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asquerosos

Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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Me gusta leer todo tipo de literatura, toda suerte de libros. Alterno lecturas ligeras con páginas más solemnes. Sin coincidir con las épocas del año (no espero necesariamente al verano para el noir, por ejemplo) pero sí con los estados de ánimo, paso alguna vez —de puntillas— por los grandes éxitos, esos libros que están siempre a mano en las librerías y en los escalafones de libros más vendidos. Hoy voy a hablar de cuatro lecturas que han dado y darán unos buenos duros a los libreros y a las editoriales, pero de muy distinto signo. La casualidad ha hecho que leyese estos cuatro libros en tantas de dos a dos. Los cuatro libros pueden considerarse éxitos de ventas, pero su calado literario, su profundidad artística es muy diferente.

Primero me adentré en un autor del que todo el mundo al que le gustan los libros tochos, apasionantes y de fácil lectura me había hablado maravillas. No voy a mencionar ni al autor ni al libro, por aquello de las adivinanzas y de que la imaginación (o las suposiciones) vuelen con entera libertad. Es un autor que me cae mal y bien a partes iguales por razones que no vienen al caso.. o sí vienen al caso, pero no caben en esta entrada. Aunque es un escritor con una buena tanda de novelas exitosas, yo era un lector novel de sus páginas. A medida que pasaba líneas y líneas, horas y horas (que no son tantas, porque el libro se digería rápido), me iba preguntando qué verían los demás en ese libro que no veía yo… o que no veía yo en ese libro que todos los demás veían. Se trata de una novela de intriga. El autor, que es muy inteligente, habla de una protagonista muy inteligente. No sé quién quiere parecer más listo, si el autor o la protagonista. Cuando la novela quiere exponer la inteligencia de la protagonista, creo que se queda corto. Cuando el autor quiere dejar traslucir su propia inteligencia, se pasa cuatro pueblos. Va dejando pistas, pistas y pistas de todo lo que sabe, de todo lo que abarca, de todo lo que esboza y de lo que sabe mucho más. También va soltando miguitas de pan culturales para que los lectores, que las reconocen, se sienten también pequeños dioses del conocimiento compartido. La intriga no me parecía tan intrigante, la composición repetitiva e irónica y juguetona de algunos personajes me parecía cada vez menos irónica y juguetona, pero cada vez más repetitiva. Hay que decir que, fuera del libro, fuera de la escritura, el autor se mueve como pez en el agua. Es un estratega perfecto, una persona afable y amable que establece mil vínculos que creo que son sinceros con sus lectores. Y eso pesa e influye para que su fama transcienda, crezca.

Después de acabar ese libro, el azar hizo que cayese en mis manos Los asquerosos, De Santiago Lorenzo (del que ya hablé aquí en otra ocasión). Empecé leyéndolo con la impresión de que imitaba a Eduardo Mendoza, seguí leyéndolo con la impresión de que leía Robinson Crusoe y luego me di cuenta de que la novela iba mucho más allá, en una reflexión sobre la soledad y la compañía, sobre la supervivencia y los modos de vivir, sobre el silencio y el ruido. Sobre lo que somos por lo que somos y lo que somos en nuestra sintonía o nuestro contraste con los demás. A medida que iba leyendo, me preguntaba por qué no había mucha más gente leyendo Los asquerosos que el libraco de más arriba, qué miedo o qué falta de formación o qué falta de motivación nos llevaba a leer para pensarnos listos con los acertijos en vez de leer para reflexionar sobre nosotros, sobre el mundo. Para penetrar en un modo de escritura diferente, no sé si sublime, quizás no, más arriesgada. Insisto en que esta novela se convirtió en una novela de éxito, muy bien vendida y comentada en los corrillos culturales y literarios. Pero merece más.

Han pasado muchos meses de lecturas variopintas, afortunadas o no, de diferentes calados y diferentes cataduras. Y, en la tercera novela que voy a comentar, volví a caer en las redes, en la trampa del mismo autor del primer libro que he comentado, los mismos personajes (bueno, uno más, que me ha estomagado), los mismos guiños. Fuera del libro, para el libro, las mismas alabanzas a su quehacer, a su maestría para narrar. Escritores amigos que hacen loas. Personajes famosos que hacen loas. Personas anónimas que hacen la ola por cada línea, por cada sugerencia, por cada aporte de esa inmensa inteligencia que desgranan sus páginas. No podía remediar pensar en los razonamientos sobre la lectura del primer libro, para llegar a la misma conclusión: el autor es tan inteligente como para planificar una novela con estrategia, para decir y para eludir, para conectar con los intereses de sus lectores medios. A mí las personas muy inteligentes me cansan porque no estoy a la altura: soy mediocre, de ese montón que se arrastra por la existencia con cuatro ideas obsesivas en la cabeza. Y, gustándome las novelas de intriga y de suspense y de aventuras mil, esta manera de escribir no me engancha.

Justo al acabarla, llegué al cuarto libro del que voy a hablar. Se trata de un libro que no va a ser nada sospechoso de no alcanzar fama y lectores, porque es, ni más ni menos, un semifinalista del premio Planeta. Manuel Vilas, ni más ni menos. Alegría, ni más ni menos. Había disfrutado hacía meses con Ordesa, que me pareció un libro fuera de lo común, estupendo, interesante, agudo, descorazonador y benevolente con una historia que, siendo del autor, acaba siendo la nuestra. Y Alegría, siguiendo la misma senda de la autoficción, siéndolo, no es una segunda parte ni una continuación del primero. Alegría es un laberinto de vivencias que desvelan emociones y que acaban por transmitir sentimientos. Al contrario que el afamado autor del primer y del tercer libro, Vilas me tiene ganado desde el principio, lo reconozco. Me siento muy identificado con la autoficción que no es autocomplaciente ni onanista, sino que, por el contrario, sirve de soporte y de lanzadera de frases brillantes, de reflexiones que se revuelven contra sí mismas y que los lectores, agotados de intentar deducir, precisamos cerrar nuestra voluntad y dejarnos llevar por un torrente de sensaciones.

Frente a los defensores del todo vale, hay libros buenos y malos. Si me apuran, hasta objetivamente hablando. Y, aunque aquí haya hablado de tres autores y cuatro libros que cuentan (y algunos irán sumando) con tantos lectores como para ser considerados éxitos de ventas, no todo vale, no todo es lo mismo. Vaya por delante que a mí me parece estupendo que cada uno lea lo que le venga en gana y que se divierta como le parezca. Sin embargo, en cuanto al color rojo y al negro (y sus derivaciones femeninas), me quedo con Stendhal. En lo demás, ¡viva Santiago Lorenzo!, ¡viva Manuel Vilas!

Imagen de CJS*64.

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