— Verba Volant

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Poesía

Despertador

A las siete de la mañana,
inevitablemente,
sonará el despertador.
Me levantaré
y emprenderé la desordenada
ruta hacia el cuarto de baño;
enfilaré cinco metros
de un pasillo que desciende al infierno
y, entre sonido de ondas furiosas
que calientan el vaso de leche,
las tostadas emergerán de su obstinado escondite.
Las comeré con desgana. Me ducharé. Me vestiré.
Cogeré, ordenadamente,
las llaves de la bici, la cartera y las alforjas
para un azaroso viaje hacia el abismo.
Al final,
encontraré jóvenes rostros dormidos, mientras, dormido yo,
analizo un par de anuncios publicitarios.
Hambriento, emprenderé el retorno a Ítaca,
mientras en mi camino se cruza un gato… pardo.
Engulliré una comida descongelada en hornos técnicos
que no sospechaba Heráclito.
Concentrado en la pantalla,
leeré un post
(¿es el Sr. K el blogger más romántico?).
Meteré las narices en el
Réquiem de Pepe Hierro. Me emocionaré quizás.
Anhelaré lo absoluto y pretenderé contemplar
la belleza en su través.
Abandonaré mi ¿trabajo?
(¿Olvidaré apagar la luz?)
Enterraré mis ojos veinte segundos
-escasos-
en la contemplación mística
de dos tubos fluorescentes en la cocina.
Morderé con desgana unos trozos de fruta
y echaré una cucharada
y media de azúcar
en un yogur natural.
Frotaré mis dientes con afán, y, sobre todo,
con un poco de pasta de dientes.
Abriré despacio la cama. Apagaré la luz.
Y entonces,
con la luz entornada que brota entre la persiana,
recordaré de nuevo tu rostro,
la alegría en tu pausado respirar.
Quizá esto sea el impulso para dormir
para despertar un día más.

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En el laberinto de los espejos

Escribo “Miércoles”. Pero es (casi) sábado.
Deseaba mentir, crear un estado de ánimo.
También escribo “El ilustrado contar
de los viejos rebeldes”.
Pero lo cierto es
que estoy en mi casa, delante del artefacto electrónico,
y que sólo escucho la voz
de los vecinos, siempre ruidosos.
Miento y escribo. Y a la vez hablo.
“La mirada de tu piel reverdece mi sonrisa”.
Y estoy solo. Me encuentro solo. Recordando.
«Y en la roca volaba espuma,
y un mar incestuoso brotaba por dentro».
Y estoy tierra adentro, más solo que la una.
Soñando con un mar que no veo.
Esta mente mía es un caos (sinsustancia, me llamaba mi madre).
Me engaño a mí mismo: cojo un poema
que escribí hace diez años. Le cambio
dos palabras,
tres comas,
omito cuatro versos (malos, muy malos).
Y pulso al botón «enviar». A ver qué pasa.

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Ángel González

Este iba a ser una entrada de celebración: Verba volant cumple cincuenta citas con vosotros. Iba a ser una alegría moderada: la de aquellos enamorados que celebran los seis meses desde que se conocieron mientras, a su alrededor, abundan las bodas de plata. Pero hoy no puede ser un día alegre. Cuando me he enterado de que se ha muerto Ángel González, siento que se ha ido mi poeta. Todos los aficionados a la literatura tenemos un poeta que nos cala por la piel hasta llegarnos al tuétano de los huesos para hacerlos más blandos, flexibles, moldeables. Para mí, Ángel era ese poeta. Lo descubrí tarde, con casi veinte años. Los primeros versos suyos que oí, recitados, decían: «Ayer fue miércoles toda la mañana. / Por la tarde cambió: / se puso casi lunes». Descubrí que no se pueden decir las cosas mejor, con tanta hondura y tanta sencillez, al lado la una de la otra.

Luego fue toda una cadena: la antología de García Hortelano sobre el Grupo poético de los 50. A los dos días, su antología en Cátedra. Y no tardé ni un mes en atacar su poesía completa. Juro que no exagero: pocas veces me he sentido tan a gusto como leyendo a Ángel González. Las palabras con el significado justo sobre palabras bellas. Sencillez, armonía y caos. Todo junto. He tenido la suerte de conocer a unos cuantos autores más o menos importantes, pero nunca les había dado un libro para que me lo firmasen. Ángel fue la primera excepción: «Para Raúl, de su amigo Ángel González». Lo guardo con veneración y nostalgia. Con la envidia de no haberle podido conocerlo más, con la satisfacción de conocerlo como pocos, palabra sobre palabra. No soy muy sensiblero, pero he llorado. No quiero exagerar: es cierto, seguiremos teniendo sus versos. Pero en el edificio de las palabras, Ángel no podrá -ya- levantar otro piso para alcanzar el cielo. Si acabáis de leer esta entrada, entenderéis mejor eso de «No conozco un invierno tan frío como este».

Aunque no sin cierto rubor, podéis escuchar dos poesías de Ángel González: «Me basta así» y «Canción de amiga». Al escucharlas, se comprende mejor todo.

[audio:http://www.urbinavolant.com/audio/me_basta_asi.mp3]

[audio:http://www.urbinavolant.com/audio/cancion_de_amiga.mp3]

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Árbol en la noche

La nocturnidad era su latido. Descendió los escalones que lo separaban de la noche y su cuerpo encendió fulgores. Deambulada por las calles iluminadas y revolvía los rincones. Susurraba, murmuraba palabras dulces a damas de nombres infinitos. De su sonrisa irradiaba la felicidad que sonda lo absoluto. Luego, llegaba la calma. Un zigzag en la acera, un paso perdido en el quicio de la puerta del último bar, absorto en su amplitud y en su resonancia. Suerte y libertad de movimientos, flexibilidad y apertura de ideas. Después, llegó la auténtica noche. Luchó por sobrevivir. Y lo consiguió, a pesar de los bordes del abismo.

(La foto pertenece a mi reciente álbum de Valencia en Flickr)

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Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.

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Panic1

 

Siento hoy una sensación extraña,
un tic furioso en el párpado izquierdo,
un aletear de mi corazón, algo desbocado,
descompuesto el gesto.

 

El aire me falta y no me falta,
la cabeza me oscila por dentro,
me levanto de súbito,
me niego a morir sin reto.

 

Pongo una mano en el pecho,
la otra en la frente,
suspiro y respiro,
me inclino y me siento.

 

Me tumbo en un sillón.
Tengo calor, y abro la ventana.
En posición, espero el frío y la cierro.

 

Respiro ocho o nueve veces, lento,
muy lento: es un consejo médico.
Me engaño a mí mismo, y de nuevo me siento.

 

Finjo ver la tele,
compruebo mi visión leyendo,
decido ir a la cama,
pero no duermo.

 

Me resisto a dormir por si durmiendo
mi cuerpo me engaña y
no despierto.

 

Al fin llega el mañana,
y aquí estoy de nuevo,
ansioso de que la ansiedad
no llegue.
Eso espero.

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Al final,
merece la pena mirar hacia atrás,
comprobar los pasos perdidos
por el largo pasillo de las sombras.

Merece la pena toparte con errores
y desencuentros,
con un par de enemigos
agazapados en el callejón del olvido.

Merece la pena sonreír
ante tu ignorancia y tu candidez
y sorprenderte a ti mismo
con tu mal carácter, tu mala leche.

Merece la pena recordar
algunos episodios médicos acabados en itis
que te revelan como mortal
y superviviente.

Merece la pena recodar
ciertos baches familiares,
naufragios y muertes,
que permaneces aún en pie,
resistente a tu propio destino.

Al final, merece la pena soñar.
Quizá encuentres algún día
un mundo distinto
–pero parecido: muy parecido–
a este, al que vives hoy mismo.

(Esta es la última de las entradas que apareció en el primitivo Verba volant. Como no era mucho el trabajo acumulado, decidí importar estas entradas para que desde este dominio puedan consultarse todas las entradas del blog)

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Pompidou

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