«No dejes que otros se den por aludidos, no escribas para todos ni para nadie, Garbanzo Negro: limítate a escribir para ti y para el pulso acelerado de tus venas. Olvídate del respetable, que no lo es tanto, y céntrate en eso que se te da también que tú, a base de impertinencias, llamas ego, probablemente sin saber muy bien a qué te refieres. Antes lo decía para picarte, pero ahora veo que dejas de escribir por miedo a hacerlo. Nunca te había visto tan timorato, tan vacilante. No permitas que otros te roben las palabras ni que las pongan en sus bocas: es como coger una dentadura postiza ajena y encajarla en tus encías a base de martillazos. Tu estilo es tuyo porque eres tú; eso lo levanta en todo lo que eres y lo desciende a lo más zafio, pero es tuyo, impersonal, intransferible. No aceptes todos los envites ni tires todas las toallas: siempre tiene que quedar margen para un órdago con el que ganar o perder la partida; siempre tiene que quedarte un trozo de felpa para quitarte la sangre, el sudor y las lágrimas. Nunca he creído que leer tu blog fuese la aproximación a la transparencia, porque ni siquiera en la literatura no existe cristasol a tiempo completo; tampoco es todo opacidad, porque las láminas de lo opaco suelen construirse con aglomerado barato que, rasca que te rasca, te deja llegar hasta el otro lado. Tu blog es tuyo, Garbanzo Negro. De nadie más y de nadie menos. Sigue escribiendo al ritmo frenético de esas venas palpitantes. (Hoy, como ves, me he permitido el lujo de portarme bien y de no meterme contigo. Tuya efectísima (sic): Chipirón Negro.)
Hoy tengo muy pocas palabras mías que decir que no sean las de mi apreciada Chipirón, quizá el único asidero que en estas semanas me ha mantenido en el reino (e infierno) de la escritura con lo que dice (ha vuelto hace tiempo a la costumbre del comentario privado diario) y con lo que calla.
Hoy, que me planteo escribir sobre el acto de la escritura, me doy cuenta que Verba volant no contaba con una categoría de «Escritura». Sí tiene una sobre «Creatividad», que como es obvio, tiene mucho que ver con la primera, aunque no son sinónimos exactos. Partiendo de lo obvio, hemos ido parcelando y especializando los términos de lectura y escritura. En un nivel elemental, la lectura y escritura son actos cognitivos e intelectuales básicos y que sustentan los cimientos básicos de la alfabetización. Son primero un acto psicomotriz que deriva en algo más complejo. Ya desde ese principio, la lectura es un acto más sencillo que la escritura.
La lectura y la escritura experimentan luego por una profundización. De la lectura más o menos mecánica y de la escritura más o menos reproductora de lo existente, pasamos a la lectura y la escritura como actos cognitivos ampliados a nuestra existencia particular. Es el momento en el que nos separamos de la lectura dirigida para proyectar la lectura como un acto vital, libre y más o menos espontáneo. Es el momento (no experimentado por todos) en el que nos ponemos ante un papel o una pantalla e intentamos escribir sobre el mundo o, al menos, intentamos contar a los demás el mundo desde nosotros. Es esta etapa fuertemente mimética. Elegimos, pero todavía preferimos volver a casa que adentrarnos en bosques desconocidos. Ampliamos nuestros horizontes, pero éstos no se corresponden con los confines del Universo.
El siguiente paso lo experimentan menos individuos todavía. Es el terreno de la lectura impulsiva y compulsiva, en la que descubrimos terrenos ignotos. Es el mundo en el que por primera vez descubrimos que esos confines del Universo de la realidad no son fijos, porque los ensancha permanentemente el mundo de la ficción. Al margen del terreno de lo posible, enriquecemos nuestra experiencia con personajes que no existían y que ahora nos explican; abundamos en el viaje de paisajes y lugares que no existían o de los que nos perdíamos una determinada perspectiva; el mundo de la acción no será ya solamente el mundo de lo pasado ni de lo posible, sino también el de lo futurible y lo impensado e impensable. En la escritura, los que se encuentran en ese nivel intentan devolver ese mundo de experiencias nuevas para regenerarlo, contradecirlo o ensancharlo.
El pasado 17 de abril El País publicaba una encuesta entre escritores para hablar de «La derrota de la página en blanco» en la que dan consejos (o no los dan) a los escritores que se encuentran con la página en blanco. Lo que más me gusta de esa encuesta es el hecho de no pueden hallarse muchos vínculos entre lo que dicen unos y lo que dicen los otros. Más allá de todo eso, algunos piensan justo lo contrario que otros. Esa es la maravilla de la escritura: un acto mecánico que puede enseñarse; una destreza que puede afianzarse; unas pautas ortográficas, morf0lógicas, sintácticas y textuales que pueden enseñarse; unas fórmulas que pueden aprenderse. Pero, más allá de todo lo evidente, un acto tan hondo y tan profundo que se nos escapa de las manos. Un acto que es relativamente fácil de explicar una vez que está hecho pero que nació para romper las planchas y los moldes que lo albergan para resurgir siempre en un acto nuevo.
Me gusta el acto de la escritura por lo que tiene de experiencia que no se conforma con los límites. Me gusta el acto de la escritura porque, al margen de recursos más o menos fáciles, es siempre un acto de misterio. Le mejor idea puede convertirse en podredumbre y la idea que parece que no tiene recorrido alcanza a llenar el mundo del matiz de belleza que le faltaba. Me gusta el acto de escribir y, sobre todo, el acto de escribir ficciones porque es un acto de invitación en el que menú de degustación versa sobre lo más íntimo de la personalidad. Me gusta también porque, como en toda invitación, a veces la comida es más bien escasa, a veces atraganta; a veces el plato está rico y otras, por quererlo demasiado sabroso, se arruina por exceso de pretensión. Me gusta el acto de la escritura porque es contradictorio: ayuda a pensar en uno mismo y, a la vez, a que uno se embarulle aún más; ayuda a la locura y a la cordura; ayuda a enseñar cosas de uno mismo y del mundo y, al mismo tiempo, esconde más de lo que enseña, sugiere más que dice.
¿La solución para la página en blanco? Hace unos meses se la oí a Raúl Vacas y me parece de mucha ayuda: se coge una hoja en blanco, se aplasta y se arruga. Aunque todavía no conozca el resabio de la tinta, ya no parte de cero y quita el miedo. Y de ahí a crear el mundo, sólo queda la distancia que media entre el mundo y nuestro mundo... y lo que podamos aportar. Si es que podemos (y nos dejan).
Ya he descubierto la razón de la sequía de entradas que sufre este blog últimamente.
De la nada, nada sale.
Desde hace unos cuantos días, he parado radicalmente cualquier tipo de actividad pseudoacadémica o pseudointelectural. No sólo lo necesitaba mi cabecita, sino también mi cuerpo. El ritmo enloquecido al que estoy atado desde hace ya años me ha ido provocando el trazado de una espiral en la que, poco a poco, me iba quedando sin salidas. La cosa –es cierto– tenía sus cosas buenas. El estado frenético de intentar llegar a todo provocaba una vorágine de ideas efervescentes unas veces y latentes otras que llegaban desde muchos puntos a la vez y que estallaban en la pantalla o en el papel de una manera u otra.
Ahora me he obligado a parar. Lo debería de haber hecho hace mucho tiempo, pero cuando uno entra en la espiral acaba resbalándose por las curvas hasta llegar a un fondo infinito. Esta parada técnica, al contrario de lo que pensaba, no ha refrescado mi cabeza, sino que la ha vaciado más de lo que estaba (que ya es decir). Al contrario de lo que pensaba, la sensación resultante no es negativa en el plazo corto de unas vacaciones cortas.
Lo que queda ahora es el miedo de lo que pasará cuando cuerpo y mente decidan el retorno. Lo del cuerpo es una asignatura que he ido abandonando por muchas razones difíciles de explicar en pocas palabras sin entrar en detalles minuciosos. El deporte ha sido para mí uno de los elementos vitales. Me sostenía por dentro y por fuera. Lo de la mente es cosa del oficio. Tendré que buscar para mi profesión el equivalente al asiento con bolitas de los taxistas, feo pero efectivo.
Mientras tanto, seguiré intentando juntar palabras, aunque los esfuerzos sean baldíos.
No conozco creación artística más poética que un buen escupitajo. Como cualquier género creativo, el escupitajo tiene sus variantes de género: pollo, gargajo, lapo, gorgojo, flema... En su variedad más light, el salivazo es inocente, mera expulsión de saliva acumulada, a punto de ser desflorada por los labios e impulsada por los dientes, sus catapultas. Los que tienen las palas ligeramente separadas, son capaces de auténticas virguerías.. En su versión más cruda, procede casi de la esencia de nuestro pecho y nuestras narices. Es una saliva embrutecida con el moco, sabiamente resucitado, fruto de una concienzuda recuperación. Es una auténtica limpieza de vías respiratorias, aderezando la salida con su espesura y su color sincero. En su caso, ese escupitajo es una verdadera declaración de principios. No conozco otra escritura auténtica, en mi caso, que aquella que se mezcla con todos los humores, en un caldo primitivo sabroso pero desagradable, reposado al calor del fuego lento, vigoroso por la maceración de la impaciencia retenida. El escupitajo: el arte.
(En este caso, sólo se admiten comentarios profundos, como los mocos salidos en genial apertura.)
Un día, tuve una idea magnífica. Una idea como nunca había tenido. Me imaginé por un momento que la realidad era ficción y que la ficción era realidad. O mejor, me imaginé que los sueños eran verdad y la verdad sueño. O no: que yo existía sin existir y que no existía siendo. No sé, al final, me armé un lío. Pero la idea volvió a mi cabeza, una y otra vez, de manera nueva y recurrente. Mientras iba pedaleando, saltó desde la rama de un árbol --que estuvo a un tris de llevarme al suelo-- y me la transmitió. Diría que la transmisión fue por ósmosis, si supiera lo que esta palabra significa. Pedaleé con brío, temeroso de que se me escapase entre el frío que azotaba mis mejillas. Llegué al portal de casa derrapando. Corrí hacia el ascensor. Las prisas motivaron que las llaves se me resbalasen de las manos dos veces. Abrí la puerta y me senté ante el ordenador que, por fortuna, estaba encendido. Abrí mi tablero de control para escribir la entrada más ocurrente de toda mi vida. Ávido de gloria, penetré en la tramoya donde se crean las historias. Me extrañó una cosa: en la esquina superior derecha, donde figuran mis borradores, encontré una entrada titulada «Casualidad exacta», casualmente exacta a la que yo quería escribir.
Me estuve preguntando un rato, consciente de que las casualidades no existen.
Hoy me he decidido a contar historias. Me he levantado de la cama con ideas mejoradas, argumento tras argumento. He desechado y conjuntado miles de palabras, centenares de oraciones en el territorio adlátere de las meninges. El ánimo se ha subido al nivel de los días de fiesta. He comenzado con una idea chusca en las formas pero profunda en el fondo. Luego he cincelado un bello poema sin vocablos. Después, he ascendido por la cumbre de los conceptos para desarmarlos uno a uno y volver a montarlos, cargados ahora de ideas y significados. Me he cargado de razones y sinrazones, de chistes devenidos en sintagmas.
Hoy quería escribir una obra maestra, quería que las ideas supurasen a ras de cielo para dotarlo de unos nuevos colores y matices. Quería aportar algo nuevo a este mundo en el que todo está expresado. Quería que los peldaños de cada sonido montasen las líneas de un cuaderno con los píxeles bien ajustados a los bits escondidos. Querá plastificar la música, dibujar notas sin pentagramas. Filmar interminables secuencias para una película de amor. Divulgar mis pensamientos en monólogo, calavera en ristre, emulsionar el polen de las flores.
Hoy era un día en los que crear estaba a mitad del precio estimado por las nubes. Un día en el que casi nadie sabe hablar, pero que tiene pleno conocimiento de causa. Un día en el que los viandantes estarían dispuestos a pisar los renglones uno a uno, como las baldosas en la calle. Un día en el que mi coro individual recorrería todos los matices vocales de las mejores arias de ópera. En el que los registros del órgano de los sentimientos expulsaría el aire todo por los tubos de escape del ronco ruido.
Hoy iba a ser un día para contar historias. Las horas han pasado una a una. Los filósofos abandonaron su traje en las aceras. Los científicos colgaron la bata blanca para acudir a la verbena. Y yo me he quedado solo. Con mis historias, que no eran tan buenas. Con mis historias, que fueron desmoronándose una a una. Mañana vendrán nuestras ansías. Acometeré con ímpetu otra historia de fracasos.
Hoy me contradigo a mí mismo, porque no tengo nada que decir, ni imaginación para decirlo, ni técnica para decirlo bien. Hoy es un día soso para mi cabeza, para mi realidad, para mis manos, para mi imaginación. A medida que ha ido pasando el día, me he encontrado tonto, asqueado y vacío. Hoy no iba a escribir una entrada. Incluso he pensado en mandar el blog hacia el Mediterráneo vía desagüe, de alcantarilla en alcantarilla. Precisamente por eso, habéis de perdonarme esta entrada, blanca en sus contenidos, negra en pensamientos. Es una manera de pensar en la de mañana. Es una manera de no abandonar. Es una forma -como otra cualquiera- de no bajar cabeza y manos y dejar que el mundo todo sea una gran colleja.
Cuando se cumple una etapa, hay que intentar hacer las mismas cosas... y alguna más: si no, estás muerto. Esta entrada, después de la 300 y de la nada, recoge esas llaves prestadas que abren la puerta del mundo de las palabras para escoger, entre ellas, algunas cosas. Me gustaría que figuraran aquí como declaración de intenciones y como exposición de proyectos. Y ojo, que un poco más abajo pido algún pequeño favor, así que los samaritanos enrollados que haya por ahí, que se mojen.
1. En Verba volant va a seguir conviviendo un poco de todo. En publico y -sobre todo- en privado, muchos de vosotros me habéis mostrado vuestras justas preferencias y siempre las he tenido muy en cuenta... para luego equivocarme como me daba la gana. Me gusta picotear y, por lo tanto, me seguiré marcando algunas entradas teórico-divulgativas hiperenlazadas mezcladas con un tonillo personal, del mismo modo que afilaré cuchillos para clavárselos a alguien (virtualmente, eso sí, y nunca por la espalda), contaré relatos o mostraré estados de ánimo, reales o fingidos.
2. Un proyecto que me hace una ilusión y del que ya he dejado muestras es realizar entradas con prosificación de canciones. Tengo toda la ambición de intentar hacerlo mucho mejor que hasta ahora. El guante me lo arrojó Ana Santos en esta entrada y yo lo recojo gustoso. Para este proyecto pido vuestra colaboración. Obviamente, no quiero hacer un espacio de «canciones dedicadas», pero sí uno de canciones propuestas por vosotros. Así que ya sabéis, moved el culo. Me voy a atrever con cualquier cosa...
3. La acogida que ha tenido mi entrada 300 me ha llenado de alegría (prometo contestar a los comentarios este fin de semana). Era una entrada que había proyectado hace mucho y era un procedimiento, ese de mezclar y armonizar voces y texto, que tenía en mente sin saber hasta entonces cómo sacarlo adelante. En este mundo en el que es difícil ser distinto, creo que es una fusión que puede albergar cosas interesantes. Alguno de vosotros ya se ha ofrecido en privado para colaborar en posibles derivaciones. Antes de eso, ya tenía en mente echar mano de algunos actores a los que conozco para realizar algún que otro experimento. Pese a todo, también voz a seguir utilizando mi espantosa voz. A fin de cuentas, para eso es mía.
4. Voy a ser tan osado como para recoger un título de una entrada y convertirlo en algo muchísimo más grande: Fragmentos para una teoría del caos. Es una idea que me empezó a rondar estos días pasados por la cabeza y que ayer, en un momento, me quedó mucho más clara. Eso de grande no sé todavía cómo concretarlo. Grande, como para partir de ella y hacer un ensayo novelado, una novela o algo raro... Tengo la intención de que sus fundamentos, sus delineaciones o sus concreciones figuren en este blog de formas diversas... pero también tengo la sana osadía de que eso, así o de otra manera, pase del mundo virtual a otro. Todavía no sé cómo. Todavía no sé cuál.
5. Desde hace ya casi un mes, ha nacido URBINAVOLANT. De hecho, VERBAVOLANT siempre estuvo pensado como parte de algo. De momento, URBINAVOLANT es un sitio web de orientación académica en el que voy aportando material de trabajo y reflexión para todos mis alumnos, pero también tengo intención de que broten más cosas. Contaba con una página web para mis alumnos desde hace más de seis años, pero era algo estático y muy poco moldeable. Ahora, con este sitio y otras posibles vinculaciones, voy a poder moldear más mis (sanas) intenciones.
6. Dentro de este ámbito, tengo algunas deudas intelectuales, artísticas y personales. Salpicaré estas últimas líneas con alguna de ellas. Quiero potenciar y mejorar las imágenes del blog. He dicho ya que la fotografía es una gran pasión sobre la que no tengo casi dominio, pero he ido aprendiendo y seguiré. Como la ambición no tiene límites, alguno de vosotros sabe que tengo metido el asunto del vídeo entre ceja y ceja, y soy muy cabezota: aprenderé y filmaré. Lo juro.
No voy a poner nombres. Muchos de vosotros sabéis directa o indirectamente lo que he aprendido de vuestras ideas, de vuestras propuestas y de vuestros blogs y trabajos. Y juro que soy agradecido. Tanto, como para daros las gracias. GRACIAS... Pero tanto como para seguir pidiendo: ideas, lista para apuntarse a bombardeos... DADME ALGO. QUIERO MÁS.
¿Qué más se puede contar, después de no haber contado nada? ¿Qué se puede comunicar, cuando ya no queda más que el eco de lo dicho? El experimento de hace dos días me ha dejado afónico, proclive más a callar que a hablar, dejando reposar las letras que han estado dando saltitos en mi cerebro. Lo cierto es que puede ser indiferente haber escrito trescientas entradas, treinta o tres, pero cuando me senté ayer para acometer la 301, sentí el pánico de no estar a la altura, de no alcanzar el nivel, de no llegar a saber muy claramente por qué camino optar. ¿Entrada de reflexión, entrada de creación, entrada de divulgación, entrada de desesperación? Al final, he optado por la entrada sobre la nada. Escribir unas líneas que no tengan ningún contenido, que no quieran decir más que lo dicho, que no me comprometan a decir una palabra de más. Cuando pulso a «publicar», siempre he tenido la sensación de no saber qué iba a ser lo siguiente, siempre he tenido la sensación de abandono y de ignorancia. Cuando releo lo escrito, tengo una sensación de estar enajenado de mis propias ideas o, lo que es peor, de sentirlas como ajenas, expulsadas de mi paraíso por haber sido repudiadas. Me da la impresión de haberme descuidado, de no haberme puesto todas las galas para la fiesta a la que yo mismo me invitaba. Mientras otros dicen afanarse en lo que no hacen, yo aborrezco la depresión después del parto.
Dicho lo dicho, me afeitaba hace poco con una imagen en la cabeza (la imagen la entrada), a la que inmediatamente ha escoltado la frase y el contexto: «Et tibi dabo claves regni caelorum» A mí nadie me ha dado las llaves del reino de los cielos (más bien, he sido expulsado, maleta en mano, del paraíso de los hombres), pero he pensado. Quizá el reino de los cielos era el reino de las palabras. He visto una llave suelta. La he cogido prestada para robar todas las palabras del universo. Las voy a mezclar y mezclar, en cóctel mental y frenético. A ver qué pasa.
Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.
Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.
(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)