— Verba Volant

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Seducción

URB iPhone 020b

Nunca me ha preocupado cumplir años. Las convenciones nos marcan el ritmo de nuestras vidas con una rigidez tan suprema que nos olvidamos de que no somos muy distintos de los que fuimos ayer ni de los que seremos pasado mañana. Esta mañana, sin embargo, me he planteado las cosas de otra manera. El tiempo y la vagancia se me han echado encima y he dejado abandonada la bici para ir en coche al trabajo. Al final, he llegado con tiempo suficiente y me he puesto a mirar por dentro del coche y de mí mismo. De la mirada al vehículo queda la constancia de la foto que encabeza la entrada.

El tiempo –mi tiempo- ha quedado enmarcado entre el volante que va indicando el rumbo de la vida, con la inercia y la facilidad que supone disponer de dirección asistida. Al fondo, la palanquita con la que indicamos las intermitencias. Izquierda-derecha. Derecha-izquierda. La misma que impulsamos para dar las largas a todo aquel que nos importuna o nos molesta. Vamos hacia la derecha o hacia la izquierda según nos lo permiten las señales y el código de circulación, pero a veces –muchas veces– elegimos nuestro camino. Giramos hacia un lado para acortar y nos metemos en un atasco. Giramos hacia el otro y nos encontramos con el páramo desierto. Lo molesto de elegir entre la izquierda y la derecha es el puñetero ruidito que tenemos que aguantar, que hoy me ha recordado a las manecillas de un reloj molesto.

Me ha dado la impresión –hoy– de que cada vez que elegimos nos quedan menos alternativas entre las que elegir, aunque el tiempo es todo lo ancho y todo lo largo que quiere y que queremos y que nos dejan. Hoy han caído 43, como el licor. No son muchos ni pocos. Son bastantes, que no es ninguna tontería. Y, mientras tanto, la melancolía de lo vivido y la esperanza del porvenir han sido las escobillas del parabrisas, que nunca limpian del todo la luna del parabrisas.

Y todo para recordarnos que el mundo no es perfecto y que siempre hay un asqueroso mosquito que se estampa antes que nosotros en un cristal que ya no es transparente. Quizá nunca lo haya sido.

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Irina031

Para los que crean que estas entradas son un mero juego literario, les diré que, en efecto, lo son. Entre otras cosas, porque los juegos literarios no son sino los juegos de la vida y, por lo tanto, la vida misma. Y para muestra, un botón. La bilirrubina es una canción que me rondó en la mente y en el corazón durante seis largos meses de mi vida. Y no por las razones pegadizas por las que todo el mundo la recuerda, sino por mis propias circunstancias vitales. Por motivos que no vienen al caso aquí (pero tras los que se agazapa uno de los enemigos a los que más odio, la amoxicilina-clavulánico que, como los malvados, tiene un alias: «Augmentine»), sufrí una hepatitis tóxica hace cuatro años. Yo, que soy un tipo más bien sano, me cuido en todo, hago ejercicio, casi no bebo y que las peores empresas que acometo quedan en la imaginación, empecé a notarme extrañamente cansado, con un cansancio que no se puede expresar con palabras y comencé a tener unos picores que no procedían de la piel, sino que parecían surgir del propio infierno interior. Pasé unos días fatales en casa, pero fue en el trabajo donde me empezaron a decir que tenía muy mala pinta, que tenía un color raro… En uno de los episodios de House, éste le decía a un paciente con un caso parecido: «¿Qué me pasa, doctor?». «Nada, que en su casa no le quieren… Tiene un color extrañísimo y no le han dicho nada, lo que significa que pasan de usted como de la mierda». No sé yo si este era el caso, pero lo cierto es que en el hospital me diagnosticaron una hepatitis morrocotuda y yo acabé tan amarillo como sólo lo puede estar un Simpson hepático perdido o como alguien que tiene en la sangre cuarenta veces más bilirrubina que una persona normal, tal y como era mi caso. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, arriba y abajo, amarillo-anaranjado hasta el blanco de los ojos, abajo y arriba, no hacía más que canturrear para mis adentros «Me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras». Y, desde entonces, he asociado la bilirrubina al hígado (obviamente), al hígado metafórico y a la desesperanza, el cariño y al amor perdido. Hoy, totalmente curado de hepatitis y de espanto, miro, Irina, tus ojos; miro, Irina, tus labios; miro, Irina tus bonitas porciones y desórdenes de pelo, y no puedo evitar cantar, esta vez a pleno pulmón, esta vez desde el convencimiento, esta vez desde la seguridad de querer a lo que existe desde lo que se erige y se desvanece, que me inyectaron suero de colores, que me sacaron una radiografía. Que, a la postre, me diagnosticaron mal de amores al ver como latía mi corazón. Que me trastearon hasta el alma con rayos X, con cirugía. Pero la ciencia, Irina, no funciona. Sólo tus besos, vida mía. Inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño. Porque me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Y no lo quita la aspirina, y mucho menos un suero con penicilina (la muy jodida, lo pone peor). Y todo esto, Irina, mientras escucho a Pedro (Guerra) y cuando te miro y tú no me miras. Y así, la bilirrubina tras la que vislumbré antaño la desesperanza, es hoy el amarillo más cercano al sol, que es nuestra fuente más cercana de alegría y de calor. Nunca he amado a nadie tanto como en estos días al transporte urbano.

(Chipirón negro, que nunca se ha ido, vuelve a atacar con saña. Lo advierto para sus partidarios y detractores. Mañana, los resultados.)

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Irina Psoas

Los músculos no deberían de erigirse en símbolo de fuerza, sino en trasunto de la cohesión. Asocian nuestra fea carcasa con el estimable propósito de impregnarla del ímpetu justo para afrontar la vida. Se estiran y contraen según la circunstancia y la necesidad, y recorren también toda nuestra espina dorsal exactamente del mismo modo que corretea también por ella el cosquilleo de nuestro amor convertido en pasión. Hay músculos con distintos renombres y fortunas, de los cuales no toca hablar. A mí me gusta el psoas. Sus vecinos abdominales están demasiado sobrevalorados y, entre todos ellos, este músculo es bello, modesto, funcional: no hay quien lleve una pierna hacia arriba sin su eficaz colaboración. Y que no se le olvide a nadie que Platón partía nuestra alma en tres, con la cabeza para la razón, el pecho para el deseo y el abdomen para la concupiscencia. Todos esos placeres bajos lo son por ubicación pero no por la estima que les tenemos y por la importancia que les concedemos en nuestra auténtica vida, que es la imaginación.

El psoas colabora tenazmente en la cantidad mínima del 90-60-90 (esa proporción áurea del imaginario masculino). Lo elevado de los extremos no es sino muestra de lo evidente, de lo procaz pero necesario. El pequeño número central es el contraste del número cuando n ansía tender a cero. El cuerpo es un lugar para perderse y, cuando empezamos el suave vaivén hacia el segundo perfecto, nos enfrentamos inevitable e inconscientemente al psoas y sus adláteres, sus secuaces en el camino del deseo. El legionario que protege los territorios más exiguos de nuestro cuerpo hecho nación, cual isla Perejil en el confín de la nada, en el conjunto de una soberanía muscular disputada, contraída y relajada.

Tenemos toda una vida para vivir. Todo un otoño, todo un invierno para soñar. La primavera, Irina, es el momento de la consumación del deseo lábil. Tu psoas es el músculo en el que quiero perderme. Y, como dijo Ortega y Gasset en una cita viciada del libro supremo, «Sólo el que se pierde se encontrará».

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Intyscan 2801

Hoy voy a serenar mi alma enlazando mi propósito de hablar de lo interno y de lo externo con el deseo, que parece haber explotado en la primavera de la Red. Y hablaré de «las partes» de nuestro deseo. Los marranos y adláteres, pueden saltarse la entrada, porque no voy a hablar de evidentes zonas erógenas, ni siquiera de hormonas enfundadas en la necesidad del reciclaje homeostático y su ciclo piramidal. Es tradicional situar los sentimientos (el amor, el deseo) en el corazón. Los árboles con el músculo del corazón tatuado han abierto el pálpito de miles de navajas, han hecho florecer las ramas a ritmo de taquicardia y han sufrido la parada cardíaca del infarto de miocardio agudo que supone el fin de la relación. Pero no ha sido la única parte de nuestro cuerpo a la que se han vinculado los sentimientos. Según parece, el corazón no es la causa, sino la consecuencia, y es el hígado el que libera el deseo amoroso y el que conduce algunas hormonas al aceleramiento sentido de nuestro pecho. Así lo creían también muchos médicos griegos y árabes: ¡qué bonito hubiera sido ver los folletines del corazón convertidas sus páginas en finas láminas de hígado! Ahora vamos descubriendo que las riendas las tiene el cerebro. No como parte racional que gobierna, sino como parte integral que rige y manda. Así que nuestro deseo explota por los poros, por los músculos y por las glándulas pero tiene el detonante y el detonador en nuestra cabecita. Linda y complicada.

¿Qué extraño vericueto de nuestras mentes nos conduce a desear? ¿Cuál es el eje que une nuestra mente y nuestro cuerpo? ¿Qué mecanismo activa los interruptores de nuestro querer, de nuestro desear? Yo, Irina, no lo sé. Sólo pienso que el deseo oprime desde la necesidad y de la seducción desde la inteligencia, que somos pequeñas moléculas de nada, pero perseverantes granos de polvo enamorado, como decía Quevedo. Y que el deseo aflora desde lo más hondo para iluminar cada momento lejano del Universo. Y caemos rendidos a la seducción y al deseo, como alfombra que marca el camino hondo de nuestras vidas. Como decía Guillermo de Baskerville (esta vez en la versión cinematográfica de Annaud): «Que pacifica sería la vida sin amor Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa». Ay, Irina: y eso que el alma, como la esencia de lo incorpóreo ya no existe. Está en el cerebro. O, lo que es lo mismo, en el hígado, en el corazón. Tu alma, Irina, mientras me escuchas con calma, se ha trasladado a mi sentimiento.

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Cuerpos Bell021

Amigos míos, es triste ver cómo se tergiversa el contenido sobre el cuerpo, sobre el alma y sobre el deseo hasta convertirlo en forma, manierismo en esta cochina impudicia que es el mundo de las nuevas tecnologías. Imágenes y fotografías de Irina robadas, iridiadas, fosforescentes y convertidas en espejos de lo que pretendéis ser. Y exhibida y comentada en enlaces y cadenas de la libido y del hipervínculo, si utilizamos esa abominable palabra que os gusta emplear. Habéis convertido su rostro y su cuerpo en vuestros rostros y en vuestros cuerpos; la habéis despojado de su atributo humano para hacerla carne. Os arrogáis propietarios de su mirada, exclusiva o compartida, pero ninguno de vosotros la conocéis. Yo la descubrí en un lejano febrero de 2006, en una revista griega y sus ojos atravesaron el papel de la revista para atravesarme el corazón. He utilizado todos los medios a mi alcance, todo mi ánimo escaso para seguir sus pasos, las curvas de un cuerpo quieto que se mueve sólo para mí. Un día, noté que sus labios se movían, se alzaban en una tierna sonrisa. Sus párpados bajaron hasta el nivel de quien no necesita reconocerse con la mirada. Y movió una onda de su pelo hasta dividir su rostro en dos mitades con su melena agitada, siempre oscura y cercana a los ecos de la respiración. Soy la potencia de su acto, la enseñanza de su acción, el motor primero que envuelve cada marca sinuosa de un cuerpo que invade el universo y lo restablece en la cálida armonía del caldo primitivo y primigenio. Soy la fuerza del volcán, el ímpetu supremo, la ascensión incesante. Ella, desprotegida, necesita un Pigmalión, un mentor en este mundo de sombras, en este mundo de depravados que la miráis con el deseo, con la negra concupiscencia. Blogófago, Pedro, Raúl… sois unos chicos muy pero que muy malos. Irina es mía, ella lo sabe. Buscad otros cuerpos en los que contemplaros. Estropead relojes para matar el tiempo, navegad o sumergíos en las acequias o haced que las palabras vuelen hasta que estallen, pero dejadla en paz.

(La imagen de la entrada pertenece a la segunda edición del manual Anatomy of the Human Body de Bell, 1804)

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