El suave y sonoro umami amarillo

amarillo

Como soy un ignorante, creía que mi gusto sólo distinguía lo dulce, lo salado, lo ácido y lo amargo, pero hoy me ha sido revelado el umami. Como soy daltónico, mi cerebro recibe los colores como le viene en gana. Como no soy joven, no alcanzo a oír el silencio de los sonidos y, como no soy viejo, no alcanzo a oír los sonidos del silencio. Como soy escrupuloso y algo tiquismiquis, huelo los malos alientos, los sudores enclaustrados y la fetidez de las extremidades, pero pocas veces me emborracho con el olor adusto de los olores naturales, embadurnados tristemente por los ambientadores y las esencias superpuestas. Como soy tonto, no desarrollo el sentido del tacto todo lo que mi deseo desearía, amoldando mis manos a mis gustos más recurrentes y exquisitos. Todo esto, en sí, ya es una agonía sensorial sin remedio ni salida.

Pero ha surgido algo peor. Como soy filólogo, creía que la sinestesia era mentira (y, por lo tanto, arte), y que el dulce mirar o la soledad sonora eran maneras bellas de expresar lo inexistente en su existencia propia y más genuina. Como soy curioso, he descubierto que la sinestesia es verdad (y, por lo tanto, arte), aunque sea una verdad patológica (y, por lo tanto, arte). Y me ha gustado. Así, hay quienes degustan la acidez del amarillo, perciben la rugosidad de la nota musical o huelen el bamboleo de las ramas de las acacias en una plácida tarde de primavera. Así, hay quienes viven en una sinfonía sensorial sin orden, sin concierto y sin fin premeditado y previsto. Como soy ignorante, daltónico, no soy joven ni viejo, escrupuloso y tiquismiquis y tonto, como soy filólogo y soy curioso, vivo en un mundo sin principio, sin fin. Sin orden, ni concierto. Sin confines delimitados por la normalidad y sus secuaces. A veces no entiendo, a veces no oigo, a veces no veo y no degusto ni mastico despacio los instantes irrepetibles que la vida expone en su muestrario a dos palmos de mi deseo. Como soy humano, a veces no lo entiendo. Como soy humano, me apasiona ese sinsentido. Es, lo que llamaré, a partir de ahora, “el suave y sonoro umami amarillo”.

(Imagen de Any Manetta

4 comentarios en “El suave y sonoro umami amarillo”

  1. ¿de qué color es tu sombra?

    ¿con qué sueñan los olores?

    ¿dónde se recarga la energía de los verbos?

    ¿a qué se dedican los espacios entre las cosas y los blancos entre las palabras?

    ¿de qué hablan un silencio y un blanco?

  2. Mmmm los olores… son capaces de proporcionarme momentos tremendamente placenteros (pocas veces, la verdad) y otros enormemente repugnantes (la mayor parte de las veces) en casi todas las ocasiones es preferible ser mutilado sensorial.

    Mafaldia como Ladylibrarian estamos en unas fotos que hemos colgado de una excursión que hicimos a Soncillo

    Encontrarnos ahí es como buscar a Wally, je, je

  3. ¿a que huele verba volant? hmmm a aire, ¿a qué huele Burgostecarios? a ¿cerrado? ¿a biblioteca? espero que no, la biblioteca al final del día huele fatal. Tu curiosidad puede quedar un poquito más despejada porque tanto Mafaldia como Ladylibrarian estamos en unas fotos que hemos colgado de una excursión que hicimos a Soncillo…

  4. Pues creo que me produce una sinestesia muy placentera Verba Volant y un dolor de cabeza espantoso comer algo con glutamato (por mucho umami que digan los expertos orientales que hay que desarrollar)

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