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A falta de un cubo

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Nos hemos convertido en un pozo. No es un pozo sin fondo ni es un pozo seco. Es un pozo con agua suficiente y limpia, que se distingue perfectamente en las sombras desde el exterior. Se puede oír su rumor líquido lamiendo la redondez de sus bordes. Está ahí, a menos de un tiro de piedra, pero no al alcance directo de nuestras manos. Ahora solo nos falta el cubo para recogerla. Para beberla. Para limpiarnos todas las heridas que nos hicimos cuando nos pusimos en camino.

(Imagen de Daniel Prats.)

Diario de un turista 2013 #2 – Por las nubes

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El turista cree haber dicho en otras ocasiones que le gusta subirse a las alturas, a esas alturas típicas de los lugares típicos. Piensa que hay en ello algo de ver sin ser visto o algo de ver lo que otros contemplan en las postales con la perspectiva inversa. También puede ser una cuestión psicoanalítica, de llegar a las cimas como símbolo de prepotencia. O un espíritu deportivo mal entendido de intentar llegar siempre más arriba.

En este caso, nunca hubiese pensado que lo haría en un artilugio mecánico. En su ignorancia sana o ignorancia a secas, él había pensado siempre que era una noria, sin más. Pero no. Se trata de unas cápsulas que no dan vueltas y vueltas, sino una vuelta, en singular. Lo que atrae no es la agitación del vértigo combinado con el movimiento, sino la contemplación espaciosa y más o menos serena de un movimiento ralentizad0.

Ha tenido suerte: si le hubiesen dado a elegir entre todas las posibilidades contempladas, él hubiese elegido un día de lluvia matizada. Le gustan los días lluviosos. En eso se diferencia, probablemente, de los turistas amigos sempiternos del sol. Le gusta la lluvia por varias razones. La primera, que con luz tras las nubes la lluvia aparece inaudita, maravillosa, vivificante. La segunda, que quizás una ciudad como la que está visitando, tan asociada al agua caída del cielo, quizás no sería la misma sin ella. Además, ahora la lluvia se ve desde dentro, entre una urna de cristal que provoca una contemplación nueva. Los monumentos, el paisaje urbano no es sino un fondo mediatizado por el primer plano de las gotas sobre los cristales.

Un poco más tarde, el turista bajará de las alturas y, ya pie en tierra, comprará un paraguas típico en una tienda típica. Nunca hubiese imaginado que llegaría comprar un objeto cotidiano con los colores de una bandera. Lo ha hecho. Pero hablaremos a ras de suelo. Después.

(La imagen procede de mi galería en Flickr).

Somos agua

El desamparo y la humedad

En mi continuo deambular por la red, me encuentro con una botella de agua que cuesta 40 dólares. Sin saber qué mecanismo neurológico me conduce a ello, me viene la imagen de un transvase del Ebro a cincuenta euros cada medio litro. Casi simultáneamente, me asalta otro fogonazo: el del problema del agua en África, y me imagino a una mujer que tenga que recorrer diez kilómetros con un cántaro en la cabeza que, volviendo cansada al poblado, sonríe a su hijito con el vientre hinchado por la hambruna, le sirve un poquitín de agua y, sonriendo, le dice: «Son diez dólares, mi vida». La Expo de Zaragoza tendrá como reclamo, seguramente, a unos cuantos equilibristas, unos encima de otros, lanzándose entre sí botellas de agua como si de bolos se tratase para metaforizar el agua y su importancia para el desarrollo sostenible. En los ensayos, seguramente, se les caerán un par de docenas de botellines diseñados por D&G y a Belloch le dará un amago de infarto. Todo aquel caminante, insaciable en su sed tras una lucha denodada contra el destino, tendrá que seguir obligatoriamente los consejos de los catadores (de agua): lo primero, apreciar si es transparente o brillante (fase visual); lo segundo, dirimir si es agradable o terrosa (fase olfativa); lo tercero, mediar entre su dureza, acidez, nivel alcalino o su gusto agradable (fase gustativa). Por lo tanto, nada de pegar un trago de agua sin más. Seguramente, al viajero le decepcionará que en el manual de catador de aguas no figuren los sentidos del tacto y del oído.

Todos sabemos que eso de que en el colegio no te cuentan más que mentiras empieza a descubrirse cuando un profesor te dice que el agua es incolora, inodora e insípida. Es el momento en el que descubres que la escuela está muy lejos de la realidad. Por lo menos, de la realidad de tu grifo. Y, si vives en Salou, ni te cuento. Como el profesor de Matemáticas sea el mismo (que suele serlo), desconfiarás del teorema de Pitágoras toda tu puñetera vida. Luego viene el mismo profe y te dice que estamos hechos de agua al sesenta por ciento (aquí los porcentajes son aproximados). Te miras los brazos, los aprietas hasta que se te ponen morados (como los ahogados: eso te hace sospechar) y llegas a la conclusión que sólo un tercio de ti mismo te separa de una asquerosa medusa de agua salada.

Con las botellas de agua a cuarenta dólares, los capitanes de barcos fluviales miran erguidos el horizonte con orgullo un río de oro, mientras que los sufridos capitanes de la marina mercante contemplan desolados (o desalados) las grandes plantas desalinizadoras. Jorge Manrique, orgulloso desde la tumba por aquello de sus Coplas de pie quebrado (y eso, porque no se ha enterado de que Jiménez Losantos habla de él), viviría ahora angustiado pensando que los versos «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir» suponen un continuo derroche de dólares perdidos y sin embotellar.

El agua, como metáfora de la vida, ha pasado a ser la metáfora del rey Midas. Y todos nosotros, condenados a pagar quince céntimos por chuparnos un dedo. Mientras tanto, siempre nos quedará el chascarrillo obsceno:

«Agua Bezoya.

Entra por la boca y sale…

… muy bien de precio

(La imagen es de Plateada. Le agradezco que me haya dado permiso para publicarla en este blog)