Por Raúl, hace 1 mes

Serendipia

Garbanchip

Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.

Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.

(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)

Por Raúl, hace 2 meses y 5 días

El talento de andarse por las ramas

 Hoja

Cuenta el Chiri, amigo de Hernán Casciari,  -también se puede escuchar- que un día en clase la profe de Lengua pidió a los chicos que escribiesen una historia partiendo de este presupuesto inicial: «Los exploradores apartaron las ramas, y detrás apareció la ciudad perdida». Mientras todos los alumnos continuaron con desigual fortuna la historia de los exploradores, Hernán «se quedó en las ramas, y contó la historia de dos hormiguitas que cayeron al vacío, a causa del manotazo de un explorador». Esta es la base de la creatividad, la base del talento y la esencia del artista. Saber andarse por las ramas.

(La hoja que ilustra la entrada y la foto correspondiente son obra de Alberto)

Por Raúl, hace 5 meses y 28 días

La creatividad y los trastornos cerebrales

Birth & Death, de Morgan Fox

¿Cómo desenravelar -y desenredar- un bolero de Ravel sobre un lienzo? ¿Alguien conoce el secreto para pintar una migraña? ¿Ayuda padecer una afasia progresiva a desarrollar la creatividad artística? ¿Qué secreto esconde la zona posterior derecha del neocórtex? ¿La demencia prototemporal es un pasaporte para la excelencia pictórica? Un artículo del NYT nos desvela la relación existente entre ciertas enfermedades cerebrales y la expresividad pictórica de quienes la padecen. La visita a esta página , la lectura detenida de las patologías degenerativas o dementes de sus creadores y la contemplación simultánea de sus obras quizá nos revele aspectos sobre los que merece la pena reflexionar. Desde una óptica un poco lejana y extrema, diré que el arte se debe juzgar como tal, sea realizado con unas facultades, con otras, con una enfermedad o trazando líneas con el dedo gordo del pie. Pero la paradoja de que una enfermedad que retrae el cerebro en muchas tareas sobredimensione la creatividad de los pacientes no deja de ser una feliz y entrañable paradoja. Me gusta eso de que las creaciones humanas salgan de nuestro hemisferio izquierdo, que utilicemos el lado sano de nuestra cabeza (también que saquemos el lado insano a pasear, en ocasiones), pero me gusta mucho mucho que haya una parte tan desconocida de nuestro yo que sea capaz de desmoronarse y erigirse a la vez. Es el colmo de la paradoja hecha arte. Por eso, quiero dejar aquí constancia de mi admiración por el cerebro de todos esos artistas a los que no tenemos que ver con pena, sino con sincera y enferma admiración.

(La obra Birth & Death es de Morgan Fox, enferma de Alzheimer)