Déclin

Castanno

Las estaciones son tránsitos de algo hacia otra cosa. La mella en nuestro corazón está a punto de tener lugar, dentro de poco, no sé tampoco muy bien cuándo (siempre he sido un poco panoli), no sé muy bien el porqué. Pero las castañas están lloviendo ya sobre el asfalto, sobre la tierra, sobre el alma áspera. Sería cruel  y excesivo decir que el otoño tiene la finalidad de llenar de hojas el suelo y de líneas los cuadernos de redacciones de los escolares, aplicados al tópico sempiterno. Pero los días se acortan, la línea del cielo hoy -a estas horas, a las ocho treinta de la tarde- cae sobre los perfiles de las casas y de las cosas. Tanto, que casi todo es contraluz o contrasombra. No sé muy bien la razón, no sé por qué todo cae. No sé por qué los suelos devienen bellas alfombras llenas de desechos bellos, pero hoy de mi corazón caen lágrimas, se estrellan en el suelo para abrirse en dos, para mostrar su interior secreto. Me he entretenido un poco entre línea y línea y los minutos se agolpan  en el reloj -esquina inferior derecha, ya sabéis-, especulaciones digitales sobre algo que antes afeitaba el rostro de las esferas. Ocho y treinta y siete, ya. La ciudad un poco más muerta, entre los estertores de un calor que empaña el frío de nuestro porvenir. Déclin-Decline-Gefälle. El ocaso de todas las cosas, en francés, es un poco más triste. Pero más bello.

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