— Verba Volant

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Fragmentos para una teoría del caos

Something from Nothing

El narrador de esta historia cree que ya es hora de que diga algo. Aunque duda mucho de que este sea el momento justo, exacto. Cree estar demasiado influido por la teoría de la ficción y no cree que esto pueda tomarse al uso de un Cervantes, un Borges o un Nabokov. Ni quiere. El narrador no querría tampoco que este fuese un excurso sobre el acto de escribir ficciones, al que ha dedicado tantas horas de estudio. Total, para nada. Al narrador le han preguntado, desde una lectura individual, qué coño quiere contar y él ha dicho que no sabe. Pero el narrador se cree en la obligación moral -aunque sólo sea para sí- de explicar(se) ,que lo importante no es lo que quiere contar -ahora ya sabe que cuenta con ser denostado por los lectores ávidos de aventuras- sino para qué. El narrador no sabe qué es lo que quiere contar, pero sabe que en la vida no hay intermediarios: todos somos actores de nuestra propia historia. El narrador piensa que ahí está la explicación de la magia del teatro, mediación en lo que mediar es imposible. El narrador sabe que, llegados a este punto, ya no le quedarán lectores. De hecho, también otro lector le ha preguntado qué coño pintan los Fragmentos para una teoría del caos en Verba volant, si son una parte, o el que cuenta es el mismo o qué. El narrador no ha contestado a esta pregunta y sus subdivisiones, porque tampoco lo sabe. Bastante tiene con no entender su propia historia. Sólo sabe que algo tienen en común. Pero no todo. El autor del narrador le ha dicho que ahora lee más y eso le viene mal, porque significa muchas cosas. Y todas malas. Por ejemplo, que las ideas se le mezclan. Y que antes no escribía. Pero el narrador piensa que no puede contar la historia que cuenta la historia de un escritor que no escribía y que luego se pone a ello, porque esa es una historia ya escrita, y encima redactada por uno de los mejores. El narrador sí sabe que escribe porque algo le duele y él quiera que sus heridas le escuezan a sus personajes. Es un acto de malvada transferencia, lo sabe. Pero le da por el culo. Lisa y llanamente. El narrador se ha puesto a escribir esto antes de descojonarse de risa. Un día, su alter ego en el blog escribió sobre que si era hombre lobo y eso, y resulta que le mandan un comentario sobre un producto farmacéutico para tratar la hipertricosis lanuginosa. Luego lo ha pensado mejor y ha pensado que esto es el triunfo de la ficción. Que un día va a poner a parir a alguien y ese alguien va y se enfada. Pone morritos y dice ya no te ajunto (el narrador, como lee ahora más, piensa que si Auster pone los diálogos así, pues él va y lo hace. A ver si va a ser él -el narrador- menos). Una lectora le decía al narrador que tendría que perfilar a los personajes de estos Fragmentos. El narrador ha dicho que él espere que se perfilen ellos solitos, que para eso son mayores. Y otra lectora ha dicho que así, con todo revuelto, ella no se entera. Yo le he pedido paciencia. Que todo se andará. Y asegura que las historias de estos personajes van a ser tan verdaderas como su vida misma. O tanto como la enfermedad del hombre lobo. El narrador dice saber que le han escrito que a ver qué tal estás, y eso. Incluso un majadero le ha escrito un mensaje lleno de recovecos haciendo de mediador para felicitar las fiestas, como si las fiestas necesitaran intermediarios. El majadero no sabe que Verba volant ya es una fiesta. Porque aquí estamos tristes cuando queremos. No sabemos por qué, pero sabemos el para qué. El narrador no sábe quién dice esto, pero le han dicho que lo diga. Aunque al narrador no le gusta que le añadan cosas a lo que él dice que escribe. Sin ir más lejos, una vez escribió una cosa contando un suceso y a alguien le dio por añadir un párrafo para ponerse él como regalo. Pero al narrador le han advertido ya que la vida es así, sólo que él no lo sabía. Ha recibido otro mensaje de un amigo al que él tiene un aprecio infinito -esos que están siempre, aunque se vean poco- y le ha dicho: en estas situaciones, no tomes decisiones drásticas. El narrador se siente confortado con su corazón, pero no con el mundo. Y le ha dado por matar a alguien. Pero él, en el fondo, no es muy violento, aunque lo parezca. Los hombres lobo estarán todos protegidos, así que por matarlos igual te quitan seis puntos, así que, vist0 lo visto, matará a un personaje. Cuando le pregunten para qué, dirá que no lo sabe. Cuando le pregunten por qué dirá: se me ha salido de los cojones. Y punto.

(Imagen de ricdliqqle)

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tsevis

Mónica recibe las cartas y los mensajes de Alberto con vacilación. Parece como si Alberto no tuviese en cuenta todas las veces que ella llama para preocuparse, para preguntarle qué tal le va. Alberto es un tipo a medio camino entre lo posesivo y lo desconcertante. Cuando parece entregado por completo a cualquier causa, de repente se aísla y se va. Cualquier contratiempo, cualquier palabra, cualquier gesto hace que su carácter oscile. Mónica no sabe qué Alberto es el que conoce desde hace años, si el Alberto taciturno, triste y malencarado o el Alberto jovial, emprendedor y optimista. Mónica tiende a pensar que prima más lo positivo que lo negativo, y por eso le gusta. Pero no deja de pensar que ahora tiende a relacionarse poco y se va sumiendo paulatinamente en un pozo de amargura que no le corresponde. Mónica ha querido sacarle a flote mil y una veces, pero a veces se cansa de cogerle de los hombros para que no se hunda. Ahora, Mónica ha optado por el silencio. Pasea la comisura de sus labios sin desprender palabras. En el fondo, sufre, porque Mónica, pese a su apariencia fuerte, es una persona extremadamente sensible. Mónica piensa que eso -quizá- le perjudica: voluble a la opinión a los demás por dentro, perdida en su capazón frente al Universo. Mónica piensa que ha tomado decicisiones equivocadas, pero piensa también que Alberto ha tenido la culpa. Son demasiadas veces las que se tira la piedra y se esconde la mano. Ahora, Mónica piensa. Piensa en las palabras que no dice, en las palabras en las que piensa y que jamás saldrán de su boca.

(Imagen de tsevis)

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Phone02

En una especie de desencuentros involuntarios, Sheyla y Nacho no han podido hablar cara a cara. En cambio, sí han escuchado, de forma alternada y desordenada, la voz del otro, una voz doblemente distorsionada por el receptor, la grabación y la instancia intermedia, demasiado metálica, de unas palabras imposibles y poco humanas, montadas a golpe de corta y pega.

«Llevo todo el día intentando localizarte, pero debes de tener el móvil apagado. En el médico, las noticias han sido malas. Me tienen que operar, porque hay algo que no funciona bien. De momento, tengo que hacerme otras pruebas. Mal rollito. Un beso. A ver si te localizo, pingo.»

«Nacho, no tenía el móvil. Me lo había dejado cargando encima de la mesa. He llegado a casa y me he encontrado con tu recado. Estoy venga a llamarte, llevo colgada del teléfono horas, pero no hay manera. Llámame, por favor. Sabes que te quiero.»

Sólo los destinos humanos pueden entrecruzarse entre las palabras pingo y te quiero, operar y cargando encima de la mesa. Sheyla y Nacho tienen ahora una necesidad de comunicación que no sienten cuando están juntos, cuando pueden tener el privilegio de no decir nada. Es difícil afrontar los caminos sin unos ojos a los que mirar de frente. Ahora mismo, sin saberlo, Sheyla y Nacho tienen la misma sensación en el cerebro. Sienten la cabeza pesada, como ida, con un cansancio acumulado que parece que está a punto de derrumbarlos. Sin embargo, Sheyla, sin querer, se ha acordado del día en que estaban cenando juntos y Nacho estaba absorto ante un plato de sopa castellana, manteniendo la cuchara delante de la boca, sin darse cuenta de que se le estaba cayendo la baba. No se sabe por qué, Nacho, en la distancia, ha acabado sonriendo.

(Imagen de all-i-oli)

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Foulard

Ana ha salido de la consulta médica con buenas noticias. Los resultados de los análisis, al final, han sido positivos. Ana es una chica que se preocupa mucho por su salud, desde aquellos momentos en los que, de joven, se mareaba con frecuencia. De repente, su cuerpo hacía zas y se derrumbaba. Después de haber pasado una buena racha, después de estar pletórica, Ana tenía otra vez un cansancio indescriptible que ya no derrumbaba su cuerpo sino su corazón. Le ha hecho gracia ver al chico que tenía al lado, en la sala de espera. No se imaginaba que un chico un poco pintas, modernillo, le diera a Cernuda con ahínco. Parece que, al final, le ha sentado bien el cambio de aires. Su cara siempre ha sido simpática, pero parece que ahora esa sonrisa es más abierta todavía, parece que ya no rezuma un poso de amargura. Sin poder evitarlo, cuando ha salido a la calle, ha pensado que la vida es como una película. De forma inevitable, ha respirado profundamente. La vergüenza no ha podido con su impulso de alzar la cabeza, de abrir los brazos, de descolocarse el foulard que llevaba mal anudado al cuello y de soltar un profundísimo suspiro. Los nervios acumulados, las tensiones esquinadas en sus vértebras, se han desbrozado en movimientos alocados y oscilantes de caderas. Ana ha hecho pasar su canción favorita del cerebro a su aparato de música y, a zancadas cortas pero rápidas, ha llegado a la parada del autobús.

(Imagen de Sfar)

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Vacuo

Alberto se ha vuelto a poner delante de la pantalla de ordenador. La calidez del papel manuscrito no está a la altura de su letra, enrarecida desde una infancia en la que las cartillas se le atragantaban y en la que los trazos de los cuadernos de caligrafía realizaban sinuosidades de líneas de puntos con enlaces imposibles. Alberto hoy ha pensado y le ha venido a la mente una imagen: Kafka en el sillón de un terapeuta. Alberto leyó al checo por primera vez cuando tenía catorce años. Le animó la brevedad de la Metamorfosis del mismo modo que le acabó conmocionando su contundencia. Desde entonces, siempre había creído que las obras de Kafka reflejaban el laberinto del ser humano contemporáneo.

Alberto encajó sus dedos índices en los anclajes de la f y de la j, estiró un poco su espalda y su cerebro empezó a mandar sus reflejos de pensamiento en impulsos que llegaban casi instantáneamente ante sus ojos. Alberto comenzó a dar siete vueltas de tuerca a Kafka, entre procesos y castillos y se imaginó a Joseph K. sentado en la acogedora sala de un terapeuta. Al principio, se le imaginó ante un psicoanalista, pero enseguida desdeñó la idea.

Los ojos de Alberto veían refractar en su pantalla los pensamientos que le traía Mónica. Siempre Mónica. Mónica no le contestó a su última carta y, desde entonces, Alberto no sabe qué significa esto, si indiferencia o cariño. Le extraña que Mónica, la misma Mónica que afirmaba siempre «Eres muy divertido. Contigo me lo paso genial» haya pasado al lado del silencio. Quizá preguntar a alguien qué expectativas tiene en la vida es una pregunta demasiado osada, demasiado personal. Demasiado volcada hacia fuera. Alberto piensa que si Joseph K. contase hoy sus cuitas a su terapeuta un espectador indivisible no daría ningún crédito de verosimilitud a sus palabras. Alberto había leído siempre las obras de Kafka como unas novelas de argumento fantástico en un contexto plenamente realista. Alberto ahora ha borrado dos líneas enteras. No las ha seleccionado con el ratón, sino que ha visto con fruición como iban desapareciendo letra a letra, con velocidad de vértigo. Alberto ha pensado que si uno se despierta convertido en un asqueroso bicho, el escritor tiene la posibilidad de hacerle vivir aventuras hacia afuera o hacia adentro. Y piensa, quizá equivocadamente, que hacia dentro significa aventura existencial y metafísica. Eso teniendo en cuenta que los tiempos no corren ahora -quizá nunca- hacia búsquedas que no sean concretas.

Alberto ha cambiado palabras. Reconoce su torpeza, reconoce que ha utilizado Word para escribir una palabra y ha pulsado una combinación de teclas (mayúsculas+F7). Ha recorrido las diferentes posibilidades, aunque no se ha quedado con ninguna. De momento. Alberto escribe a la vez que recuerda una tarde, con Mónica y su espalda desnuda. Recuerda nítidamente su torso recostado entre penumbras. Recuerda con claridad -tiene la imagen casi eidética- cómo la punta de sus dedos iban deslizándose con dulzura por un cuerpo que se estremecía. Le gustaba el contacto leve pero intenso de unas caricias que se resistían a seguir más allá y que se detenían ante cualquier obstáculo susceptible de ser directamente erógeno. Alberto piensa que las cosas son así, que así hay que aceptarlas, pero al mismo tiempo piensa que uno tiene que luchar y enfrentarse a sí mismo, a sus miedos y a sus verdades.

Mientras escribe, Alberto se da cuenta de que sus manos se atenazan. Quizá sea el cansancio, quizá una postura incorrecta. Mira que se ha leído todos los folletos que le han dado en su empresa hasta poner un manual de informática debajo de la pantalla para que ésta resplandezca en la línea de sus ojos. Alberto piensa en la calidez de los cuerpos y en la calidez de la compañía humana, en la complicidad y en el cariño. Cuando ya ha escrito casi dos folios, Alberto vuelve a pensar en Joseph K., y en Gregor Samsa. Y en un amable terapeuta intentando seguir sus impulsos. Y en un espectador anodino y anónimo intentando comprender el mundo. Entonces, Alberto ha deslizado el ratón hacia la esquina superior -derecha- de la pantalla. El procesador, siempre perspicaz, siempre atento, le ha preguntado si deseaba salir sin guardar los cambios. Alberto ha contestado que sí, se ha levantado y se ha ido a la cocina. Una mandarina -y la soledad- le iban a llenar de amargura.

(Imagen de Peyote)

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Gordin01

La sala de espera está hoy descongestionada. Sólo tres personas aguardan, volante en mano, a que salga la enfermera. Tienen la creencia inconsciente de que pasará antes el más rápido, aquel que se levante de la silla con la presteza suficiente para entregar el papel, el pasaporte para ser los primeros en la consulta del médico. Ana lleva unos auriculares con una tendencia maldita a resbalarse de su oreja izquieda. Ana siempre ha pensado que su oreja tiene que tener una anatomía peculiar y extraña, porque ella insiste una y otra vez, aprieta, ladea y oprime, pero no hay manera. Está sentada un poco hacia afuera, repantingada en la silla de plástico. Ha contado ya más de diez veces la hilera de azulejos de la pared que tiene delante, sumando incluso las porciones que bordean la puerta. Su ansia enumeradora se ha extendido también a la pared de la izquierda, antes del pasillo, aunque eso le ha provocado mantener una postura antinatural, excesiva. Casi a su lado hay un hombre anodino. Un poco más allá, a su derecha, está sentado un chico con el pelo castaño y arremolinado, pantalones vaqueros gastados, zapatos deportivos, de esos que ahora se utilizan para patear las calles. Tiene la cabeza baja, atenta a la lectura. Ana tiene que inclinarse un poco, disimuladamente, para atinar con el título: La realidad y el deseo. Nacho ha hecho de esa obra de Cernuda su libro de cabecera en las visitas médicas. Lo hace porque a los diecisiete años lo abrió por primera vez cuando esperaba su cita con el traumatólogo, la primera vez que iba sin sus padres, y desde entonces el poeta ha sido su compañero de dolencias en cada especialidad, itinerando al mismo tiempo que alguno de sus achaques. Nacho está nervioso. Lleva tres meses de médico en médico, de prueba en prueba, desde que el médico de familia le mandó al urólogo, desde que el urólogo le derivó para hacerse radiografías de contraste, análisis y otra batería de suplicios, a cada cual más desagradable. Y de ahí al cirujano. Ha pasado el fin de semana en casa de un amigo. Le oprimía la desazón de no haber podido encontrar a Sheyla, el móvil siempre apagado o fuera de cobertura en estos momentos, su puñetero contestador siempre saltando al cuarto tono. Y no quería estar solo. Al cabo de un rato, cuando Ana llegaba a su séptima canción y Nacho alternaba la lectura de «Donde habite el olvido» con las miradas insistentes hacia la puerta, salió la enfermera.

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(Imagen de Misha Gordin, vía Pasa la vida)

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Sokolsky

Nacho se ha pasado las primeras horas del sábado intentando recordar la dispersión de la noche. anterior Frente a lo que pudiera parecer, Nacho es un tipo tranquilo y un urbanita convencido. Si va al campo, le gusta contemplarlo casi a pie de asfalto. La jungla de edificios altos, de coches en vaivén, le suponen un placer mayor que divisar una manada de gacelas en el Ngorongoro. La exploración del mundo, para él, es un safari videográfico con instantes capturados a pinceladas de semáforo o de una puesta de sol recortada por las aristas de las casas montadas sobre el horizonte. Un día, unos primos suyos le propusieron ir a buscar setas y el anduvo todo el día perdido entre la cobertura radioeléctrica, una navaja encasquillada y una espalda que no se resignaba a no permanecer recta.

Nacho dedica la mayor parte de su tiempo a intentar sacar para adelante una oposición a bibliotecas. Tiene la mente encasillada y categorizada gracias a Otlet y cree que puede tirar para adelante con cualquier mención de responsabilidad y asiento bibliográfico que se le ponga por delante. Nacho piensa en esa oposición para auxiliar, que le tiene frito, y está convencido de que si el tribunal estableciera como prueba fundamental la forma de coger un libro, la manera de deslizar pausadamente el índice sobre el lomo, de abrirlo con cuidado y entresacar todos sus secretos, la plaza sería suya. Si la vida de Nacho fueran los estudios, su existencia no sería un problema. Al menos, no sería un gran problema. Pero hay más.

Sheyla ha hecho tiempo para estirar cada uno de sus músculos en la cama. El despertador de sus vecinos, los del piso de arriba, la despierta cada mañana mientras ellos -los muy cabrones- no están. Cuando ayer llegó a casa, vio parpadear la pantalla del teléfono con el aviso de un mensaje. Pulsó la tecla y escuchó. No hay nada peor que un mensaje que llega tarde. Sheyla es una chica que viaja de la alegría a la tristeza en décimas de segundo. Ahora le ha llegado el tránsito al desasosiego y a la preocupación. En una edad de insolente juventud, Sheyla ha pasado por muchos obtáculos. Más obstáculos que las leonas organizando las acometidas a las sufridas (pero rápidas) gacelas del Ngorongoro. Y la vida se le endereza y se le tuerce con una facilidad que asusta. Sheyla tiene todavía el teléfono en sus manos, escuchando esa falsa voz humana que le invita a pulsar una u otra tecla. Sin darse cuenta, se había sentado en el brazo del sillón y su cerebro se le escapó unos segundos de su mente. O igual fue al revés. Con una reacción espasmódica de vuelta a la realidad, Sheyla vuelve a apretar los botones. Se equivoca tres veces. Cuando al fin acierta todas las dianas, la voz de Nacho no aparece. Pese a la hora, ya tardía, Nacho no está en casa.

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(La fotografía es de Melvin Sokolsky y se puede encontrar en Pasa la vida gracias a un Jordi Guzmán cuyos descubrimientos están empezando a hacerse imprescindibles.)

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Querida Mónica:

Después de mucho pensar, de darle muchas vueltas respecto a lo que nos ha pasado estos últimos días, te mando esta carta. Hace que no escribo unas letras en un papel de mi puño y letra siglos. Cuando he cogido el bolígrafo y me he puesto a la tarea, me ha dado la impresión de retroceder unas décadas, a los años escolares, aplicando mi lengua a la comisura derecha del labio buscando el trazo correcto. Hasta he tenido que bajar a la tiendecita de abajo para comprar sobres. Ya no los uso. Para que veas el detalle, he comprado esos sobres más cuadrados. Recuerdo que un día me dijiste que los sobres americanos te recordaban a los bancos y a las oficinas. He comprado el sello en el estanco y he descubierto que ya no puedo humedecerlo y estamparlo como lo hacía al ayudar a gestionar la larguísima correspondencia de mis padres. Antes de escribirte estas líneas, he puesto la dirección en el sobre y he tenido que tirar cuatro. Por dos veces la letras se me han apelotonado demasiado en los extremos; otra vez he puesto mal el código postal, y la última ocasión parecía que me bailaban demasiado las letras. He tenido que mirar en la agenda tu dirección. No estaba seguro del número y del piso, desde la última vez.

Te escribo solamente para hacerte una pregunta: «¿Qué esperas en la vida?». Se me ha ocurrido esta noche, a bote pronto. No sé si eres consciente de que naciste y te morirás, de que todos nacemos y morimos. Y nuestra vida es lo que queda en medio. ¿Qué proyectos quieres sacar adelante? ¿Cuáles son tus máximas ilusiones? Le he dado vueltas y vueltas a la cabeza y me gustaría saber qué te hace feliz y qué te hace triste, qué te impulsa hacia el cielo y qué cosas te empujan hacia el abismo. ¿Prefieres sonreír o enfadarte, esperar algo el día de mañana o encontrarte en pozos innumerables de sombras? Las galerías del cielo son innumerables, pero no infinitas. Creo que tienen mejores vistas que las que están sepultadas bajo las tinieblas. Yo sabes que soy un animal de costumbres, pero odio las rutinas.

Nunca me atreví a preguntarte todas estas cosas a la cara. Siempre que hablamos de estas cosas, acabamos en el toma y daca de los reproches, o la conversación se torna agria. Descartando la urgencia del SMS, he pensado también en llamarte por teléfono, hacerte la pregunta y colgar. O adjuntarte esto al mundo de tus cibermensajes. Pero he preferido grabar estos sentimientos con mi puño y letra. Y firmar sin envolver mi nombre.

Un besito.

Alberto

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Imagen de Fabienne D.

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Disco

Nacho sale por las noches muy de cuando en cuando pero hoy es una de esas noches en las que lo hace con todas sus consecuencias. Sus costumbres, atávicas, metódicas. Después de unos devaneos con las cervezas colmadas por una servilleta enrollada, después de patear las aceras, el asfalto, de modo impenitente, sus amigos y él se dirigen a un bar con pista de baile. Música electrónica. Nacho, en sus días normales, es amante de la cocacola a secas, pero esas noches decide colmar su vaso y su cabeza con una mezcla a base de mucho güisqui y poco gas en sucesiones excesivas, en sucesiones interminables. Le agrada ir deslizando el líquido de forma rápida y contundente, sin que ni por un momento se aprecie un degustar de la bebida, sin ese chasquido del «hasta aquí hemos llegado». Le gusta ir sincronizando los fuertes ritmos de la música con un corazón cada vez más acelerado, le gusta comprobar cómo las luces, los focos, van girando aleatoriamente. Sus ojos emprenden el camino de la hipnosis y van interiorizando los bamboleos de claridades multicolores. Sólo entonces, Nacho abre un paso desordenado hacia la zona de baile. Su estilo es nulo pero ecléctico. Con todo el alcohol atronando desde la cabeza al justo centro de las entrañas, empieza a dar vueltas. Nota su cabeza asintiendo y negando, animada por sus brazos por delante y por detrás. Ahora suena Moby. «Disco lies»: perfecto para bailar y perfecto para su cabeza atontada, el bar como símbolo de la música dance, la mentira como símbolo de la verdad. Nacho hace un alto en sus acometidas. Estira su cuello y lo gira. Ahora utiliza sus pies como un epicentro de peonza que gira y gira, brazos levemente estirados. Es una manera alocada de olvidar. Nacho ha llamado hoy por teléfono y ella no estaba en casa.

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(Imagen de obo-bobolina)

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Dior

Sheyla ha salido del trabajo. Una jornada prolongada hacia los estertores de la tarde, una jornada intensa. Sheyla está cansada de los días que no se acaban y de los trabajos que ha ido perdiendo casi al mismo ritmo de haberlos obtenido. Su talante risueño hace que escale todas las dificultades, todos sus fracasos. Sheyla pasea por el Paseo de la Castellana, con la tranquilidad y el abrigo de la noche, de las luces encendidas que se atisban entre los árboles. Le gusta el movimiento de los coches rectilíneos en sus destinos, el alboroto caótico pero ordenado de la procesión de vuelta a casa. Ella se resiste. Pasea ondulando su zancada, con esa tendencia a oscilar de forma excesiva la pierna derecha en su marcha. Sin duda, es la reminiscencia infantil que intentaba evitar las baldosas rojas, la maldición. Ahora, mientras camina, mira al suelo, registrando cada minucia, cada colilla. Las calles -piensa- cada vez están más sucias. De forma mecánica, como siempre, se encamina hacia Raimundo Fernández Villaverde, con la inconsciencia del hábito del que retarda todos los días su vuelta a la oscuridad de su morada. No puede suponer las vueltas que tiene el destino, el recado en que le espera en un contestador ya desacostumbrado a la calidez de las voces conocidas. En un momento, llega a la altura de una tienda. Dior. Sheyla piensa: «Me cago en Dior». Y se ríe.

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(Imagen de phil h)

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