— Verba Volant

Otra vez pecados

sins

En Verba volant hemos hablamos de los pecados capitales en una entrada titulada «Las virtudes del pecado». Hoy volvemos a hablar de pecados capitales porque el Vaticano -¿quién si no?- ha vuelto a hablar sobre pecados capitales, pero ahora los ha baremado en orden de importancia dividiéndolo en sexos. La fuente de esta baremacíon la constituye todo un estudio de campo: Roberto Busa, un sacedote jesuita de 95 años, en vez de frotarse las manos cada vez que un feligrés (o feligresa, que en esta ocasión es conveniente hacer distinciones) se acercaba al confesionario, cogía papel y boli, hacía una raya a lo largo del papel y, columna de la izquierda para los hombres, columna de la derecha para las mujeres, iba apuntando.

Que los hombres somos más guarretes que las mujeres es un pecado -perdón, un secreto- a voces. Por eso, el orden de pecados capitales masculinos va en este orden: lujuria, gula, pereza, ira, soberbia, envidia y avaricia. La soberbia es el pecado femenino por antonomasia y le siguen la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la avaricia y la pereza. Y de lo demás, para qué hablar. Quizá si proyectamos ese modelo global de seres humanos que constituye el microcosmos de The Simpsons podemos ver muy claramente que esto es así en mayor o menor grado. O sea, una verdad como un templo.

Ahora las visitas al confesionario, que tanto preocupan al Papa Benito (todavía no llego a comprender por qué se le ha bautizado Benedicto en español, cosa en poca consonancia con la regla de San Benito, que tendría que ser San Benedicto), no deberían de ser tan pesarosas para el pecador ni tan atareadas para el sacedote. Bastaría percibir la gravedad de la voz en el «Ave María Purísima» para que el cura dijese «Sin pecado concebida» y, rápidamente, seguir: «Sí, no me digas más: piensas todo el día en las mozas, siempre asaltas y asedias el frigorífico, te gusta practicar el sillón-ball las tardes de domingo, la emprendes a gritos con el que te mira mal en el semáforo…» O, «»Sí, querida, sí: es difícil soportar que nadie te tenga estima, especialmente tu vecina la del quinto y la mujer de tu hermano. También te gusta ver un hombre musculoso saliendo de la ducha, aunque disimules, y te puede el asalto al picoteo en la soledad de la cocina…»

Según Benito XVI, estamos perdiendo la noción de pecado y, si no nos confesamos regularmente, corremos el riesgo de frenar nuestro ritmo espiritual. El pobre no sabe que nuestro ritmo espiritual es uniformemente desacelerado y que hasta nuestro confesor sabe de qué pie pecamos (perdón, cojeamos). Y ya se sabe: se pilla antes a los lujuriosos y a las soberbias que a los avariciosos y a las perezosas. Amén.

(Imagen de Escapethematix)

3 comments
  1. Mercedes Pallar&eacu says: febrero 23, 20099:57 am

    Vengo corriendo para decirte ¡hola! He estado pachucha y no he tenido tiempo de leerte con atención. Veo que hay varios posts que me he perdido. Ahora me voy a Formentera y volveré con calma a leerlos esta tarde. Besotes, M.

  2. pablo miguel sim&oac says: febrero 23, 20094:55 pm

    Evidentemente, la avaricia fugura en los últimos lugares de reprobación desde la óptica del Vaticano. ¿Será por algo? Y, por dios, qué manía con el sexo, la lujuria es para ellos la cara del diablo.

  3. Mercedes Pallar&eacu says: febrero 23, 20099:18 pm

    Sí, ¡qué mania tienen con el sexo! Lo mejor es no confesarse. Yo llevo, creo, que desde los 17 años que no me confieso. Seguro que voy al infierno… pero si ahí me encuentro con Cervantes, Shakespeare, Machado, mi tia Lolita, mi hijo Pancho ¡estaría SUPERENCANTADA! Besotes, M.

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