— Verba Volant

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Realidad

El pasado día no-sé-cuál, nuestra querida televisión pública emitió un reportaje elaborado por Comando Actualidad titulado ¿Los ricos también lloran? Gracias a Fernando Berlín, tuve noticia de él en primer lugar; gracias a la multidifusión primero y a la TVE «a la carta» después, tuve la suerte de poder contemplarlo en toda su inmensidad. ¡Qué ocasión magnífica, amigos! ¡Qué gran oportunidad de aprendizaje para la vida! En la entrada anterior hablaba yo de la televisión y decía que la tele es como la vida misma,  sólo que vista y reflejada a través de espejos cóncavos y convexos. Y, lejos de haberme quitado esa idea de la cabeza, el «visionado» [consultad el hipervínculo, plis] de esa obra maestra me ha hecho reafirmarme, como el busto y la piel celulítica en los anuncios de cosmética femenina, en mi obstinada opinión.

Los detalles los dejo para aquellos que quieran el deleite intensivo de los cincuenta y ocho minutos (y cincuenta y nueve segundos, que también cuentan). Pero basta con que veáis este pequeño extracto de YouTube para que os hagáis una pequeña idea:

La pavita del reportaje [se ruega volver a pinchar en el enlace del DRAE], Carmen Lomana, habla de lo duro que es ser rico en tiempos de crisis: por solidaridad, ella gasta mucho menos (y lo dice mientras se va probando modelito tras modelito y sus complementos respectivos en una tienda exclusiva), tiene una dedicación intensiva a su trabajo, que no sabemos cuál es pero que debe ser digno de una tesis doctoral (y no lo digo de coña): se despierta a las nueve de la mañana, se tira una horita en la cama poniéndose al tanto de sus cosas y luego se levanta para estresarse e ir de tiendas. Los mercadillos callejeros le divierten, aunque nunca haya pisado ninguno.

Decía la chorba que ser rico es muy duro en tiempos de crisis: los ricos son tan pobres en tiempos difíciles que no disponen más que inversiones patrimoniales; nada de dinero en efectivo. Y, además, los ricos no son pobres (claro está) y por eso no están acostumbrados a serlo, y a pedir, y a pasar vergüenza por algo que, seguramente, se merecen. Los ricos, por eso mismo, lo pasan fatal, por la falta de hábito.

Escuchando esto, vuelvo a descubrir que la tele es como la vida misma. Si no hubiese sido un reportaje, todo el mundo hubiese afirmado que era un montaje de cámara oculta. Pero no, amigos, la tele es reflejo de la realidad porque esta gente existe, va por la calle (por algunas calles) y habla. No digo que pague sus impuestos, porque les será más fácil evadirlos que al pobrete de turno.

Y uno se lamenta de que no corran otros tiempos y de que ya no se monten guillotinas en las plazas públicas, con toda una turba de miserables que dejan sus obligaciones limosneras contemplando en masa una buena segada de cabezas. Por pija, por rica y, sobre todas las cosas, por gilipollas.

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Telebasura 

Por mucho que lo neguemos, la televisión es un espejo de la realidad. Lo que ya no sé es si es un espejo plano, cóncavo o convexo, o si Valle-Inclán aceptaría así, tal cual, la metáfora. En la televisión tenemos de todo, incluso lo que no existe. Incluso lo que existe porque la televisión lo dice. Nos enteramos por la televisión de noticias que no existen, conocemos por la televisión a personas que no existen. En la medida en la que escogemos unos canales y no otros, el grado del conocimiento de lo real asciende por momentos. A mayor consonancia y concordancia con la realidad nuestra de cada día, menor grado de similitud con lo que de verdad es. La realidad es así. Lo que pasa es que nosotros no queremos verlo.

(Ejemplo vivo de que en la televisión cabe de todo es la imagen que encabeza la entrada, que no está manipulada. Eso es todo lo que cabe en una televisión. Y más.)

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Road line

El (¿la?) skyline está muy lejos, en las comisuras de los horizontes de la ciudad, paralela a nuestras ideas y a nuestros sueños. Es la belleza figurada de lo moderno, de lo urbanita. De todo lo que queremos ser, a orillas del Hudson. En Manhattan. Sin dejar crecer en la rebeldía de nuestros cabellos. Un día, a punto de caer, miré al suelo y lo encontré bello. En líneas perpendiculares al deseo de lo mejor, en beneficio de lo que es, sin espera del mañana. Hoy por hoy, el (¿la?) road line es lo que toca, lo que está más cercano a las suelas de nuestros zapatos, a la imaginación cercana de lo real que es un poco de asfalto, acalorados con el día y con unos zapatos muy muy desgastados. Cansados de andar muertos por las aceras de la vida, seguimos la línea visible que indica el camino. Hacia ninguna parte. Qué más da. Otro día –quizá– levantaremos los ojos hacia el cielo, aunque quizá ya no quede tiempo.

(Imagen de Steve Hanna)

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foam

Las espumas de los dioses llegan a nuestro puerto y nosotros, ajenos a la ofrenda, dejamos el arco tensado sin disparar la flecha. Cuando la reflexión se torna en no-acción, el tiro nos sale por la culata y nos devuelve todas las desgracias con sonrisas flacas, el rictus enrarecido. Los pasados son tradición y sirven para recordar, y anclarse, y anquilosarse. Los futuros son indefinición y, por tanto, son momentos para el éxito y para el fracaso. Como no dice el refrán, nunca hace sol a gusto de los frioleros, pero el fracaso es el eslabón perdido de todo progreso. Las vidas, dice el cantante, se van llenando de días tristes y opacos que ocultamos de nuestra biografía, pero las miserias deben sacarse al sol de la plaza pública, y del mercado, y del barco que arriba a puerto cargado de su botín de peces. Nunca hubo nada más bello que restregar nuestro lado oscuro por los mofletes de las mentes biempensantes, de los burgueses sin sabor, de los que se niegan a hablar porque piensan que las palabras duelen más que los silencios. Nunca hubo nada más bello que la salazón de un sufrimiento mal llevado, bien expresado, culminado felizmente. Si ponemos en fila india a todos los majaderos del universo, un leve impulso de indiferencia nos llevaría a la consumación mundial de la infamia, pero la porquería no es patrimonio de nadie. Ni siquiera de los buenos. Un bucle de palabras me lleva por un flujo de conciencia ordenada. Sin ir, no llegaba a ninguna parte.

Relato de Chipirón Negro remitido a mi correo hace un mes. Hay que escarbar, pero con él se saca agua de un pozo seco. Lo juro.

(Imagen de Nickwheeleroz)

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Questions

Las preguntas son los termómetros de la ontología del mundo, los barómetros de nuestro conocimiento y los manómetros de nuestra curiosidad. Se lanzan al aire en números diversos: si se hace sólo una, se supone tan importante como para hacerla grande –la «gran pregunta»– y su aplicación vendrá a indagar sobre seres supremos o, en el campo más terrenal, podrá constituir el lema de la última prueba  de un macroevento que hará temporalmente rico a un concursante televisivo. El dos, que sería un número insignificante, pasa a ser esencial por su paridad (que será del gusto de hombres -y mujeresmodernos as-) y por su contrariedad, por lo que sería un buen número para un programa radiofónico en el que coges a Solbes y le preguntas una cuestión sobre la balanza de pagos y otra sobre cómo le gustan más los huevos, si fritos o en tortilla. Lo del tres me lo imaginaba: como buen número de la perfección y lo divino -no se olviden las tres virtudes teologales o el cuento de los tres cerditos ( no es coña…)-, da puertas al campo de los seudomísticos y alucinados varios dando lugar a un pack de preguntas profundas, o ñoñas, o de esas «que te hacen pensar». El cuatro es de lo más material -abarca tanto los cuatro elementos de Empédocles, como las cuatro estaciones (las de Vivaldi y las otras), como las esquinitas que tiene mi cama- así que me lo imagino en las páginas de no-sé-qué-color (soy daltónico) de los periódicos, llenas de guarismos, gráficas para arriba, gráficas para abajo, quesitos en porciones desiguales.

Lo que no me podía imaginar es que ayer iba a vivir una experiencia iniciática. Tuve la enorme suerte de asistir  como espectador a una prueba de esas de las que sólo vive Ali Babá (véase también aquí). Primera pregunta (grave): contestación deíctica, pero correcta; segunda pregunta (insistente): contestación nominalmente impecable; tercera pregunta (redundante): contestación irrefutable, inconfundible; cuarta pregunta (inquisitorial, machacona): contestación equivalente, con una palabra añadida. Fueron necesarias cuatro preguntas para contestar lo mismo, cuatro indagaciones sobre el sujeto para llegar hasta su estirpe.

La pragmática, sagaz parte de la lingüística, ya nos decía que las interrogaciones no sólo preguntan,  sino que, por contra, hacen otras muchas cosas (invitan, afirman, sojuzgan…). Y sí, los números son símbolos. Y el cuatro -aquí- es el símbolo de los gilipollas.

(La imagen es de Oberazzi)

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Camisa

La memoria, como todo el mundo sabe, es algo que existe porque se inventa. Nuestros recuerdos horadan pequeños huecos de nuestro cerebro y la imaginación hace el resto: relaciona una cosa con la otra y la de más allá, rellena un vacío que quedaba por este otro lado… Así puede explicarse que el cuarenta por ciento de londinenses recuerden haber visto por la televisión algo que no existió jamás. Siguiendo por esta senda, ¿cuántas cosas que creemos depositadas con profundo sedimento en nuestra memoria no han sucedido nunca? Por eso Blade Runner, esa película que trata de todo lo que nos hace humanos, es una película sobre el recuerdo. ««Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas sobre el hombro de Orión. Rayos «C» brillar en la oscuridad cerca de la puerta «Tanhauser». Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…. es hora de morir». Lo dice Roy, cuando realiza su último canto del sentido de los humanos como seres. Lo dice él, que era un «pellejudo», un replicante tan sólo.

Miraba hoy una camisa tirada en la cama y recordaba haber leído que, en contra de las creencias populares, las rayas verticales no estilizan, sino que engordan. Miraba -digo- esa camisa sobre una cama desecha con la inconsciencia que sólo aporta un sueño placentero, y pensaba que las rayas verticales subían del suelo al infinito, pasando por nuestro cuerpo. Pensaba, también, que la línea recta era la distancia más corta entre dos puntos. Pero resulta que no, que esa línea recta que asciende nos hace engordar tanto como para creernos parte del mundo. Las líneas se estiran y se estiran hasta dilatarnos. Y nos creemos tan importantes que se nos olvida imaginar nuestros recuerdos. ¿Quién nos dice que los deseos, lanzados vanamente como una moneda a un pozo, no son más que el depósito de nuestra memoria?

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Bacterio

En los maravillosos tebeos de Mortadelo y Filemón,  se sometía a los espías capturados por la TIA a toda una extensa gama de torturas que iba desde las cosquillas integrales con pluma de oca hasta la obligación de escuchar insistentemente y a todo volumen el «Vivir así es morir de amor» de Camilo Sesto o el «Gavilán o paloma» de Pablo Abraira (también se barajaba como posibilidad el «Échame a mí la culpa» en versión de Albert Hammond). El que voy a contar ahora es un caso divertido, en un estilo tan atinadamente agitador de las fronteras entre la realidad y la ficción que merecería incorporarse a la serie de interpretaciones y lecturas sobre el Quijote que realiza magistralmente Pedro Ojeda en La acequia: en Guantánamo los presos quedan forzados a permanecer erguidos, sin poder mover los brazos ni las piernas y encadenados al suelo, con el aire acondicionado al nivel de lo extremadamente gélido y escuchando insistentemente hora tras hora a Bruce Springsteen, Christina Aguilera, Metallica o Britney Spears. Si el asunto no fuese tan serio, daría por ironizar y  decir que, entre el Springsteen y la Spears, los torturados verían que no hay color. Pero como todo esto es mucho más serio que todo esto y como la vida no es de tebeo, no quiero seguir viendo paralelismos entre Mortadelo y Filemón y los métodos de tortura de los Estados Unidos. Más que nada, porque me pongo a pensar en el profesor Bacterio. Y no sé si echarme a reír… o a temblar. Que luego pasa lo que pasa…

Mortadelo Torres

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Ramongris

Siempre he pensado -y, directa o indirectamente, lo he reflejado mil y una veces en este blog- que ni la historia es la maestra de la vida ni siquiera es el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Los que así piensan caen, a mi juicio, en dos errores de base: primero, pensar que la realidad es siempre objetiva y, segundo, poner siempre por encima la realidad a nuestros sueños. Yo pienso justamente al revés: la ficción es la maestra de la vida y se me antoja el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Como las ficciones no las construyen los marcianos -incluso las ficciones de marcianos las construimos nosotros-, como las ficciones son tan elementalmente nuestras, reflejan y explican mejor que cualquier cosa todos los grandes horizontes de nuestras vidas, todos los grandes interrogantes de nuestra existencia y todas las maravillas y lacras que constituyen nuestra esencia personal y social.

Yo, que siempre he pensado esto y que he aprendido muchísimo de la vida gracias a las ficciones, me he dado cuenta en estos últimos días de que hay ficciones que hemos percibido siempre como intrínsecamente nuestras pese a no haberlas vivido. Y también he percibido que llega un momento en el que todas nuestras vivencias han sido ya escritas, contadas, explicadas. Eva al desnudo es una de esas películas (entre otras cosas, porque su director,  Joseph Leo Mankiewicz es un experto en contar la vida y los sentimientos íntimos de las personas). No es cosa de contar con detalle el argumento, porque el mejor favor que puede hacerse a alguien que no haya visto la peli es decirle que deje inmediatamente de leer estas chorradas y compre-alquile-saque prestada-o lo que quiera la susodicha. Baste decir que el filme trata el tema de la traición desde una perspectiva inigualable: la traición de base, iniciada desde la perfidia del falso respeto y adulación, de la imitación y usurpación, y consumada con la serena delicadeza del aprovechamiento de los momentos débiles del oponente. Es la zancadilla elegante del que echa el pie para delante en el marasmo de la multitud para luego llevarse la mano a la boca con la sorpresa del batacazo mayúsculo. Considero a All about Eve como la más moderna de las ficciones de la traición, con una explicación mucho más próxima a nosotros que la de Judas Escariote o la de Marco Bruto, que tampoco tienen desperdicio (nunca el beso y el puñal han estado tan próximos).

Vivir de espaldas a la realidad cobijado en los mundos de la ficción tiene, qué duda cabe, unas desventajas manifiestas. Entre otras, que estés tan obcecado viendo asesinos en la pantalla cada vez más plana y en las páginas cada vez más libres de cloro de los libros que no llegues a ver cómo se acercan a tu puerta. Ahora bien: el acto de vivir ficciones tiene otra ventaja inigualable. Que siempre encuentras en ellas historias para vivir nuevas vidas. Y Eva al desnudo está muy bien, es una obra maestra y es, como he dicho, una manera muy moderna de descubrir las acciones humanas. Pero yo soy un antiguo al que le fascina el folletín decimonónico. Quedo maravillado ante Scaramouche (tanto el literario de Sabatini como el cinematográfico de George Sidney, que son distintos siendo iguales), pero tengo desde pequeñito un héroe al que adoro sobre cualquier otro: El conde de Montecristo. Así que cuidadito, que es fácil desterrar del Paraíso a todas las Evas que, una vez privadas de todos sus ropajes, se muestran tal y como son: desnudas e indefensas por el mundo, víctimas de su propia tentación.  Ezequiel, 25, 15-17. No todo el mundo es Margo Channing. Y la historia contemporánea se inició con la Revolución Francesa.

(Imagen de Ramón Gris)

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Armario

Leo que un japonés encuentra a una mujer que vivía en su armario desde hace meses y lo primero que me viene a la cabeza es que el mismo Juan José Millás no daría crédito a sus ojos: por fin la ficción y la realidad, las vidas de los personajes y de las personas, unidas como esos cordeles enredados en el bolsillo de los que él suele hablar. En Ella imagina (y en otras obras de Millás) aparece la obsesión de este autor por los armarios (pueden leerse algunos extractos de la obra aquí) y allí nos decía que en los armarios de tres cuerpos se produce la preocupante sensación de que «apareciera dentro algo distinto a lo que esperábamos los de fuera» , armarios «tan oscuros como un pozo». A veces, los armarios tienen unas dimensiones espaciales diferentes a las convencionales, ya que no se sabe «a dónde conducía el interior de este armario, pero desde luego no se acababa allí. A veces, tiraba piedras dentro y acercaba el oído, pero nunca las oía caer de profunda que era aquella tiniebla». En un artículo de prensa, Millás llega a afirmar la distinta dimensión espacial de los armarios, en los que transcurre un «tiempo oscuro».

Pero la vida armariada de Tatsuko creo que transgrede aún más los límites del espacio y del tiempo. Me la imagino los lunes, mecida por las camisas blancas y azules; los miércoles, agazapada en las chaquetas del lana; y los sábados, recostada entre la elegante suavidad de las corbatas de seda hechas a mano, enroscadas en su cuello como serpientes palpitantes. La noticia dice que vivió allí durante todo un año, pero no todo el tiempo. Yo no sé lo que quiere decir, probablemente sea que no vivió allí de continuo, pero también podría ser que ella permaneciese un año allí, y viviese a ratos. Los momentos de tiempo congelado, en la que ella engulle pañuelos para hibernar sus lágrimas del alma; los breves espacios de reposo y soledad, cuando abre el armario para cerrar el mundo, o cuando cierra el mundo para abrir el armario. Tatsuko respira el aire viciado del armario, mezclado con el olor de la naftalina, del mismo modo que el buzo sumergido en el agua respira mayor cantidad de nitrógeno cuanto más cae en los pozos abisales. Si piensa que ya es demasiado y cunde el pánico, ansía salir rápidamente a la superficie para respirar un aire que quizá ya no le pertenezca. El armario, ese mueble de los chistes zafios de cornudos o de los dimes y diretes homosexuales, se ha convertido en un espacio para la poesía, para la vida y la ficción. Tatsuko viviendo en el pozo sin fondo del tiempo y en el eterno deambular de los espacios llenos y oscuros. Tatsuko, tú sí que tienes que saber lo que hay en el fondo de la vida.

(La imagen es de Deniman)

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Complu

Pospongo para las próximas entradas mi proyecto de hablar del interior y del exterior, porque un suceso imprevisto ha cambiado mi vida. Me he dado cuenta de que soy un hombre objeto. Así, sin comerlo ni beberlo, sin salir a buscarlo y con toda la modestia del mundo. Las cosas son así, amigos. Y lo he descubierto en el transcurso natural del día a día, leyendo. Si desciendo, evidencia a evidencia, me doy cuenta de que soy un ser humano y, por lo tanto, animal; animal y, por lo tanto, ser vivo; ser vivo y, por lo tanto, cosa, objeto. Me desmarco, pues, de las hienas, de los champiñones y de las abstracciones punto por punto y evolutivamente. Como dice Jesús Mosterín, «decir de algo o de alguien que es una cosa, lejos de ser un insulto, es un piropo ontológico. La alternativa a ser una cosa es ser un mero accidente, o una abstracción, o una ficción» (La naturaleza humana, Espasa-Calpe, 2007, pág. 54). Y no os podéis imaginar lo que me alegro de no ser una hiena (aunque sea un animal no carente de encanto y equivalente a unos cuantos humanos que conozco), de eludir el champiñón (aunque sea la exquisitez de las basuras, pero inevitablemente unido a la cocción junto con el insulso perejil) o de ser una abstracción (que se pierde en el ser no siendo nada). Eso, ser una cosa, es algo que yo nos lo decía Aristóteles con palabras más rimbombantes (sustancia, dicen los latinos y los traductores; ousía, decía él). Pero cosa está bien. Me gusta.

Ahora me miro al espejoSr. K, me gustas un huevo!) y, viéndome cosa, recupero mi dignidad. Me aprecio, me acerco y dejo de ver arrugas, canas, para contemplar laberintos, surcos de belleza enmarcada. Y me siento digno parternaire de las chicas de Intimissimi y de todo lo que se lleve por delante. Soy una cosa, amigos. Y sólo falta que una femme fatale (esta, por ejemplo) venga, se arroje a mis brazos y me diga: «Ven aquí, cosita mía» y así quedar plenamente reconciliado con el mundo y con sus moléculas.

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