— Verba Volant

Se sentó con la intención de escribir

Inspiración

Se sentó con la intención de escribir de forma calmada pero intensa unas páginas. Miró por la ventana y no le pareció que hiciese malo, pero ella sentía que el frío le llegaba hasta el alma. Recogió la manta que había dejado tirada en el suelo y se la puso por encima buscando algo parecido a sentirse abrazada. Cogió su cuaderno de notas e intentó descifrar los esquemas que había esbozado la otra tarde, cuando dejó todo lo que estaba haciendo porque había tenido una gran idea. Ahora no veía la idea, ni buena ni mala, por ninguna parte. También tenía unos post-it pegados en la mesa en los que encontró palabras imposibles de descifrar, citas demasiado eruditas o flashes excesivamente rutilantes.

Soltó un pequeño suspiro, que a ella le pareció más un resoplido, y se reacomodó sobre la silla. Cogió entre las manos ese bolígrafo negro con una corona blanca que tanto le gustaba y lo fue deslizando entre los dedos. Parecía que estaba buscando algo entre la negrura manchada ahora con sus huellas. Buscó en el cajón la pequeña gamuza que tenía para limpiar la pantalla del ordenador y repasó todo el bolígrafo hasta dejarlo inmaculado.

Cogió el otro cuaderno, el rojo, aquel en el que iba redactando todo lo que escribía antes de pasarlo al ordenador. Lo abrió y empujó varias veces con la mano para domar las páginas rebeldes. Decidió prescindir de todas las notas y buscar la inspiración en una idea que había tenido nada más levantarse, nada grandilocuente ni épico, tan solo unas pequeñas reflexiones sobre el acto de vivir y de continuar y de subsistir entre todo y entre todos. Iba a escribir ya la primera frase cuando se acordó de él, de toda esa elegancia emanada desde su pelo oscuro y bien cuidado hasta unas manos exquisitas. Su forma de vestir tan original, mezclando lo que podría parecer insultantemente clásico con un toque rompedor hasta la locura. Esa sonrisa que ya solo va quedando en sus recuerdos. Esa manera que tenía él de alejarse sin que se note. No lograba recordar el momento en el que todo cambió porque todo se resumía en una suma de detalles imperceptibles que desencadenaban en el abismo. Se sentía profundamente sola.

Pensó en aprovechar eso, la idea de soledad, para escribir sobre ella, pero lo descartó. Es como todas esas novelas que hablan sobre el síndrome de la página en blanco, algo demasiado obvio y casi redundante. Pero notaba que tenía que empezar a poner palabras, una tras otra, para romper ese círculo vicioso de conmiseración consigo misma. Un mensaje iluminó la pantalla del móvil, mira que se había prometido una y mil veces borrarse de todos los grupos de amigos. Ese fogonazo le hizo ir a la bandeja de correo para comprobar si tenía alguna mensaje nuevo. Nada. Sabiendo que tampoco todo lo demás tendría ningún resultado positivo, fue desfilando por todas las redes sociales hasta comprobar que no había ninguna noticia de él. En ninguna parte.

Empezó a elaborar una descripción del ambiente de todo lo que veía por la ventana. No quería detenerse en los detalles, solo un bosquejo de corte impresionista para encajar el relato y contextualizarlo en un lugar preciso. El tiempo vendría después, cuando una cosa enlazase con la otra. Y los personajes. ¿Por qué no podría ser él uno de ellos? Podría utilizarlo como elemento de venganza. No, qué tontería. De redención. Sí, claro, para que quedar como la tonta del bote. Pero tampoco tenía que ser así, todo tan directo. Podría ser un personaje secundario, nada reconocible. No se trataría de un recurso vital, sino de un recurso literario. Todos los escritores escriben de lo que conocen o, al menos, de lo que pueden imaginar partiendo de situaciones concretas. Lo dejó apuntado en un nuevo post-it. Y añadió: «Importante. ¿Cómo voy a llamarlo?».

Quería introducir pronto un diálogo en el texto, pero para eso tenía que hablar con alguien, nada de monólogos interiores, al menos de momento. ¿Era el monólogo interior un diálogo? Puf, no le apetecía nada ahora pensarlo. Estaba en esto del diálogo cuando la pantalla del móvil volvió a iluminarse. Ahora se trataba de una llamada. Vaya por dios, cosas del trabajo.

(Imagen de Emergency Brake. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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