— Verba Volant

Algún rincón del cielo

Torres

Y alzas la vista. Y lo ves todo demasiado alto. E intentas extender la mano y la perspectiva te engaña, haciéndote creer que puedes alcanzar algún rincón del cielo. Y el cristal te ciega. Y comprendes que la verticalidad es ontológica y la horizontalidad es existencial. Y comprendes que no cabes en el mundo ni lo a lo alto ni a lo ancho porque te queda demasiado grande, porque te queda demasiado estrecho. Y la belleza te ciega y la fealdad te abruma. Y no llegas a comprender el secreto del reino de los ángeles. Y miras hacia el suelo, que se cuartea y se resquebraja entre tus pies. Y procuras respirar hondo, pero te atragantas. Y, al final, respiras tan hondo que hiperventilas. Y el corazón te late a mil por hora. Y tu percepción de las cosas se te nubla. Y te arrodillas en el suelo. Y no lloras pero, sin saber por qué, las lagrimas afloran de tus ojos y resbalan sin medida. Y te incorporas por cojones (y porque te duelen las rodillas). Y odias vivir arrastrado, sin abrigo y sin medida. Y escuchas a María Callas y piensas que cuando llegará la diosa para realizar el sortilegio de los bosques. Y sientes con la razón. Y razonas con el corazón. Y te haces un lío, que a la vez es oxímoron, paralelismo y quiasmo. Y te invades de amargura. Y gritas basta porque el cielo te hace daño.

4 comments
  1. blogofago ausente says: febrero 19, 201012:37 am

    No he leido el texto ( prometo hacerlo)—he de irme. llego tarde, cual conejo maravillosos…pero quiero decirte que la imagen es SUBLIMEEEEEEEEeeeeeeee ..

  2. KOKYCID says: febrero 19, 20102:22 am

    Misma opinión que blogofago ausente, pero del texto

  3. Bipolar says: febrero 19, 201011:51 pm

    Pues también he pensado en Alicia, es inevitable. Ella se hizo pequeñísima y nada estaba a su alcance. ¡Qué impotencia!

  4. Gelu says: febrero 23, 20104:51 am

    Buenas noches, Raúl Urbina

    Instantes en los que todo es confusión y mezcla de la razón y del corazón.

    Y de fondo, la voz maravillosa de María Callas, la divina, y sin poder evitarlo, se nos humedecen los ojos.

    ¿Cómo no mirar al cielo, e intentar trepar un poco -entre los edificios inundados de sol-, aunque sea a gatas, y nos entre tortícolis?.

    Esos gigantes, los han hecho hombres pequeños como nosotros; y cada uno de ellos, llevando en su interior dudas tan enormes, como las nuestras.

    Saludos.

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