— Verba Volant

¿Mueren nuestros sueños?

 

Cine con intermitencias

Me había ocurrido antes, probablemente desde que era muy pequeño, pero no me di cuenta hasta unos nefastos primeros días de julio de de 1997: habían muerto James Stewart y Robert Mitchum. Parecerá ingenuo y sensiblero, pero era la constatación inefable de que los grandes estaban cayendo para no volver a aparecer. Ya no habría héroes a medio camino entre la debilidad y la fortaleza (El hombre que mató a Liberty Valance, Caballero sin espada, La ventana indiscreta, ¡Qué bello es vivir!) ni grandullones engreídos con gran maldad (o inseguridad) a flor de piel (La noche del cazador, Cara de ángel, El cabo del terror).

Y, desde ese año fatídico, he sido testigo consciente de esa demolición de los actores que construyen mis sueños. En 1998, desapareció Frank Sinatra, menospreciado a veces como actor: quienes recuerden su papel secundario en De aquí a la eternidad o su egregia interpretación de un drogadicto en El hombre del brazo de oro tendrán mucho que callar. En 1999, Stanly Kubrick, a mitad de camino entre la genialidad y el narcisismo, al que le dio por parir, ni más ni menos, Senderos de gloria, Espartaco o La chaqueta metálica (lo siento, menciono estas porque son mis preferidas). El siglo acababa en 2000 con Alec Guiness y Walter Matthau, el constructor de puentes sobre el río Kwai y el mejor comediante del robo (El quinteto de la muerte) , el mejor amigo canalla de la historia (Primera plana). En 2001, cayó Jack Lemmon, el amigo decente de Mattahau, el mejor representante de la clase media americana, del hombre normal capaz, como todos los hombres mortales en caso de desequilibro persecutorio, de enfundarse unas faldas y echarse en los brazos de un vejete en Con faldas y a lo loco, o de agazaparse en su gabán esperando que sus superiores saliesen de su vida, sus amores y su Apartamento. En 2002, Frankenheimer, el hombre que llevó a Burt Lancaster a criar pájaros como metáforas de libertad en El hombre de Alcatraz. Especialmente insoportable fue 2003: Gregory Peck, la elegancia sutil del periodista de Vacaciones en Roma o el abogado sereno y pertinaz de Matar a un ruiseñor. Y, sobre todo, Katharine Hepburn: lloré su muerte tanto como he disfrutado sus películas. El terremoto femenino de La fiera de mi niña, de La costilla de Adán, de Historias de Filadelfia… La única que me ha llegado a parecer la mujer más bella de la tierra sin serlo, la única que cautivaba por cada gesto, por cada poro de su piel. Marlon Brando en 2004 (no se puede decir lo que ya está dicho). Robert Wise en 2005, con West Side Story como logro (y con Sonrisas y lágrimas como tedio lacrimógeno). En 2007, ni más ni menos que Jane Wyman, la joya de Días sin huella y tantas otras; Deborah Kerr, en la playa del deseo de Burt Lancaster, en el amor condenado de una cita en el Empire State (Tú y yo, el melodrama lacrimógeno convertido en obra maestra); Glenn Ford, abofeteado y abofeteador, en la justa correspondencia que media entre amor y odio de Gilda y padre putativo (el San José de nuestro mundo contemporáneo) de Supermán. Llevamos unos meses de 2008 y se nos ha caído Richard Widmark: El beso de la muerte, Vencedores o vencidos. El mejor malo, el bueno más arrogante. Y una sonrisa tras la que no sabes si te espera la muerte, la seducción o la inteligencia.

Eso, para que luego Platón nos dijese algo de unos esclavos en una caverna que miran fijamente una pared con reflejos. Para que luego nos diga ese griego sabiondo que, mirando esos reflejos, los esclavos no contemplan la auténtica realidad, que esa realidad está fuera. Si miramos allí, al mundo real, todos estos genios están muertos. Si estamos al abrigo de los maravillosos reflejos de la pantalla, seguimos contemplando la verdad (la auténtica) y nuestros sueños. Una vez más. Y, en la esclavitud de nuestra mirada, conseguimos nuestra libertad.

(Imagen de movimente)

6 comments
  1. Bipolar says: abril 2, 200812:36 am

    "En la esclavitud de la mirada, conseguimos nuestra libertad"

    los sueños son nuestros y el pensamiento también.

    Katharine Hepburn,que no era una mujer físicamente espectacular pero era adorablemente atractiva. Muy atractiva.

  2. Alberto says: abril 2, 20081:22 pm

    La eternidad de las obras le hace ser inmortales.

    Cuanto me queda por ver, aprender y disfrutar, pero como dijo aquel: "Estamos trabajando en ellooo"

  3. manzacosas says: abril 2, 20087:14 pm

    Sí. Estoy contigo, y lo expresas muy bien.

    El mito de la caverna. Recuerdo que nos lo explicó Luis Martín Santos en clase de filosofía. He tenido buenos maestros, pero ninguno como aquél. No sabíamos lo que teníamos en Burgos.

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