— Verba Volant

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Tag "Historias de correr"

Runners, by Marco

Esta tarde se celebra la Nocturna de Modúbar, una carrera preciosa en la que se contará con 2.500 participantes en las modalidades de carrera, senderismo y canicross. La he corrido en las dos ediciones pasadas y no dudé en apuntarme (tampoco es cuestión de dudar mucho porque, el mismo día en el que se abre la inscripción, las plazas se agotan a las pocas horas). Otros años he entrenado más. En esta ocasión, una molestísima alergia al cloro me ha dejado fuera de la piscina durante mucho tiempo y me ha impedido también prepararme en condiciones para la carrera, ya que casi no podía respirar. Si a eso le sumamos todos los días de lluvia que hemos sufrido (me gusta correr con calor, con frío, con nieve… pero nunca lloviendo), la cosa se ponía cada vez más difícil.

El caso es que la semana pasada, cuando iba entrenando 16 kilómetros a un ritmo lentísimo , pensé que no iba a correr. Que para hacerlo mal no merecía la pena. Que quería hacer la prueba, al menos, a menos de 5 minutos el kilómetro. Que el ácido láctico me iba a atenazar las piernas e iba a estar dolorido durante la prueba y dos días después. Todo eran excusas que me lo ponían muy fácil. Un pequeño tirón en un abductor apareció cuando ya quedaban pocos kilómetros para llegar a casa: pensé que lo tenía claro. Bajé un poco un ritmo –que ya era muy lento– y noté que podía seguir corriendo. Y, en ese momento, decidí que, por supuesto, participaría en la Nocturna. He corrido algún que otro maratón, muchos medios maratones y unas cuantas carreras más cortas y no me he retirado nunca. Y ahora no voy a abandonar antes de empezar. Si corro despacio, ya lo haré más rápido a la siguiente. Por lo tanto, esta noche me enfundaré la malla y la camiseta, me ataré unas zapatillas razonablemente nuevas, me pondré el frontal para iluminar las sombras de la noche y disfrutaré de un gran momento. Y pondré con imperdibles un dorsal que me empuje, un día más, a seguir. Porque no correr no es una opción.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen de Marco.)

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Runner, de Sw Swann

Frente a otros muchos aficionados, a mí no me molesta que correr se haya puesto de moda: ahora en cualquier lugar “civilizado” te encuentras corredores hasta en la sopa. Ni siquiera me molesta que, para el noble arte de correr, se calcen unas zapatillas por encima de sus posibilidades y de sus tiempos y de sus kilos o que, antes de correr dos minutos seguidos, tengan un aparato GPS, pulsómetro, altímetro, brújula y la biblia-en-verso. No, no me molesta que corran al ritmo de una música que llevan dentro de un teléfono listísimo embutido con una funda en su brazo. No me molesta que se haya puesto de moda ni que el que empezó a correr hace dos días dé lecciones de ritmos y de isquiotibiales. No me molesta, sino que me agrada, que ahora haya mil y una carreras, solidarias y no, de montaña y de asfalto, nocturnas y por la mañanita bien temprano.

No me molestan todas estas cosas porque correr es mucho mejor que cualquier otra cosa. Porque correr enseña a perseguir objetivos a medio o largo plazo, pero nunca ofrece su golosina a la primera de cambio. Porque correr te pone en contacto con el suelo pero te invita a mirar el cielo cuando llegas a una meta. Porque, antes o después, correr provoca darle la vuelta a muchas rutinas en la vida cotidiana. Porque correr te conduce a muchos más sitios que a los que se piensa antes de comenzar.

Eso sí, hay una cosa que no soporto. Que me supera. Que me revienta. Y es que me cambien el nombre y el oficio. Y que algunos gilipollas no sean lo que tienen que ser y sean simplemente… runners.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen Sw Swann.)

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Kurs

Hay días que corres por afición, hay días en que corres porque lo necesitas. Y hay días que corres porque sí. Sin más.

Hoy me he enfundado los calcetines, una camiseta térmica, unas mallas y un cortavientos. Cuando me ajustaba las mallas, notaba el dolor del ejercicio de ayer. Pese a todo, he seguido con el ritual. Me he ajustado bien los cordones de las zapatillas y he temido, una vez más, que ese pequeño roto en la parte interior del talón de la zapatilla derecha me va a dar un disgusto más pronto que tarde. He bajado lentamente las escaleras y, mientras iba trotando muy lentamente, he ido ajustando mis guantes, que tienen más rotos que descosidos. Como he comprobado que volvía a llover, me he puesto la gorra.

La lluvia me ha impedido correr por la hierba, a lo largo de la ribera del río. Mis piernas se han ido cargando con los golpes sobre las losetas, sobre el asfalto. Cuando corres, tienes que poner un ritmo. Hoy mi ritmo no era el del pulsómetro. Hoy mi cronómetro no me marcaba las referencias. He dejado, como muchos días, que la disciplina me la imponga la respiración: sabes que corres bien, a ritmo aceptable, cuando respiras fuerte pero no jadeas; sabes que corres bien cuando tú llevas tus piernas y no al revés.

La temperatura, perfecta. La lluvia, la suficiente para ir mojando las gafas; la oportuna para no impedirte avanzar. He llegado a una cuesta inmensa. Ayer ya me había enfrentado a ella. Hoy lo he hecho marcando más las zancadas, impulsándome con más fuerzas. Ayer vencí a la cuesta y me dejé caer en la bajada. Hoy vencí la cuesta todavía más rápido. Me he deslizado por la bajada. Y he vuelto de nuevo a enfrentarme a la cuesta. Más rápido. Más fuerte. Porque hay días que corres porque sí y das una vuelta por el campo. Y por tu voluntad.

(Imagen de Frédéric Glorieux.)

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Existen tantas sensaciones al correr como personas. Los hay corredores en busca de un hueco libre en el día, sea cual sea la hora; madrugadores impenitentes; abnegados dispuestos a rebajar su volumen de comida rebañando las horas del almuerzo; animosos que exprimen la jornada y concluyen con su momento de entrenamiento. Yo he pertenecido, según las circunstancias, a varios de estos tipos de corredores, pero prefiero, por encima de todo, correr a las primeras horas del día, cuando la madrugada ronda el cielo pero no lo invade: es la sensación de correr hacia la luz, de correr ganando al día. De descubrir la hoja del calendario percibiendo, antes, todos los olores y todos los matices de lo que está recién estrenado.

El otro día, sin embargo, hice una excepción a mi costumbre y salí a correr cuando oscurecía. No me gusta encontrarme, de pronto, con la oscuridad acechando detrás de cada sombra, detrás de cada árbol. Me trae recuerdos funestos de un día de enero, hace años, en la noche de un hospital. Sin embargo, ese día el reflejo de la nieve me devolvía algo de claridad y de compañía. El suelo estaba cubierto de una nieve que ya era hielo. El frío pugnaba por conquistar el espacio entre mi piel y la camiseta térmica. Llegué a mi punto intermedio habitual con una luz diurna todavía aceptable y, al volver, sentí que empezaba una carrera por llegar hacia la luz. Miraba cómo el cielo iba recubriéndose del betún congelado de la noche, pero mis zancadas iban apurando cada resquicio de luz. Se puede decir que, ese día, gané a la noche, a la oscuridad por un pelo. Lo negro cayó cuando yo estaba refugiado en las luces cálidas y artificiales del centro de la ciudad. Al parar, con el contraste entre mi calor y los grados bajo cero, respiré profundamente. Expulsé una bocanada de aire caliente para demostrar que, esta vez, todavía quedaba algo de luz, algo de vida dentro de mí.

(La foto registra el momento de la llegada.)

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¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Es una pregunta habitual que le hacen al corredor que se enfunda la ropa dispuesto a salir a trotar una mañana de invierno, con la nieve cuajada en el suelo y los copos abundantes cayendo del cielo. Lo que no saben muchas personas es que la nieve es uno de los mejores aliados para el corredor asiduo. Cuando se corre sobre la nieve, solo hay que obedecer un par de mandamientos: uno, no pararse (los tejidos del atuendo del corredor conservan muy bien el calor propio, pero aceptan bien pronto el frío que le rodea); dos, prometer una y mil veces que se va a salir a trotar más que a correr, a disfrutar más que a entrenar de forma intensa, a sumar kilómetros más que a apurarlos. A cambio, un suelo mullido (no hay que confundir el correr sobre la nieve que sobre el hielo) que alivia las tensiones en los tobillos, en las rodillas. A cambio, un camino inmaculado que vas inaugurando como si fueses el único ser humano sobre la tierra. En la nieve, todo se magnifica: los sonidos, que son los de la naturaleza; el silencio, que solo es invadido por la respiración a modo de flujo de consciencia; la luz, que ilumina a ciega a partes iguales. A cambio, un encuentro de tú a tú con la naturaleza, con el aire limpio.

¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Sí, avanzar sabiendo que tienes muchos minutos por delante, pero sabiendo, a la vez, que tienes que ir mirando detenidamente los pies. Sí, respirar con ansia pero con prudencia, que el aire tiene que canalizarse, tiene que ser inspirado adecuadamente para que te vivifique y no te rompa. Sí, superar ese momento en el que te quedas atascado, en el que tienes que hacer un esfuerzo adicional, en el que tienes que sacudirte de nuevo las zapatillas para que el agua helada,que ha sido tu compañera, no se convierta en un enemigo peligroso.

Ayer corrí bajo la nieve y, una vez más, volví a casa con la sensación de que merecía la pena, al menos, vivir un poco más para sentir la tierra con unos centímetros de belleza como mediadora del universo.

(Esta entrada es la primera de una serie que se titulará Historias de correr.)

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