— Verba Volant

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Deseo

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Querida Irina:

Buscaba hoy una fotografía que no reflejase tus secretos más íntimos, que también son los más cercanos para el internauta ávido de deseo. Todas las imágenes devuelven el reflejo de la mujer que aparentas, perfecta en todas las perfecciones. Todos los reflejos devuelven las imágenes de un espejo que, contemplado, sólo resarce los destellos de quien se siente enfermo de amor. Ninguna, sin embargo , logra captar del todo la imagen de la Irina que yo conozco.

Recuerdo el día en que caminamos perdidos por una ciudad europea. Yo me acerqué a una mujer para preguntar el camino hacia el apartamento de esos amigos comunes. Mi pésimo alemán se mezcló con la timidez y el nerviosismo. La consecuencia de todo ello, el trastabillar hasta el extremo opuesto de un barrio demasiado lejano. Recalamos, ¿te acuerdas?, en un bareto de mala muerte, con unos vasos tan sucios que ofendían la claridad de tu mirada. Todo la clientela miraba tu refulgor entre las paredes con carteles ajados de grupos ya antiguos en los años ochenta. De repente, tras tomar el primer sorbo de cerveza de la botella, estallaste en una carcajada pertinaz que no dejaba lugar a la continencia ni a la moderación. Yo me quedé como un tonto con la botella en la mano, con la sensación de ridículo del que se siente el ser más desprotegido del mundo. Sin mediar palabra, te acercaste para besarme con tanta contundencia que me hiciste sangrar del labio superior. Después, volviste a sonreír y dijiste: “Eres tonto, ¿lo sabes?” Pronunciaste la interrogación con tanta ternura y con susurros tan delicados que tus palabras no sonaron a reproche, sino a requiebro juguetón y enamorado. Me invitaste cuatro veces a rondas de botellines de cerveza que compartíamos y tras los que apagábamos la sed con nuestros besos. Al salir, ya con la noche caída por la falda de las casas, me invitaste a preguntar de nuevo. En esta ocasión, la obnubilación de las cervezas me hizo fracasar en cualquier intento de comunicación inteligible. Tu sonrisa se convirtió en niebla cuando, en perfecto alemán, le preguntaste a un transeúnte por Wiener Straße. Me cogiste de la mano y apretaste fuerte. Volviendo a resurgir tu risa con elegancia, me dijiste: “Vamos. Yo te llevo”.

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Irina Sheik Intimissimi Winter 2010 lingerie-5

Irina ha vuelto. En el fondo, nunca se fue de forma explícita. Se negaba a agitar su brazo como despedida: sabía que volvería una y otra vez, como vuelven todos los meses de mayo a las hojas de los calendarios. Irina se ha rebelado contra el frío y las gotas espesas de lluvia que –ahora mismo– musitan tristeza detrás de mi ventana. Ella conoce el efecto balsámico de sus labios, el contacto de los pétalos frescos contra mi duro cuello, agarrotado de idas y venidas por el mundo, que es laberinto. Irina ha vuelto. Su figura se ha ido estilizando a medida que avanzaba por una calle de losas oscilantes. Me ha mirado con la dulzura más dulce del mundo, me ha sonreído a medias, sin llegar a arquear los labios más que dos milímetros exactos. Ha mantenido sus ojos fijos en mi mirada unos instantes breves. Ahora sé que la primavera no sólo florece con los grados centígrados. Irina ha vuelto en forma de deseo. Con esa forma extrañamente sabia de labios perfectos.

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Escaleras

Es primavera y escalamos. Aunque la lluvia matice nuestro instinto primitivo, el tiempo prolongado en luz y sol extiende las ganas de sentirse amado, de amar y del goce recíproco que une a ambos. El deseo tiene colores de primavera, que pueden ser el azul, el blanco y el rojo de la Revolución Francesa, siempre encajados en cuerpos de mujer. El deseo es más una intención que una palabra, más un amago que un hecho, más una mirada de soslayo de la imaginación que un reflejo de la verdad.

En primavera, el espíritu se enfunda en siluetas concretas que nos hacen adivinar lo que se esconde al otro lado del espejo, que no es el espejo sino el interior recóndito de lo que no conocemos, a lo que damos vueltas hasta volverlo del revés, como el bolsillo díscolo del que acaban desprendiéndose pelusas rebeldes.

El paraíso queda a cuatro manzanas de nuestros pensamientos, siempre abocados a gozar del calor de los días que siempre pueden ser los últimos. En el deseo, el camino es tan atractivo como la meta, que se dibuja a grandes trazos y que se desdibuja con el miedo a medida que nos acercamos, porque el deseo quema, asusta y espanta tanto como gusta, como atrae.

Hoy he llegado a comprender que ha llegado la primavera, pero en Burgos llovía de un modo ligeramente desprevenido. Llovía de un modo que movía a taparse con cualquier cosa que no fuese un paraguas, instrumento no preparado para esta mañana de estaciones de esperanza. Mientras tanto, yo recorría los caminos de mi vida en una bicicleta que recogía todas las estampas del agua caída del cielo. Y miraba hacia arriba. Y descubría con certeza que, más allá de las nubes, el sol nos regalaba calor.

(Esta entrada tiende a recoger un tema que nos gusta y que también visita nuestro querido blog La Acequia.)

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Un comentario de Bipolar a mi entrada “Fantasie, semblable et contraire” me ha hecho pensar en las naranjas y en los limones. Ya sabemos que la atracción por el otro no es ciega, sino que está basada en unos sólidos principios innatos a los que se suma una larga tradición cultural que los estandariza en formas y modelos. La creencia popular deriva el hecho de que la atracción sea inevitable con la consecuencia de que los seres humanos somos una media naranja que nos complementa con otra que está aquí mismo, a la vuelta de la esquina, o vaya usted a saber… Las posibilidades combinatorias son optimistas. Sin embargo, como decía Bipo, puede que nos empecinemos en dar por sentado que las dos mitades siempre pegan. O que las mitades no sean naranjas. Sino que el emparejamiento se de entre limones y naranjas o viceversa (y no se busquen analogías con las peras y las manzanas de Ana Botella). Esto del emparejamiento es un juego de hormonas aderezado con un componente cultural que, segmentado en mitades, da para pensar si somos la mitad de lo que somos, si somos el doble de lo que somos partido por dos o, simplemente, somos lo que somos y nos juntamos con las intenciones obvias que remiten a las feromonas y a las estructuras de parentesco.

Como esto de la vida es un juego enloquecido que a veces se asemeja a las sillas musicales y otras a la ruleta rusa, propongo que, en este mundo de limones, juguemos al juego “de un limón a medio limón”. De esta manera, algunos ganarán el juego de final amargo mientras que los demás, quedan fragmentados en las rodajas de la borrachera. Es la vida. Es un juego que los hombres repetimos.

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Papel en blanco. Relativamente

Septiembre es el mes de los deseos, de las promesas, de las colecciones que nunca se terminan en los quioscos, de la fiesta que se acaba, de la agonía que empieza, de la fanfarria escolar, de los calendarios que empiezan en el mes número nueve. Es el mes del moreno quebrado por la tristeza, de la cazadora que necesita cada día ser más enguatada, de los parques semivacíos, de las terrazas que no se resignan a cerrar los parasoles. El mes del volver, a veces sin haber ido previamente. El mes del gimnasio. De la academia de lenguas modernas. De los propósitos que se abrazan con la Navidad. Es el mes de los bolígrafos nuevos, de las libretas impolutas. El mes de orientarse estando desorientado, el mes del rock’n’roll a ritmo de tango, el mes de las hojas que se resisten en su caída inevitable, el mes de preguntar qué tal te ha ido, el mes de contestar bien, lo malo viene ahora. Septiembre es el mes de un estornudo que comienza a no ser alergia. El mes de no decir más de lo conveniente. El mes de sentarse y ponerse a la tarea, quizá todavía no muy abundante. El mes de un tímida bajada de la gasolina para llevarnos a ninguna parte. El mes de la vuelta de los adalides comunicativos. Septiembre es el mes raro por antonomasia. Septiembre es ascendente y caduco, a partes contradictorias e iguales. Es el mes en el que las canciones de amor suenan frías, el mes en el que las canciones en salsa quedan fuera de contexto. El mes de la vuelta a los clásicos. El mes del desasosiego. El mes de dar la vuelta al colchón, el mes de tirar los folletos de las agencias de viajes, el mes de recuperarlos para soñar en paraísos artificiales. El mes de reintegrar el relleno a la funda nórdica, el mes en el que los pájaros debilitan su canto.

Septiembre es el mes en el que quieres empezar, el mes en el que comienzas de cero. Septiembre es el mes en el que todo lo que has hecho en tu vida no vale de nada, porque comienza un “curso” nuevo. Septiembre es el mes en el que comienzas de cero, sí. Vida nueva, pero cada vez más resabiada. Cada vez más vieja.

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Irina031

Para los que crean que estas entradas son un mero juego literario, les diré que, en efecto, lo son. Entre otras cosas, porque los juegos literarios no son sino los juegos de la vida y, por lo tanto, la vida misma. Y para muestra, un botón. La bilirrubina es una canción que me rondó en la mente y en el corazón durante seis largos meses de mi vida. Y no por las razones pegadizas por las que todo el mundo la recuerda, sino por mis propias circunstancias vitales. Por motivos que no vienen al caso aquí (pero tras los que se agazapa uno de los enemigos a los que más odio, la amoxicilina-clavulánico que, como los malvados, tiene un alias: “Augmentine”), sufrí una hepatitis tóxica hace cuatro años. Yo, que soy un tipo más bien sano, me cuido en todo, hago ejercicio, casi no bebo y que las peores empresas que acometo quedan en la imaginación, empecé a notarme extrañamente cansado, con un cansancio que no se puede expresar con palabras y comencé a tener unos picores que no procedían de la piel, sino que parecían surgir del propio infierno interior. Pasé unos días fatales en casa, pero fue en el trabajo donde me empezaron a decir que tenía muy mala pinta, que tenía un color raro… En uno de los episodios de House, éste le decía a un paciente con un caso parecido: “¿Qué me pasa, doctor?”. “Nada, que en su casa no le quieren… Tiene un color extrañísimo y no le han dicho nada, lo que significa que pasan de usted como de la mierda”. No sé yo si este era el caso, pero lo cierto es que en el hospital me diagnosticaron una hepatitis morrocotuda y yo acabé tan amarillo como sólo lo puede estar un Simpson hepático perdido o como alguien que tiene en la sangre cuarenta veces más bilirrubina que una persona normal, tal y como era mi caso. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, arriba y abajo, amarillo-anaranjado hasta el blanco de los ojos, abajo y arriba, no hacía más que canturrear para mis adentros “Me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras”. Y, desde entonces, he asociado la bilirrubina al hígado (obviamente), al hígado metafórico y a la desesperanza, el cariño y al amor perdido. Hoy, totalmente curado de hepatitis y de espanto, miro, Irina, tus ojos; miro, Irina, tus labios; miro, Irina tus bonitas porciones y desórdenes de pelo, y no puedo evitar cantar, esta vez a pleno pulmón, esta vez desde el convencimiento, esta vez desde la seguridad de querer a lo que existe desde lo que se erige y se desvanece, que me inyectaron suero de colores, que me sacaron una radiografía. Que, a la postre, me diagnosticaron mal de amores al ver como latía mi corazón. Que me trastearon hasta el alma con rayos X, con cirugía. Pero la ciencia, Irina, no funciona. Sólo tus besos, vida mía. Inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño. Porque me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Y no lo quita la aspirina, y mucho menos un suero con penicilina (la muy jodida, lo pone peor). Y todo esto, Irina, mientras escucho a Pedro (Guerra) y cuando te miro y tú no me miras. Y así, la bilirrubina tras la que vislumbré antaño la desesperanza, es hoy el amarillo más cercano al sol, que es nuestra fuente más cercana de alegría y de calor. Nunca he amado a nadie tanto como en estos días al transporte urbano.

(Chipirón negro, que nunca se ha ido, vuelve a atacar con saña. Lo advierto para sus partidarios y detractores. Mañana, los resultados.)

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Irina Psoas

Los músculos no deberían de erigirse en símbolo de fuerza, sino en trasunto de la cohesión. Asocian nuestra fea carcasa con el estimable propósito de impregnarla del ímpetu justo para afrontar la vida. Se estiran y contraen según la circunstancia y la necesidad, y recorren también toda nuestra espina dorsal exactamente del mismo modo que corretea también por ella el cosquilleo de nuestro amor convertido en pasión. Hay músculos con distintos renombres y fortunas, de los cuales no toca hablar. A mí me gusta el psoas. Sus vecinos abdominales están demasiado sobrevalorados y, entre todos ellos, este músculo es bello, modesto, funcional: no hay quien lleve una pierna hacia arriba sin su eficaz colaboración. Y que no se le olvide a nadie que Platón partía nuestra alma en tres, con la cabeza para la razón, el pecho para el deseo y el abdomen para la concupiscencia. Todos esos placeres bajos lo son por ubicación pero no por la estima que les tenemos y por la importancia que les concedemos en nuestra auténtica vida, que es la imaginación.

El psoas colabora tenazmente en la cantidad mínima del 90-60-90 (esa proporción áurea del imaginario masculino). Lo elevado de los extremos no es sino muestra de lo evidente, de lo procaz pero necesario. El pequeño número central es el contraste del número cuando n ansía tender a cero. El cuerpo es un lugar para perderse y, cuando empezamos el suave vaivén hacia el segundo perfecto, nos enfrentamos inevitable e inconscientemente al psoas y sus adláteres, sus secuaces en el camino del deseo. El legionario que protege los territorios más exiguos de nuestro cuerpo hecho nación, cual isla Perejil en el confín de la nada, en el conjunto de una soberanía muscular disputada, contraída y relajada.

Tenemos toda una vida para vivir. Todo un otoño, todo un invierno para soñar. La primavera, Irina, es el momento de la consumación del deseo lábil. Tu psoas es el músculo en el que quiero perderme. Y, como dijo Ortega y Gasset en una cita viciada del libro supremo, “Sólo el que se pierde se encontrará”.

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Intyscan 2801

Hoy voy a serenar mi alma enlazando mi propósito de hablar de lo interno y de lo externo con el deseo, que parece haber explotado en la primavera de la Red. Y hablaré de “las partes” de nuestro deseo. Los marranos y adláteres, pueden saltarse la entrada, porque no voy a hablar de evidentes zonas erógenas, ni siquiera de hormonas enfundadas en la necesidad del reciclaje homeostático y su ciclo piramidal. Es tradicional situar los sentimientos (el amor, el deseo) en el corazón. Los árboles con el músculo del corazón tatuado han abierto el pálpito de miles de navajas, han hecho florecer las ramas a ritmo de taquicardia y han sufrido la parada cardíaca del infarto de miocardio agudo que supone el fin de la relación. Pero no ha sido la única parte de nuestro cuerpo a la que se han vinculado los sentimientos. Según parece, el corazón no es la causa, sino la consecuencia, y es el hígado el que libera el deseo amoroso y el que conduce algunas hormonas al aceleramiento sentido de nuestro pecho. Así lo creían también muchos médicos griegos y árabes: ¡qué bonito hubiera sido ver los folletines del corazón convertidas sus páginas en finas láminas de hígado! Ahora vamos descubriendo que las riendas las tiene el cerebro. No como parte racional que gobierna, sino como parte integral que rige y manda. Así que nuestro deseo explota por los poros, por los músculos y por las glándulas pero tiene el detonante y el detonador en nuestra cabecita. Linda y complicada.

¿Qué extraño vericueto de nuestras mentes nos conduce a desear? ¿Cuál es el eje que une nuestra mente y nuestro cuerpo? ¿Qué mecanismo activa los interruptores de nuestro querer, de nuestro desear? Yo, Irina, no lo sé. Sólo pienso que el deseo oprime desde la necesidad y de la seducción desde la inteligencia, que somos pequeñas moléculas de nada, pero perseverantes granos de polvo enamorado, como decía Quevedo. Y que el deseo aflora desde lo más hondo para iluminar cada momento lejano del Universo. Y caemos rendidos a la seducción y al deseo, como alfombra que marca el camino hondo de nuestras vidas. Como decía Guillermo de Baskerville (esta vez en la versión cinematográfica de Annaud): “Que pacifica sería la vida sin amor Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa”. Ay, Irina: y eso que el alma, como la esencia de lo incorpóreo ya no existe. Está en el cerebro. O, lo que es lo mismo, en el hígado, en el corazón. Tu alma, Irina, mientras me escuchas con calma, se ha trasladado a mi sentimiento.

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Cuerpos Bell021

Amigos míos, es triste ver cómo se tergiversa el contenido sobre el cuerpo, sobre el alma y sobre el deseo hasta convertirlo en forma, manierismo en esta cochina impudicia que es el mundo de las nuevas tecnologías. Imágenes y fotografías de Irina robadas, iridiadas, fosforescentes y convertidas en espejos de lo que pretendéis ser. Y exhibida y comentada en enlaces y cadenas de la libido y del hipervínculo, si utilizamos esa abominable palabra que os gusta emplear. Habéis convertido su rostro y su cuerpo en vuestros rostros y en vuestros cuerpos; la habéis despojado de su atributo humano para hacerla carne. Os arrogáis propietarios de su mirada, exclusiva o compartida, pero ninguno de vosotros la conocéis. Yo la descubrí en un lejano febrero de 2006, en una revista griega y sus ojos atravesaron el papel de la revista para atravesarme el corazón. He utilizado todos los medios a mi alcance, todo mi ánimo escaso para seguir sus pasos, las curvas de un cuerpo quieto que se mueve sólo para mí. Un día, noté que sus labios se movían, se alzaban en una tierna sonrisa. Sus párpados bajaron hasta el nivel de quien no necesita reconocerse con la mirada. Y movió una onda de su pelo hasta dividir su rostro en dos mitades con su melena agitada, siempre oscura y cercana a los ecos de la respiración. Soy la potencia de su acto, la enseñanza de su acción, el motor primero que envuelve cada marca sinuosa de un cuerpo que invade el universo y lo restablece en la cálida armonía del caldo primitivo y primigenio. Soy la fuerza del volcán, el ímpetu supremo, la ascensión incesante. Ella, desprotegida, necesita un Pigmalión, un mentor en este mundo de sombras, en este mundo de depravados que la miráis con el deseo, con la negra concupiscencia. Blogófago, Pedro, Raúl… sois unos chicos muy pero que muy malos. Irina es mía, ella lo sabe. Buscad otros cuerpos en los que contemplaros. Estropead relojes para matar el tiempo, navegad o sumergíos en las acequias o haced que las palabras vuelen hasta que estallen, pero dejadla en paz.

(La imagen de la entrada pertenece a la segunda edición del manual Anatomy of the Human Body de Bell, 1804)

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Irina

El deseo es una emoción, un impulso. Parte de alguien para llegar a nosotros o parte de nosotros para llegar a alguien. En ese intersticio, se provoca la tensión entre el deseante y el deseado, entre la imagen y su reflejo, entre la realidad y la imaginación. El deseo es también disputa o reñida compartición (1 y 2). El deseo es, también, una obsesión. Lo decía Avicena, en palabras de Umberto Eco: el amor es “un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto […]: no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al o ser satisfecho, se convierte en un pensamiento obsesivo” (El nombre de la rosa). Ese pensamiento obsesivo nos recorre las entrañas al ver los hombros de Irina, sus labios y su mirada fija en nuestros ojos, convencidos destinatarios de su luz divina. Es un deseo de dentro, casi impuro, que paradójicamente se convierte también en algo puro y sereno, nacido de la convicción de la imposibilidad hecha realidad. No es Irina, no somos nosotros. Es Irina en nosotros. O ni siquiera eso. No es Irina, es lo que su reflejo nos deja ver. Es la obsesión del melancólico, decía Avicena. Hablaremos sobre los humores y sobre los temperamentos. Otro día. Pero los deseantes deseadores parecemos atrabiliarios, melancólicos, cuencos excedentes de bilis negra que desbordan la pasión.

Sólo tenemos una medicina, que es la seducción. Pero esa es arma poderosa, nuestra baza para la conquista. Y también hablaremos de ella otro día. No es bueno mostrar las armas (ni las bazas) a los “enemigos” co-deseantes, a no ser que ellos las elijan en un duelo.

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