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 La cuarta ventana, de Bachmont

Es parte de una obsesión y de un proyecto y ya dejé un avance hace unos cuantos años aquí en forma de relato de amor. Recuerdo de qué se trata: se introduce un texto en el traductor de Google y se le pasea por unos cuantos idiomas hasta que se le trae de vuelta a nuestra lengua.

El texto inicial ha sido breve, en este caso un microrrelato:

Ella miró por la ventana y pensó que podía hacerlo

Y el paseo que hemos dado al texto han sido las traducciones automáticas al somalí (Waxay fiirisay daaqada iyo maleeyay in uu samayn kareen), al húngaro (Úgy néztek ki az ablakon, és úgy gondolta, hogy nem), al finlandés (He katsoin ulos ikkunasta ja ajattelin, että ei), al vietnamita (H? nhìn ra c?a s? và tôi ngh? r?ng có), al lituano (Jie ži?r?jo pro lang? ir ten galvoja), al criollo haitiano (Yo leve je l ‘fennèt la, li panse ke gen), al catalán (Ells van alçar la seva finestra, i pensen que hi ha) y al inglés (They raised the window, and think that there).

Traído el texto de vuelta al español, nos encontramos con

Levantaron la ventana, y piensan que no

Y vemos que la determinación abocada al abismo puede, gracias a las palabras automáticas, convertirse en algo plural, en algo imposible e inconcluso.

(Imagen de Bachmont.)

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Quiero traducir una novela de amor, sea cual sea el idioma en el que esté escrita. Quiero trasladar los sentimientos, que son poco trasladables, o otra lengua, que lo es –quizá– todavía menos. Aunque en algunos idiomas me las apañaría mejor, prefiero elegir una lengua recóndita y casi inaccesible. Mi instrumento será el traductor de Google y el procedimiento será el siguiente: cogeré un texto escrito, por ejemplo, en bielorruso y lo traduciré automáticamente al francés. Del francés lo transvasaré al alemán. Del alemán, al estonio. Del estonio, al italiano. Del italiano,  al indonesio. Del indonesio, al tagalo. Y por último, del tagalo al español. Asumiré el resultado como propio. Y luego haré con ello lo que me dé la gana. Buscaré un ilustrador que me haga unos dibujitos horteras y lo mandaré a una editorial reconocida firmada bajo un sinónimo (Carla Agustí). Repartiré beneficios.

Como muestra, una pequeña prueba, tomando un texto español para devolverlo una vez pasadas todas las fases con la adaptación pertinente:

Ella acercó sus labios titubeantes, deseosa de la unión imperecedera. Yo la atraje hacia mi cuerpo en un abrazo tan fuerte que los dos hubiésemos deseado que llegase siempre. Era lo más parecido a tener el paraíso dentro de nuestros corazones.

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  2. Sur ses lèvres en hésitant, voulant une alliance forte. J’ai tiré son corps dans mes bras si fort que les deux jamais venu nous le voudrions. Il a été le plus proche de paradis, les cœurs.
  3. Auf den Lippen zögernd, wollen ein starkes Bündnis. Ich zog ihren Körper in meinen Armen so stark, dass die beiden nie wieder den Weg. Es war das am nächsten zum Paradies Herzen.
  4. Hesitatingly tema huulte ja tugev liit. I tõmmatakse tema keha minu käsi nii tugev, et kaks kunagi oma teed. See oli kõige lähemal südames paradiis.
  5. Esitante labbra e una forte alleanza. Ho tirato il suo corpo tra le mie braccia così forte che i due non è mai la sua strada. E ‘stato il più vicino al cuore del paradiso.
  6. Ragu-ragu bibir dan aliansi yang kuat. Aku menarik tubuhnya ke dalam pelukanku begitu kuat bahwa kedua tidak pernah jalan. It ‘adalah jantung terdekat dengan surga.
  7. Nag-aalangan labi at isang malakas na alyansa. Hinila ko siya sa aking armas kaya malakas na ang dalawang mga hindi daan. Ito ‘ay ang pinakamalapit sa puso ng paraiso.
  8. Vacilante y sigue siendo una alianza sólida. Me tiró de él en mis brazos tan fuerte que los dos de ninguna manera. Es es el más cercano al corazón del paraíso.

Por último, haré algo como esto:

Nuestra relación era vacilante, pero el paso de todas las noches la convertía en alianza sólida, imperecedera. Me acercó hacia sus brazos tan fuerte que los dos pensamos que la relación sería tan evanescente que no podría funcionar de ninguna manera. Nuestros cuerpos enlazados eran lo más parecido a la eternidad.

Espero que los millones que ganen sean argumento consistente para mi originalidad.

(Esta entrada es un homenaje a muchas de las novelas traducidas en español Al menos, esa pinta tienen. La imagen es de Tochis.)


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¿Os cuento un secreto? Normalmente, utilizo ordenadores distintos según el tipo de entrada que escriba en el blog. A veces otras circunstancias obligan a cambiar, pero suelo utilizar para las entradas más íntimas el ordenador portátil, un MacBook precioso, agradable y cuyas dimensiones se ajustán más al ámbito de lo personal y lo privado.

Hoy escribo desde el Mac. Tengo mi ordenador de sobremesa a un metro, encendido, con su monitor de pantalla enorme esperándome, pero estoy reclinado, con la espalda vencida, hacia el blanco inmaculado de este bonito instrumento.

Como en demasiadas ocasiones en estos tiempos, escribo con el contrasentido de no tener nada especial que decir. Simplemente, me pongo a ello con una pequeña idea (o sin ninguna), con un estado de ánimo (bajo, normalmente) o con un chiste o burla (normalmente malo, o cruel, o ambos).

Hoy voy a ser tan repetitivo como para invitaros a dejar de leerme desde ahora mismo. Sin embargo, lo quiero hacer público. Es un secreto que sólo unos poquitos blogueros amigos de la Burgosfera –y nadie más– conoce: escribo muy de tarde en tarde un blog para mí mismo. Es el colmo de la estupidez y de la incongruencia con el mundo comunicativo que defiendo, pero necesito crear esa ilusión de comunicación externa conmigo mismo. Esta entrada, por lo tanto, cabría más allí que aquí, pero ha caído de este lado. Lo siento.

Lo he repetido hasta la saciedad. Uno de mis estados más enfermizos desde pequeño es creer que la ficción es verdad, aunque no en el sentido quijotesco. Cada vez estoy más convencido de que la ficción explica mejor la vida que la vida misma, de ahí mi pasión suprema por todo tipo de arte. Mis debilidades, que ya todo el mundo conoce, son la literatura y el cine. También mis seguidores más fervientes saben que, dentro del cine, creo que lo mejor de lo mejor, por regla general, se ha dado hace ya algún tiempo. Y soy capaz de ver, visitar y revisitar los maravillosos clásicos del cine americano. Una y otra vez, sin descanso, obnubilado por su perfección. Me gusta otro tipo de cine y no he quedado anclado en una época en la que no había ni nacido, pero en muchas de esos filmes he logrado atisbar gran parte de la Realidad que conozco.

Decía ayer a mis alumnos, y lo he repetido a todo aquel que me haya escuchado más de tres minutos seguidos, que el buen arte (el arte bueno) te cambia la vida. Ellos se sonreían cuando les decía que los cuadros de Mondrian cambiaron mi vida. Alguna chica muy espabilada y socarrona, que piensa que la pintura de Mondrian es estúpida, se me quedaba mirando, una vez más, como quien piensa que estoy de coña, o de exageración, o dándole muchos más pies al gato de los que en verdad tiene. Pero esta alumna sabe que a ella le pasa lo mismo con otras muchas cosas. Hay canciones que me han cambiado la vida. No porque estén asociadas con cosas buenas o malas que me hayan sucedido, sino porque son merecedoras por sí mismas de suponer un cambio en el estado de mis cosas. Me cambia la vida ver una fotografía inteligentemente compuesta y mirada con la sensibilidad del corazón.

Últimamente, las series de televisión cambian mi vida. No todas, naturalmente. Muchos me preguntan de dónde salen esas series. Me dicen que no las echan por televisión. Algunas las ponen en canales de pago, que yo no veo.  Es más: casi no veo la televisión. Pero tengo un disco duro multimedia, unos traductores generosos y un grupo de amigos por todo el mundo con los que comparto cosas. Alguien en un lugar muy lejano piensa que una serie de televisión le cambia la vida y decide que lo mismo le puede ocurrir a alguien a miles de kilómetros.

Ahora estoy viendo la segunda temporada de In Treatment, una serie que me ha llenado de inspiración en algunos momentos del blog. Es una obra de arte que me llena y me desasosiega a partes iguales. Disfruto viéndola y, sin embargo, no puedo reprimir un regusto a sufrimiento y desesperanza. Estoy viendo la segunda temporada con otros ojos, porque he conocido la terapia por dentro y por fuera, pero también porque veo a un protagonista abocado a la soledad, al fracaso, a la miseria de intentar arreglar la vida a los demás cuando su propia vida está rota. Veo en sus acciones y omisiones, en sus palabras y en sus silencios todo el dolor de vivir, paso por paso, acción por acción.

Me he pasado ya casi media vida dando lecciones de lo que ignoro, intentando iluminar a otras personas mucho más jóvenes que yo para que encuentren, por sí mismas, el sentido de su existencia. Para que escojan un buen camino. Les intento hacer sonreír y casi siempre intento estar sonriente. Ellos no saben que mi estado de ánimo suele ser muy triste y que yo voy dando tumbos sin saber cuál es mi destino. Me siento como un falsificador de moneda, como un pintor de réplicas baratas, como un tahúr que enseña el póquer de ases a todos cuando esconde en la manga una mano de cartas sin ningún valor.

¿Qué se puede enseñar cuando no se sabe? ¿Qué destino se puede enseñar cuando uno no tiene mapas ni brújulas? ¿No engaño a los demás con una sonrisa cuando creo que el mundo está lleno de tinieblas?

En el capítulo quinto de esta serie, he apuntado tres frases. Ójala algún día algún alumno, algún amigo, alguien en la vida me las pueda explicar. «Quiero saber qué sentir». «Ríete del caos de mi vida». «El riesgo de ser feliz».

Hoy no hay foto que valga. Mañana haré una mueca y estaré más contento.

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