Por Raúl, hace 22 días

Rellenando huecos a lo largo

Camisa

La memoria, como todo el mundo sabe, es algo que existe porque se inventa. Nuestros recuerdos horadan pequeños huecos de nuestro cerebro y la imaginación hace el resto: relaciona una cosa con la otra y la de más allá, rellena un vacío que quedaba por este otro lado... Así puede explicarse que el cuarenta por ciento de londinenses recuerden haber visto por la televisión algo que no existió jamás. Siguiendo por esta senda, ¿cuántas cosas que creemos depositadas con profundo sedimento en nuestra memoria no han sucedido nunca? Por eso Blade Runner, esa película que trata de todo lo que nos hace humanos, es una película sobre el recuerdo. ««Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas sobre el hombro de Orión. Rayos «C» brillar en la oscuridad cerca de la puerta «Tanhauser». Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.... es hora de morir». Lo dice Roy, cuando realiza su último canto del sentido de los humanos como seres. Lo dice él, que era un «pellejudo», un replicante tan sólo.

Miraba hoy una camisa tirada en la cama y recordaba haber leído que, en contra de las creencias populares, las rayas verticales no estilizan, sino que engordan. Miraba -digo- esa camisa sobre una cama desecha con la inconsciencia que sólo aporta un sueño placentero, y pensaba que las rayas verticales subían del suelo al infinito, pasando por nuestro cuerpo. Pensaba, también, que la línea recta era la distancia más corta entre dos puntos. Pero resulta que no, que esa línea recta que asciende nos hace engordar tanto como para creernos parte del mundo. Las líneas se estiran y se estiran hasta dilatarnos. Y nos creemos tan importantes que se nos olvida imaginar nuestros recuerdos. ¿Quién nos dice que los deseos, lanzados vanamente como una moneda a un pozo, no son más que el depósito de nuestra memoria?

Por Raúl, hace 1 mes y 18 días

Banda sonora

Bacterio

En los maravillosos tebeos de Mortadelo y Filemón,  se sometía a los espías capturados por la TIA a toda una extensa gama de torturas que iba desde las cosquillas integrales con pluma de oca hasta la obligación de escuchar insistentemente y a todo volumen el «Vivir así es morir de amor» de Camilo Sesto o el «Gavilán o paloma» de Pablo Abraira (también se barajaba como posibilidad el «Échame a mí la culpa» en versión de Albert Hammond). El que voy a contar ahora es un caso divertido, en un estilo tan atinadamente agitador de las fronteras entre la realidad y la ficción que merecería incorporarse a la serie de interpretaciones y lecturas sobre el Quijote que realiza magistralmente Pedro Ojeda en La acequia: en Guantánamo los presos quedan forzados a permanecer erguidos, sin poder mover los brazos ni las piernas y encadenados al suelo, con el aire acondicionado al nivel de lo extremadamente gélido y escuchando insistentemente hora tras hora a Bruce Springsteen, Christina Aguilera, Metallica o Britney Spears. Si el asunto no fuese tan serio, daría por ironizar y  decir que, entre el Springsteen y la Spears, los torturados verían que no hay color. Pero como todo esto es mucho más serio que todo esto y como la vida no es de tebeo, no quiero seguir viendo paralelismos entre Mortadelo y Filemón y los métodos de tortura de los Estados Unidos. Más que nada, porque me pongo a pensar en el profesor Bacterio. Y no sé si echarme a reír... o a temblar. Que luego pasa lo que pasa...

Mortadelo Torres

Por Raúl, hace 2 meses y 24 días

La vida en dos ficciones

Ramongris

Siempre he pensado -y, directa o indirectamente, lo he reflejado mil y una veces en este blog- que ni la historia es la maestra de la vida ni siquiera es el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Los que así piensan caen, a mi juicio, en dos errores de base: primero, pensar que la realidad es siempre objetiva y, segundo, poner siempre por encima la realidad a nuestros sueños. Yo pienso justamente al revés: la ficción es la maestra de la vida y se me antoja el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Como las ficciones no las construyen los marcianos -incluso las ficciones de marcianos las construimos nosotros-, como las ficciones son tan elementalmente nuestras, reflejan y explican mejor que cualquier cosa todos los grandes horizontes de nuestras vidas, todos los grandes interrogantes de nuestra existencia y todas las maravillas y lacras que constituyen nuestra esencia personal y social.

Yo, que siempre he pensado esto y que he aprendido muchísimo de la vida gracias a las ficciones, me he dado cuenta en estos últimos días de que hay ficciones que hemos percibido siempre como intrínsecamente nuestras pese a no haberlas vivido. Y también he percibido que llega un momento en el que todas nuestras vivencias han sido ya escritas, contadas, explicadas. Eva al desnudo es una de esas películas (entre otras cosas, porque su director,  Joseph Leo Mankiewicz es un experto en contar la vida y los sentimientos íntimos de las personas). No es cosa de contar con detalle el argumento, porque el mejor favor que puede hacerse a alguien que no haya visto la peli es decirle que deje inmediatamente de leer estas chorradas y compre-alquile-saque prestada-o lo que quiera la susodicha. Baste decir que el filme trata el tema de la traición desde una perspectiva inigualable: la traición de base, iniciada desde la perfidia del falso respeto y adulación, de la imitación y usurpación, y consumada con la serena delicadeza del aprovechamiento de los momentos débiles del oponente. Es la zancadilla elegante del que echa el pie para delante en el marasmo de la multitud para luego llevarse la mano a la boca con la sorpresa del batacazo mayúsculo. Considero a All about Eve como la más moderna de las ficciones de la traición, con una explicación mucho más próxima a nosotros que la de Judas Escariote o la de Marco Bruto, que tampoco tienen desperdicio (nunca el beso y el puñal han estado tan próximos).

Vivir de espaldas a la realidad cobijado en los mundos de la ficción tiene, qué duda cabe, unas desventajas manifiestas. Entre otras, que estés tan obcecado viendo asesinos en la pantalla cada vez más plana y en las páginas cada vez más libres de cloro de los libros que no llegues a ver cómo se acercan a tu puerta. Ahora bien: el acto de vivir ficciones tiene otra ventaja inigualable. Que siempre encuentras en ellas historias para vivir nuevas vidas. Y Eva al desnudo está muy bien, es una obra maestra y es, como he dicho, una manera muy moderna de descubrir las acciones humanas. Pero yo soy un antiguo al que le fascina el folletín decimonónico. Quedo maravillado ante Scaramouche (tanto el literario de Sabatini como el cinematográfico de George Sidney, que son distintos siendo iguales), pero tengo desde pequeñito un héroe al que adoro sobre cualquier otro: El conde de Montecristo. Así que cuidadito, que es fácil desterrar del Paraíso a todas las Evas que, una vez privadas de todos sus ropajes, se muestran tal y como son: desnudas e indefensas por el mundo, víctimas de su propia tentación.  Ezequiel, 25, 15-17. No todo el mundo es Margo Channing. Y la historia contemporánea se inició con la Revolución Francesa.

(Imagen de Ramón Gris)

Por Raúl, hace 4 meses y 6 días

Un remanso en el espacio y en el tiempo

Armario

Leo que un japonés encuentra a una mujer que vivía en su armario desde hace meses y lo primero que me viene a la cabeza es que el mismo Juan José Millás no daría crédito a sus ojos: por fin la ficción y la realidad, las vidas de los personajes y de las personas, unidas como esos cordeles enredados en el bolsillo de los que él suele hablar. En Ella imagina (y en otras obras de Millás) aparece la obsesión de este autor por los armarios (pueden leerse algunos extractos de la obra aquí) y allí nos decía que en los armarios de tres cuerpos se produce la preocupante sensación de que «apareciera dentro algo distinto a lo que esperábamos los de fuera» , armarios «tan oscuros como un pozo». A veces, los armarios tienen unas dimensiones espaciales diferentes a las convencionales, ya que no se sabe «a dónde conducía el interior de este armario, pero desde luego no se acababa allí. A veces, tiraba piedras dentro y acercaba el oído, pero nunca las oía caer de profunda que era aquella tiniebla». En un artículo de prensa, Millás llega a afirmar la distinta dimensión espacial de los armarios, en los que transcurre un «tiempo oscuro».

Pero la vida armariada de Tatsuko creo que transgrede aún más los límites del espacio y del tiempo. Me la imagino los lunes, mecida por las camisas blancas y azules; los miércoles, agazapada en las chaquetas del lana; y los sábados, recostada entre la elegante suavidad de las corbatas de seda hechas a mano, enroscadas en su cuello como serpientes palpitantes. La noticia dice que vivió allí durante todo un año, pero no todo el tiempo. Yo no sé lo que quiere decir, probablemente sea que no vivió allí de continuo, pero también podría ser que ella permaneciese un año allí, y viviese a ratos. Los momentos de tiempo congelado, en la que ella engulle pañuelos para hibernar sus lágrimas del alma; los breves espacios de reposo y soledad, cuando abre el armario para cerrar el mundo, o cuando cierra el mundo para abrir el armario. Tatsuko respira el aire viciado del armario, mezclado con el olor de la naftalina, del mismo modo que el buzo sumergido en el agua respira mayor cantidad de nitrógeno cuanto más cae en los pozos abisales. Si piensa que ya es demasiado y cunde el pánico, ansía salir rápidamente a la superficie para respirar un aire que quizá ya no le pertenezca. El armario, ese mueble de los chistes zafios de cornudos o de los dimes y diretes homosexuales, se ha convertido en un espacio para la poesía, para la vida y la ficción. Tatsuko viviendo en el pozo sin fondo del tiempo y en el eterno deambular de los espacios llenos y oscuros. Tatsuko, tú sí que tienes que saber lo que hay en el fondo de la vida.

(La imagen es de Deniman)

Por Raúl, hace 4 meses y 22 días

Soy, modestia aparte, un hombre objeto

Complu

Pospongo para las próximas entradas mi proyecto de hablar del interior y del exterior, porque un suceso imprevisto ha cambiado mi vida. Me he dado cuenta de que soy un hombre objeto. Así, sin comerlo ni beberlo, sin salir a buscarlo y con toda la modestia del mundo. Las cosas son así, amigos. Y lo he descubierto en el transcurso natural del día a día, leyendo. Si desciendo, evidencia a evidencia, me doy cuenta de que soy un ser humano y, por lo tanto, animal; animal y, por lo tanto, ser vivo; ser vivo y, por lo tanto, cosa, objeto. Me desmarco, pues, de las hienas, de los champiñones y de las abstracciones punto por punto y evolutivamente. Como dice Jesús Mosterín, «decir de algo o de alguien que es una cosa, lejos de ser un insulto, es un piropo ontológico. La alternativa a ser una cosa es ser un mero accidente, o una abstracción, o una ficción» (La naturaleza humana, Espasa-Calpe, 2007, pág. 54). Y no os podéis imaginar lo que me alegro de no ser una hiena (aunque sea un animal no carente de encanto y equivalente a unos cuantos humanos que conozco), de eludir el champiñón (aunque sea la exquisitez de las basuras, pero inevitablemente unido a la cocción junto con el insulso perejil) o de ser una abstracción (que se pierde en el ser no siendo nada). Eso, ser una cosa, es algo que yo nos lo decía Aristóteles con palabras más rimbombantes (sustancia, dicen los latinos y los traductores; ousía, decía él). Pero cosa está bien. Me gusta.

Ahora me miro al espejoSr. K, me gustas un huevo!) y, viéndome cosa, recupero mi dignidad. Me aprecio, me acerco y dejo de ver arrugas, canas, para contemplar laberintos, surcos de belleza enmarcada. Y me siento digno parternaire de las chicas de Intimissimi y de todo lo que se lleve por delante. Soy una cosa, amigos. Y sólo falta que una femme fatale (esta, por ejemplo) venga, se arroje a mis brazos y me diga: «Ven aquí, cosita mía» y así quedar plenamente reconciliado con el mundo y con sus moléculas.

Por Raúl, hace 5 meses y 13 días

Verdicticia

Forges y el Quijote

No iba comentar nada sobre el contenido del Quijote en fechas cercanas al Día del Libro, pero las interesantes y prometedoras reflexiones de Pedro Ojeda me han animado a recordar un pequeño -y justamente famoso- detalle que siempre me ha apasionado de esta novela. En el capítulo 44 de la primera parte, el barbero y don Quijote se enzarzan en una discusión. Mientras el barbero asegura que le robaron una bacía de latón, don Quijote se enfada por confundir con un utensilio tan vacuo el yelmo de Mambrino. Sancho opta por la solución más salomónica para acabar nominando el objeto de la disputa: «si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara muy bien...» El barbero, por oficio, es un experto en bacías, porque es un útil indispensable en su trabajo; Don Quijote, es un experto en yelmos, ya que su cabeza acapara y mezcla todas las historias caballerescas. Sancho, en una solución típicamente cervantina, no crea un neologismo, sino que logra el óptimo balance entre una realidad inventada y una ficción verdadera. Las cosas no son lo que uno piensa, ni lo que otros creen: la realidad es un revoltijo ordenado, un poliedro sin aristas en el que cabe todo, como en las palabras. Para eso sirven, por eso Cervantes es un maestro: ¿quién pone fronteras a lo que la realidad quiere que sea y lo que nosotros queremos hacer de ella? Por eso los baciyelmos nos sumergen en la fictiedad y la verdicción.

(Obviamente, la viñeta pertenece al genial Forges, al que pediré permiso... ¡Glup!)

Por Raúl, hace 6 meses y 1 día

Sólo para adultos

Epi y Blas

Recupero una noticia aparecida ya hace tiempo en la que se nos informa de que los contenidos en DVD de Barrio Sésamo, el genial invento de Jim Henson, serán aptos sólo para adultos en Estados Unidos. Más o menos aquellas fechas, me enteraba de que los turcos tergiversan el bodrio de Heidi impidiendo que se le vean las bragas y, además, que a otro de sus personajes le dibujan con un velo en los libros turcos de Spyri. Hasta que no he visto con detenimiento enfermizo el vídeo, no me había percatado del exhibicionismo insano de la chiquilla en el columpio. Quizás sea esa la razón de que todos los hombres que nos hayamos encontrado a lo largo de nuestra infancia con el personaje tengamos esas tendencias obscenas y guarrindongas. Yo creía que Heidi me había marcado en mi infancia por otras razones, como la tendencia de Pedro a beber abriendo de manera desmesurada e irreal la boca, o por la maravillosísima señorita Rottenmeier, que seguramente engrosará algún día la serie de Verba volant titulada «Los malos son los mejores».

El caso de Sesame Street es aún mucho peor. No sé si la memoria me traiciona, pero creo que la serie tuvo su origen como complemento educativo de las clases norteamericanas desfavorecidas, más proclives al absentismo escolar y con muchas horas con el televisor por delante. Ahora resulta que el contenido -sobre todo, el original de Epi, Blas, Coco o el Monstruo de las galletas, no los bodrios añadidos con actores reales- de una las series que ha sabido educar divirtiendo y con presupuestos originalísimos no es apto para los pequeños. ¿Las razones? Una niña invita a un desconocido a su casa; Epi solicita a Blas que le pase el jabón en la ducha (y que no me venga ningún comentarista «original» a soltar la gracieta de la homosexualidad de ambos: creo que están tan pasados de rosca como a los censores que estamos criticando). Por cierto, al Monstruo de las galletas le han aplicado una dieta hipocalórica y ahora le da por engullir verduras.

Estamos haciendo a nuestros hijos hipersensibles. Y hemos llegado al extremo de que ya no nos importa tergiversar el pasado, el presente y el futuro. Yo propongo que, para no menoscabar su desarrollo sensitivo, borremos de los libros la existencia de las guerrras y cambiemos todas las fotos horrendas de los desastres bélicos por las sonrisas aprofidentadas de los actores de High School Musical. También sugiero que un grupo de artistas de una junta parroquial pase la brocha blanca por las pinturas negras de Goya para que Saturno pase a devorar un salmonete (el akelarre pasará a ser el ambigú de los pijos del Ferrero Rocher). Los hombres del tiempo (ahora subidos de categoría para pasar a ser meteorólogos), por su parte, tendrán que augurar un tiempo primaveral permanente (de hecho, esa es la presión continua de los hosteleros).

Y se me olvidaba lo más importante. Los padres estaremos de acuerdo con todas estas chuminadas, llevaremos a nuestros hijos a una escuela multideportiva para que muevan un poco el culo (aunque previamente les llevemos a todas partes en coche o les hayamos dejado tirados indiscriminadamente delante de una videoconsola, o les premiemos constantemente invitándoles a una hamburguesa triple en el Burger de la esquina), les anularemos totalmente su capacidad crítica, les protegeremos del mundo con la billetera abierta. Y, sobretodo, nos tiraremos en el sofá con la babilla caída para ver una mierda de programa, no leeremos un puto libro en nuestra vida, nos dejaremos resbalar por la mierda de la corrección política y jamás de los jamases nos enfrentaremos ante la realidad para explicársela tal y como es. En justa correspondencia, ellos acabarán disparando por ahí cuatro tiros a alguien cuando estén muy frustraditos o alguien les lleve la contraria. Por gilipollas.

Por Raúl, hace 6 meses y 2 días

Te espera la vida...

Calamar

Este blog, como he dicho ya alguna vez, tiene una comentarista privada que me tiene desconcertado. Se llama (la llamo) «Chipirón negro» -los asiduos ya la conocéis- y es una especie de voz alta de mi conciencia. Sin conocernos personalmente, me tiene más calado que Pepito Grillo a Pinocho (y tiene la ventaja de que es menos repipi). Continúa lanzándome atinadas observaciones, exabruptos (certeros todos ellos): es una bomba continua que explota expresividad, alegría vital y verdades como puños. El mensaje recibido ayer, era una excepción. Frente a su habitual aluvión de palabras llenas de significados, sólo contenía una frase y dos vínculos a sendos sitios. Decía: «Si te gusta la vida, no tienes más que entrar, garbanzo negro». Y las páginas a la que me remitía eran esta y esta otra. Entré y no entendía nada. Intentando desentrañar significados, vi «su página», la del calamar, llena de información, mientras que «mi página» estaba vacía. Con el orgullo herido por la ignorancia, comprobé que EOL es un portal que tiene como pretensión ser el portal de referencia de «la vida». ¿Será que su vida, como calamar-chipirón está llena, repleta de referencias e imágenes y que la mía, como garbanzo, se encuentra vacía?

Como si me leyese el pensamiento, hace menos de quince minutos recibo otro mensaje suyo: «Qué, acojona verse vacío, ¿verdad, garbanzo negro?». No te lo tomes a mal: tienes toda la vida para llenarte, como la página del garbanzo esta, que está en construcción. Yo estoy allí, tú no (todavía)». Yo sigo pensando que este Chipirón Negro, así, con mayúsculas, me conoce como si me hubiese parido. Así que tendré que hacerle caso. ¿Alguien sabe cómo se hace la argamasa para el edificio de la vida? A partir de ahora, tendré que poner el cartel de «Este bloguero se encuentra, ahora mismo, en construcción».

(Aprovecho para mandar un saludo a otra comentarista privada y asidua -y siempre con la dulzura que aporta ser un poco borde-. Un beso, Elena)

 (Imagen de la web BioLib)

Por Raúl, hace 6 meses y 7 días

Cambia la hora

Hucha

No me gusta el cambio de hora. Bueno, reconozco que el cambio al horario de verano me agrada mucho más que el que se produce el último fin de semana de octubre. Pero me aburren muchísimo las noticias de los periódicos que sufrimos todos los octubres y todos los marzos, año tras año: siempre los mismos datos, siempre los mismos presupuestos. Dicen, como principal argumento, que ahorramos un montón. No sé si creérmelo mucho, o no sé si creerme que la medida del cambio de hora sea totalmente eficaz para el ahorro energético. Las medidas, a lo largo de la historia, han sido variadas. En 1784, Benjamin Franklin envió una carta a un periódico parisino con tres propuestas para ahorrar energía: gravar con un impuesto a todo aquel que no dejase entrar la luz en las habitaciones mediante el uso de contraventanas, regular el consumo de velas y demás artilugios lumínicos, y ¡hacer sonar las campanas al amanecer para que todos se levantasen al unísono! Desde esa fecha hasta 1974, año en el que se instauró más o menos homogéneamente la medida, ha llovido mucho. Los historiadores no lo comentan, pero yo pienso seriamente que la propuesta del entonces embajador americano es una de las razones para que estallase la Revolución Francesa.

Aunque no soy erudito en la materia, se me vienen a la cabeza algunas medidas para luchar más eficazmente a favor del ahorro energético. Una de ellas sería el cambio de año. Que te encuentras en Estados Unidos en 1929, con unas cuantas acciones en el bolsillo, pues te cambias al año de mayor bonanza económica. Que prevés que un terremoto mueve demasiado los tiestos, pues no tienes más que irte al año en que las oscilaciones sismográficas sean mínimas. Ya a título particular, si un año te tienes que apretar el cinturón porque sufres con tus penosas llegadas a fin de mes, te cambias de año: justo a ese en el que lograrse el mayor aumento de suelo. Si lo repites dos meses consecutivos y se tiene en cuenta el IPC del año en curso (ya me he perdido, pero bueno), te forras. En otro orden de cosas: ¿por qué no instaurar un ahorro energético por traslación? Los burgaleses ahorraríamos mucho si en verano Aparicio nos hiciese una permuta por Alicante. Con Catedral y todo. Nosotros recibiríamos una cantidad ingente de vitamina D gracias al sol levantino y, a cambio, ellos verían las torres de nuestro monumento nada más salir de casa. No sé, ya se me ocurrirá otra medida. Es que ya no sé en qué día vivo. Y es que, como decía Franklin, no se puede repicar las campanas y estar en la procesión.

Por Raúl, hace 6 meses y 8 días

Pero qué listo es mi niño...

Abajo la inteligencia

Pues sí, en Verba volant estamos obsesionados por la realidad y la ficción, por sus fronteras y sus intersecciones. Y siempre nos ha gustado vivir el mundo como un sueño e imaginar los sueños como si de entidades palpables se tratase. ¿Alguien encuentra la diferencia? Estamos enchufados a la máquina de Matrix, que origina nuestra conciencia de lo real, que nos conecta al videojuego perpetuo de vivir lo mismo que existiéramos. En la era del pensamiento débil, palpamos nuestra apariencia de lo ficticio para evidenciar nuestra realidad y, percibiéndonos en nuestra escasa consistencia, quizá lleguemos a admitirnos como seres superficiales, mártires de la era del pensamiento débil.

Si las novelas y el cine son el testigo de cargo de que la realidad es como es, los periódicos son los mejores instrumentos de lo novelable. Casi todos los medios se hicieron eco hace unos días de una noticia en la que se afirmaba que George Bush es el presidente con menor cociente en la historia de los máximos gobernantes de los Estados Unidos. A todos nos gusta creer que los medios son fiables y nos dicen la verdad, pero sabemos que vivimos en ese mundo de ficción en el que, al final, creemos en lo que queremos creer. El notición se basaba en un bulo que circulaba por Internet desde 2001 (estos bulos por la red se llaman hoax, y aparecen registrados en la mismísima Wikipedia) y se erige sobre un informe del prestigioso Instituto Lovenstein. Como estos del Lovenstein están a un nivel más bajo que nuestros alumnos de la ESO, las pruebas tangibles sobre las que se basaban sus informes se fundamentaban en los logros escolares, el tipo de escritos producidos por los presidentes o su habilidad para hablar con claridad, así como otro tipo de factores psicológicos sin especificar. Un servidor, que de psicología cognitiva sabe lo justo, pensaba, por un lado, que las pruebas para medir el cociente intelectual se basaban en una batería compleja de test realizados de manera empírica a los sujetos y, por otro, que el concepto de inteligencia se atiene cada vez menos al cociente intelectual como parámetro único para tener en cuenta otro tipo de factores como el de la inteligencia social o la inteligencia práctica (en otras palabras, la tríada de factores que propuso ya hace mucho tiempo Sternberg: pero cuidado, porque los estudios en este campo avanzan en progresión geométrica). Sin embargo, a nosotros la noticia nos gustó, más que nada, porque se ajusta a nuestra realidad soñada. Creemos y defendemos las cosas que imaginamos para luego erigirlas en nuestras verdades absolutas (y en esto nuestra percepción visual tiene mucho que decir). Aquí el pensamiento colectivo funciona de maravilla (¿alguna vez nos atreveremos a realizar un referéndum sobre la ley de gravitación universal? Como el resultado sea adverso, nos veo a todos flotando...). Por cierto, el presidente americano más inteligente según el sesudo estudio es Bill Clinton, con un cociente de 182, frente a los exiguos 92 puntitos de G. Bush. Lo de Clinton también nos agrada, ajustados como estamos a una percepción escatológica de los personajes: es un presidente que nos caía bien porque el dominio de los «idiomas» y el manejo práctico de productos derivados del tabaco que realizaba en el Despacho Ojal (perdón, Oval) está muy lejos de La Moncloa (iba a poner el nombre de otro palacio, para que la pareja ficción-realidad fuese todavía más confusa). Total: como Bush nos cae muy mal aceptamos su estulticia porque nos lo dicen y porque lo creíamos ya previamente. Del mismo modo, no sabemos si Clinton era muy inteligente, pero lo que nos dicen halaga nuestra percepción gracias a que, en efecto, era un tipo muy listo, con horas y horas de despacho y una capacidad suprema para que sus trabajadores y becarios se sintieran bien trabajando a su lado (lamparón más, lamparón menos...).

La noticia que existió ya no existe. Esta es la muestra fehaciente de los periódicos como batiburrillos de la ficción intemporal. Y la prueba irrefutable de que nuestra concepción de la inteligencia es totalmente subjetiva, empezando por nosotros mismos: todos nos sentimos más listos que los que tenemos a nuestro lado: miramos a izquierda y a derecha, esbozamos una pequeña sonrisa de autocomplacencia y pensamos: «Ya me lo decía mi madre: Qué listo es mi niño».

Y, así, jugamos a vivir, lo mismo que existiéramos, aunque esto tenga efectos secundarios en nuestras vidas: leemos otras noticias, entramos en otras direcciones de Internet siguiendo con interés la actualidad, atentos a la realidad que nos rodea, y no sabemos si la verdad está un par de tallas más allá de nuestros sueños. Porque en Verba volant estamos obsesionados. Con la realidad y con la ficción.

(La imagen es de neo_1)

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