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Grupos

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Esta entrada está dedicada al equilibrio emocional de los que tenían un complejo de culpa por alegrarse de la desgracia ajena. Mina Cikara y Susan T. Fiske, de la Universidad de Princeton, están ahí para no quitar nada a nuestras alegrías y restar gravedad a nuestras penas.

Todo parte de una bonita palabra alemana, Schadenfreude,  que es precisamente eso, el sentir placer ante el dolor ajeno. Y se puede demostrar científicamente: lo delatan los músculos de nuestras mejillas, ya que sonreímos ante situaciones de desgracia o malestar ajeno. Por lo tanto, dejamos de lado nuestra empatía cuando se trata de ver al rival pasándolas canutas. Porque no somos malos y crueles de forma discriminada, sino que este sentimiento se produce, ante todo, ante personas a las que envidiamos. En ese grupo, por supuesto, encontramos a los ricos, que provocan de forma unánime nuestra hilaridad. Hasta tal punto, que estaríamos dispuestos a darles una pequeña descarga eléctrica para que espabilen. Lo podemos trasladar también al terreno deportivo: en uno de los experimentos, se demuestra lo que ya sabíamos por malvada experiencia: no solo nos alegra que gane nuestro equipo favorito, sino que también nos hace mucha gracia que pierda nuestro rival más denostado.

Como somos muy humanos –es decir, muy biológicos y muy sociales–, queremos que a la gente «bien» le vaya bonito mientras nosotros estemos allí cerca, con pleno beneficio. Eso sí, en cuanto las cosas pintan mal, nos alegramos de sus males a base de bien. ¿Que el país va bien? Pues alabamos a los políticos. Pero, en el momento en el que la cosa se pone chunga, se pueden ir preparando. Y ahí está el interrogante de si es bueno establecer un sistema en una organización o en una empresa. Sí, mientras todo vaya bien. Es decir, hasta que encontramos a nuestro envidiado de turno teniendo que pasarlas canutas.

Las investigadoras se preguntan si esto es una patología. Y dicen, con razón, que no. Que, simplemente, somos humanos. Para eso tenemos mejillas y sonrisa. Como las hienas.

(Imagen de José García)

Referencias bibliográficas:

  • Información obtenida en el Princeton Journal Watch.
  • Cikara, M., & Fiske, S. T. (2013). Their Pain, our Pleasure: Stereotype content and Schadenfreude. Annals of the New York Academy of Sciences , 1299, 52-59. El resumen del artículo puede consultarse aquí.
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sins

En Verba volant hemos hablamos de los pecados capitales en una entrada titulada «Las virtudes del pecado». Hoy volvemos a hablar de pecados capitales porque el Vaticano -¿quién si no?- ha vuelto a hablar sobre pecados capitales, pero ahora los ha baremado en orden de importancia dividiéndolo en sexos. La fuente de esta baremacíon la constituye todo un estudio de campo: Roberto Busa, un sacedote jesuita de 95 años, en vez de frotarse las manos cada vez que un feligrés (o feligresa, que en esta ocasión es conveniente hacer distinciones) se acercaba al confesionario, cogía papel y boli, hacía una raya a lo largo del papel y, columna de la izquierda para los hombres, columna de la derecha para las mujeres, iba apuntando.

Que los hombres somos más guarretes que las mujeres es un pecado -perdón, un secreto- a voces. Por eso, el orden de pecados capitales masculinos va en este orden: lujuria, gula, pereza, ira, soberbia, envidia y avaricia. La soberbia es el pecado femenino por antonomasia y le siguen la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la avaricia y la pereza. Y de lo demás, para qué hablar. Quizá si proyectamos ese modelo global de seres humanos que constituye el microcosmos de The Simpsons podemos ver muy claramente que esto es así en mayor o menor grado. O sea, una verdad como un templo.

Ahora las visitas al confesionario, que tanto preocupan al Papa Benito (todavía no llego a comprender por qué se le ha bautizado Benedicto en español, cosa en poca consonancia con la regla de San Benito, que tendría que ser San Benedicto), no deberían de ser tan pesarosas para el pecador ni tan atareadas para el sacedote. Bastaría percibir la gravedad de la voz en el «Ave María Purísima» para que el cura dijese «Sin pecado concebida» y, rápidamente, seguir: «Sí, no me digas más: piensas todo el día en las mozas, siempre asaltas y asedias el frigorífico, te gusta practicar el sillón-ball las tardes de domingo, la emprendes a gritos con el que te mira mal en el semáforo…» O, «»Sí, querida, sí: es difícil soportar que nadie te tenga estima, especialmente tu vecina la del quinto y la mujer de tu hermano. También te gusta ver un hombre musculoso saliendo de la ducha, aunque disimules, y te puede el asalto al picoteo en la soledad de la cocina…»

Según Benito XVI, estamos perdiendo la noción de pecado y, si no nos confesamos regularmente, corremos el riesgo de frenar nuestro ritmo espiritual. El pobre no sabe que nuestro ritmo espiritual es uniformemente desacelerado y que hasta nuestro confesor sabe de qué pie pecamos (perdón, cojeamos). Y ya se sabe: se pilla antes a los lujuriosos y a las soberbias que a los avariciosos y a las perezosas. Amén.

(Imagen de Escapethematix)

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Guijarros

El asunto es muy sencillo: coges a un conjunto limitado de gente que no tenga nada que ver entre sí y les dices que se decanten, sin saber nada de tenis, por Mats Vilander o Ivan Lendl. Cada uno va eligiendo según le parece, sin ninguna posibilidad de criterio explicable y razonable. Una vez decantados, se establecen estos dos grupos incongruentes y absurdos. Aunque pueda parecer mentira, a medida que pasa el tiempo cada integrante del grupo se siente más identificado con sus compañeros, a los que valora más y con los que cree mantener mejores vínculos que con el grupo contrario, que pronto pasa a ser rival. El grupo sirve, así, de asidero, se erige en una manera «eficaz» de acotar el universo en porciones limitadas entre las que «escoger». Realzando las similitudes de esta porción, se consigue humanizar a los que tenemos cerca y, por contra, nos es mucho más sencillo ver «los de fuera» de manera más abstracta y descarnada. Estar integrado en uno de estos grupos nos sirve para elevar nuestra autoestima y sentir orgullo por ser de este grupo y no del otro: no en vano la necesidad de pertenencia a un grupo es un elemento muy importante dentro de la motivación humana.

Este es el núcleo central de lo que Henri Tajfel denominaba «paradigma del grupo mínimo», concepto clave dentro de la psicología social y explicado con sencillez en La era de la propaganda. Uso y abuso de la persuasión, el magistral libro de Anthony Pratkanis y Elliot Aronson  (Barcelona, Paidós, 1994) [Los muy muy interesados en este asunto pueden acudir a estos trabajos especializados: 1, 2, 3 y 4.]. La técnica de creación de estos grupos se denomina con una palabra fea de cojones (grupalón) y da mucho que pensar. Si el grado de aserción dentro de un grupalón o grupo aleatorio es tan grande, da miedo calibrar lo que puede pasar en grupos más «estables». Podemos imaginar cuáles son las razones por las que la atención médica en algunos lugares de Estados Unidos varía no sólo con la raza a la que se pertenece, sino también con la religión que se profesa, tal y como se nos explicaba en un artículo del NYT hace unos días. La exclusión de un miembro del clan en Haití llevaba a la muerte (la famosa «muerte vudú»): un individuo llevado al ostracismo pierde todo el sistema de referencias y llega a identificarse con cualquier otro grupo, aunque sea el de sus captores (como ocurre en el síndrome de Estocolmo) y, privado de todo, puede llegar a morir.

Los seres humanos hemos utilizado desde la infancia la pertenencia o la exclusión del grupo como arma arrojadiza desde el «tú no juegas», el mote o la delación en los años escolares. Seremos sociales por naturaleza, como decía Aristóteles -no lo dudo ni por un momento-, pero esa necesidad de sociabilidad grupal es, precisamente, la que nos conduce a su contaminación: el empleo del grupo no tanto como identificación de unos sino como exclusión de los demás. La sociedad es el origen de todos nuestros beneficios, pero también el núcleo egoísta desde el punto de vista social de todas las exclusiones. Lo auténticamente grave es el estado social de los seres errantes, que no llegan a saber cuál es su sitio, ni de dónde son, ni hacia dónde van (los garbanzos negros). Pero, puestos a dudar, prefiero la indefinición y el desequilibrio vital de la carencia de un grupo definido al borreguismo caprichoso del grupalón, que identifica desconociendo y excluye ignorando. Y es que hay mucho cabronazo perdido en clanes grupales hablando de lo que no sabe, pesando el criterio moral de los demás sin el contrapeso de sus carencias y juzgando lo que no entiende. Yo tengo un nombre para los integrantes irracionales de los clanes: mentecatos. ¡Glup! Ya me he metido, sin querer, en un grupo. A propósito, esta pregunta va dirigida a quienes no saben de tenis: ¿quién era mejor, Vilander o Lendl?

(Imagen de Cyron)

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