— Verba Volant

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Filosofía

Iba a escribir hoy una entrada sobre otra cosa, retomar una serie que hace muchos meses que no toco. Y, no sé por qué, de repente, me han venido a la cabeza dos ideas, dos recuerdos en forma de chispazo.

Uno, de Pitágoras. Se dice que alguien llamó sabio a Pitágoras y él dijo algo parecido a esto: “No me llames sabio, porque solo la divinidad lo es. Llámame, simplemente, amigo de la sabiduría”. Y de ahí viene la palabra filosofía.

Otro, de San Anselmo de Canterbury. Para demostrar la existencia de Dios, dijo que todos tenemos en la mente la idea de un ser perfecto, sede de todas las perfecciones, mayor que el cual nada puede existir. Y decía que ese ser tiene que existir, además de en la mente, en la realidad. Porque, si solo existiese en la mente, podría concebirse otro ser más perfecto, con todas sus atribuciones y perfecciones y, además existente (lo que le convertiría en algo aún más perfecto). Y así nació el argumento ontológico, no tan importante en cuanto a cuestiones teológicas sino porque contiene, dentro de sí, todas las lecciones importantes de la filosofía analítica.

Y, cuando iba escribiendo, me he acordado de uno de esos filósofos que se inició en la filosofía analítica y que acabó siendo de todo y otras cosas, Ludwig Wittgenstein. Cuando hablaba de la función de la filosofía, de nuestro pensamiento, decía que era muy simple: la labor de la filosofía era enseñar a una mosca a salir de una botella.

Ahora solo queda adivinar quiénes son las moscas. Y si saben que, a su alrededor, nos circunda una botella. He ahí la clave (creo).

(Imagen de Bleu Celt.)

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Dejamos paso a la publicidad…

El interClub, perteneciente a la obra social de Caja de Burgos, ha desarrollado un interesante programa de actividades para este cuatrimestre. Cuando José Luis Rebé, hábil gestor del mismo, me comentó que tenía pensado incorporar a este programa una conferencia y un curso monográfico sobre Filosofía, me quedé gratamente sorprendido. En un mundo “instantáneo” en el que el pensamiento queda frecuentemente postergado, se ha hecho un pequeño pero digno hueco para hablar de forma distendida (e intentaremos que amena) de algo que nos define como seres humanos y que no tiene por qué estar reñido con otro tipo de saberes y de disciplinas.

Total, que dedico este espacio para anunciaros que el próximo jueves, 30 de abril  (y con unos recién estrenados 43 años), tendré la suerte de poder charlar un rato de las cosas que me gustan con quienes tengáis la gentileza de asistir. El acto comenzará a las 20,15 en la sede de interClub, (calle Jesús María Ordoño, 9-11). Dentro del abanico de mis intereses profesionales, la Filosofía ha ocupado siempre un lugar insustituible: intentaré contagiaros.

(Lamento que esta charla coincida en día y hora con la manifestación en defensa de la integridad del servicio de oncología del Complejo Hospitalario de Burgos. Espero que los que no estéis conmigo estéis allí… contando con que yo no estaré allí pero estaré con vosotros.)

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Hoy es una entrada de un sábado raro, casi un domingo por adelantado y con otro día por delante. Pensaba hoy no escribir una entrada, dejar el hueco de las palabras en blanco para que la imaginación de todos volase hacia cualquier otro lugar más amable, apacible y placentero. Pero mi tendencia irrefrenable a decir cosas me ha llevado a la doble contradicción de escribir sobre la conveniencia de no hacerlo. Por eso, recuerdo aquí con placer supremo las palabras de Ludwig Wittgenstein en su Tractatus lógico-philosophicus (7, 1922), una de las obras más importantes de la historia de la filosofía:

“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen.” [De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse.]

Pues eso.

(Imagen de Gordana Adamovic-Mladenovic)

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Wishes

Emilio Lledó nos brindaba hace unos días en El País Semanal un espléndido artículo sobre la belleza a propósito de la exposición “Entre dioses y hombres” en el Museo del Prado. Recordaba Lledó que la experiencia estética se desencadena gracias a la thaumasía, palabra griega que ronda entre nuestro asombro y nuestra admiración. La thaumasía está en el origen mismo de lo humano, porque nos lleva a no asumir las cosas como sobrevenidas, sino que nos impulsa a pensar en/sobre ellas y disfrutarlas. No en vano, Aristóteles nos decía en su Metafísica que el origen de la filosofía está la admiración, en el asombro casi infantil que nos deben suscitar las cosas.

Parecerá sin duda algo un tanto desquiciado y pasado de rosca el que, ahora, hable de las aventuras de Los cinco escritas por Enid Blyton. Junto con los tebeos, las aventuras juveniles de estos cuatro chicos y el perro Tim iniciaron mi encuentro con la ficción por el camino de las palabras. Ese encuentro parece pueril desde la atalaya de unos 42 años sobradamente cumplidos, pero fundó el ilógico -y por eso mismo, más-que-lógico- universo personal del que vive también por medio de los libros. Mi infancia extendió sus horizontes también hacia la Isla Kirrin, socavada por pasadizos secretos y erosionada por las páginas que, una a una, fueron enriqueciendo mi mundo, un mundo hasta ent0nces demasiado estrecho de una capital de provincias. De entre todas las cosas que recuerdo, os parecerá más infantil todavía que tenga en mi memoria una frase que le dice Julián a George (Georgina): “Un penique por tus pensamientos”. Leí y leí esa página y sus precedentes porque había descubierto el interés hacia el otro, hacia la admiración -más allá de los actos- que constituye nuestro pensamiento. Luego he escuchado y leído esta expresión -tan corriente sin yo saberlo, en mi ignorancia- cientos de veces. Mi admiración, mi asombro, no fue otra que la eterna pregunta, la indagación sobre el interior de las personas y las cosas, la búsqueda no interesada por el envés de los demás, quizá la única manera válida de conocer y desvelarnos a todos como seres humanos. Mi admiración, mi asombro –he de reconocerlo– era más que puerilidad: era ignorancia. Pero ese –también– es otro escalón en el ascenso del conocimiento. Va por nosotros, por la Isla Kirrin y por todos aquellos seres que pasan de largo sin haberse delatado. La thaumasía, todavía.

(Imagen de Shioshvili)

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 Hiasl

Son bien conocidos los planteamientos de Fiedrich Nietzsche sobre la condición humana. El hombre, según el filósofo alemán, es un ente en decadencia, un ser que, perdidas sus virtudes auténticas, corre el peligro de involucionar . Nietzsche conocía las teorías evolucionistas de Darwin, que influyeron mucho en sus concepciones filosóficas, pero todavía no sabía que la evolución era un hecho que sólo era progresivo y nunca regresivo hacia especies primitivas. La única salida auténticamente humana para Nietzsche era ir hacia delante, hacia una especie superior: el superhombre. Lo malo de todo esto es que Nietzsche ha sido mal entendido y peor traducido: las barrabasadas realizadas por la hermana de Nietzsche, Elisabeth, casada con un antisemita -que convertirían al genial filósofo en paradigma y modelo de referencia del nazismo en defensa de la superioridad de la raza aria- y las deformaciones y malas interpretaciones de la palabra alemana Übermensch (ha pasado con otros términos, como el famoso voluntad de poder, pésima traducción del alemán Der Wille zur Macht) han convertido a Nietzsche en un filósofo odiado y, lo que es peor, querido e idolatrado por partidarios de unas teorías que nunca fueron suyas. Sin embargo, basta abrir un libro de Nietzsche con los ojos bien abiertos y la mente despierta para vernos inundados por un torrente de palabras y pensamientos seductores, atrayentes e inteligentes.

Dice este filósofo en Humano, demasiado humano:¿No se convierte la verdad en enemiga de la vida y de lo mejor? Parece que una pregunta se nos trabase en la lengua sin querer expresarse: ¿podríamos permanecer conscientemente en la falsedad? ” Si supiera lo que es la verdad, la vida, “lo mejor” y la falsedad, podría decir algo, pero no puedo porque no lo sé. Sólo sé que ayer escuché en los telediarios una noticia “humana, demasiado humana” -podéis ver la noticia en extracto aquí– que una asociación ha realizado una petición ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo para que Hiasl, un chimpancé que vive en cautividad en una localidad austriaca, sea considerado legalmente una persona. Dicen que este chimpancé pinta, es adicto a los documentales (¿verá documentales sobre los hombres para quedarse dormido a la hora de la siesta?) y es un buen chico (perdón, buen simio). El fin de todo esto es que Hiasl entre en los presupuestos legales para poder ser adoptado e impedir así una posible venta en el caso de que se quede “huérfano”. En los informativos que estaba escuchando tuve el privilegio intelectual de escuchar las comparaciones que establecía el reportero entre los chimpancés y los seres humanos y, por un momento, pensé que todas mis lecturas sobre filosofía, psicología y antropología se quedaban pequeñas ante la labia del periodista.

Yo ya no sé nada, pero puede que estemos involucionando, que estemos transgrediendo esa ley evolutiva esencial, tal y como pensaba Nietzsche. ¿Cómo cojones diantre se va a considerar a un chimpancé como persona? Lo suyo sería abrir las legislaciones para proteger mejor los derechos de los animales, no hacerles pasar a un estatus que no les pertenece. ¿Hay similitudes entre un chimpancé y un ser humano? Nadie lo duda. ¿Son iguales? Nadie -a no ser que sea un botarate– lo sostendría de manera más o menos seria.

En una sociedad en la que millones de seres humanos ven mermados sus derechos fundamentales, parece una broma que traslademos el problema de la personalidad humana a un chimpancé. Hiasl, lucharé por ti, te defenderé con mi vida humana para que seas tratado dignamente, como buen chimpancé, que seguro que eres. Si puedo, te mandaré a Austria un DVD completo con las piezas más selectas del National Geographic  o todo un lote de pinturas a la acuarela para que sigas con tus aficiones. Pero nunca te miraré a la cara reconociendo en ti mi especie. Lo siento Hiasl, pero te queda un consuelo: como sigamos así, gracias a algunos mamarrachos, los humanos y los chimpancés nos acabaremos contemplando unidos, en el único zoológico común que es este funesto planeta. Decía más arriba que Nietzsche se planteaba si los seres humanos permanecemos conscientemente en la falsedad. No lo sé, pero sí estoy seguro que podríamos escribir variantes de sus obras (Mono, demasiado mono; Mono, demasiado humano; Humano, demasiado mono; Humano, demasiado tonto). Es el trayecto que va de los buenos propósitos a un rasgo que sí creo inherentemente humano: el de la estulticia.


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Entro?

Nuestra especie, orgullosa de su pertenencia a la categoría de homo sapiens sapiens, ignora que muchos de sus integrantes se aproximan más a otra especie que los psicólogos sociales denominan homo arrogantis. Uno mira a su izquierda, luego a su derecha, hace un gesto displicente, sonríe levemente y piensa: “Es que soy la bomba”. ¿Alguien conoce a un inepto consciente de su inoperancia? ¿Alguien conoce a un bruto que reconozca su ignorancia o que, si la adivina someramente, no se sienta inmediatamente orgulloso de su bruticie? Es este un fenómeno también conocido como el efecto Dunning-Kruger, que tiene mucha miga: si nos valoramos por encima de la media de forma constante, nunca nos daremos cuenta de nuestros errores y, por lo tanto, nunca podremos enmendarlos. Las personas más brillantes, aunque pueda parecer una paradoja, siempre han tenido la percepción en los estudios a los que han sido sometidos de que estaban por debajo de la media. Mientras, los inútiles de sus compañeros estaban totalmente convencidos de que hacían las cosas requetebién. Esto es malo para nosotros, pero también para nuestra visión de los demás: una visión distorsionada de nosotros mismos nos lleva ineludiblemente a distorsionar, hacia abajo, la percepción que tenemos de los otros, rebajándoles en su valía y en su capacidad.

Según Dunnig y Kruger, la única manera de superar este síndrome es confiar también en la opinión de los demás, en contrastarla siempre con la nuestra y en evaluar los aspectos positivos y negativos que se derivan de ella. Erigirse en el puñetero amo de las circunstancias y de las situaciones no es, de hecho, sino una manera de ser el burro que ignora su propia ignorancia. Recuerdo con cariño una expresión que mi padre empleada frecuentemente: “Cuando se es como yo, es imposible ser humilde”. Nunca percibí a mi padre como alguien arrogante, porque todo radica en la sonrisa: algunos se ríen en su propia ignorancia y la explotan en la cara de los demás; otros mantienen el ceño fruncido, siempre enfadados y amargados; otros (muy pocos) miran a la vida con una sonrisa esbozada a medias. Conscientes de que todo esto es una broma demasiado seria para tomársela en serio.

(En cualquier caso, esta entrada es muy peligrosa. Pero confío plenamente en mis elevadas capacidades y estoy seguro -segurísimo- de no haber dejado ningún aspecto a medio perfilar. Cuanto más me conozco, más me gusto. ¡Vivan los espejos cóncavos -y los convexos-!)

(Imagen de Pacomi

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Uno de los anuncios promocionales de la campaña Castilla y León es vida de la Junta reza:

“No hace falta ser filósofo para saber lo que es vida y lo que no”

Yo para estas cosas soy muy tarugo, y me pasa lo siguiente: que siempre estoy de acuerdo con todo y siempre estoy en desacuerdo con todo. Las dos cosas a la vez. Lo mismo me parece que no hace falta ser filósofo para saber lo que es vida como que, precisamente, hay que ser filósofo para saber lo que es vida. El problema -igual- es no saber lo que es ser un filósofo, pero eso sería pedantería y arrogancia, porque significaría que yo sí sé lo que es ser filósofo y los que han ideado la campaña no. Si todo esto es evidente, la entrada acabaría ahí. Como creo que igual es evidente pero no “tan” evidente, me permito aburrir al que no haya desistido ya con alguna observación.

Le he dedicado unas poquitas horas de mi vida a la filosofía como profesor, lo que no me hace filósofo, ni mucho menos. Sobre todo cuando pienso en Sócrates, que no escribió una línea en su vida y al que ya le hemos dedicado algo de atención en nuestro blog. Los filósofos griegos eran amigos de charlar, de darle al banquete, de utilizar el ágora como lugar de encuentro y reunión. La filosofía no era la cosa en la que la hemos convertido algunos malos profesores: era algo que tenía mucho que ver con nuestra vida. Un alumno me decía esta mañana que el lema era correcto, sólo dejaría de serlo si dijera: “No hace falta ser filosófo para saber lo que es la vida”. A mí siempre me divierte pensar la anécdota, casi con seguridad apócrifa, de un Diógenes recostado a la entrada de su barril ante el mismísimo Alejandro Magno diciendo a éste que lo único que necesitaba era que se apartase un poquitín para que no le quitase el sol. ¿Es esto vida o esto es la vida? No le encuentro mucha diferencia.

Bueno, a estas alturas de la película no creo que haya nadie que siga leyendo, pero, entonces, se perderá lo mejor. Me gusta mucho la definición de filósofos que da Pitágoras de los filósofos. Una, la más conocida, es la de que fue el mismo Pitágoras el “inventor” de la palabra filosofía. Se le ocurrió a alguien llamarle sabio y él le contesto algo así: “No me llames sabio, porque sólo la divinidad lo es. Yo soy, simplemente, amigo de la sabiduría (filósofo)”. Creo que supone todo un ejemplo de falta de arrogancia y de dar al término su significado más genuino. Pero la anécdota que nos aporta Diógenes Laercio sobre Pitágoras y que da sentido a este post es la que sigue:

Comparaba Pitágoras la vida humana con una fiesta o competición llena de gente: unos vienen a luchar, son los protagonistas; otros, a comprar y vender cosas durante el espectáculo, y son aquellos que sacan su beneficio. Y otros, que vienen a ver el espectáculo: esos son los mejores. Y esos, precisamente, son los filósofos.

Creo que la campaña de la Junta de Castilla y León iba por ahí, pero al revés. En todo caso, por lo que a mí respecta, que me gusta casi siempre ser espectador , creo que tengo momentos muchos más filosóficos que éste a lo largo del día. Por ejemplo, cuando salgo a correr con mi perro. Él es muy cínico, y me entiende.

(La foto es de Cintia08)

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Socrates

Recomendación para los perezosos: no dejéis de leer, aunque aparezca “Filosofía”, palabra maldita.
Es conocido por casi todos que Sócrates, gran filósofo griego, murió obligado a ingerir cicuta. Acusado por sus enemigos de impiedad y corrupción de los jóvenes, fue un claro exponente de que pensar tiene sus peligros, y hacer pensar muchos más. Sócrates huía del dogma, ya que su propósito era que cada individuo sacara la verdad de su interior. Y ese fue su pecado.
Creo que unas pocas palabras de Sócrates en el juicio, trasladadas por Platón, su discípulo en la Apología de Sócrates, bastarán para iluminar lo que supone la dignidad humana. Me permito realizar pequeñas adaptaciones de un fragmento para acortar la entrada, pero aconsejo íntegra la lectura. (Y una pequeña confesión: me resulta muy difícil que, cada vez que leo este pasaje, mis ojos no se humedezcan):
En esto, tal vez es que me diferencio de la mayoría de los hombres, y,si debiera decir que soy más sabio en algo, sería en esto: sé que es malo y vergonzoso obrar injustamente y desobedecer al mejor, tanto a un dios como a un hombre. Y por los males que yo sé que son males, jamás temeré o evitaré las cosas que no sé si son buenas. Supongamos, pues, que ahora ustedes me absolvieran sobre esta [base]: nunca más pasarás el tiempo en esta investigación ni en filosofar; pero si eres sorprendido haciéndolo, morirás.” Supuesto tal caso, como he hecho, de que se me absolviera sobre tales, les contestaría: “Yo los respeto, señores atenienses, y los estimo, pero he de obedecer al dios antes que a ustedes, y mientras tenga un hálito de vida y [sea] capaz de ello, no cesaré de filosofar, y de exhortarlos a ustedes, y de explicarle a aquel de ustedes que encontrase, diciéndole cosas como las que acostumbro: “Querido amigo, que eres ateniense, ¿no te avergüenzas de preocuparte por tu fortuna, de modo de acrecentarla al máximo posible, así como a la reputación y a la honra, mientras no te preocupas ni reflexionas acerca de la sabiduría, de la verdad y del alma, de modo que sea mejor?.” Y si alguno de ustedes me disputara y afirmara que él se ocupa [de estas cosas], yo no lo soltaré enseguida y me marcharé, sino que lo interrogaré, lo examinaré, lo refutaré. Y si me parece no estar en posesión de lo que hace a su perfección, se [lo] diré, y le reprocharé que confiera mucho valor a lo que es inferior, y poco [valor] a lo que es superior. Y haré esto con quien sea que encuentre. En efecto, no hago otra cosa que ir de un lado al otro persuadiéndolos a ustedes, sean jóvenes o ancianos, de no preocuparse por [sus] cuerpos ni por [sus] fortunas sin antes atender intensamente a su alma, de modo que llegue a ser perfecta; diciéndoles que no es de la fortuna que nace la perfección, sino de la perfección que [nace] la fortuna y todos los demás bienes para los hombres, en forma privada o pública. Si corrompo a los jóvenes cuando digo esas cosas [nos encontraríamos con la sorpresa de que], esas cosas serían perjudiciales. Ahora, si alguien afirma que no digo esas cosas sino otras, habla por hablar. En este punto, señores atenienses, yo diría que, convencidos por Ánito o no, me absuelvan o no me absuelvan, en cuanto a mi no habré de hacer otra cosa, ni aunque esté mil veces a punto de morir.

(La fotografía de la entrada pertenece a Sebastià Giralt)

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