— Verba Volant

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Fragmentos para una teoría del caos

El día después de Reyes

El seis de enero por la tarde. El siete de enero por la mañana, a primera hora. Lucas se regala la vista. Da largos paseos por las calles, con la cámara de fotos, buscando pequeños tesoros. La visión de los contenedores atiborrados le agrada y le deprime a partes iguales. Por un lado, parece que la ciudad se ha dado al abandono y al exceso. En algunas ocasiones, retrata viejos juguetes abandonados al abrigo de las cajas de los nuevos entretenimientos. Parecen demasiado solos, aislados ya del mundo para el que nacieron. Lucas piensa que es la forma más rotunda de soledad de la ciudad en esos momentos. Por otro lado, a Lucas le agrada ver el estado de renovación permanente, el mito del eterno retorno reajustado a la economía de consumo de todos los años. Las cajas son la superficie de unas ilusiones que, de momento, lo son. De unos buenos augurios realizados con buena intención o, en todo caso, por obligación o por ganas de quedar bien. Lucas busca el ángulo adecuado para poner de manifiesto su visión del mundo. Ahora, una niña de unos diez años, acompañada por sus padres, llega a un exhausto contenedor con una gran bolsa llena de plástico mientras que su hermano, un renacuajo de cinco, se aturrulla  con un inmenso cartón, el envoltorio de un patinete que lleva su padre. Lucas se ríe con la visión de ese padre que transfiere las ilusiones de su infancia a ese patín con el que vadea el mundo. Lucas le pide permiso para hacer una foto a los niños de espaldas acercándose a los contenedores de reciclaje. Una vez finalizada la tarea, Lucas sigue su recorrido.

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Cada mañana, de lunes a viernes, Teresa se sienta y enciende el ordenador. En un ritual idéntico cada mañana, mira los periódicos en Internet —El País y El Mundo, por ese orden– para bucear, después, por el mundo de los sueños. Es el chorro de oxígeno que alimenta sus mañanas, la información y la ensoñación, a partes justas y escindidas. Teresa es una mujer de bandera. Su cuerpo le dio un buen susto hace ya tiempo, pero supo recuperarse por dentro y por fuera, a partes exactas y conciliadas. Teresa es la mujer de las palabras justas, y no porque no le guste hablar –que le gusta–, sino porque sabe afilar cada expresión con la ironía justa como para atinar sin molestar, a partes justas y convincentes.

Pese a todo y pese a quien pese, el rasgo distintivo de Teresa es la sonrisa. Una sonrisa que inunda su cara y que es un modo de vivir y un modo de mirar la vida desde el ángulo bueno. Una sonrisa que es un rasgo de carácter más que un esbozo atinado de los labios. Teresa acierta con ojos vivos cada detalle de la vida. Por eso, Teresa se sienta y enciende el ordenador de lunes a viernes. Se informa, sueña y trabaja. A partes justas, perecederas y tiernas.

(Imagen de El Ray. Puedes ir leyendo la secuencia de Fragmentos para una teoría del caos de forma ordenada pinchando aquí)

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Alberto ha ido pisando cuidadosamente baldosa a baldosa hasta que ha invadido el césped. Previamente, se ha asegurado de que había una silla libre. Se ha acercado a ella, la ha cogido y la ha situado asegurándose de que el territorio irregular no la haga cojear. Ha abierto la mochila y ha sacado la toalla, unas chanclas demasiado floridas para su temperamento y una bolsa compacta en la que se aloja un libro. De forma apresurada, se quita el pantalón corto y la camiseta para quedarse en bañador.  Mete los reductos de vestimenta civilizada, cierra la mochila, se sienta y saca el libro de la bolsa. Saber perder, de David Trueba. No ha llegado a leer seis páginas cuando se abre una ventana a su espalda y, al poco, una música infernal empieza a invadir los alrededores. Una impostada voz demasiado aguda que anima al movimiento presagia una sesión de aerobic en las que unas marujas intentan diluir los excesos del verano. Para mitigar los efectos del ruido, coge su iPhone y selecciona una sesión de música más placentera, para abandonarla a las tres canciones: le gusta escuchar como ruido de fondo los sonidos de la piscina, los chapoteos, las conversaciones apenas atisbadas, como telón de fondo de cuerpos sin complejos, de vidas resucitadas a golpe de sol, risas y bronceador.

Desde hace años, sigue un ritual atávico para el baño. Coge las gafas de piscina y deja las de ver en el envase de éstas, mientras aprisiona el gorro de silicona con los dientes. Se dirige a las duchas de la piscina, deja las gafas y el gorro en la barandilla separadora, disimula a medias una ducha vigorosa y rápida. Se enfunda el gorro y se pone las gafas. Se sienta al borde de la piscina con el agua por las pantorrillas, que agita sólo a medias. Se salpica agua por la tripa, se moja la nuca, los brazos y la cara. Respira hondo tres veces y se sumerge en la piscina. Nunca se concede ningún escarceo con el agua. Enfila su primer largo. Desde que era un jovencito, su felicidad consistía en recorrer largo a largo la piscina una y otra vez, sin descanso. Un día pensó que cada temporada nadaría, al menos, un largo más que los años que tenía, consciente de antemano de que un día llegaría el fracaso y, por lo tanto, el declive. Pero hacía trampa por adelantado: los días que tenía un ímpetu especial hacía algunos metros extra para el día en el que ya no fuese posible. Era una especie de vida por adelantado, de que le quiten lo bailao. O algo así.

Nadar le aporta los gramos de reflexión que necesita para afrontar la vida. Y el ritmo acompasado al que la natación le obliga lo libera de la ansiedad a fuerza de devolverle la realidad en brotes de agua bien esquivados gracias al rictus torcido de su boca. Va nadando y percibe, a su vez, la realidad que nadie ve. Esos pies que se engarzan entre sí cerca de los bordes, cuerpos adolescentes que se exprimen bajo el agua, nadares desordenados que patean la braza fuera del agua.

Hoy ha alcanzado uno de sus récords. Ha necesitado salir de la piscina de espaldas, impulsándose con sus pies hasta volver a sentarse en el borde, con los brazos anquilosados por el esfuerzo. La respiración vehemente. Los ojos reacios a asimilar la vuelta a la superficie.

Alberto se ha puesto las chanclas, se ha duchado con fuertes fricciones en su cuerpo. Se ha sentado en la silla, ha cerrado los ojos y ha levantado el rostro al sol. Ha notado las gotas que todavía le bordean la barbilla. Y, como todos los veranos por estas fechas, se ha preguntado a dónde le ha llevado tanto recorrido. En la piscina, nadando, no llegas a ninguna parte más que al inicio del camino.

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Rueda

Nacho saca el morro para dar un trago largo a una cerveza. Sostiene la botella inclinada, en una especie de brindis al sol, aunque sea tarde y esté anocheciendo. Sabe que no debe beber, pero desobedece a los médicos en eso y en un montón de cosas más. Le han desaconsejado el ejercicio físico intenso, pero él, que no era amigo del deporte, sale a correr hasta desbocarse, como si le fuese la vida en ello. La vida, no obstante, parece ir en el sentido inverso, pero a él le da igual. Ya no hace las cosas para tener más salud, sino porque sí, porque le apetece. Por eso, cuando ha cogido la cerveza del frigorífico, Nacho se ha dicho a sí mismo “A tomar por culo”.  La ha abierto con un gesto displicente y no ha recogido la chapa, que se ha quedado en el suelo, al lado del cubo de la basura.

Ahora Nacho da otro trago intenso. Se ha recostado en una postura deliberadamente incómoda. Una gota de líquido rebelde se le ha deslizado por la comisura de los labios y, antes de que llegase al cuello, Nacho ha sacudido la cabeza como un poseso para alejar a la gota de su cuerpo de modo violento. La gota se ha posado con calma encima de la mesa y Nacho la ha borrado con el pie del mismo modo que los jugadores de tenis borran las marcas de las pelotas en la tierra batida.

Nacho se siente intrigado por lo que sentirá su cuerpo con ese efecto adverso. ¿Notará su corazón esa infracción del consejo médico? Quizás esa gota no colme el vaso. O quizá sí. Pero Nacho se aferra a la base de la botella como si en ella estuviera la salvación. Se ha puesto el tope en tres cervezas, cuando sabe que una ya es demasiado. Nacho quiere y no puede, o puede y no quiere. Al día siguiente, cuando amanezca un nuevo día, analizará sus actos y les buscará una causa, aunque, zángano como es, se quedará en el camino.

Nacho apaga iTunes en el ordenador. Deja la botella encima de la mesa y se acerca a una estantería. Hace algo a lo que ya no está acostumbrado: coge con reverencia un disco y lo introduce en la cadena de música. La bandeja se desliza con presteza hasta que se cierra. Unas luces parpadean y suena la música. Es Hurricane, de Bob Dylan.

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Alberto (4, 7, 10, 12) siente un vacío en sus escritos y en su alma. Lucha con todas sus fuerzas para dar un giro optimista a su vida, a sus decisiones y a su destino, pero la risa le cuelga de su rostro como las carnes que, poco a poco, van invadiendo con su flacidez todos los recovecos de su cuerpo, todos los recovecos de su rostro. Alberto se ha lanzado al vacío tantas veces que el vértigo, lejos de mitigarse, se ha incrementado hasta convertirse en una patología que se anida en lo más profundo de su cabeza, que parece girar al ritmo de una atracción de feria mal ajustada. Alberto se ríe a lo largo del día tantas veces que aquellos que no lo conocen piensan que se toma la vida demasiado a la ligera. Los que han tenido la oportunidad de visitarle año tras año, reconocen en su alegría el trasfondo de lo terrible. Alberto sabe que eso no es bueno, que es enfermizo, que es peor que malo, pero piensa que esto no se arregla con unas absurdas sesiones de risoterapia. Alberto piensa que la sonrisa no se aprende, que la felicidad no es más que un estado de gracia espiritual que se tiene o que no se tiene, pero nunca una impostura externa y advenediza.

Alberto intenta escribir a Mónica, pero sabe de antemano la respuesta. Otro vacío más en su vida. El dolor de la ausencia de respuesta sería más doloroso que la ilusión de una nueva carta. Alberto es un experto en la arqueología de los malos sentimientos, un adalid de la espeleología de los lados oscuros, pero se niega a volcar todo ese dolor hacia los demás. Prefiere hacerlo suyo y asumirlo. Sufrirlo en silencio. Como las almorranas. Cuando Alberto piensa en eso, en el sufrir el dolor vital como las almorranas, piensa que no está ante una metáfora, sino ante un símbolo. Aunque tampoco quiere filosofar sobre sus excrecencias. Ahora prefiere dosificar sus vacíos en dosis pequeñas pero intensas. Prefiere dejar el resto de sus horas con una mente indolente y blanquecina, que no es exactamente felicidad pero se le parece a medias.

Alberto se ha acercado al abismo y ha visto más vacío. Un vacío que espanta. Inconscientemente, ha apartado la vista del precipicio. Ha mirado hacia el cielo y lo ha encontrado lleno de silencios.

(La fotografía que encabeza la entrada es de mi hijo Alberto. Por supuesto, la coincidencia entre el Alberto de los Fragmentos y él sólo es nominal.)

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Después de bajarse en la parada de autobús más cercana a su casa, Ana (#1, #8) ha subido con nuevos bríos las escaleras de una segunda planta sin ascensor. Ha dejado el foulard colgado del perchero, al lado de esa cazadora marrón de cuero desgastado que tanto le gusta combinar con los vaqueros. Se ha quitado las botas trastabillando por el pasillo, peleándose con los últimos centímetros de la embocadura del pie izquierdo. Recuerda, al dejarlas en la habitación, el día en que se enamoró de ellas al verlas en un escaparate de una tienda demasiado cara. Las ganas y una oferta por Internet hicieron el resto. Ana se sienta en el borde de la cama y después, pensándolo mejor, se deja caer hacia atrás hasta que su cuerpo rebota sobre el colchón de látex. Le gustan esos momentos desordenados de la llegada a casa, cuando hay tantos pequeños detalles por terminar y tanto tiempo para no acometerlos.

Como tiene por costumbre desde hace tiempo, inhala todo el aire posible, lo retiene en sus pulmones y espira con fuerza. En este caso concreto, mira al techo, presidido por una lampara de Ikea. Después de realizar un breve recorrido por sus desgracias pasadas, dedica mucho más tiempo en su imaginación a los planes que tiene para el futuro. No sabe por qué, en su cabeza pasa de manera fugaz pero insistente la idea de un crucero por el Mediterráneo. Hasta hacía bien poco, asociaba los cruceros a la serie Vacaciones en el mar y a la música del hilo musical, pero ahora tiene ganas de pasar las noches navegando en la comodidad del camarote y los días en la agitación del ir y venir frenético en diferentes lugares, con diferentes idiomas y con diferentes costumbres.

Ahora, Ana se ha levantado y ha cogido un vaso del armario de la cocina. Ha cogido la botella de agua mineral –no es muy sibarita para casi nada, pero adora el paladeo del agua embotellada–, ha llenado el vaso y lo ha llevado a la mesa del salón. Ana se ha sentado en el sofá, con los pies en la mesa encima de un cojín. Ha encendido el televisor y se ha puesto a ver la tele. Cuando estaba con el vaso en la mano derecha y el mando en la izquierda zapeando, un canal ha sintonizado con la armonía universal. Estaban poniendo un documental de viajes. Trataba de los cruceros por el Mediterráneo.

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Ordures

Casi en sueños, Sheyla ha creído oír el timbre de la puerta. Se ha levantado, se ha puesto rápidamente los pantalones de chándal que tenía colgados en el respaldo de la silla y ha marchado dando tumbos por el pasillo. Un vistazo a través de la mirilla le ha devuelto la imagen de Nacho. Le ha abierto la puerta y le ha dicho Ya hora de que aparecieras; no había manera de dar contigo. Nacho ha contestado con una sonrisa y su mano se ha acercado para acariciar la coleta del pelo hasta su base. Sheyla le ha preguntado ¿Qué es eso de las pruebas, del médico? No me habías dicho nada. Nacho ha vuelto a sonreír, le ha dado la mano y ha llevado a Sheyla hasta el dormitorio. Siéntate, le ha dicho. Sheyla se ha sentado en la cama, arrebujándose con el edredón. La casa se había quedado fría. Nacho se ha puesto de rodillas, frente a ella. Luego ha flexionado las piernas y se ha quedado en una postura que él pensaba que iba a ser más cómoda. Nada, ha dicho. Llevaba ya unos meses muy cansado. Me costaba respirar más de lo normal. Lo achaqué al exceso de trabajo, pero no se me pasaba. Y fui al médico.

Sheyla se queda callada, esperando que siga hablando, pero Nacho calla. Lleva barba de dos días y la camiseta que se ve por debajo de la americana está demasiado arrugada para lo que en él es costumbre. Parece agotado. Tiene los ojos hundidos y unas horribles marcas oscuras en las ojeras. Cuando ha pasado un buen rato sin que se oyese más que el sonido difuminado del televisor de algún vecino, Nacho ha continuado El corazón. Parece que la sangre no llega con toda su fuerza. Algo anda mal. Sheyla ha apretado la sábana con las manos como si intentará exprimir su nerviosismo. Nacho ha inclinado la cabeza hacia el hombro de Sheyla con demasiado ímpetu y sus cuerpos han recibido un encontronazo inesperado. Nacho ha abrazado a Sheyla y no ha dicho nada más. Sheyla ha notado un reguero húmedo deslizándose por el omóplato.

Sin decir nada, Nacho se ha levantado y se ha dirigido a la cocina. Ha rebuscado en el armario de las galletas y ha encontrado un paquete de galletas rellenas de chocolate. Ha cogido el paquete, un plato y un trozo de papel de cocina y ha vuelto al dormitorio de Sheyla. Después del primer mordisco, ha dicho No me han dado muchas garantías. Luego ha seguido comiendo, como si eso fuera el máximo objetivo en su vida.

Sheyla no ha sabido qué decir. Se ha quedado con el labio inferior descolgado, anodina. En la calle, el estruendo del camión de las basuras ha introducido un elemento sonoro en un silencio que volvía a ser incómodo. Sheyla ha alargado la mano para coger el paquete que le tendía Nacho. Ha cogido una galleta que se ha hecho añicos al intentar rescatarla del fondo del envase. Ha cogido los trozos dispersos con la palma de la mano, los ha engullido con prisa. Nacho se ha puesto de pie, sin ánimo para permanecer allí por mucho tiempo, pero sin ganas tampoco de alejarse. ¿Y ahora qué?, ha dicho Sheyla.

(Imagen de VuTheara Kham)

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alone

Es una mujer gorda. Apostada entre dos coches a las siete menos cuarto de la mañana. En una mano sujeta una botella de plástico con la que vierte unas gotas de agua al cepillo de dientes de la mano derecha. Se inclina despacio pero, aún así, no puede evitar que el agua resbale por las comisuras de sus labios hasta colarse por el cuello. Luego se ha bajado la ropa interior. Se ha agachado y ha orinado con ruda presteza. Ha finalizado su ritual de aseo personal con chorros de agua enfocados a la cara, con indiscriminada generosidad hacia sus ojos, hacia su frente, hacia sus mofletes.

La mujer se ha acercado al banco público de madera para recoger una manta, un saco de dormir y un plástico demasiado fino con el que intenta protegerse de la humedad. A veces tiene que dormir en el césped de un jardín. O en la hierba a orillas del río. Ha doblado el saco de dormir con una perfección que asusta, así que ha podido deslizarlo hacia la funda con una facilidad no pronosticable de fijarnos solamente en sus manos, rechonchas y llenas de costrar extrañas. Sin despertador posible, todas las mañanas se despereza a la misma hora, cuando el frío acumulado a lo largo de la noche le hace levantarse. Cuando el miedo a las agresiones -todavía guarda una cicatriz de veinticuatro puntos en la espalda gracias a una paliza propinada por unos jóvenes demasiado finos-. Cuando la vergüenza, que todavía no ha podido huir de su yo profundo le transmite la posibilidad de ser vista por mucha gente.

La siguiente parada será la estación de autobuses. Allí se calienta y contempla todo el trasiego de gente que marcha hacia sus destinos. Cómodos y seguros. Antes alternaba estas estancias con la estación de tren, pero ella vive en un territorio bien demarcado y conocido. Todo lo que pueda andar un cuerpo castigado con una inmensa mochila y una bolsa de deporte durante no más de veinte minutos. En los momentos de calma, se acerca al cuarto de baño para mirarse en el espejo. Todavía piensa quién coño será esa vieja que la mira de frente a ella, una mujer de treinta y cuatro años.

Un poco más tarde, se repantinga en un larguísimo banco de piedra casi en el centro de la ciudad. El cruce rápido de los coches, los viandantes que se dirigen hacia sus trabajos le hacen pensar lo despacio que marcha su vida. Un marido que le quitó todo lo que tenía. Las duras bofetadas en un rostro que empezó a cruzar las vías de la miseria y de la delincuencia menuda.

Ahora ha dejado el alcohol y bebe cantidades ingentes de agua. Las limosnas que no pide alcanzan para el bocadillo, un poco de embutido, piezas de fruta casi podridas abandonadas en los contenedores del mercado. Los comerciantes, a veces, le dan algún extra. Un lujo que le hace saborear todo lo que se pierde cada día de su vida.

A eso de las cuatro de la tarde, ha visto a un hombre de unos cuarenta años, embebido en sus catastrófes, en sus obsesiones y cavilando sobre lo mal que funciona el mundo a cada instante. “Qué suerte tiene tu cuerpo. Hijoputa”, le ha dicho. Por la acento, el hombre ha sabido que era portuguesa. Ha mirado de refilón y ha seguido su senda hacia ninguna parte.

(Imagen de Libertinus)

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crisis

Raúl se sentó por última vez a escribir una entrada de su blog el viernes pasado. Hace dos días que su cabeza rumia ideas para recoger desalientos. Nada de nada. Raúl piensa que es una crisis pasajera, que no es grave. Que un gatillazo intelectual o estilístico lo tiene cualquiera. Pero quizá no quiera reconocer que bucea por el océano del sinsentido. Hoy se ha enfrentado a una pantalla demasiado blanca para salpicarla de signos negros. Se encuentra escoltado por alguno de los sonidos celestiales recomendados por Fernando Portillo y, a su derecha, una cerveza bien fría (Yuste, en recuerdo, precisamente, del pasado viernes. Día aciago).

Raúl sabe que los lectores son sabios y saben de esos vaivenes, de esas carencias. Sabe que su proyecto de Fragmentos para una teoría del caos también está en crisis de continuidad y no por falta de ganas. Ni por falta de rumbo. No sabe por qué, pero está en crisis. Nótese que Raúl nació un 29 de abril de 1966. Los amigos de las restas deducirán que es probable que esté por la crisis de los cuarenta (y tantos). Raúl es un tío flojo, inconstante. Lo mismo se muere de risa que se muere de asco. Lo mismo aguanta kilos como sopla globos hasta que revienten. Está en crisis de conocimientos y en crisis de estado de civil, en crisis de calma chicha, en crisis de sólidos basamentos morales. Raúl le da vueltas a la cabeza tantas veces que se marea. Un día dijo que no sentía nada por encima de las cejas y fue feliz como un niño.

Ahora, en vez de disfrutar por entero del único momento de calma que ha tenido durante el día, escucha una canción demasiado triste. Esta mañana se miró al espejo y notó que sus canas esporádicas empiezan a reclutar más pelos para su banda. Tiene tanto miedo a su reflejo que intenta evitar el contacto consigo mismo. El piano siempre le ha vuelto melancólico. Se acercan los momentos en los que el día empieza a descender de temperatura y sabe que, casi sin enterarse, llegará el día de mañana. Sabe que cada vez está más despegado de todo y de todos. Que no le interesan las obsesiones de los otros. Que está hasta los santos cojones de que en el mundo sólo importen los minutos. Las salidas de tono. Los silencios y los ruidos de los demás. Sabe que está más de vuelta que de ida. Y sabe que su camino es un camino sin retorno.

Raúl está en crisis. No sabe salir de un laberinto que él mismo se ha creado. No sabe escribir ni una puta línea que merezca la pena. No llega a estar tan triste como para llegar a descorazonarse, pero nunca se encuentra tan alegre como para estar radiante. Exultante. Ni de coña. También se lamenta de no atacar con su vena asesina a los hijosdelagrán. Ha pensado que no merece la pena, que pasa como de la mierda. Que son muchos y cobardes (por imperativo existencial).

Raúl piensa que es una contradición escribir una entrada sin interés, un fragmento que intente explicar el caos sin apellidos pero con nombre. Le gusta la belleza. Le gusta el saxofón. Le gusta el culo de las chicas (es una debilidad, como otra cualquiera). Le gusta quejarse en voz alta. Raúl está en una crisis que alcanza una porción de cielo igual a un horizonte. Al que se espera. Al que no se llega, sino caminando. Escribiendo. Llorando. Riendo.

(Raúl ha puesto hoy la foto que le ha dado la gana. En crisis)

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Trovarti nell'oscuritá

Alberto tiene un firme propósito. Lo dejaba por escrito hace unas horas y, desde ese momento, lo dejó de cumplir. Pese a la contradicción, lo sigue intentando. Alberto es transparente y opaco en exceso. La transparencia desata su capacidad de verborrea, de ira descontrolada y -también- de agresividad. Exhibe sin pudor sus sentimientos, sus alegrías y desgracias con el desparpajo del representante de relojes despliega el muestrario de productos envuelto en terciopelo. El muestrario es el eje de un yo demasiado poderoso como para plegarse a un necesario silencio. La opacidad es un contrapunto, un ostracismo, una inclinación hacia la distancia, hacia la obnubilación. Cuando parece que la socialización lo tiene ganado para su causa, Alberto se repliega sobre sí mismo, se encoge para desaparecer. La necesidad de compañía se convierte, entonces, en el refugio de la soledad. Una soledad no buscada, sino autoinmolada y proclamada -otra vez- a los cuatro vientos. Su capacidad para el amor y el desafecto alcanza partes tristemente proporcionales. Alberto se pregunta si él se merece esto, sin preguntarse también si en sí mismo esté la respuesta a la pregunta, del mismo modo que, una vez hecho el interrogante, lo esparce hacia los demás para hacer esa pregunta un eje sobre el que giran el resto de sus dudas.

Alberto ahora se ha hecho el propósito de no tender hacia la autorreflexión. O, por lo menos, su idea es la de que esa autorreflexión sea ahora menos trascendente y más tomada a broma. La broma de todos los sinsentidos del mundo y, por lo tanto, humor. Alberto no sabe qué tipo de humor saldrá de todo esto, si el humor más filosófico o melancólico, el humor inglés, el humor negro o el humor chusco. De la finura a Los Morancos hay sólo unas carcajadas de diferencia, y le gustaría tomarse y ser tomado en broma sin espesuras bastas, demasiado gruesas como para ser epidermis de la vida.

En ese proceso, Alberto se distrae para no pensar. Y ahora mismo, quien lo desee, puede verle dando pasos decididos por la calle, con los auriculares en las orejas, para no escuchar sus propios pensamientos.

(Imagen de Calca)

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