma inversa: no veo una foto y luego la cuento, sino que me invento la foto que nunca existió para demostrar que, en este caso sí, el mundo de la imaginación puede ser fácilmente creíble.

Mi empeño, por lo tanto, será insistir en la idea de las casas en las que he vivido por una sencilla razón, que todavía no sé cuál es, pero algún día descubriré. Se me ocurre una idea, pero tendréis que esperar a que os la cuente.

(Ya sabéis que, últimamente, estoy muy perezoso y el tirón del día a día me estrangula la vena creativa. Y la imagen es de Brandy.)

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