— Verba Volant

Tres conclusiones en las pruebas de acceso a la Universidad

Breve introducción: durante tres días, he estado corrigiendo más de ciento cincuenta exámenes de lo que hoy se llama EBAU, ayer PAU y, hace un poquito más, Selectividad. En el examen de Lengua, hay una parte dedicada al análisis textual (el comentario de texto de toda la vida) en el que los estudiantes tienen que dar una opinión personal sobre un texto. En esta convocatoria, se elegía entre un editorial de El País sobre la ansiedad juvenil y una columna de Millás sobre la globalización. Los profesores corregimos a ciegas y solo vemos como dato un número de referencia y un código de barras. No obstante, mi imaginación ha dado para inventarme tres historias, que son la consecuencia de tres respuestas maravillosas.

La chica que aspira a ingresar en una Facultad de Medicina

Ágata ha entrado en el examen muy nerviosa. La cola y la distancia, la mascarilla que agobia, el protocolo de acceso no han ayudado. Ágata entra al aula del examen, recibe pacientemente las instrucciones. De repente, llega a la clase una señora con un sobre blanco. Se lo entrega a uno de los profesores que vigila, que rasga el sobre. Empiezan a repartir los ejercicios. El examen de Lengua será el comienzo de tres días que condensarán todo lo que ha luchado desde la primera evaluación de primero de Bachillerato.

El examen llega a la mesa de Ágata. Echa un vistazo rápido. Primero a las preguntas de literatura, qué alivio, son temas que se sabe al dedillo. Ágata empieza de manera muy ordenada, con esa rutina que le ha enseñado su profesora en el instituto. La literatura la borda. El análisis sintáctico y la morfología son coser y cantar. Solo ha dudado un momento, pero no ha caído en la trampa de poner una perífrasis donde no era. Empieza la parte del comentario de texto. Se decanta por el editorial sobre ansiedad juvenil. Pronto ve el tema y la tesis y los argumentos. Empieza a escribir de modo compulsivo porque se da tiempo de que, ahora, su gran enemigo es el tiempo. Va a contrarreloj. La asimilación de conceptos y su perspicacia le lleva a sortear con habilidad los mecanismos de cohesión.

Mira el reloj y comprueba que faltan cinco minutos. Queda la opinión personal. Ágata siente que no puede más, que el tiempo acogota su mente y que todavía quedan demasiados días para demostrarlo todo. Respira hondo y comienza a escribir doce líneas de prosa dulce y conceptos atinados en el que muestra su lado más frágil, el más delicado. Le da la vuelta al texto para contar cosas que no ha dicho nunca a nadie.

El chico que estudiará Periodismo o Filología

Sergio llega a la hora a la que estaban convocados por el profesor que les acompaña un poco justo. Su madre le ha acercado en el coche y había más tráfico del esperado. Su madre aparentaba estar tranquila y eso, paradójicamente, le ha puesto algo más nervioso.

Ha metido todas sus pertenencias en una bolsa transparente, se ha echado el gel y, después de minutos y minutos interminables, una vez sentado y pasado el protocolo inicial, se ha podido quitar, por fin, la mascarilla. Sergio mira hacia la izquierda y ve a Marta, su compañera desde que iban a infantil. Toda la vida juntos y ahora están, por fin, ahí. Ambos sonríen y, cuando ya empiezan a repartir los exámenes, murmura: «Suerte».

Sergio tiene dos sueños: los días pares, sueña con dar clase en un instituto o en un colegio para compartir su pasión por las letras y que estas no sean un reducto para los que se escapan de las asignaturas «difíciles», mientras que los días impares siente el impulso irrefrenable de ir a Japón para enseñar español y cosas de la cultura mientras se atiborra de sushi y viaja por todo Oriente.

A Sergio la lengua y la literatura le apasionan. En el instituto, se lee todos los libros que puede y algunos más. Mientras la rutina y la necesidad conducen a una manera de estudiar los temas de forma monótona, él alimenta y revitaliza todo gracias a sus lecturas. En lengua, es de los frikis que siempre van más allá, que ven una frase alambicada y se relamen los dedos y disfrutan sementando una palabra compuesta diluyendo todos sus componentes.

Sergio no necesita nota para entrar en la carrera de Español. En ese sentido, se siente muy confiado. Ha decidido presentarse a todas las asignaturas porque quiere demostrarse a sí mismo que puede llegar bien lejos, también, en el latín y en la filosofía.

Elige el texto de Millás. Aporta un enfoque muy original en los mecanismos cohesivos, va un paso más allá en los argumentos. Su mente analítica ha puesto al tiempo de su parte. Quedan quince minutos para dar su opinión sobre un tema no tan obvio como parece. Piensa que Juan José Millás tiene la razón y no la tiene. Le hace gracia pensar que eso es, precisamente, lo que refleja Millás en muchas de sus novelas, esa realidad poliédrica que construimos nosotros desde nuestra perspectiva. Sergio sonríe, respira profundamente, y se dedica a escribir las que serán, por el momento, las quince líneas más bellas de su vida.

La chica que aprobó por los pelos y no sabe qué hacer con su vida

Carla ha sido una de las beneficiadas por el confinamiento. Los criterios en su colegio han sido más laxos y se ha escapado por los bordes del sistema para llegar a unas pruebas que no le motivan nada.

Empezó el bachillerato por inercia, fue aprobando cada asignatura como pasa la tarde los fines de semana hasta que queda con sus amigas y todavía no ha enfocado su vida hacia nada concreto. Ni falta que le hace.

Carla ha dedicado muy poco tiempo a estudiar la EBAU. Solo acudió a las pocas clases presenciales de las últimas semanas porque coincidía con todos sus compañeros, que tenía perdidos entre los wasaps. Sus padres parecían cotorras con todas sus broncas, que hacían pasar por reflexiones serenas, sobre la responsabilidad y sobre el futuro.

En el caso del examen de Lengua, Carla no ha preparado nada. Pese a que este año era fácil que tocase un tema de Literatura estudiando poco, no se le ha pasado ni por la imaginación ponerse a estudiar unos apuntes que hay que calzarse a fuerza de memoria. No sabe hacer análisis sintácticos y le parece que distinguir una palabra derivada de una parasintética no le va a salvar la vida cuando salte en paracaídas y no funcione la anilla.

El folio triple que le dan para contestar es, bien lo sabe Carla, una pérdida de tiempo y de dinero. Del tema de literatura pone el nombre, la frase la deja a medias. Hace un análisis morfológico porque la palabra estaba a huevo. Del texto, pone el tema porque es media línea, la tesis porque es línea y media y dos argumentos que se veían de lejos. Y decide que ya. Quiere esperar a que pase la primera media hora para salir y respirar aire filtrado hasta que se quite la mascarilla y la mande a tomar por culo.

El tiempo se le está haciendo muy largo y, después de ver las idas y venidas de los profesores que vigilan, lee el texto con un poquito más de atención. Tiene todavía un rato y la pregunta de opinión personal le dará medio punto que puede ser simbólico. Se van a cagar, piensa Carla. Y demuestra, en veinte líneas, que se puede hablar de ansiedad dándole la vuelta a las estadísticas, a las comparaciones y a las instituciones que la estudian. Ella habla de lo que siente cuando no se siente. Mientras escribe, siente unas ganas inmensas de llorar. Cuando sale por la puerta del aula y sale a la calle, respira dos o tres veces y se pone la mascarilla. La puñetera mascarilla.

La imagen es de Vicente.

1 comment
  1. Magdalena says: julio 13, 20209:13 am

    Me encanta esta entrada, y me trae muchos recuerdos de cuando hice la selectividad <3

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