Por Raúl, hace 4 meses y 28 días

Unas cuantas observaciones sobre la lectura, la tecnología y cuestiones afines

Robot

Los seres humanos tememos a las máquinas, pese a que somos sus constructores (o precisamente por eso). Las hemos temido siempre en función de diferentes razones que van desde lo externo (nos llegarán a quitar el trabajo) hasta lo interno (nos hacen seres inútiles). Los seres humanos, que hemos concebido estructural y ontológicamente a las máquinas, hemos ido parcelando nuestros miedos y los hemos ido volcando en diferentes manifestaciones artísticas (entre todas, siempre me quedaré con Metrópolis, Blade Runner y, ahora Battlestar Galactica).

Vicente Verdú publicó en El País el pasado día 8 un artículo titulado «Mirar sin ver bien» en el que volcaba ese miedo interno de los humanos hacia los avances tecnológicos. La argumentación no es nueva: las máquinas privan a los seres humanos del esfuerzo y esta privación nos convierte, paulatinamente, en seres anquilosados e inútiles. Es cierto que la especie humana está evolutivamente dotada para soportar grandes esfuerzos físicos, pero la evolución cultural nos ha ido apartando de ellos gracias a rampas, palancas, ruedas y poleas, y así sucesivamente. A mis cuarenta y tres años, pertenezco a una generación que vio a su madre de rodillas en el suelo fregando el suelo esponja en mano. Los sucesivos avances que fueron llenando las casas han ido facilitando la vida. Y así ha ocurrido en todos los ámbitos vitales y laborales.

Lo que hace de la técnica algo nuevo convierte a ésta también en algo rigurosamente contemporáneo y, por lo tanto, difícil de entender y de justificar. Nadie niega la conveniencia de una grúa en la construcción ni de una lavadora en una cocina, pero sí cuestiona el invento de hoy para el futuro. Recuerdo que en mi generación empezamos odiando los móviles. Alguno también odiaba los ordenadores. Ahora casi nadie denuncia su uso sin abuso porque lo hemos incorporado a nuestra realidad cotidiana. En el inicio de los sistema de navegación para coches, se hicieron miles de chistes con el TomTom y, aunque nadie descarte el encanto de las incertidumbres del viaje, tampoco niega nadie la comodidad del transporte puerta a puerta, sin rodeos ni peligrosas vacilaciones.

Uno de los avances más de moda en la actualidad son los libros electrónicos, de los que existe ya una amplia variedad de modelos y prestaciones. Se les ha atacado desde algunos frentes sin recato y con presupuestos poco realistas. El soporte escrito en general y el libro como soporte de la escritura en particular han variado muchísimo a lo largo de la historia y nosotros, en la actualidad, defendemos al libro de hoy porque es el que conocemos, pero no porque haya sido el formato tradicional unívoco a lo largo de los siglos. Nos imaginamos una Biblioteca de Alejandría como una biblioteca actual pero a lo bestia, pero con ello no hacemos sino deformar la realidad y acomodarla a nuestros días. En días más recientes, otro aparato aglutinador de libros electrónicos y de otras muchas cosas ha salido a la venta en Estados Unidos y ha acaparado portadas de periódicos, cabeceras de informativos y entradas y entradas de blogs. Me refiero, claro está, al famoso iPad de Apple. Lo primero que se ha hecho es satanizarlo sin conocerlo (también hay que reconocer que se ha venerado en el ara de la estrategia de marketing más compulsiva). Ahora nos tocará empezar a sacarle pegas sin una conciencia despierta que vea que, probablemente, éste u otros aparatos similares cambiarán a medio plazo nuestra manera de comunicarnos y, por lo tanto, revolucionará nuestra manera de estar en contacto con muchas manifestaciones culturales.

En el ámbito estricto de la literatura y la lectura, creo que el miedo a estos aparatejos viene más de lo que pueda ocurrir con el libro como modelo de negocio que de la negación de sus posibles virtudes. Mucha de la información escrita y audiovisual que recibimos diariamente procede ya de Internet. Todos sabemos hacia donde va la prensa escrita en su formato tradicional. Vemos ya que las televisiones se abren a las redes sociales y a Internet. Utilizamos medios diversos para repescar nuestros productos cinematográficos favoritos. Vemos retransmisiones deportivas o extractos de telediarios en el móvil.

Querámoslo a no, leeremos libros en nuevos aparatos, aunque no nos privemos del gusto del contacto con el papel de hoy para mañana. ¿No nos deleitamos ya con la lectura de blogs, que han ampliado nuestra perspectiva cultural e informativa con productos de calidad sorprendente. Probablemente, estos dispositivos acabarán construyendo un nuevo modelo de lectura y los creadores aprovecharan la ventaja electrónica para ofrecernos nuevas propuestas (obsérvese lo original de planteamientos como el de un Romeo y una Julieta en Twitter).

Vistas así las cosas, la tecnología no va a restar, no nos va a privar de las cosas buenas que teníamos, sino que va añadir a éstas otros retos, otras perspectivas, otros caminos y otros horizontes.

(Dicho lo dicho, no deja de ser gracioso y pertinente este vídeo. No os lo perdáis. La foto que encabeza la entrada es de Don Solo.)

Por Raúl, hace 7 meses y 16 días

Primeras experiencias con un libro electrónico

Kindle2

Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

Libros electrónicos

El Kindle 2, de Amazon

Hace un año, publiqué una entrada titulada «¿Serán aparatejos como Kindle los sustitutos del libro?» Como estudioso de los nuevos fenómenos comunicativos -¡qué pedante suena eso, por Dios!-, sigo bastante de cerca estos asuntos desde hace años. El lector de libros electrónicos de Amazon, tiene ahora una nueva versión, llamada Kindle 2. Una auténtica preciosidad. Los puristas del papel estarán ya a punto de abordar mi página, pero creo también en la estética de la electrónica. El Kindle es bonito. El iPhone es precioso. Los Mac, la quintaesencia de la elegancia útil. Tampoco soy sospechoso de pertenecer a las sagas de los deseñosos de lo añejo. Uno es filólogo y ha tenido entre sus manos libros maravillosos, los ha palpado, los ha olido. Ha pasado por sus páginas y ha acariciado más lomos de papel que nalgas de mujer (no sé si para bien o para mal de los libros y de las mujeres). Y me he deleitado horas y horas con la lectura de esos aparatos llamados libros. Sin embargo, en esto del libro electrónico soy un echado para adelante. Desde luego, creo que a los medios de prensa escrita les quedan dos telediarios en su formato y concepción actual. Ya he dicho por ahí que antes las enciclopedías en voluminosos volúmenes engalanaban el salón y nuestros deberes escolares; luego el paso fue la enciclopedia en CD-ROM, luego en DVD... y luego la Red, la Red y la Red. Con toda la actualización, con ninguna discriminación por parte de los que no saben distinguir la información del conocimiento. Leo en El País un interesante análisis sobre los interrogantes que caen en España sobre los libros electrónicos y lo que más me preocupa es que en España el vacío sobre el libro electrónico llena todos los anaqueles de la estantería digital, por más que tengamos un lector de estos libros de cuño español: Papyre. Decía más arriba que el libro es un aparato, cosa que parecemos olvidar. Y que lo que es normal y tradicional antes era novedoso. Fue novedoso el formato en cuadernillos cortados y encuadernados, fue novedoso el papel, fueron novedosos los diversos sistemas de escritura, fue novedosa la imprenta. El objeto tradicional libro es tradicional ahora. Pese a la estima que suelo tener por todos las opiniones de José Antonio Millán, todo un experto en el tema, no estoy de acuerdo con él en la matización que hace a los libros de en el artículo citado antes. Según Millán, los libros de texto no desaparecerán porque las teorías cognitivistas dicen que se aprende mejor sobre el papel. ¿Se ha aprendido siempre en las escuelas con libros de texto? ¿Han cambiado los libros de texto? En los libros electrónicos se puede subrayar, se puede «pasar página», se puede ampliar la letra... y se pueden llevar todos de todas las materias, más diccionarios, más atlas, más enciclopedias... en tan sólo 260 gramos. Creo que, poco a poco, cuando estos aparatos bajen de precio y el mercado español esté menos obsesionado por el posible pirateo análogo al cinemotográfico y musical, el futuro estará ahí. Y, además de los libros técnicos, la literatura gris y otras cosas, leeremos a Cervantes, a Shakespeare y a Proust en un Kindle por poco dinero, sin que esto signifique que el papel desaparezca de la faz de la tierra. ¿Por qué no?

Por Raúl, hace 2 años y 9 meses

¿Serán aparatejos como Kindle los sustitutos del libro?

Kindle, de Amazon

 

Amazon ha lanzado el pasado noviembre su lector de libros electrónicos, Kindle, que se suma a la larga lista de intentos de crear aparatos que puedan llegar a sustituir al libro en formato papel, como el Sony Reader. ¿Serán capaces estos bichos de sustituir al libro en su formato «tradicional». Yo todavía no sé qué significa «tradicional», porque nadie dudaría en afirmar que Platón escribía libros y, sin embargo, utilizaba rollos; o asociamos al libro con el papel cuando, a lo largo de la historia, se han utilizado muchos otros formatos. En este mundo en el que, como afirmaba Eco refiriéndose a la cultura de masas, tendemos a ser apocalípticos o integrados, yo no sé situarme. Siempre me he sentido el tonto de la clase en este sentido, porque nunca logro ver muy claras las cosas. Si el «apocalíptico» afirma que no hay nada como el tacto con el papel, que un libro tiene rugosidades, olores y que el lector tiene ante el una experiencia multisensorial o que nada como ver una fotografía artística en un magnífico catálogo, le daré la razón. Si el «integrado» sostiene que algún tipo de libros, como las enciclopedias, ya no tienen futuro en gruesos tomos a no ser para servir de aderezo a los bonitos estantes de un salón, que mucha de la literatura científica es ya plenamente accesible a través de la red o que los periódicos tal y como se conciben hoy en día tienen sus días contados, también me convencerá. Jan, un amigo alemán que trabajaba en estas cosas hace casi veinte años para una empresa holandesa, me decía que la clave para el canje estará en la tinta y el papel. De hecho, los ingenieros trabajan como locos para lograr texturas y modelos de tintas que, acompañadas a una adaptación ergonómica similar a la del libro, puedan ser similares a las del libro. En lo que a tintas electrónicas se refiere, parece que se están haciendo avances dignos de consideración.

¿Fracasarán los aparatos por su propia idiosincrasia, por el precio o por la competencia voraz? ¿Será todo esto la muerte del libro, o su resurrección?