Lamer algo a alguien

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Por variadas razones, estos últimos días he tenido alguna experiencia sobre las personas y sus relaciones. Personas y relaciones son dos conceptos que, si hacemos caso a Aristóteles y a su concepto de «animal social», van prácticamente de la mano.

Puestos a empezar por algún sitio, creo que las relaciones entre personas pueden ser saludables o tóxicas y yo, hoy, quiero hablar de las relaciones aparentemente saludables. Por ello, creo que el aprecio, el cariño, la estima, la valoración justa y otras muchas cosas más son más que importantes para convivir. Y es muy beneficioso y agradable contar con personas predispuestas, emprendedoras y constructivas.

Pero, como decía al empezar, estos últimos días he tenido alguna experiencia sobre las personas y sus relaciones. Y, puestos a empezar por algún sitio, quería hablar –hoy, aquí– de las relaciones saludables. Pero me he dado cuenta de que lo que más vale en este mundo es la sumisión, la pleitesía, el decir a todo el que convenga que sí.

Y, en ese último escalafón, que es el que nos define, está la cima, claro. Esa tendencia que tenemos los humanos para valorar por encima de todo y por encima de todos. Nuestro querido diccionario lo define como «Pasar la lengua por la superficie de algo». Luego vienen más acepciones y expresiones derivadas y aplicadas. Pero yo, en concreto, aquí, hoy y ahora, me refiero a eso, a lamer. Y, en concreto, a lamer culos como medio inequívocamente eficaz para conseguir cosas, para ser reconocido, para prosperar en este mundo lleno de lenguas y babas proyectivas y de traseros ávidos de recepción. Húmeda, para más señas.

Y no digo más porque tengo la boca seca. El culo también.

(Imagen de Alexey Naumov.)

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