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Creatividad

En la carrera académica, en la carrera de la vida, llega un momento en el que hay que escoger. La gran pregunta es cómo escoger bien. Ken Robinson, prestigioso profesor universitario británico experto en creatividad, se muestra muy crítico con la manera tradicional en la que se escogen las prioridades educativas.

Para Robinson, la enseñanza ha de servir para intentar mejorar el nivel económico, para intentar comprender mejor el mundo y para dar lo mejor de nosotros mismos. El problema radica en que la educación reglada nació en un contexto muy diferente al nuestro. Si ha quedado desfasada en los dos primeros aspectos, fracasa estrepitosamente, en el último, en la búsqueda de los talentos. ¿Qué tipo de aptitudes se buscan en los sistemas educativos actuales, en nuestros centros educativos? ¿Dónde y cómo buscamos el talento? ¿No tenemos una visión demasiado estrecha y limitada del mismo?

Robinson piensa que este fracaso proviene de un sistema social, productivo y educativo con unas miras en exceso restringidas. A su juicio, una de las claves de esa restricción es la separación contundente entre las letras, las ciencias y las artes: primamos algunas de estas ramas en función de unos supuestos beneficios anclados en claves económicas y sociológicas tremendamente sesgadas. Con esta separación, la creatividad ha ido quedando relegada de la educación para primar otro tipo de valores más inmediatos pero mutiladores de muchas capacidades necesarias para triunfar en la vida, si el triunfo no se ajusta, tan solo a unas cuantas profesiones de “prestigio” inmediato y vinculado a escalas sociales basadas en “lo de siempre”. En su base, una estructura de la educación excesivamente lineal y una jerarquización sumamente rígida han ido primando una serie de disciplinas y estudios y han postergado otros, a los que se consideraba menos productivos desde el punto de vista económico y laboral. El criterio es que nuestros hijos se desenvolverán mejor en el mundo si se atienen a cuestiones “objetivas”, mientras que las disciplinas más “subjetivas” –más personales, si se quiere– están bien como un complemento, pero no son dignas de dedicarles una atención intensiva con réditos productivos. Los éxitos, en ese campo, siempre pertenecen a la excepción y no han sido gestados desde dentro del sistema. Desde hace siglos, la cultura académica se ha empeñado en separar la emoción del intelecto. Estos dos aspectos fueron separados con tal fuerza que nosotros mismos llegamos a ver ambos aspectos como cosas separadas. Tan separadas como para pensar que solo una de ellas es válida para prosperar en la vida. La propuesta de Robinson es la de volver a un sistema en el que volvamos a aprovecharnos de las relaciones entre el arte y la ciencia sin empecinarnos en su separación.

Contemplo con lástima una estructura educativa basada más en los castigos que en los refuerzos, en la memorización más que en la creatividad, en la repetición más que en la asociación, en la represión más que en la dinamización. Un sistema educativo en el que importan más el pasado y la tradición que el vuelco, atrevido pero necesario, hacia un espejo en el que, al final, nuestros jóvenes puedan reflejarse como seres humanos completos.

Y, por eso mismo, creo que, llegados a este punto, es necesario descender hasta una profunda revisión personal y colectiva de nuestro sistema de creencias. Los sistemas educativos, los colegios y los padres –apremiados por los estándares sociales de la permanencia y no de la renovación– contagiamos a la base social de nuestro futuro (es decir, nuestros niños, nuestros jóvenes) con nuestros prejuicios. Y pensamos, demasiado jerárquica y linealmente, que la felicidad y el progreso consisten en la permanencia en nuestro sistema de valores. En algunos casos, negaremos a nuestros hijos, a nuestros alumnos, el descubrimiento del auténtico talento, de esa fuerza elemental que, con esfuerzo y dedicación personal, pero también con el apoyo familiar y una buena estructura educativa, podría llegar a construir las bases del mundo que les va a tocar vivir y que, para bien o para mal, nunca será –ya– el nuestro.

(Texto escrito en Polar, 15, diciembre de 2011, pág. 5. Escribí a finales de marzo otra entrada en la que hablaba de Ken Robinson y la creatividad: “Mirando al mundo andando al revés”. La imagen es de Joël Evelyn & François.)

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En el programa de Redes emitido por TVE ayer, Eduardo Punset siguió charlando con Ken Robinson sobre la creatividad. Aunque algunos de los seguidores de mi cuenta en Twitter ya han visto otra intervención de Robinson titulada “Las escuelas matan la creatividad” (1 y 2), recomiendo a todos los que no la han visto que escuchen con atención esta entretenida y genial charla (Robinson es un gran conferenciante).

La creatividad es uno de los campos que más me interesa y que considero más relacionado con el progreso en el conocimiento y con la constitución misma del ser humano. Me ha gustado la entrevista con Ken Robinson y el programa en general porque explica de manera muy sencilla pero profunda la importancia que tiene la creatividad no solo en el campo científico y artístico, sino en todos los terrenos de acción humana. La creatividad es algo que todos nosotros podemos aplicar en la esfera de nuestro trabajo y de nuestras aficiones. Un ámbito de nosotros mismos que se tiene, pero que también se aprende y se desarrolla. Una oportunidad para aprovechar todo lo que somos y podemos ser o una pérdida tremenda social y un desgaste personal. De todo el programa, entresaco alguna de las frases y reflexiones que me han interesado.

La primera de ellas, es que para desarrollar la creatividad de un niño y lograr entresacar todo su potencial, no hay que manejarse con los prejuicios de los padres ni de la escuela sobre la generalidad, sino que tenemos que partir de la observación de las cosas por las que los niños se sienten atraídos y las que le causan rechazo. Robinson hablaba en la conferencia antes reseñada de un caso de una niña que no podía parar quieta en clase y que acabó siendo una extraordinaria bailarina y en la entrevista con Punset habla de Bart Conner, un niño que tenía extrañas habilidades atléticas que su madre no cercenó sino que favoreció apuntando a Bart a un gimnasio: Bart acabó representando al equipo de gimnasia de EE. UU. en los Juegos Olímpicos de Montreal.

La imaginación y la proyección de futuro es una parte importante de nuestra existencia. Es una cosa que se valora cuando somos niños y que la sociedad, la familia y nuestra propia evolución personal nos hace ir delimitando y mediatizando para potenciar aspectos más racionales y prácticos. Se nos educa también enfocando nuestra vida y no enseñándonos que el fallo y el error es una parte importante de nuestro desarrollo. Como se dice en el programa, “tropezar nos conduce, a menudo, a una gran idea” (o, en otro momento, el fallo te hace ir descubriendo lo que no funciona”.

Pueden establecerse cuatro pasos para ser creativos: el primero, escoger aquello que más nos motiva; el segundo, ser conscientes de que la pasión es el motor de nuestras vidas y el mundo; el tercero, ser conscientes de que no existe mejora sin esfuerzo y sin disciplina; y, por último, arriesgarse. Aquí podemos apreciar que la creatividad no es una idea peregrina y “genial” que llega a nuestra cabecita, sino que, como “proceso de generar ideas originales que aporta un valor”, cada individuo tiene que trabajar con un material básico como punto de partida y debe saber controlar los materiales con los que trabaja, sean esto los que fueren. Y, después, una vez en posesión de esos elementos y herramientas, puedes adoptar una visión diferente (y, por lo tanto, nueva, sea en la combinación que sea) de las cosas.

En el programa, nos hablan sobre la creatividad panaderos, peluqueros, científicos y profesores. Todos ellos tienen en común un conocimiento lleno de pasión y, por lo tanto, lleno de diferencia. Todos ellos tienen una óptica de las cosas distinta a la convencional. Y, como principio y fin, todos están inmensamente contentos desarrollando su trabajo.

Y ahora la pregunta: ¿por qué el mundo está lleno de padres que desean que sus hijos sean, sí o sí, unos adinerados y frustados profesionales después de cursar, sí o sí, unos estudios que nos les conducen a desarrollar su potencial? ¿Y si nos empezamos a fijar, como padres y educadores, en los matices con los que esos niños pueden colorear el mundo?

(Imagen de Etringita.)

 

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Para los que no hayan profundizado en el ámbito de los derechos en el mundo de internet, es preciso recordar que algunos autores optan por fórmulas de copyright, dado que quieren proteger (creo que de forma totalmente legítima) el uso de sus obras. Otros optan por diferentes fórmulas de licencia Creative Commons. La que yo escogí desde el principio para este blog (y para mis fotos de Flickr) es una denominada de “Reconocimiento-Sin obra derivada”, lo que significa que aquel que lo desee puede “copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra”, pero siempre con el reconocimiento (es decir, que tiene que aparecer explícitamente la procedencia de la obra) y sin la posibilidad de realizar obras derivadas (“no se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra). Además, tampoco está permitido que la obra que utilice estos materiales gane dinero gracias a ese uso.

En mi práctica particular como creador de un blog, me gusta ser especialmente cuidadoso con estas cuestiones: cito las palabras que no son mías, hago referencias mediante enlaces a las entradas de otros blogs y cito la procedencia de las fotografías (que siempre están también bajo una licencia de reconocimiento; si tienen los derechos reservados, pido el consentimiento pertinente a su autor). En algunas ocasiones, he tenido problemas con autores de otros blogs, que han cogido fotografías que no eran mías y las han colgado para ilustrar sus entradas sin ningún tipo de referencia. Aunque, en este caso, la culpa es suya y solo suya, me he molestado en escribirles para hacerles saber que las imágenes tenían una licencia y que el autor tenía todo el derecho a que su obra fuese reconocida. He de decir que casi todo el mundo es sensato y, una vez que se da cuenta de su error (y, la mayor parte de las veces, de una inconsciente ignorancia), subsana el error o suprime la imagen. En otras ocasiones, he visto cómo algunas publicaciones han robado mis fotos (y algunas de mi hijo) para publicarlas en otros blogs e incluso en alguna publicación de carácter comercial…

El objeto de esta entrada es alzar la voz contra el empleo que un blog concreto hace de mis textos. Lo había comentado ya en otras entradas de forma menos explícita, pero ha llegado un momento en el que empiezo a estar harto. Hay ocasiones en los que el uso de un determinado estilo paralelo al mío llega a lo enfermizo. Contra ello poco se puede hacer porque, en el fondo, todos hemos aprendido a escribir a través de otros textos y tenemos un conjunto de influencias más o menos explícitas. En cualquier caso, me sorprende que alguien no tenga la independencia y el criterio suficiente para hacer cositas que salgan de su magín. Sin duda el talento puede emplearse en tirar hacia delante y no en calcar. Pero lo que más me molesta es ver expresiones literalmente calcadas de mis textos. No lo entiendo, porque, como también recordé en otra ocasión, puestos a copiar, hay muchísimos autores con un talento desmesuradamente mayor que el mío. Por lo tanto, no comprendo esa obcecación en coger mis modestas palabras sin hacer referencia a ellas y, además, sin mi permiso. No es una cuestión de apetencias, sino de estatus legal: uno está obligado a hacerlo. Y punto. Lo demás es infringir una norma y pasarse las obligaciones legales por el arco del triunfo. Lo he dejado estar durante mucho tiempo, pero, como he dicho, estoy más que cansado.

El ámbito de la creación y sus relaciones siempre ha sido de gran interés para el estudio de las obras artísticas. La intertextualidad es una textura que amalgama hilos de distintas procedencias, matices y colores  y abarca nociones tan alejadas y controvertidas entre sí como el homenaje y el plagio. Todos entendemos que escribimos gracias a otros textos, tal y como he dicho más arriba, y que nuestra práctica como escritores obedece a lo que hemos leído (si no, que se lo pregunten a Cervantes en el Quijote, ese gran libro de libros). Pero vivimos ahora un mundo en el que parece que cada uno coge lo que le parece de donde le parece sin rendir cuentas a nadie. No se trata de cobrar, porque un servidor escribe gratis (y a mucha honra), sino de que el sentido común impere sobre tanta práctica que, aunque probablemente no malintencionada, es torticera a más no poder. Algún amigo me comentó hace mucho que, en el fondo, me debería de sentir orgulloso de episodios como este que relato. Sintiéndolo mucho, no me siento a gusto con estas prácticas: mis palabras vuelan, pero eso no significa que alguien las atrape con una red y las lleve para su casa diciendo que son suyas.

(Ya “fuera de cuadro”, espero encontrar una reacción prudente y equilibrada de mis palabras en el destinatario de las mismas. Y espero que el resto de mis pacientes lectores sepa comprenderlas. Creedme que sé de lo que hablo.)

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Puesta de sol. Coche

“No dejes que otros se den por aludidos, no escribas para todos ni para nadie, Garbanzo Negro: limítate a escribir para ti y para el pulso acelerado de tus venas. Olvídate del respetable, que no lo es tanto, y céntrate en eso que se te da también que tú, a base de impertinencias, llamas ego, probablemente sin saber muy bien a qué te refieres. Antes lo decía para picarte, pero ahora veo que dejas de escribir por miedo a hacerlo. Nunca te había visto tan timorato, tan vacilante. No permitas que otros te roben las palabras ni que las pongan en sus bocas: es como coger una dentadura postiza ajena y encajarla en tus encías a base de martillazos. Tu estilo es tuyo porque eres tú; eso lo levanta en todo lo que eres y lo desciende a lo más zafio, pero es tuyo, impersonal, intransferible. No aceptes todos los envites ni tires todas las toallas: siempre tiene que quedar margen para un órdago con el que ganar o perder la partida; siempre tiene que quedarte un trozo de felpa para quitarte la sangre, el sudor y las lágrimas. Nunca he creído que leer tu blog fuese la aproximación a la transparencia, porque ni siquiera  en la literatura no existe cristasol a tiempo completo; tampoco es todo opacidad, porque las láminas de lo opaco suelen construirse con aglomerado barato que, rasca que te rasca, te deja llegar hasta el otro lado. Tu blog es tuyo, Garbanzo Negro. De nadie más y de nadie menos. Sigue escribiendo al ritmo frenético de esas venas palpitantes. (Hoy, como ves, me he permitido el lujo de portarme bien y de no meterme contigo. Tuya efectísima (sic): Chipirón Negro.)

Hoy tengo muy pocas palabras mías que decir que no sean las de mi apreciada Chipirón, quizá el único asidero que en estas semanas me ha mantenido en el reino (e infierno) de la escritura con lo que dice (ha vuelto hace tiempo a la costumbre del comentario privado diario) y con lo que calla.

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Pluma

Hoy, que me planteo escribir sobre el acto de la escritura, me doy cuenta que Verba volant no contaba con una categoría de “Escritura”. Sí tiene una sobre “Creatividad“, que como es obvio, tiene mucho que ver con la primera, aunque no son sinónimos exactos. Partiendo de lo obvio, hemos ido parcelando y especializando los términos de lectura y escritura. En un nivel elemental, la lectura y escritura son actos cognitivos e intelectuales básicos y que sustentan los cimientos básicos de la alfabetización. Son primero un acto psicomotriz que deriva en algo más complejo. Ya desde ese principio, la lectura es un acto más sencillo que la escritura.

La lectura y la escritura experimentan luego por una profundización. De la lectura más o menos mecánica y de la escritura más o menos reproductora de lo existente, pasamos a la lectura y la escritura como actos cognitivos ampliados a nuestra existencia particular. Es el momento en el que nos separamos de la lectura dirigida para proyectar la lectura como un acto vital, libre y más o menos espontáneo. Es el momento (no experimentado por todos) en el que nos ponemos ante un papel o una pantalla e intentamos escribir sobre el mundo o, al menos, intentamos contar a los demás el mundo desde nosotros. Es esta etapa fuertemente mimética. Elegimos, pero todavía preferimos volver a casa que adentrarnos en bosques desconocidos. Ampliamos nuestros horizontes, pero éstos no se corresponden con los confines del Universo.

El siguiente paso lo experimentan menos individuos todavía. Es el terreno de la lectura impulsiva y compulsiva, en la que descubrimos terrenos ignotos. Es el mundo en el que por primera vez descubrimos que esos confines del Universo de la realidad no son fijos, porque los ensancha permanentemente el mundo de la ficción. Al margen del terreno de lo posible, enriquecemos nuestra experiencia con personajes que no existían y que ahora nos explican; abundamos en el viaje de paisajes y lugares que no existían o de los que nos perdíamos una determinada perspectiva; el mundo de la acción no será ya solamente el mundo de lo pasado ni de lo posible, sino también el de lo futurible y lo impensado e impensable. En la escritura, los que se encuentran en ese nivel intentan devolver ese mundo de experiencias nuevas para regenerarlo, contradecirlo o ensancharlo.

El pasado 17 de abril El País publicaba una encuesta entre escritores para hablar de “La derrota de la página en blanco” en la que dan consejos (o no los dan) a los escritores que se encuentran con la página en blanco. Lo que más me gusta de esa encuesta es el hecho de no pueden hallarse muchos vínculos entre lo que dicen unos y lo que dicen los otros. Más allá de todo eso, algunos piensan justo lo contrario que otros. Esa es la maravilla de la escritura: un acto mecánico que puede enseñarse; una destreza que puede afianzarse; unas pautas ortográficas, morf0lógicas, sintácticas y textuales que pueden enseñarse; unas fórmulas que pueden aprenderse. Pero, más allá de todo lo evidente, un acto tan hondo y tan profundo que se nos escapa de las manos. Un acto que es relativamente fácil de explicar una vez que está hecho pero que nació para romper las planchas y los moldes que lo albergan para resurgir siempre en un acto nuevo.

Me gusta el acto de la escritura por lo que tiene de experiencia que no se conforma con los límites. Me gusta el acto de la escritura porque, al margen de recursos más o menos fáciles, es siempre un acto de misterio. Le mejor idea puede convertirse en podredumbre y la idea que parece que no tiene recorrido alcanza a llenar el mundo del matiz de belleza que le faltaba. Me gusta el acto de escribir y, sobre todo, el acto de escribir ficciones porque es un acto de invitación en el que menú de degustación versa sobre lo más íntimo de la personalidad. Me gusta también porque, como en toda invitación, a veces la comida es más bien escasa, a veces atraganta; a veces el plato está rico y otras, por quererlo demasiado sabroso, se arruina por exceso de pretensión. Me gusta el acto de la escritura porque es contradictorio: ayuda a pensar en uno mismo y, a la vez, a que uno se embarulle aún más; ayuda a la locura y a la cordura; ayuda a enseñar cosas de uno mismo y del mundo y, al mismo tiempo, esconde más de lo que enseña, sugiere más que dice.

¿La solución para la página en blanco? Hace unos meses se la oí a Raúl Vacas y me parece de mucha ayuda: se coge una hoja en blanco, se aplasta y se arruga. Aunque todavía no conozca el resabio de la tinta, ya no parte de cero y quita el miedo. Y de ahí a crear el mundo, sólo queda la distancia que media entre el mundo y nuestro mundo… y lo que podamos aportar. Si es que podemos (y nos dejan).

(Imagen de Diego Sandoval.)

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URB 109-1

Ya he descubierto la razón de la sequía de entradas que sufre este blog últimamente.

De la nada, nada sale.

Desde hace unos cuantos días, he parado radicalmente cualquier tipo de actividad pseudoacadémica o pseudointelectural. No sólo lo necesitaba mi cabecita, sino también mi cuerpo. El ritmo enloquecido al que estoy atado desde hace ya años me ha ido provocando el trazado de una espiral en la que, poco a poco, me iba quedando sin salidas. La cosa –es cierto– tenía sus cosas buenas. El estado frenético de  intentar llegar a todo provocaba una vorágine de ideas efervescentes unas veces y latentes otras que llegaban desde muchos puntos a la vez y que estallaban en la pantalla o en el papel de una manera u otra.

Ahora me he obligado a parar. Lo debería de haber hecho hace mucho tiempo, pero cuando uno entra en la espiral acaba resbalándose por las curvas hasta llegar a un fondo infinito. Esta parada técnica, al contrario de lo que pensaba, no ha refrescado mi cabeza, sino que la ha vaciado más de lo que estaba (que ya es decir). Al contrario de lo que pensaba, la sensación resultante no es negativa en el plazo corto de unas vacaciones cortas.

Lo que queda ahora es el miedo de lo que pasará cuando cuerpo y mente decidan el retorno. Lo del cuerpo es una asignatura que he ido abandonando por muchas razones difíciles de explicar en pocas palabras sin entrar en detalles minuciosos. El deporte ha sido para mí uno de los elementos vitales. Me sostenía por dentro y por fuera. Lo de la mente es cosa del oficio. Tendré que buscar para mi profesión el equivalente al asiento con bolitas de los taxistas, feo pero efectivo.

Mientras tanto, seguiré intentando juntar palabras, aunque los esfuerzos sean baldíos.

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URB 041

No conozco creación artística más poética que un buen escupitajo. Como cualquier género creativo, el escupitajo tiene sus variantes de género: pollo, gargajo, lapo, gorgojo, flema… En su variedad más light, el salivazo es inocente, mera expulsión de saliva acumulada, a punto de ser desflorada por los labios e impulsada por los dientes, sus catapultas. Los que tienen las palas ligeramente separadas, son capaces de auténticas virguerías.. En su versión más cruda, procede casi de la esencia de nuestro pecho y nuestras narices. Es una saliva embrutecida con el moco, sabiamente resucitado, fruto de una concienzuda recuperación. Es una auténtica limpieza de vías respiratorias, aderezando la salida con su espesura y su color sincero. En su caso, ese escupitajo es una verdadera declaración de principios. No conozco otra escritura auténtica, en mi caso, que aquella que se mezcla con todos los humores, en un caldo primitivo sabroso pero desagradable, reposado al calor del fuego lento, vigoroso por la maceración de la impaciencia retenida. El escupitajo: el arte.

(En este caso, sólo se admiten comentarios profundos, como los mocos salidos en genial apertura.)

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calligraphies

Un día, tuve una idea magnífica. Una idea como nunca había tenido. Me imaginé por un momento que la realidad era ficción y que la ficción era realidad. O mejor, me imaginé que los sueños eran verdad y la verdad sueño. O no: que yo existía sin existir y que no existía siendo. No sé, al final, me armé un lío. Pero la idea volvió a mi cabeza, una y otra vez, de manera nueva y recurrente. Mientras iba pedaleando, saltó desde la rama de un árbol –que estuvo a un tris de llevarme al suelo– y me la transmitió. Diría que la transmisión fue por ósmosis, si supiera lo que esta palabra significa. Pedaleé con brío, temeroso de que se me escapase entre el frío que azotaba mis mejillas. Llegué al portal de casa derrapando. Corrí hacia el ascensor. Las prisas motivaron que las llaves se me resbalasen de las manos dos veces. Abrí la puerta y me senté ante el ordenador que, por fortuna, estaba encendido. Abrí mi tablero de control para escribir la entrada más ocurrente de toda mi vida. Ávido de gloria, penetré en la tramoya donde se crean las historias. Me extrañó una cosa: en la esquina superior derecha, donde figuran mis borradores, encontré una entrada titulada “Casualidad exacta”, casualmente exacta a la que yo quería escribir.

Me estuve preguntando un rato, consciente de que las casualidades no existen.

(Imagen de Ryan Gallagher)

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ruf

Hoy me he decidido a contar historias. Me he levantado de la cama con ideas mejoradas, argumento tras argumento. He desechado y conjuntado miles de palabras, centenares de oraciones en el territorio adlátere de las meninges. El ánimo se ha subido al nivel de los días de fiesta. He comenzado con una idea chusca en las formas pero profunda en el fondo. Luego he cincelado un bello poema sin vocablos. Después, he ascendido por la cumbre de los conceptos para desarmarlos uno a uno y volver a montarlos, cargados ahora de ideas y significados. Me he cargado de razones y sinrazones, de chistes devenidos en sintagmas.

Hoy quería escribir una obra maestra, quería que las ideas supurasen a ras de cielo para dotarlo de unos nuevos colores y matices. Quería aportar algo nuevo a este mundo en el que todo está expresado. Quería que los peldaños de cada sonido montasen las líneas de un cuaderno con los píxeles bien ajustados a los bits escondidos. Querá plastificar la música, dibujar notas sin pentagramas. Filmar interminables secuencias para una película de amor. Divulgar mis pensamientos en monólogo, calavera en ristre, emulsionar el polen de las flores.

Hoy era un día en los que crear estaba a mitad del precio estimado por las nubes. Un día en el que casi nadie sabe hablar, pero que tiene pleno conocimiento de causa. Un día en el que los viandantes estarían dispuestos a pisar los renglones uno a uno, como las baldosas en la calle. Un día en el que mi coro individual recorrería todos los matices vocales de las mejores arias de ópera. En el que los registros del órgano de los sentimientos expulsaría el aire todo por los tubos de escape del ronco ruido.

Hoy iba a ser un día para contar historias. Las horas han pasado una a una. Los filósofos abandonaron su traje en las aceras. Los científicos colgaron la bata blanca para acudir a la verbena. Y yo me he quedado solo. Con mis historias, que no eran tan buenas. Con mis historias, que fueron desmoronándose una a una. Mañana vendrán nuestras ansías. Acometeré con ímpetu otra historia de fracasos.

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