— Verba Volant

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Malos

Guantes de boxeo

Sí, en efecto, la petulancia es una presunción vana y exagerada. Pero eso no significa que no sea mejor que vosotros (vosotros, sí, no al público en general). Y soy mejor que vosotros por muchas razones. Entre otras muchas, citaré estas:

  1. abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz.
  2. qqwweerrttyyuuiiooppooiutyrewiwiw.
  3. asdasdasdfghfghfghjkhkñlkkklññdkdhgg.
  4. zxcvfdfkjgqewridkgkdghc, dhfa vsrpmrd fr mortfs.

Como no tenéis ni puñetera idea de criptografía, os quedáis con las ganas. Pero os estoy esperando. Soy como el boxeador medio derrotado, que aguanta en pie hasta el último asalto y pega el golpe definitivo. Y he castigado mi cuerpo y mi mente de manera intensa durante muchos años, así que soy capaz de sufrir y esperar. Y no soy de los que se descuida, ni de los que tiene miedo, ni de los compasivos. Así que cuidado conmigo.

(Imagen de slack12)

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Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca

En una repaso reivindicativo a los malos de la ficción no puede faltar la malísima Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca, la genial película de Hitchcock. Si queremos meter en un mismo paquete arrogancia, cinismo, idolatría e -incluso- un lesbianismo inaudito para la época, este es nuestro personaje. Reconozco que no he leído la novela de Daphne Du Maurier, por lo que no puedo decir aquello de «la novela es mucho mejor que el libro». La actriz que le dio vida, Judith Anderson, era una de esas maravillas que perfilaban magistralmente a los personajes secundarios, como ocurrió también en Laura de Otto Preminger (película que esconde un personaje que se unirá a esta serie de «Los malos son los mejores» en cuanto el futuro lo depare) y que brindó sus dones interpretativos a lo largo de una larga carrera llena de reconocimiento, pero no de premios. Una de las mujeres que logran llenar la pantalla con su presencia con su porte y con su mirada más que con unos escasos ciento sesenta centímetros de altura.

Y si en la película el espíritu de Rebeca campa a sus anchas frente a la encogida Joan Fontaine, el mérito es de Mrs. Danvers. Rebeca ha abastecido al mundo de la moda con las rebequitas, esas chaquetas con las que la apócrifa y advenediza Sra. de Winter tiene que abrigarse el alma encogida y sobrecogida por el pánico escénico de saberse en el lugar equivocado e inadecuado. Pero, sobre todo, la película ha regalado el dicho que todos los que tenemos ya unos añitos encima hemos oído a nuestras madres: «Es más mala que el ama de llaves de Rebeca». En la foto que encabeza esta entrada, la vemos en la secuencia en la que presentan a la reciente esposa de Maxim al personal de servicio. Y allí aparece Mrs. Danvers, el ángel custodio de la casa y del espíritu de la que siempre será su señora. Demuestra su poder por contraste, incitando a la locura y al suicidio, con las malas artes de aconsejar el vestido más inapropiado para la fiesta, con la indelicadeza de hacer tocar las prendas más delicadas («¿Ha visto algo más delicado? Mire, ¡puede verse mi mano a su través!»), con la virtud de la omnipresencia física que mantiene la presencia viva de su señora, a la que tanto amaba. Con todo detalle. Con todo cuidado. Con tanta pasión… Y cuando pierde, pierde a lo grande, sin medias tintas y llevándose a todo por delante. Sin medias tintas ni ambages. Con dos cojones (el entendido en la película, me perdonará la grosería como licencia poética: ¿era el de la Sra. Danvers por su señora un amor espiritual?)

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4b

Hemos hablado ya sobre la maldad y la ficción en varios lugares de este blog en nuestra serie «Los malos son los mejores» (I, II y III). Y hacemos un pequeño intermedio en estas entradas para hablar de la serie 24. Mi afición y adoración al cine clásico me hacía minusvalorar las series de televisión, a las que no prestaba demasiada atención. Veía muy de vez en cuando alguna serie española con la que se me caía el alma a los pies y tenía muchos prejuicios con las series norteamericanas: si el cine en Estados Unidos estaba de capa caída, con unas producciones y argumentos tan desastrosos, ¿qué iba a esperar de unos productos más largos y de rodaje más rápido? Esta serie de la Fox me ha apeado de todos estos prejuicios y ahora devoro con fruición capítulo tras capítulo de la sexta temporada. Hasta Mario Vargas Llosa ha dedicado un artículo a la serie, titulado «Héroe de nuestro tiempo», en el se muestra devoto de la serie por su ritmo vertiginoso, su acción trepidante, a la que parangonea con las historias folletinescas del siglo XIX y su manera de mostrar al poder y a los gobernantes. En efecto -y este es el asunto central de esta entrada-, la serie nos demuestra lo difícil que es saber quién es el bueno y el malo. En principio, porque algunos de los que se supone que deberían ser «los buenos» acaban por ser malos de los de verdad, desde los agentes de la unidad antiterrorista hasta senadores e incluso algún presidente. Los giros argumentales acaban descubriendo que el poder, la corrupción, el ansia de alcanzar metas no respetan ningún planteamiento mínimamente ético. Por otro lado, alguno (pero sólo alguno) de los malos no lo es tanto. Y, lo mejor de todo, los buenos-buenos no son seres beatíficos que inundan el mundo con sus buenas acciones, sino que combaten el mal con sus mismas armas. Como Vargas Llosa y Carlos Boyero han subrayado, no hay que buscar en ellos grandes defensas de las reglas democráticas, sino que el asesinato, la tortura, la mentira y la traición están a la orden del día. Las palabras de Boyero son ilustrativas: «Está tan primorosamente realizada esta serie que puede incitarte a disculpar o a sentir empatía hacia la metodología profesional del salvador del mundo libre, experto en aplicar sabiamente la picana y demás sofisticadas o elementales torturas físicas y psíquicas a los terroristas hijos de Alá o de su puta madre, incluyendo la amenaza de eliminar a sus mujeres e hijos. Y por supuesto con la bendición de Dios y del hombre honesto o tramposo, tanto da, que preside la sagrada patria.» Qué lastima, aquí no puede decirse que cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad. Es el puñetero mundo en el que vivimos.

En el blog de Hernán Casciari se incluye a 24 como una de las series capitales de la televisión (en especial, la quinta temporada). Como siempre, la Wikipedia en inglés nos ofrece detalles mil. Y es muy divertida la parodia que se hizo de la serie en los Simpsons. Recomiendo vivamente la serie. Desgraciadamente, nos ilustrará con detalle el mundo en el que vivimos.

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Preso

En efecto, los negros e hispanos son muy tenidos en cuenta en EE UU, frente a lo que uno puede pensar: en una población carcelaria que supera los dos millones, por cada preso blanco que habita dulcemente en una cárcel estadounidense habrá del orden de seis reclusos negros y tres reclusos hispanos. Es una buena proporción. También se tiene muy en cuenta a los drogadictos, pero se olvidan de ofrecerles tratamientos terapéuticos a la mitad, más o menos. Otro dato muy halagüeño es el del número de muertes y asesinatos en las cárceles: un ocho por ciento dejará de molestar a la sociedad por la vía del suicidio o del asesinato, ahorrando una futura inversión en penas capitales, tan caras y molestas. Porque 3.350 personas esperan ansiosas a que se les aplique la justicia suprema. Aquí los negros también cuentan, porque suman, ni más ni menos, el cuarenta por ciento de los futuros ajusticiados, aunque sean tan sólo un doce por ciento de la población nortemericana. Los retrasados mentales también se suman a las estadísticas: ya sabemos que esto no es óbice para que sean ejecutados. Incluso ha habido casos en los que, ellos sí, han sido sometidos a terapia para luego cumplir la sentencia. Casi dos mil adolescentes experimentan un bonito y novedoso sistema por el que serán condenados a cadena perpetua y no se podrán apelar sus sentencias, todo esto en un país en el que sabemos que jamás de los jamases se ha cometido un fallo judicial. El ejército estadounidense presume de una poderosa presencia en sus patrióticas cárceles, ya que un diez por ciento de los presos ha pasado por el ejército de forma voluntaria y, entre ellos, un veintitrés por cierto ha honrado a su país cometiendo delitos de violación y acoso sexual. Y, como no todo van a ser guantánamos y detenciones ilegales de la CIA en provincias-extranjero, el país más avanzado del mundo cuenta con un número cada vez mayor de centros penitenciarios privados, que, además de recortar el gasto público y estar mejor acondicionados, favorecen una separación entre presos distinguidos y la chusma.

La visita a las prisiones de otros países es también sumamente alentadora: en Brasil, una mujer fue violada en una celda. Nada extraño, si añadimos que permaneció en ella con otros veinte hombres durante un mes. Al final, igual hasta tuvo suerte. En Argentina, el setenta por cierto de los condenados reinciden. De estos, la mitad cometerá otros delitos antes de que pasen tres años. En los casos en los que la escolarización ha sido más alta, el número de presos y de reincidentes ha bajado, pero no creo que esto preocupe mucho a las autoridades. En toda Latinoamérica, el setenta por ciento de los presos no están condenados, sino procesados.

Para novedades exportables, nada como el invento de Turquía para paliar el hacinamiento de los presos: han instaurado un sistema de «camas calientes» por el cual los presos duermen por turnos.

Quedan otros muchos países, otras muchas realidades, pero para qué seguir. Como decían algunos, «los presos no tienen buena prensa». Y otro recluso decía, con acierto: «Nos tratan como a animales y nos piden que, cuando salgamos, nos traten como personas».

Como ayer tenía el día libre (ya sabéis aquello de los profesores, las vacaciones y los puentes…) me dediqué a transcribir algunos datos de un magnífico pero triste paseo por las cárceles del mundo en el programa Hoy por hoy del día 6 de diciembre. Que nos aproveche.

(La fotografía es de Gipics)

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La mirada de Hannibal Lecter

Vaya por delante una declaración de principios de la que ya hablé someramente en el primer artículo de la serie Los malos son los mejores dedicado al Coyote: me horroriza la violencia en nuestra vida cotidiana en cualquiera de sus manifestaciones. Y, aunque hace años la casquería tenía hasta un periódico propio (El Caso) y los casos de asesinatos siempre han sido muy del gusto del morbo popular, en la actualidad los programas de televisión y amplias secciones de los telediarios cuentan con una variada exposición de despojos humanos varios tan grande que me extraña que nos horroricemos de la mojigatería que tiene esta misma sociedad con respecto a los productos de ficción. Creo que el arte y la ficción nos sirven de cura, alivio y escape frente a nuestra dura, triste y monótona vida normal y que un poco de «maldad» en la ficción no nos hace más violentos, sino que nos resarce pacíficamente de ese impulso hacia el thánatos. Menos mal que no estoy solo cuando pienso en esto: Aristóteles en su Poética nos decía que la tragedia tenía la catarsis como componente esencial y que la visión de un caballo muerto puede ser desagradable en la realidad pero amena en la ficción.

Bueno, quizá esta entrada esté saliendo demasiado pretenciosa, pero la presencia del asesino en la ficción ha sido muy del gusto de lectores y espectadores. Es ya un tópico citar a Thomas De Quincey y su obra Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes -Alfred Hitchcock nos dio una extraordinaria lección vital y técnica de esa mezcla de arte, engreimiento y realidad en La soga utilizando este asunto-. De entre todos estos asesinos, uno de mis preferidos es Hannibal Lecter. Le conocí, como casi todos, en El silencio de los corderos, la magnífica película de Jonathan Demme, le seguí, animado ya como lector en las obras del creador del personaje, Thomas Harris, me siguió cautivando en Hannibal, dirigida por Ridley Scott, el director de Blade Runner, de la que un día habrá que hablar largamente… y me apeé en El dragón rojo, que me dejó indiferente. Y creo que no es difícil conservar en la memoria a Jodie Foster acercándose a la celda acristalada del asesino sociópata, la penetrante mirada de Anthony Hopkins que desnuda toda su interior en un vistazo, un olfateo y dos comentarios atinados. Hannibal no deja de ser elegante, aunque conozcamos sus pequeñas manías y aficiones destructoras (o vivificadoras: ¿tiene algo de personaje vampírico?). Y es capaz de asesinar salvajemente a un guardia pero quedar embebido por la belleza de un pasaje de música clásica. Es impecable en sus maneras, sea con un sombrero en una ciudad italiana o ataviado con el tosco mono carcelario en su celda de aislamiento. Y siendo abominable, abomina de la grosería, de la mala educación y de la simplicidad. Pintor, músico, humanista… brasea en vivo un apetitoso cerebro; colaborador interesado, maníaco, esnifador del aliento de Clarice Starling, pero implacable con la vulgaridad. Hannibal Lecter es uno de esos personajes que nos aterra y nos encandila a partes iguales, como ya ocurría con el Norman Bates de Psicosis, aunque Lecter lo haga desde la admiración y Norman Bates lo haga desde la compasión. Curiosamente, el apocado Bates y el psicópata transformista de la primera película de la serie tuvieron como inspiración probable un asesino real, Ed Gein. Probablemente, esto no hubiese sido posible sin la maestría del galés Anthony Hopkins, talento creativo que supo transformar una adolescencia difícil en una fuerza artística que no se detiene en la interpretación, sino que también alcanza a su labor como concertista de piano (el próximo año empieza una gira) y compositor. Pero qué malos son los malos, Dios mío. Y qué miedo y placer nos dan…

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Garfiobl

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Coyote

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