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Tecnología

compaPowerpoint

Lo leía ayer en El País: ha aparecido un estudio en el que se critica al nvulnocidísimo presentador de Microsoft (y mucho peor que el Keynote de Apple, aunque, para el asunto que nos ocupa hoy, son tal para cual) por eenvebajar la capacidad da argumentación y otras cuestiones importantes en el proceso de transmisión de conocimientos. Lo primero que me viene a la mente son las palabras de Santo Tomás. Según el filósofo y teólogo medieval, cuando la filosofía llegaba a una conclusión contradictoria con la fe, la culpa no la tenía la filosofía, sino el filósofo. Aquí ocurre algo parecido. Las herramientas de presentación de clases, conferencias, etc. son una excelente ideas en sí mismas, pueden agilizar una exposición y, si están bien realizado, puede ser muy pedagógico e ilustrativo.

Yo utilizo diariamente este programa para impartir mis clases y lamento decir que no lo trabajo tanto como debería, ya que realizar una presentación atractiva e impecable lleva muchísimas horas de trabajo. En el desarrollo de las clases, intento que la aplicación sea una ayuda, pero no un «soporte vital» y reconozco que no siempre lo consigo. Es cierto que, a veces, se ha estropeado el ordenador y me he divertido haciendo una presentación «a pelo» en la que les he ido explicando una diapositiva que no existía: es la prueba de fuego para poder reconocer si llevas la clase bien preparada. También veo defectos en la manera que tienen de estar los alumnos en clase en este contexto instrumental. No defiendo el sistema antiguo, en el que perdías cabeza, mano y bolígrafo tomando notas (aunque yo no fui muy de apuntar compulsivamente), pero ahora se dan actitudes muy lejanas al acto de aprender: para empezar, muchos alumnos piensan que la presentación de PowerPoint es un fin y no un medio, y llegan a poner las cosas que se han visto en clase tal y como aparecen en las dispositivas, sin ningún desarrollo; otros llegan a clase, se sientan y están mano sobre mano pensando en que esa presentación se colgará en Internet; no se dan cuenta de que, en la mayoría de las ocasiones, son más importantes las cosas que se comentan más allá de las diapositivas que las diapositivas en sí mismas.

Pero me preocupa todavía más un uso nuevo del PowerPoint que es un sustituto total de la palabra de un ponente, profesor o coordinador. El otro día estaba en una reunión en el colegio de mi hijo y, casi sin mediar palabra, nos pusieron una presentación de esas bonitas, con música, fotos y comentarios relajados, divertidos y dicharacheros. Acto seguido, otro profesor dijo que, una presentación prediseñada sería mucho más ilustrativa que sus palabras. En ambos casos, daba la impresión de confundirse los términos de las cosas. Los actos públicos son momentos en los que la gente habla para que otros les escuchen. Cualquier apoyo que redunde en las palabras del orador será bienvenido, pero nunca dicho apoyo puede sustituir esas palabras.

Y, ya para acabar (el asunto daría para mucho, pero tampoco es cuestión de alargar en exceso la extensión de la entrada), se encuentra el uso que más odio del PowerPoint, que es el de las «bonitas» presentaciones que algunos ociosos se pasan el día mandando a todos sus conocidos (creando una peligrosa cadena en la que aparecen, a veces, cientos de direcciones de correos tras varios reenvíos) a través del correo electrónico. No suelo recibirlos, porque no me corto un pelo cuando alguien me manda una chorrada de música hortera y fotos dulces acompañadas de palabrería seudopoética: suelo pedir pausada pero tajantemente que no me envíen tonterías. Salvo muy pocas excepciones (esas que los amigos saben que merece la pena correr un riesgo), siempre me pregunto qué desocupada debe de estar la gente para crear tales majaderías. Quizás una inversión más acertada de su tiempo nos sacaría a todos de la crisis y a ellos del pozo inmundo en el que parece que habitan.

Como dirían el juglar en el Cantar de Mío Cid, ¡oh Dios, qué buen caballero si tuviese buen señor! Pues sí, ese (y no otro) es «el PowerPoint».

(La foto la he sacado de aquí.)

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SexAndSmartPhones

Si los coches son los símbolos de la imagen que los varones queremos dar ante los demás, parece que los teléfonos móviles (y otros elementos tecnológicos) que utilizamos se erigen en la imagen que, de hecho, llega a los demás. Nuestros vehículos solapan la fanfarronería y nuestros deseos de aparentar, mientras que los móviles nos brindan una imagen de lo que somos (o, al menos, de lo que parece que somos, que siempre es distinta de la que queremos ser).

Para demostrarlo, una encuesta de OkCupid: el número de relaciones sexuales no depende tan sólo de estar cachas, de parecerse a Brad Pitt o de tener cierto aire de familia con Nacho Vidal, sino que también está mediatizado por el aparatejo (tecnológico) que utilicemos. Antes de llegar al móvil, diremos que a las chicas les pone más que utilicemos una máquina de fotos réflex con lentes intercambiables que una compacta; y que no les da lo mismo que entre las manos tengamos una marca u otra. Además, no les pone nada de nada que utilicemos el móvil para hacer fotografías. Por lo que a estos asuntos respecta, el tamaño, la funcionalidad y la versatilidad importan. Como en todo. En cuanto a grupos de edad, a medida que van pasando los años las mujeres se van olvidando de estas cosas, aunque sigan las preeminencias y las preferencias.

Y en el caso que tratamos en el título de la entrada, los hombres con «teléfonos inteligentes» (smart phones) también quedan contagiados por el calificativo del aparato: un hombre con uno de esos chismes en la mano cautiva más que con un teléfono del año de la polka: igual el individuo se cree más auténtico, pero no se come una rosca. Y en esto somos iguales los hombres y las mujeres: nos pone más alguien cuanto más marque su teléfono en la cazadora, en el pantalón o en sus manos siempre aterciopeladas. Y no vale cualquiera: se tienen más variedad de parejas sexuales dependiendo del móvil que poseamos: los de Android y Blackberry triunfan, sí, pero los propietarios (-as) de un iPhone se las (los) llevan de calle. Aquí la cosa no decrece con la edad, sino que aumenta. La flaccidez de los cuarenta parece empañada por la consistencia de un móvil inmensamente táctil, inmensamente multifuncional, inmensamente atractivo.

¿La conclusión? Pues que soy poseedor de una cámara réflex Canon, que tengo un precioso y lustroso iPhone 4. Y que se lo digo al público en general, por si es de interés. Que, pese a móviles y cámaras, la cosa está muy mala y las estadísticas son para ponerlas en práctica. Que no sólo de Face Time vive el hombre (y la mujer).

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Informatique

La pantalla de mi MacBook parpadeaba sospechosamente mal desde hacía meses y la vagancia hizo que fuese posponiendo buscar una solución hasta que, al final, el asunto fue a mayores y me impedía trabajar. La directa fue buscar un servicio técnico en Burgos. Para aligerar el asunto y pasar otras cosas por alto, dejémoslo en que Burgos no cuenta con un servicio técnico integral de maquinitas de Apple. Las soluciones, desde mi ciudad, pasaban por ser intermediarios con un servicio técnico remoto e ignoto.

No me gustaba cómo olía el asunto, así que opté por buscarme la vida. iPhone y Google Maps dieron con una dirección en Valladolid. De ahí, a una página web y un teléfono. Marqué el número y hablé con una persona que, desde el primer momento, me dio una magnífica impresión. Así que empaquete el portátil y lo enfilé vía servicio de mensajería y paquetería hacia Valladolid. Hacía más de un año que me había comprado el ordenador y, por lo tanto, no contaba con que estuviese acogido por ninguna garantía. Era consciente, por tanto, que el asunto me iba a salir por unos cuantos euracos de, al menos, mano de obra. Fue el servicio técnico de Valladolid el que me insistió que les adjuntase la factura. Se dieron cuenta de que el problema de la pantalla no era ligero precisamente y mediaron con Apple para que la reparación entrase en la garantía de los componentes del ordenador. Así fue. Ellos, probablemente, hubiesen ganado más dinero con alguien que, ya de por sí, estaba resignado a pagar. Sin embargo, han demostrado que son unos extraordinarios profesionales que hacen bien su trabajo. En un mundo en el que muchas veces tendemos a desconfiar de la despreocupación profesional y personal de los demás, da gusto encontrarse con personas que contradicen este desvarío de nuestro descreimiento con la valía ajena. Esto también reconcilia al mundo con la rapidez de los medios actuales de comunicación que, en este caso, lejos de embrutecer posibilitan la agilidad y el contacto humano y directo.

Total, que mi MacBook descansa ahora en su maletín con una pantalla nueva y funcionando a las mil maravillas esperando para mañana un día ajetreado. Y yo estoy más que contento siendo consciente de que, detrás de todo este mundo de sombra, hay muchas personas que nos confirman que el mundo todavía puede funcionar, aunque sea defectuoso de fábrica. Aunque haga muchos años que nos lo regalaron.

(Y como detrás de cada profesional hay un nombre –Juan José– y una empresa –Ingraf–, gracias de corazón. La imagen es de Belgapixel’s.)

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Cerca de cuatro millones de ciudadanos no pueden acceder a la banda ancha en España en función de su sitio de residencia; a este indicador negativo para el desarrollo de la Sociedad de la Información en España, se le podrían sumar bajas masivas de clientes del Adsl más lento y caro de Europa.

Las entidades representativas de la comunidad internauta, los profesionales y los consumidores informáticos en España estiman en cuatro millones la cifra de clientes de banda ancha -Adsl y cable-modem- que podrían darse de baja, si finalmente se confirma el acuerdo que RedTel (Ono, Orange, Telefónica y Vodafone) las sociedades de gestión de los derechos de autor, abanderadas por la Sgae, para que en España se dé tres avisos antes de desconectar o ralentizar la conexión a Internet por usar redes P2P. A la disminución de ingresos se sumarían las posibles indemnizaciones que podrían derivarse por incumplimiento de contrato de las operadoras y las sanciones aplicables en base a los artículos 8 («Restricciones a la prestación de servicios y procedimiento de cooperación intracomunitario») y 11 («Deber de colaboración de los prestadores de servicios de intermediación») de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico, modificado por la Ley 56/2007, de 28 de diciembre, de Medidas de Impulso de la Sociedad de la Información.

Mientras las operadoras de telecomunicaciones tratan de sortear la crisis, las sociedades de gestión de los derechos de autor, intentan conseguir prebendas para las empresas productoras de contenidos tratando de convencer a todo el mundo de que el intercambio de archivos entre particulares por Internet es un acto delictivo y que supone fuertes pérdidas al sector de entretenimiento.

Sin embargo tanto la fiscalía como las sentencias dictadas establecen que el intercambio de archivos con copyright restrictivo por redes P2P no es un delito y no es punible de ninguna forma cuando se trata de archivos públicos o bajo licencias copyleft (la mayoría de los casos)

Las propias entidades de gestión de derechos de autor han reconocido en el «Informe de la industria de contenidos en España«, publicado por ASIMELEC, que no hay una bajada de ingresos en el sector y que solo la música tiene un retroceso en la venta a través del canal tradicional (aunque no se informa del aumento de ingresos por, entre otros, actuaciones en directo, descargas y publicidad)

Lo cierto es que las negociaciones que se están llevando a cabo bajo el auspicio del Ministerio de Cultura, pueden suponer que algunas de las empresas más solventes y con mayor capacidad tecnológica de España empiecen a perder clientes a marchas forzadas. Lo que repercutirá en su cuenta de resultados y en su capacidad de mantener el empleo.

Pero lo más grave es que un acuerdo de esta naturaleza atenta contra la libre competencia, frena en seco el acceso a la Sociedad de la Información en España menoscabando los derechos civiles de los ciudadanos y alejando aún más el derecho constitucional de acceso a la cultura y al conocimiento.

Firmado: Raúl y más de 6.900 firmas más (por el momento). Pon la tuya publicando el texto en tu blog.

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Hace unos días, me dio un arrebato e hice lo que deseaba, que no era sino comprarme un iPhone. Me gusta porque hago cosas que realizaba antes de manera más costosa. Me gusta porque hago cosas que antes realizaba de otra manera. Me gusta porque hago cosas que antes no hacía. Sobre todas las cosas, me gusta porque es bello. Y desde ahora mismo me gusta mucho más. Ahora también me sirve para contar historias. Aunque sean las de siempre y yo sea el mismo con un nuevo apéndice en la mano.

(Como el aparato tiene muchas virtudes pero no se deja fotografiar a sí mismo, la foto está tomada de la pantalla, que oscurece la realidad y su esplendor.)

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Kindle, de Amazon

 

Amazon ha lanzado el pasado noviembre su lector de libros electrónicos, Kindle, que se suma a la larga lista de intentos de crear aparatos que puedan llegar a sustituir al libro en formato papel, como el Sony Reader. ¿Serán capaces estos bichos de sustituir al libro en su formato «tradicional». Yo todavía no sé qué significa «tradicional», porque nadie dudaría en afirmar que Platón escribía libros y, sin embargo, utilizaba rollos; o asociamos al libro con el papel cuando, a lo largo de la historia, se han utilizado muchos otros formatos. En este mundo en el que, como afirmaba Eco refiriéndose a la cultura de masas, tendemos a ser apocalípticos o integrados, yo no sé situarme. Siempre me he sentido el tonto de la clase en este sentido, porque nunca logro ver muy claras las cosas. Si el «apocalíptico» afirma que no hay nada como el tacto con el papel, que un libro tiene rugosidades, olores y que el lector tiene ante el una experiencia multisensorial o que nada como ver una fotografía artística en un magnífico catálogo, le daré la razón. Si el «integrado» sostiene que algún tipo de libros, como las enciclopedias, ya no tienen futuro en gruesos tomos a no ser para servir de aderezo a los bonitos estantes de un salón, que mucha de la literatura científica es ya plenamente accesible a través de la red o que los periódicos tal y como se conciben hoy en día tienen sus días contados, también me convencerá. Jan, un amigo alemán que trabajaba en estas cosas hace casi veinte años para una empresa holandesa, me decía que la clave para el canje estará en la tinta y el papel. De hecho, los ingenieros trabajan como locos para lograr texturas y modelos de tintas que, acompañadas a una adaptación ergonómica similar a la del libro, puedan ser similares a las del libro. En lo que a tintas electrónicas se refiere, parece que se están haciendo avances dignos de consideración.

¿Fracasarán los aparatos por su propia idiosincrasia, por el precio o por la competencia voraz? ¿Será todo esto la muerte del libro, o su resurrección?

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