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Chipirón negro

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Tengo a Chipirón negro algo olvidada. Ella me lo recrimina: «Oye, Garbanzo negro, qué pasa: ¿sólo me vas a sacar cuando te diga alguna idea para tu entrada número 300? Te metes en armarios, te introduces en el insomnio y no sales… Si algo conozco por tus entradas (y veo que ya hay algunos que te van catando), todo en estas palabras es más real de lo que parece, más real de lo que tú mismo te crees». Ella me habló en uno de sus comentarios privados -es cierto- de los armarios como símbolos de nuestro mundo, basándose en una entrada que escribí hace tiempo. Y también es cierto que me ha aportado alguna observación interesante sobre el miedo, la angustia y sus consecuencias. Ahora ha pasado del lado de la contundencia en un correo que decía solamente: «Te lo digo muy en serio: tienes que tomarte algo». A mí -lo digo ahora- me pareció que traspasaba la barrera del comentario para pasarse a la del consejo, y no sé si eso es bueno o malo. Pero también ha seguido con las ficciones, como cuando habla de In Treatment, una serie que también ha aparecido en Verba volant. En efecto, me ha dado una genial idea que estoy desarrollando para la entrada que me comenta (faltan casi quince días para la conmemoración). No voy a chafar la sorpresa, pero adelanto algo: «¿Por qué no haces una entrada en conversación contra-contigo mismo? Será una batalla desigual. Seguro que tú, que eres tan listo, no sales ganando. Tienes el talento del ganador, pero paseas tus derrotas». Bueno, que me enrollo: a lo que iba. Ese «Tienes que tomarte algo» me desconcertó, pero el desconcierto tardó menos de un día. Al  siguiente, tuve otro correo que decía: «Sí, no te extrañes. Te lo sigo diciendo muy en serio, Garbanzo negro. Hay veces que uno quiere salir de todo y -como tú dices- no sale de nada menos de su vida. Te lo repito muy en serio: tienes que tomarte algo. Algo que te ayude con las penas y los pesares . Y yo tengo tu antídoto. Por ejemplo, puedes tomarte un respiro». Ha dicho. Amén.

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Garbanchip

Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.

Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.

(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)

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Montannarusa

El momento ha llegado, amigos de Verba volant, paseantes asiduos y discontinuos por este mazacote de palabras que a veces se aglutina y a veces se desguaza y, muy frecuentemente, se fragmenta y engorda al mismo tiempo en un son de acordes y desacuerdos con uno mismo y con los demás. No hablaré de septiembre. No hablaré de la vuelta de las vacaciones. No hablaré de síndromes, ni síndones, ni síncopas. Chipirón negro ha vuelto. Llevaba muchas veces sin aparecer por este blog, pero también muchas entradas sin aparecer por mi correo electrónico. Hace unos poquitos días, recibí un mensaje de lo más romántico: «Hola, Garbanzo negro. No sé de dónde procede tu fuente de inspiración, pero en el momento en el que te dejo solo un rato, parece que las musas se han escondido en los recovecos de la ramplonería. ¿Te prohíbes a ti mismo pensar en vacaciones? ¿Estás alicaido? ¿Un período de crisis creativa, quizás? ¿Dónde está todo aquello que justificaba que algunos visitásemos tu blog con la esperanza de encontrar para econtrarte y para encontrarnos?» Joder, según ella, sólo se salvan los blogólogos interiores (no es la única que lo piensa) y alguna foto… y poco más. «Eso sí, con tus autorretratos me parto de risa. Sólo imaginarme a un chinado con la cámara vuelta hacia sí mismo y chas, chas, chas me ha hecho curvar la boca en forma de sonrisa. Hay que tener mucho tiempo libre para coger una pelota de tenis y chas chas, una bolsa de naranjas y chas chas…» Es el momento de reconocer que todavía me falta una serie de fotos con una botella de agua y otras chuminadas más.

Pero en los últimos mensajes le ha dado por dos obsesiones. La primera, las montañas rusas. «¿Qué es tu vida? ¿Una balsa en un pantano, el agua en calma, a dos palmos de la orilla? ¿Un abismo sin fondo? Mira, Garbanzo. La vida es una montaña rusa. Subidas y bajadas. Pero con una diferencia: en la montaña rusa, las bajadas son bruscas, pero esperadas. Y te montas porque te da la gana. En la vida, te pagan el billete. Si te bajas en marcha, te pegas el morrazo padre. Y las bajadas llegan sin subidas previas. Y la suerte es más que no caer: la suerte es que el ajetreo no le haga a tu estómago bailar más de lo preciso. Si llega ese momento, no te queda otra: vomitar. Eso sí: cuidado con salpicar, que los ácidos se limpian fatal.»

Y la segunda, los cuentos. Ella cuenta que un día estaba oyendo en la playa a una madre que le contaba a su hijo el cuento de Garbancito. La madre decía con voz aflautada «A Garbancito no piséis…». Y ha decidido convertirme en un héroe de cuento. Pequeño pero insistente, insignificante pero egregio: «Garban(cito), eres el héroe de todos los fracasos y el paladín de las palabras perdidas. Es hora de que te des cuenta, de que lo afrontes, de que lo asumas. Anota cada momento en el que tu vida se ha ido al traste, cada detalle que has convertido en herida, cada desliz que te ha hecho desear  que no has nacido. Y dale la vuelta. Conviértelo en tu fuerza, en tu cabina de la montaña rusa. Agárrate bien, y disfruta».

Sólo queda otra de cuentos. Como veis por el título de la entrada, «Chipirón negro se viste de rojo». Y también tiene que ver con otro cuento, según me cuenta: «Tú, que eres tan listo, sabrás que Caperucita roja se llama Le petit Chaperon Rouge en francés. Chaperon. Chipirón. Hoy he decidido liarme la capa a la cabeza y cambiar las motas negras de mis ojos por el rojo del vestido de fiesta. Lo hago por ti, Garban(cito). La fiesta, son tus 250 entradas y tu año largo de existencia [en efecto, mi primera entrada, todavía en Blogger, es de mediados de agosto de 2007]. Recuérdalo. El rojo es un vestido de gala. Pero Caperucita es una chica rebelde contra las normas de la vida. Y piensa quién es el malo en todos los cuentos. Sólo te doy una pista: el lobo no es el malo. Pero lo demás, lo tendrás que descubrir tú. Tú, que eres tan listo… apunta, apunta.»

Y, en esta ocasión, no entiendo nada de lo que me dice. Pero yo apunto. Ya estoy en plena feria. ¿Alguien me paga otro viaje?

(La imagen es de infelix)
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Oscuridad

En la cama, con ocho años y tres muñecas. A la hora en la que la oscuridad es más imperfecta porque se adivinan sombras detrás de las puertas, de los cojines, de los vestidos. Pasados ya los agobios de la soledad. En la cama, pero no tumbada. Erguida, con las piernas encogidas buscando el escorzo de la posición fetal. Sabiendo que ya no es posible la vuelta al origen. Sin miedo a los fantasmas, ni al hombre del saco, ni a brujas montadas en escobas. En la cama, con ocho años y tres muñecas. Muy lejana ya de la habitación de mis padres. A la hora en que el silencio es tan imperfecto que se adivinan retazos de conversaciones, de vecinos y de música en la radio. Con mis ojos abiertos y asustados. Mirando el silencio y escuchando la oscuridad. Con toda mi alma y sin un par de dientes. Queriendo pensar en otras cosas. En el colegio, en los recreos, en una gran fiesta. En la cama, con ocho años y tres muñecas descubrí el miedo. Sabía ya, de una vez por todas, que la muerte acabaría invadiendo mi camino. Y, desde esa noche, me aterra dormir sola. Sin ocho años, sin tres muñecas , con todos mis dientes, pero con el silencio intacto y la oscuridad perfecta.

(Imagen de Laula)

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Cielo telegráfico

No, amigos. Esto del Chipirón no se acaba (espero). Pero sí se acaba esta fiestuqui que me he largado con tres entradas (podéis ver aquí la primera y la segunda) celebrando mi post número 202 en Verba volant.

Empecemos con una de las cosas que, como dije en la entrada anterior, me largó despiadadamente: «Garbanzo negro, ¿por qué haces siempre las preguntas equivocadas? ¿No te da miedo que una pregunta equivocada acabe encontrando, para tus miedos y tus alergias, una respuesta acertada? ¿No te das cuenta de que las preguntas no interrogan sobre nada, sino que afirman, ponen en duda, valoran o niegan? ¿No te das cuenta -tú, que eres tan listo– de que preguntar tan desatinadamente es lo mismo que responder ya al mismo interrogante que es la vida? Pardillo. Que eres un pardillo. ¿Eres tonto, o te lo haces».

Como hay tantas preguntas en su mensaje -y como puede que su deseo, precisamente, es que caiga en la trampa de responder (que, en el fondo es lo que estoy haciendo)-, no atino a dar una respuesta. Primero tendría que entender las preguntas. Pero sí he de deciros, amigos, que por primera vez he tendido una trampa a Chipirón Negro y ella ha caído en la red soltando su sobresalto y un enfado entreverado. Se ha mostrado muy ofendida por las fotos que han encabezado las dos entradas anteriores de esta Fiesta del Chipirón: «¿Uno empieza una Fiesta encabezándola con el Infierno, uno la continúa con una mirada desprendida hacia la devastación, hacia la guerra? Garbanzo negro, creo que has provocado las metáforas hasta privarlas de todo su sinsentido. Las metáforas no existen, porque son realidades atadas a todos los vapores de la vida». ¿De verdad crees con estas fotografías demostrarnos a todos esos infiernos personales y el contraste entre la vida y la depauperación?» Mi querida Bipolar, en uno de sus comentarios, ha dado con la respuesta: era un cebo tendido a Chipirón. Y ya lo ves, querida: parece que todos tenemos nuestro orgullo… y nuestro corazoncito.

Pero vayamos continuando con la Fiesta. Esta es una Fiesta de las entradas y de los comentarios. Empecemos por los últimos. Dije en la entrada festiva anterior que este blog tiene pocos comentaristas, pero selectos. Algunos arrancan desde casi los inicios de estas palabras voladoras y otros se han ido enganchando hace bien poco. Tengo que darles las gracias a todos y también ofrecerles una explicación: frente a la sana costumbre de muchos de mis compañeros, es frecuente que no conteste a estos comentarios. La primera razón -muy poco cortés, lo reconozco- es la vagancia. Pero hay otra razón más profunda: muchas veces creo que los comentarios ya han añadido todo lo que había que añadir y yo, rematando la entrada, no haría más que estropearla. Las entradas son vuestras, para vuestro deleite o vuestro rechazo, para una valoración acorde a la mía o totalmente disonante y, probablemente, más verdadera. En conclusión: la entrada la escribo yo. Y vosotros la rematáis con vuestro silencio o con vuestras palabras. Chipirón Negro ha realizado muchas observaciones elogiosas sobre los comentaristas (también alguna negativa sobre algún particular, para qué vamos a esconderlo), pero os vais a quedar con las ganas… de momento.

En cuanto a otros blogs amigos, Chipirón, para mi sorpresa, los conoce bastante bien. No entiendo muy bien por qué no actúa con ellos de la misma manera que lo hace conmigo, porque no me lo ha dicho. Ni yo se lo pregunto desde aquí, porque cada uno en esta vida hace lo que le viene en gana. Como esto es una Fiesta, sólo reseño los comentarios que me ha hecho sobre los que a ella le parecen los mejores, ciñéndonos (de momento) a los integrantes de la Burgosfera:

«Caminando en el desierto. ¡Vaya blog! Me preocupaba la situación del pueblo saharaui, pero luego la ves escrita desde tan cerca y -sobre todo- con tanta pasión y tan bien elaborada que te aproximas más hacia la arena de sus sinsabores».

«Blogófago.  La esencia de un blog que pone las tildes, sin ponerlas, en la mirada nueva. La mirada fresca. La mirada pura del talento necesario para poner una imagen, un texto, una canción… y atinar siempre».

«La acequia.  Menos sus disoluciones, que no las entendía ni él [si tú supieras las gracietas que le hemos lanzado a este respecto, Chipirón], es un blog cimentado desde una escritura impoluta, un estilo elaborado y una ambición cultural atrevida para estos medios y, sin embargo, conseguida».

«No digas que fue un sueño. Me encanta eso de que la gente construya su vida construyendo narraciones. La vida narrada es siempre mucho más comprensible que la contada. Además, como te gusta decir a ti, Garbanzo negro -que te repites más que el susodicho- la ficción siempre es siempre más verdadera que la realidad, porque la cuenta desde la emoción y no desde el resbalón de los hechos».

«Sr. K. ¿Eso de llamarse Caín es así o es coña [Chipirón, creo que se llama Caín, de verdad]. No suelo salpicar mis decires con palabras gruesas, pero no puedo decir más que es el puto amo. Acierta desde la extrañeza y extraña desde el acierto. Su estilo es la mejor de las casas habitadas en el mejor de los mundos posibles, sabiendo que no hay mundos posibles ni casas dignas de habitar. Y eso de ‘meter por meter / es hartazgo de follar’ es lo mejor que he escuchado en mi vida. Te lo juro».

Bueno, amigos, pues hasta aquí la Fiesta. Espero que hayáis llegado a su final con agrado… aunque me temo que muchos de vosotros no hayáis podido soportar una entrada que rompe todos los límites de la extensión mínimamente cortés para los lectores de pantallas.

En los días de días próximos -aunque no sé si en las que seguirán a ésta de modo inmediato- insertaré sin aviso ni referencia alguna (así me lo ha pedido ella) una entrada que se titulará «La historia de la noche en que descubrí el miedo». Así Chipirón Negro tendrá, por una vez, sus palabras de tinta negra sin mancharlas con el agua caliente y salada precisa para aliviar la dureza de los garbanzos (los negros, no se ablandan ni por esas).

A mí, sólo me queda desearos felices Fiestas (del Chipirón, me refiero. Pero también de éstas).  Y la foto, que pertenece a mi serie cielos, interprétala tú Chipirón.

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El Infierno de Marina Núñez

Algunos se habrán extrañado de haber celebrado con la boca pequeña mi entrada número 200 en Verba volant. Pero ya decía entonces que seguiría la sugerencia de Chipirón negro (recordad ir en orden inverso de lectura para descubrirla…) para celebrar la entrada 202, que parecía mucho más bonita. Aunque voy a hablar de otros mensajes que me ha enviado (su presencia en el blog llevaba en estado latente casi un mes), empezaré por su cibermensaje privado de felicitación: «Vaya, Garbanzo Negro. Parece que has conseguido superar esa segura inseguridad que destilas y te has marcado ya 200 entradas. Qué machote. ¿Para cuándo un libro? ¿Serías capaz de hilvanar argumentos o razones con el hilo coherente de la narrativa o de la disertación? No te felicito por escribir 200 entradas. Eso sería una gilipollez monumental. Te felicito por haber hecho algunas (no todas, para qué te voy a mentir… ) que merecen la pena, por haberme hecho pasar algún que otro rato divertido: me río mucho con tus bobadas. Por sentirme, como te dije en algún otro comentario, la reina de la fiesta de las palabras. Contemplarme en Verba volant me ha hecho sentir contigo cosas que jamás había sentido. Y no pienses mal, so guarro. Y lo último, para que no te lo creas mucho, tú que acostumbras a pasarte de listo: ¿sabes mucho o no sabes nada y disimulas?».

Vayamos por partes. ¿Para cuándo un libro? Probablemente, para nunca. Creo que el blog es un medio de expresión perfecto para mí. Mezclo cosas, escribo de lo que me viene en gana: un día de una cosa, otro día de la contraria; un día en serio y otro en broma; unas veces con placidez y otras con agresividad. Un día tengo fotos mías y otro escojo otras mejores. Me gusta. ¿Un libro? Escribo cosas, rollos teóricos y académicos sobre pragmática, retórica, publicidad o cine. Ya me gustaría a mí tener el talento de juntar palabras del modo adecuado, bello y coherente que se requiere para escribir esas hojas cosidas por el lomo y con tu nombre en la cubierta. Además, esto del blog sale casi gratis: puede que no te lea ni «el Tato», pero no se entera casi nadie.

Me alegro de que este blog ayude a algunos a pasar buenos ratos, a reírse o a pensar en las bobadas que se me pasan por la cabeza. Todavía no puedo imaginarme que alguien esté atento en la pantalla leyendo las palabras que han pasado por mi cacumen y piense que merece la pena volver. Me cuesta comprenderlo, pero me cuesta todavía más entender por qué que algún que otro clan ha disfrutado de la lectura de cada entrada buscando algo con lo que enfadarse… no sé si para descubrir que me odian o para sentirse aludidos en cada línea en un afán de protagonismo que nadie merece sin buscarlo con el mérito personal. En fin, de personas que confunden la dignidad de los manteles con la hondura de la muerte real y verdadera no se puede merecer más que el olvido. Por lo que aparece en mi cuenta de Google Analitics, parece que, afortunadamente, se han cansado. Es el único momento en el que me he alegrado de perder lectores. Así están aquí sólo los que quieren estar. Espero, por lo tanto, que a nadie le moleste compartir un rato con un garbanzo negro, una escoria social y personal digna del rechazo y castigo de las mentes serenas, brillantes y buenas.

Chipirón, es muy lógico que tengas protagonismo en este blog. Sin saberlo (o sabiéndolo: no sé), has sido un hilo conductor que ha enhebrado muchas de sus entradas. No sé cómo me conoces tanto sin conocerme (me pareces la extensión emocional de Blog80burgos, que sabe perfectamente quién soy pero no se revela). No te puedes imaginar la de gente que sabe de tus intervenciones en este blog y lo intrigados que están. Más que yo, te lo aseguro. Has creado debates, controversia, admiración callada o manifiesta… Y, sin tú quererlo, eres un elemento importante: el diálogo del autor a un narratario real de lo contado. Creo, por lo tanto, que te debo aún muchas entradas.

¿Sé mucho? Taxativamente: no. No podría, porque mi cabeza da para lo que da. Pero soy muy curioso, picoteo de un lado y de otro, trasteo desde pequeño con cada libro que cae en mis manos y no me gusta cerrarme en ser un selecto especialista de la nada. Esa es mi virtud, ese es mi defecto.

Bueno, amigos. Esta conmemoración va a ser larga, así que va a ser mejor repartirla en alguna otra entrada más. Os aconsejo que las leáis, porque quedan muchas líneas de Chipirón prometidas. Os dejo una, para hacer boca:

«Algún día te contaré la historia de la noche en la que descubrí el miedo»

(La imagen pertenece a la interpretación del Infierno de Marina Núñez para la exposición Luz y Tinieblas de la Catedral de Burgos)

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Lakoff

Después de una entrada silente y su jornada de silencio correspondiente (uno cumple lo que promete), Verba volant renace de sus propias cenizas. Y lo hace a lo grande, con Chipirón negro como protagonista, como en las grandes ocasiones. Lo repito siempre y no lo iba a hacer ya, pero el cariño que tengo por Merche Pallarés, autora del blog Del sol y sus lunas y una visitante que nos honra con su presencia desde hace unas poquitas entradas, diré que Chipirón negro se ha convertido en alma máter, Deus ex machina, musa y no-sé-cuántas cosas de este blog de palabras voladoras: comenta cada entrada mandándome mensajes a mi correo privado, no revela su auténtica identidad, nunca espera que yo le conteste a esos mensajes en privado y la traigo de vez en cuando al frente con sus atinadas reflexiones sobre muchas cosas pero, sorprendentemente, también sobre mí mismo. Hemos labrado de manera implícita, nuestras propias reglas, a lo Dogma 95.

Tengo tantos mensajes suyos sin sacar a la luz desde la última entrada en la que apareció que no sé cómo empezar. Así que empezaré por donde salga y acabaré donde los hados dispongan [los vínculos a los que ella hace referencia los hago explícitos, para que la lectura tenga sentido] . «Garbanzo moreno, [el principio está al final, ya sabéis que los blogs crecen hacia arriba] parece que andamos chungos. ¿Dónde está la angustia con solera, el dolor con dignidad, el enfado de guante de boxeo? A fuerza de tanto callar, te vas a quedar afónico«. Me dice, por ejemplo, que el silencio es una actitud, pero nunca debería de ser una pose: «Creo que es mejor que no te calles, sino que grites; que el silencio lo acaten los que quieren que calles. ¿Te acuerdas de la dignidad socrática? ¿Esta dignidad era de juguete?»

Menos mal que en otros mensajes la cosa está más serena: «Tú, que eres tan listo, seguro que no sabes esto, así que te lo voy a regalar: en la lengua de la tribu australiana de los dyrbal, cada sustantivo va precedido de cuatro posibles palabras con las que se clasifica su significado. Una de ellas, balan, clasifica a las mujeres, el fuego, el agua y los objetos y animales peligrosos. ¿Has pensado que, desde que decidiste erigirte en un hombre objeto has convertido tu blog en el terreno del fuego pasional en forma de mujer?» Y comenta sobre los comentaristas: «Yo creo que estas entradas con la mujer como forma y fondo no las compones con intenciones traviesas, sino con hondura. Y el meollo está más allá de la epidermis, del psoas y de los higadillos. Y puede que en La acequia Pedro no ande descaminado en buscar en ella a Dulcinea. Pero esto va mucho más allá de una búsqueda de adolescente tardío en pos de la belleza y sus confines, moreno. ¿Tendrá razón Manzacosas y te habrás enamorado?» Yo ni digo, ni dejo de decir, porque la jornada de clausura y silencio me ha dejado las cuerdas vocales algo entumecidas y, como dice ella, me han dejado afónico de tanto callar. Pero tienes razón en una cosa, Chipirón negro: las entradas sobre Irina iban a acabar con una reflexión en plan sesudo y serio. ¿No son las modelos de hoy nuestras madonnas del ayer? ¿No reverenciamos sus cuerpos de la misma manera que antes reverenciábamos su fruto? La cultura audiovisual y la publicidad, ¿no ejercen en nosotros un poder de convocatoria y de lectura de imágenes similar a la del arte románico en la Edad Media?

De cualquier modo, prefiero acabar por hoy con otro regalo de mi chipirón predilecto: «Se dice que madre no hay más que una, pero hay madres adoptivas, madres biológicas, madres de alquiler, madres donantes, madrastras, madres trabajadoras… Con nosotras, las mujeres en general, puede que pase lo mismo. Somos Una, con mayúsculas, pero en ella estamos todas. Y, como en la lengua de los dyrbal, estamos agrupadas junto con el fuergo, junto con los animales peligrosos, junto con las cosas que retienen el peligro. Para acercarnos a vosotros, pobres machos sin poderío, animales mansos, rendidos a los pies de las auténticas reinas del mundo».

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Chipis

Chipirón negro ha vuelto a Verba volant. Como siempre, a través de mensajes a mi correo electrónico. Como siempre, enigmática. Creo que ya he dicho mil veces que me comenta en privado (casi) cada entrada. Sabe que de vez en cuando aparece en el lugar que le corresponde. De hecho, me comenta con sorna: «Me siento la estrella de la fiesta. Me gusta. Me gustaría ser una de esas musas y heroínas decimonónicas, en plan Nicole Kidman en Moulin Rouge y eso, pero no va a poder ser, moreno: ella es enfermiza pero, sobre todo, muy blancucha. Y ya sabes que yo soy más morena que el Chipirón, aunque mis amigos, de coña, me llaman Rubia. Pero este blog es tuyo, garbanzo y yo soy estrella, pero estrellada e invitada». Ella no sabe (se entera ahora) que ha encontrado detractores furibundos, también privados. Una de ellas me decía que Chipirón negro parecía la maestra, que decía cuatro cosas y yo era su alumno escribiendo al dictado. Otro dice: «Vale, Chipirones, Garbanzos. ¿A mí qué cojones me importa? ¿Es que tenemos que ser espectadores de lo que diga la tipa esa?» No obstante, son los menos. Muchos, permanecen callados; otros, se sienten maravillados por la presencia enigmática que puede decirse que vertebra el blog. De hecho, me dice: «¿Sabías que todos tenemos algo que decir? Con seguridad, tú te mantenías callado. Pero ahora tus palabras son voladoras y tienes que dejar que salgan de tu dura cabecita para que los demás las escuchen. Si yo te ayudo a expulsarlas, me siento con la dicha de ser la feliz matrona de tus llenos y de tus vacuidades, de tus tonos grises, tristes -muy tristes-, de tus tonos amarillos -amargos, pero suaves- y de tus obsesiones. Que son muchas, garbanzo moreno. Porque unas veces parece que estás demasiado cuerdo y otras veces eres lo más parecido a una regadera encerrada en la acolchada habitación del espanto. Y recuérdalo, todo es malo. Menos las palabras.» Y sí, este blog no tiene ni trampa ni cartón: por eso dice las verdades por medio de la ficción y grita las mentiras por medio de la realidad baciyélmica.

En otro mensaje, Chipirón negro me dice: «En el mensaje de ayer te dije que estas palabras voladoras se escuchan, no se leen. Ahora, por tu culpa, mis vecinos pensarán que estoy majara, porque me pongo a leer tus entradas en voz alta. Significan distinto. Con cada voz, con cada matiz. Cuando más me gustan es cuando pongo una voz que no es la mía, más pausada, más grave. Rebaño las palabras con los tonos y los quebraderos de mi voz». Yo se lo agradezco con la foto que encabeza esta entrada, que se titula Expresionismo abstracto y que se la debo a Daquella manera. A mí también me gusta rebañar la tinta del chipirón, con esa salsa bien construida, a base de estar cocinada con paciencia. Y muevo el pan de manera juguetona, como en la foto, dejando los intersticios del negro impregnados en mis pupilas.

Y lo mejor ha venido hoy. En un alarde de generosidad, y sin poder saber cómo ha conocido mi fecha de cumpleaños, Chipirón negro se ha dejado el enigma por el camino para mostrar su vena más agradable, simpática y emotiva. Y ha adaptado el poema «Como siempre», de Benedetti, para mí. Gracias, Chipirón negro: que la salsa dulce y bien cocinada te acompañe para siempre. Seguirás en mi blog, naturalmente. Y desde hoy, un poco más en mi corazón.

Aunque hoy cumplas
quinientos cuatro meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás lindo
y estés lindo
casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciado
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

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Amor ciego

Entelequia: cosa irreal. Esa es la primera línea del nuevo mensaje de Chipirón negro. Aprovecho la circunstancia y el mensaje para comentar una cosa que me ha ocurrido esta mañana. Algunos de los alumnos que siguen mi blog me han preguntado si Chipirón negro existía de verdad. Les he dicho que sí. También les he dicho que suele comentarme, en privado, entrada por entrada. Se han puesto a especular: que si es mujer o no (han concluido que, obviamente, tenía que ser una comentarista femenina), que si me conoce o no (han concluido que sí, pero han aceptado también que puede ser una persona especialmente perceptiva de las formas de ser y los estados de ánimo de quien escribe). Me han preguntado si yo le contesto a los mensajes y les he dicho que no. Si quiero decirle algo, se lo digo aquí, en primera página. Como ella se merece. Y, entonces, Yago ha comentado algo que me ha parecido importante: «Es que si la contestas, igual desaparece para siempre». Veloz como el rayo, he apuntado esta observación: ya sabemos que los calamares sueltan tinta para huir de sus presas. Chipirón negro quizás haga lo mismo.

En cualquier caso, como si nos hubiera oído, esta tarde he recibido otro mensaje suyo con la definición que abre la entrada. Entelequia. Es una palabra bonita y una palabra con trampa. «Cosa irreal», dice la tía. Una rápida consulta al diccionario os llevará a saber que también es una «realidad plena alcanzada por algo». Yo creía que todas las palabras simples tenían un significado complicado (paz, por ejemplo) y que todas las palabras complicadas tenían un significado muy simple (a bote pronto, se me ocurre esternocleidomastoideo). Pero esta palabra es real e irreal a la vez. Esa sí que es una entelequia. Hace unas semanas, Chipirón negro me mandó un enlace a la foto que encabeza la entrada. Me decía: «¿Quién está más ciego de los dos, garbanzo negro? Uno, con la venda en los ojos, mirando al frente -es decir, a la nada-; la otra, mirando fijamente, complaciente al otro y, por eso, desdibujada. Qué vida, Garbanzo negro. Esto no lo entiendes ni tú, que te las das de listo». Conectando estas palabras con el mensaje de hoy y sabiendo que uno de nuestros temas preferidos en Verba volant es el de la ficción como realidad y la realidad como ficción, descubrimos que todo son entelequias. El amor es real e irreal, el mundo es verdadero y ficticio y la mejor manera de bucear en el sentido último de la vida es alejarse lo más posible de ella para entenderla a través del arte, que lo explica mucho mejor que los documentales de La 2 (no hablemos de los informativos: son el paradigma de la ficción en prime time).

Y Chipirón negro acaba su mensaje de hoy: «¿Emociones o pasiones? ¿Conoces tú la diferencia? Yo te demuestro horizontal y verticalmente que existen las emociones, que todos las tenemos. Seguro que tú eres de los incautos que creen en la existencia de las pasiones. Y las pasiones, Garbanzo negro, son entelequias. Como todo el mundo sabe. Menos tú, que eres tan listo».

Por mi parte, sólo tengo que decirte una cosa, Chipirón negro. Que tienes toda la razón: que las pasiones son entelequias (reales e irreales) que en la foto que encabeza la entrada chocan la realidad con la mentira (siendo la mentira verdad y verdadera la mentira). Y que todo es irreal como la vida misma. Menos tú, Chipirón negro. Y yo también tengo mi corazoncito encerrado en una urna de cristal. Para que las entelequias no lo coman en pedacitos. Y para que no lo ataquen las quimeras.

(Imagen reproducida con el permiso de Marcelo)

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Calamar

Este blog, como he dicho ya alguna vez, tiene una comentarista privada que me tiene desconcertado. Se llama (la llamo) «Chipirón negro» -los asiduos ya la conocéis- y es una especie de voz alta de mi conciencia. Sin conocernos personalmente, me tiene más calado que Pepito Grillo a Pinocho (y tiene la ventaja de que es menos repipi). Continúa lanzándome atinadas observaciones, exabruptos (certeros todos ellos): es una bomba continua que explota expresividad, alegría vital y verdades como puños. El mensaje recibido ayer, era una excepción. Frente a su habitual aluvión de palabras llenas de significados, sólo contenía una frase y dos vínculos a sendos sitios. Decía: «Si te gusta la vida, no tienes más que entrar, garbanzo negro». Y las páginas a la que me remitía eran esta y esta otra. Entré y no entendía nada. Intentando desentrañar significados, vi «su página», la del calamar, llena de información, mientras que «mi página» estaba vacía. Con el orgullo herido por la ignorancia, comprobé que EOL es un portal que tiene como pretensión ser el portal de referencia de «la vida». ¿Será que su vida, como calamar-chipirón está llena, repleta de referencias e imágenes y que la mía, como garbanzo, se encuentra vacía?

Como si me leyese el pensamiento, hace menos de quince minutos recibo otro mensaje suyo: «Qué, acojona verse vacío, ¿verdad, garbanzo negro?». No te lo tomes a mal: tienes toda la vida para llenarte, como la página del garbanzo esta, que está en construcción. Yo estoy allí, tú no (todavía)». Yo sigo pensando que este Chipirón Negro, así, con mayúsculas, me conoce como si me hubiese parido. Así que tendré que hacerle caso. ¿Alguien sabe cómo se hace la argamasa para el edificio de la vida? A partir de ahora, tendré que poner el cartel de «Este bloguero se encuentra, ahora mismo, en construcción«.

(Aprovecho para mandar un saludo a otra comentarista privada y asidua -y siempre con la dulzura que aporta ser un poco borde-. Un beso, Elena)

 (Imagen de la web BioLib)

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