— Verba volant

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Viajes

 

El viajero ha llegado a su destino después de un tortuoso vuelo a bordo de un avión de hélices, mecido por el viento y a expensas de una lluvia torrencial. El viajero, mientras sentía una inquietud próxima al miedo, piensa, ahora más que nunca, que los viajes son metáfora de la vida o, incluso, son la vida misma. Llega a un aeropuerto pequeño, casi vacío. Ahora tiene que encontrar un medio para llegar a la ciudad y lo hace contratando a un chófer que se compromete a llevarle a su destino. Al viajero le fascina conocer los nuevos paisajes, los nuevos países en viajes nocturnos, por carretera. El viajero piensa que es una manera de percepción más directa al inconsciente que valorable por la razón del sentido de la vista limpio y diurno. Las señales, las aceras, los comercios, se suceden a un ritmo frenético que cuesta asimilar. Tras la ventanilla, ligeramente abierta, se atisban nuevos olores. Cuando llega a la ciudad, al fin, es incapaz de reconocer algo que no sean las luces del hotel en medio de la negrura del contexto. Los trámites en la recepción se le hacen interminables. Incapaz de mover un músculo, pide algo de comida en la habitación. Vencido por el sueño, por el trasiego, cierra los ojos por un tiempo que él pensaba breve. Y la noche le sumerge entre los sueños, entre las ilusiones de lo que aún resta por vivir.

(Imagen de Juan José Ferres.)

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El viajero, como las ocas afortunadas, va avanzando de bus en bus y de vuelo en vuelo. Ahora permanece entre la calma de un ambiente agitado pero agradable en un aeropuerto lejano de su mundo, pero cercano a sus palabras. El viajero ha dormido con la continuidad entrecortada propia de las luces cambiantes, los ruidos y el saberse sin reposar dentro de una cama. Al final, el cansancio ha podido más que sus obsesiones y ha perdido la partida para recobrar el estado de inocencia.

Ahora está contento, con muchas horas de viaje encima, pero con la ventaja de que mantiene la ilusión del que va, del que todavía mantiene ilusiones. El viajero ha ingerido una frugal colación, de esas de las que hablaba el catecismo, pero la ha acompañado de una bebida gaseosa y dulce, que le ha salpicado con las burbujas una nariz que huele nuevas fragancias.

Dentro de poco, el viajero volverá a desaparecer por otro túnel, volverá a emerger hacia el cielo. Y volverá a sentir que las cosas acaban para seguir comenzando.

(Imagen de apr77.)

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[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

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El turista, hoy, ha decidido abandonar la paz de los árboles, del campo y de los confines verdes y azules por el ajetreo de la gran ciudad. Hacía más de veinte años que no recorría sus calles y se ha sentido especialmente cómodo. Le ha divertido ver el trasiego de turistas empecinados en ver mercados, edificios acomodados al orden natural, altos confines hacia el mundo celestial. Ha soportado el calor con perseverancia, ayudado por un poco de agua fría, sustentado por la ilusión de redescubrir lo que vio un día, de adivinar nuevos matices en las cosas y en las personas. Por circunstancias parcialmente ajenas a su voluntad, se ha visto empujado hacia un gran estadio deportivo. Ha paseado por las sombras de los triunfos y por las luces de los pasillos umbríos. Ha contemplado gente uniformada que hacía de estos momentos una ilusión, una sintonía con lo que supone la victoria. Al turista le hubiese gustado un ambiente más amparado en los momentos de derrota, en los minutos tristes en los que se pierden los millones y las sonrisas, pero aquí solo hay lugar para la construcción del mito. Reconoce que el ambiente es soberbio, aunque su personalidad cetrina le empuja más hacia los pequeños detalles (un césped sin la mancilla de la cal, unos chicles conformando un bonito collage) que hacia la parafernalia y el ornamento. Una vez fuera del recinto, el turista ha girado la cabeza y ha visto un pabellón mucho más pequeño. Le hubiese gustado encerrarse a solas, frente a una canasta y, en el silencio más rotundo, en la soledad más inconsolable, botar el balón tres veces y sentir el eco; respirar hondo; soltar todo el aire; lanzar a canasta con un preciso giro de muñeca. Y comprobar que, pese a todos los pesares, el mundo vuelve a estar en su sitio.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Una vez instalado el edificio volátil, el turista duda entre la exploración o el descanso. Ante la disyuntiva, una breve mirada a su alrededor le invita a desplegar una silla y sentarse unos minutos. Alza el mentón hacia el cielo, que no aparece nítido sino sobrevelado por la presencia de las frondosas ramas de un árbol. El turista se dice a sí mismo que tiene que aprender a reconocer los árboles. Uno de esos libros de campo, se dice, con ilustraciones del tronco, de las hojas, con fotografías y dibujos. Lo lleva pensando desde años y es uno de esos propósitos que se quedan en eso y que nunca desembocarán en realidades. En la parcela vecina, suena un runrún de música que agita en pequeñas porciones esa tranquilidad. El turista echa un vistazo a las relaciones y diferencias entre los diferentes modos de vivir la paz y el descanso de unos días en pleno contacto con el campo. Comprueba que algunas personas ansían hacer de su estancia una prolongación de su existencia normal y habitual, con todos los pequeños detalles que hacen de sus vacaciones un hogar. Al turista, al contrario, le agrada esa sensación espartana de profesionalidad y, por ende, de alejamiento. Unos días viviendo con lo básico y desde lo básico.. Por un momento, también respira la mezcolanza de distintos preparados culinarios, que le azuzan con unas ganas de comer que tenía olvidadas. El turista siente pereza. Se vuelve a sentar. A lo lejos, unos niños jugando. A lo lejos, la implacable travesía de un tren en su persistente recorrido. En el horizonte, unas briznas de paz para asentarse sobre la tierra.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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El turista, pasadas las horas, ha llegado a su destino. Los hombros, las piernas, la cabeza algo alterados por la atención de seguir las migas de pan de la línea frecuentemente discontinua. Toma aire con un par de inhalaciones fuertes que le permiten intercambiar el aire gélido pero importado del climatizador por una corriente pura de aire demasiado húmedo, demasiado cálido. El primer paisaje que ve de su destino no es otro que un poquito más de asfalto y una barrera que solo se abrirá una vez que coloque una pegatina con un código de barras en el parabrisas. El turista da un paseo titubeante por diferentes ubicaciones, por terrenos más o menos alejados del olor del mar. Se percibe algo parecido a la calma, a la serenidad, pero todo es espejismo. Todavía aguarda la tarea de vaciar un maletero del coche para trasladar los bártulos empaquetados en algo que se parezca, siquiera remotamente, a un lugar para dormir, para vivir, durante algunos días. El turista, en ese momento, deja de pensar en el momento presente para retraer sus recuerdos a los días en los que recorrió con prisa y con pausa, con todo lo que tiene de paradoja, toda la costa atlántica francesa. En esos días, mucho más ligero de equipaje, que le condujeron a una ciudades y unos paisajes que, hasta entonces, solo existían en la forzada búsqueda de un tesoro de un libro de texto de francés de secundaria. El momento en el que vio la magia de una maravillosa ciudad de mar en compañía de unos mejillones en el puerto. El instante en el que la luz del amanecer se confundió con un paisaje agreste. El puñado de arena de una playa en la que se luchó por conseguir la liberación. El recorrido en coche por una de las ciudades costeras más bellas del mundo. El turista, después de agitar la cabeza, ve ante sí todo un rompecabezas de telas, cuerdas y barras que hay que ensamblar y ajustar. Entonces, se da cuenta de que las manualidades escapan a su ciencia y a su paciencia. No obstante, con la rodilla hincada en la hierba, se afana a dar porrazos a una piqueta para sujetar el que será el edificio de su mundo.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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El turista comienza este año sin saber cómo comenzar. Por no saber, no sabe ni dónde ni cómo se iniciará en la tarea de poner rumbo a algún sitio. Es consciente, sin embargo, de que este año no le esperará ninguna playa exótica en el otro lado del mundo. Asimila que no serán las millas náuticas las que configuren el recorrido. Sabe que tiene que partir de que, este año, buscará más el destino como legado y no como desiderátum; como sosiego más que como agitación. De lo primero que será consciente nuestro turista será de que todo surgirá sentado en un coche y con toda la carretera por delante, sin más límites que el cercenamiento de no poder agotar las posibilidades del acelerador. Mirar campos, poblaciones y polígonos industriales a los lados y, al frente, solo la línea del horizonte mediatizada por el asfalto. A nuestro viajero no le arredran los kilómetros ni las horas de viaje. Le gusta erguirse en el asiento, respirar acompasadamente y, en ocasiones, soltar un resoplido o canturrear mientras escucha la música ecléctica y disonante en ocasiones que sale del disco reproducido de manera aleatoria. No hará más paradas que las que le dicten su vejiga y el depósito de la gasolina.

El turista sabe que este año, lleno de contenciones, ha de serlo también de búsqueda de un remanso en el que descansen sus músculos maxilares. De buscar algún medio para que la cabeza deje de buscar siempre la senda del nerviosismo y del agobio. Sea la meta que sea, ha de ser una meta más simbólica que real, menos obvia y más poblada de los ingredientes que den paz, que proporcionen olvidos de (casi) todos los agobios de su mundo. Este año, el turista sabe que los días de asueto son un intermedio para otra cosa. Una manera necesaria y decidida de decir basta ya, de parar, de olvidar activamente todas sus obsesiones.

Nuestro turista piensa todas esas cosas a pocos días de ponerse en marcha. Sin saber dónde ir ni cómo iniciarse en el rumbo de la pausa. Y, aunque intente engañarse, sabe que su cabeza, por suerte o por desgracia, le irá acompañando a todas las partes.

(Imagen de Lali Masriera.)

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URB Punta Cana 2010 - Raúl 150-1

El turista ha dejado hoy de sentirse como tal, aunque hay costras que no se quitan ni con una buena pomada. Pero el turista, hoy, ha optado por abandonar las excursiones de lingotazo de ron, baile y aguas de azul turquesa para adentrarse en el interior. Se ha subido a un camión y, tras unos pocos kilómetros de asfalto, las vías se han convertido en caminos de tierra. Al turista le ha asustado tanto la velocidad por esas vías de tierra como el miedo a lo que se iba a encontrar. Los turistas emprenden sus viajes para olvidarse de sus obsesiones utilizando, para ello, unos cuantos dólares y una amnesia conveniente. Pero el pisar la realidad es un riesgo y el turista lo sabe. En todo caso, también sabe que todo es relativo, que esto no deja de ser un viaje organizado, que también la realidad real de las realidades no deja de ser, en cierto modo, una postal, aunque de tintes más neorrealistas.

Decíamos que el turista ha decidido adentrarse en cosas y en parajes diferentes con otros pocos atrevidos (pocos sí, pero atrevidos relativamente). El turista aferra con ilusión su cámara de fotos pensando que ya basta de fotografiar palmeras y costas de sol y arena fina. Una de las cosas que más le ha gustado es Nano, el guía. Nano es una persona ya mayor, con mucha mili hecha en la vida. Es agradable y siempre sonriente, pero sus ojos revelan que no ha tenido un pasado fácil. A riesgo de que algunos lo tomen por pesado, Nano insiste en contar cosas de interés y no de trámite; incide en la naturaleza como forma y expresión de vida. Contaba Nano que pertenecía a una familia de quince hermanos. El conocimiento de la naturaleza no era una curiosidad gnoseológica, sino una necesidad. Los países de cocoteros a tutiplén en los que los de fuera se tumban a la bartola no son el ideal de vida para la mayor parte de los habitantes que estiran por allí sus vidas. Nano aprendió de su madre que el único médico que tendrían a mano era el árbol o el arbusto más cercano. Desde entonces, él conoce cada matorral, cada hoja y cada raíz. Y su magisterio ilustra por lo vivido. El turista mira sorprendido como Nano hace parar el camión con dos golpes (es la contraseña para parar y para arrancar). Y, en medio de la selva, a sus sesenta años, se sube a un árbol de bastantes metros de alto en menos de quince segundos. Coge unas hojas y, con la sonrisa que mana de la sabiduría, nos habla de sus propiedades con exactitud. Cuando se le pregunta por esa agilidad, Nano revela a los presentes que el pasatiempo en su pueblo con sus hermanos era subirse a las palmeras más altas e ir saltando de unas a otras, con el vacío como única red.

El turista ha visitado una escuela. Los niños asisten a los colegios, basicamente, por un gran deseo: la comida. Desde que el almuerzo es gratuito, la escolarización del país ha crecido considerablemente. El turista se va un poco por libre e intenta captar la sonrisa de los niños entre guiños. Luego se sorprende al ver los libros que manejan, sobre todo una Biblia que se rompe en mil pedazos y que preside la mesa de la maestra.

El viaje ha seguido por plantaciones de cacao y de café. En cuestión de metros, llega a ver todas las frutas que puede imaginar. En un ataque a la intimidad de las familias, el turista ha entrado en una casa de unos trabajadores de la plantación. La familia tiene que aguantar que un conjunto de pudientes con la piel quemada entre para ver su casa como si estuviese observando una revista de la National Geographic. Se les ve resignados, sabiendo que alguno de ellos les comprará alguno de sus productos. El turista vuelve a escaparse para disparar con su cámara todo lo que no se menea. Le cuesta mantener su interés por captar lo que nunca volverá a vivir y conciliarlo con las explicaciones de Nano, que vuelven a apasionarle. El turista procede de tierras castellanas de secano y no es habitual para él frecuentar suelos en los que crecen frutas hasta de un palo mal parido.

El turista como un plato típico de arroz, habichuelas y carne. Esta bueno. El turista piensa en la excentricidad de comer como plato exótico lo que es privilegio diario de todos aquellos que tienen que trabajar y matarse en el campo. Sufre más cuando Nano les explica la de miles de cocos que hay que cortar para sobrevivir a los caprichos de la oferta y la demanda. Después de comer, el turista coge una barcaza que les transporta por un río en el que aprecia una naturaleza que sólo había visto en las revistas. Y se queda ensimismado al llegar a los manglares. La barcaza recala en una playa en la que el turista coge unos más que turísticos caballos. Pero el turista sabe que tiene que soportar ese trance para pasar por una playa auténtica, sin un hotelazo al fondo, sin tumbonas, sin bañistas, sin deportes acuáticos. Una playa agreste y, por ello, inmensamente bella.

El turista ha vivido tantas cosas que piensa que no se pueden contar en tan poco espacio sin aburrir demasiado. Sólo dirá que le gustó pasearse por algunas calles y ver a la gente de verdad, con la miseria por traje y no el servilismo por uniforme. Ha escuchado alguna conversación de humanos de carne y hueso con acento pausado. Y, por fin, ha vuelto a escuchar a Nano hablar con pasión de las cosas que puede contar.

Para ilustrar todo ello, el turista ha optado por aburrir con alguna foto añadida a la de la cabecera de la entrada.

URB Punta Cana 2010 - Raúl 262-2

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URB Punta Cana 2010 - Raúl 140-1

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URB Punta Cana 2010 - Raúl 058-1

URB Punta Cana 2010 - Raúl 050-1

URB Punta Cana 2010 - Raúl 029-1

URB Punta Cana 2010 162-1

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URB Punta Cana 2010 226-1

Los destinos turísticos son el terreno abonado para la música de moda. El año pasado, todo giraba en torno a la canción “Por ahí viene Pepe”. Este año el verano se ha puesto más triste y el turista escucha más de veinte veces en todos los bares la misma canción: “Qué tengo que hacer” de Omega “el Fuerte”, todo un símbolo en estas latitudes del Caribe. El turista piensa que, el año pasado, se glorificaba con el ritmo al prototipo de macho-man como símbolo prepotente de una sexualidad manifiesta, mientras que este año se explota el prototipo de hombre resignado en manos del destino, de una mujer y del amor. Al turista se le llevan los demonios cuando escucha la escucha pero, pasados unos días, sufre una especie de síndrome de Estocolmo que le empuja a canturrear la cancioncilla por lo bajo cuando se ducha, cuando se viste, cuando se pega un baño, cuando se dirige al bar a por una cerveza. El turista piensa, ahora, que algún impulso escondido empuja a sus neuronas hacia la resignación y aceptación que es –también– parte de las vacaciones, del verano y de la música que los impregna.

Omega – Si Te Vas, Que Tengo Que Hacer – Remix

(La fotografía es de Alberto Urbina.)

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El turista ha hecho un poco de vida social con alguno de los trabajadores del hotel. No hay que esperar mucho de su conciencia de clase, ya que ha aprovechado para hablar con uno de los guardias de seguridad en el compás de espera entre la clase de catamarán y la de windsurf. No obstante, menos da una piedra. Mientras el instructor de catamarán estaba con otros aprendices de marineros, el turista ha charlado largo y tendido con  Juan Alberto Peña Ramírez. Su trabajo consiste en vigilar de posibles intrusiones en las instalaciones del hotel desde la playa. El turista se encuentra en un país en las que las playas son de libre acceso y, por lo tanto, las empresas hoteleras necesitan a alguien a pie de arena para proteger a los clientes de cualquier cosa que no sea el gratis total.

Juan Alberto es un tipo peculiar. Es tan mulato que en España pasaría por negro, si no fuese por unos preciosos ojos azules. Pese a ello, es profundamente racista. En los veinte minutos de cháchara, lanza decenas de imprecaciones contra los negros (y, si son haitianos, peor que peor). Lo dice todo con una voz tranquila y pausada, alternando la mirada frente a frente con un escape melancólico hacia el horizonte. Juan Alberto me cuenta que hace su trabajo unas doce horas al día y, si la cosa pinta mal, catorce. Vive en una especie de barracones a unos kilómetros del hotel y sólo visita a su mujer y a sus hijos cada dos meses. Gana tan poco dinero que no puede viajar más a su localidad natal, por mucho que lo desee. Él no lo dice directamente, pero el turista acaba por saber que su sueldo diario viene a ser unos cinco dólares. Es un trabajo de siete días a la semana, sin descanso. Todos los días y casi todas las horas de vida útil de un hombre. Me lo imagino volviendo al barracón por la noche, con las ganas justas para una cena que casi no se puede pagar, sentado en las escaleras de entrada al barracón y pensando en su destino.

El turista, con bañador de flores, moreno intensísimo, adquiere durante unos instantes con(s)ciencia de lo que es la existencia. Se imagina en el lado contrario de la barrera social y piensa que quizá montara una revolución a base de machete para partir cocos. Pero Juan Alberto Peña parece asumir la injusticia. Se siente agradecido por tener lo que muchos de sus compatriotas no poseen. Piensa que le gustaría aceptar un trabajo en Brasil, donde le dicen que el trabajo en las plantaciones está mucho mejor pagado que en su país. Piensa que España puede ser una tierra en la que se cumplen sus sueños, pero ignora todo lo que le depara un futuro que no sea el de vestir de un azul riguroso que contrasta, sin embargo, con el color del mar.

El turista se ha enganchado a la conversación y le gustaría seguir compartiendo anhelos con Juan Alberto, pero empieza la clase de catamarán.

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