— Verba Volant

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Como Ser Escritor

Me temo que muchos lectores están pasando unos días de asueto, aprovechándose del cambalache de una hora robada por un añadido de luz vespertina. Aprovecho la circunstancia para hacer referencia a la entrada «Cómo ser escritor en cinco sencillos pasos» de narrador.es, por lo que me toca.

(Ya en serio: ¿hay espacio para la escritura de calidad en un blog o éste es el medio de la medianía?)

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Pues sí, iba a escribir una entrada. Había seleccionado un par de temas suculentos, con enlace abundante, con parafernalia varia. Con fotos bonitas. Luego me ha dado pereza y me iba a poner con el catálogo de las fotos que no existen. Luego la mente se me ha quedado en blanco alpino. Mi corazón no estaba con ánimo para ponerle sesos al caos, así que he querido hablar de los signos, o de las metáforas, o de la vida. Pero me temo que hoy ha sido uno de esos días en los que iba a escribir una entrada. Y, escribiéndola, no la he escrito. Y, no escribiéndola, la he escrito. Porque las apariencias engañan. Porque la verdad y la mentira se encuentran en el mismo cuadrante del mapa de nuestro Universo.

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cahiers

Querido diario:

Hace mucho tiempo que no te escribía con el corazón limpio. Reconozco que tus páginas, últimamente, encerraban sólo lo que soy y no lo que siento. Que tus páginas encerraban los sucesos propios de la derrota, pero nunca una victoria en el ánimo ni en los quicios de cada renglón. Te había convertido en algo que no quieres ser, porque los diarios, como las personas, tienen su vida en la página entera y no sólo en el pie. El sol del crepúsculo, bien lo sabes, daña los ojos con más intensidad, a veces, que su luz de mediodía. Todo está tranquilo por acá dentro. La taquicardia pasó hace un momento. Cuando llegan los minutos fatales, opto por aguantar la respiración y dosificar la exhalación. La locura, como las ondas de un mar encrespado, tiene su encanto vista desde lejos.

Empujo esta noche las líneas a ritmo de swing. Como doctores tiene la Iglesia, el swing tiene sultanes que dosifican la belleza en perfectos acordes de guitarra. La cama está fría. La funda nórdica no ha retenido suficiente calor humano. Pero las ventajas de escribirte en un ordenador portátil es que las letras se van contagiando con el calor de tu procesador, enmarcado en un color blanco adornado de manzanas. La distorsión, la tensión y el tesón son palabras agudas, pero me serenan más las palabras llanas. Las esdrújulas no me gustan. Parece que siempre restan algo a lo que decimos. Y los finales son de por sí bastante tristes como para que una tilde los anuncie con esa atrevida antelación.

Te escribo hoy, querido diario, porque esta noche sentía la necesidad de juntar palabras. La noche avanza por los cuerpos hasta traspasarlos con una temperatura cercana a cero que, pese a ser centígrado, parece más absoluto que el otro, ese que estudié y que ya no aplico. Te recuerdo que puedes olvidar todo lo que he escrito, que puedes omitir a tu antojo todos los dislates manchados de negro. Las cabezas se van calentando de tanto pensar y alejan a todo lo que hay debajo de sus alegrías.

Por hoy, me despido. Cierra hoy las tapas de cartón cibernético. Es tarde ya, aunque sobrevivan las farolas.

P. D.: sueña con los angelitos, pero no los cuentes como si se tratase de ovejas. Recuerda que ellos –y sólo ellos– son inefables en este mundo de sombras.

(Imagen de Paul Worthington)

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cibersociedad

No contento con dedicarme a escribir un blog, me ha dado también por pasarme al lado oscuro y escribir también sobre blogs. Os pongo un enlace a mi trabajo «Los blogs, los mecanismos de intercomunicación y la retórica», presentado al IV Congreso de la Cibersociedad 2009, que lleva por título «Crisis analógica, futuro digital». Este es uno de los artículos que estoy escribiendo sobre los blogs en el ámbito de la retórica. Anuncio que dedicaré uno o dos trabajos a la retórica de la Burgosfera y que tengo en mente ampliar la perspectiva con el análisis de algunos blogs de ámbito nacional.

Si las fuerzas me acompañan, todo ello conducirá a un libro de conjunto sobre el tema. Como en la Burgosfera y entre los amigos de Verba volant hay compañeros muy competentes e informados, agradezco cualquier sugerencia y material de información en soporte físico u on line.

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manoescan

(Después de escribir una entrada de más de cincuenta líneas, borro todo y telegrafío.)

Según el DRAE, un cuaderno de bitácora es un «Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación». Esa fue la propuesta fundacional de Verba volant: una unión mía con el mundo y el mundo conmigo, lo cual no me hace más grande a mí ni más pequeño al mundo. Escribo –casi– como hablo. Escribo y hablo –casi– como pienso.

Me gusta la ironía del mosmo modo que me gusta el puñetazo directo al rostro. Ese es mi modo de enfrentarme al mundo. Muy primitivo, pero eficaz. Aprendí las cosas muy pronto, porque un rival glotón me robó dos veces seguidas el bocadillo en el recreo. A partir del tercer día, me comí el bocadillo entero mientras el gordito lloraba. Cosas de la vida.

Este blog es personal, intrasferible, imperfecto, inexorable (DRAE, segunda acepción), falible. En eso radican sus pocas grandezas y sus abundantes miserias. Escribirlo me ha costado muchos disgustos, enfrentamientos incluso. Muchos se han dado por aludidos: algunos con razón; otros han pecado de susceptibles. Pero escribo sobre mí y sobre mis circunstancias, visto todo con mis ojos, azules pero miopes.

Escribo lo que pienso. Si pensase lo que digo, la vida no me habría dado tantos golpes. La vida no me ha salido gratis: vivo en todos los márgenes y ya no encuentro sentido a casi nada. Pero pienso. Digo. Escribo.

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jessicarabbit

Siempre me lamento de no ser «más malo», que no peor. Me queda el gusanillo dentro. Mi serie de «Los malos son los mejores» me resarce de mis carencias, me pone a tono con el mundo y me equipara a lo malo-malísimo que nos ampara más para fuera, pero también para nuestro interior, que acecha sin que nos demos cuenta. Ser malo nos protege de las inclemencias, de los temperamentos. Si son buenos, para que se jodan; si son malos, para ganar la carrera de la perversidad.

En mi todavía reducida cuenta de modelos dignos de elogio, me había olvidado yo de la femme fatale, esta mujer que le mira al protagonistas de las novelas y las películas de cine negro un poco de través, entre peligrosa, inocente y astuta, y de la que el sujeto se enamorará hasta las trancas. Mujeres que son malas pero que no lo parecen, o que lo parecen y lo son, pero siempre definidas por la belleza, por la elegancia y por ser muchísimo más astutas que los hombres, tan incautos ellos, que se dejan engañar, que quieren ser engañados o, simplemente, que las contemplan como las vacas al ver pasar el tren.

El otro día revisité Perdición, una película de las épocas añoradas en las que el Cine se escribía sin mayúsculas y le volví a dar un par de vueltas al asunto. Walter Neff (Fred MacMurray) se las da de listo para buscar el modelo de asesinato más rentable, mientras Phyllips (Barbara Stanwyck) ya le había dado las vueltas por anticipado para dárselas a Neff con queso. Pero querría hoy recordar a una mala-malísima que recupera la esencia de la femme fatale hasta las últimas consecuencias. Se trata, cómo no, de Jessica, la bellísima dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? tiene una de las mejores frases de la historia del cine, para mi gusto: «Yo no soy mala, es que me han dibujado así» (tiene otra más sicalíptica, que recordamos al lado cerdete de los lectores del blog: «¿Tienes un conejo escondido en la gabardina o es que te alegras de verme?»).

Y el «es que me han dibujado así» me lleva a enlazar con las «otras cuestiones». La identidad de Chipirón Negro ha sido atribuida a diferentes personas. Se han establecido cotejos, análisis psicológicos, evidencias, marcas de nacimiento y –casi, casi– análisis genéticos. Ante ellos, creo que ya dije en una ocasión que yo poco podía decir que no hubiese dicho Flaubert. Cuando al escritor francés le preguntaron quién era madame Bovary, no dudó en contestar: «Madame Bovary soy yo». Y sí, Chipirón Negro soy yo en la medida en la que yo filtro sus mensajes, la pongo en una entrada y no en otra, omito muchas cosas que dice y otras las cambio de orden. Es mi obligación como autor y –casi siempre– narrador de este blog. Para los chipironnegroescépticos, vuelvo a repetir que tiene una existencia real y efectiva que está fuera de mí mismo. Lo que ya no sé es si tiene veinticuatro u ochenta y tres años, si es analista financiera, diseñadora gráfica o, simplemente, es un viajante de géneros textiles de Sabadell.

Si mi opinión vale de algo –y, en este caso, es tan válida como la de cualquiera–, creo que Chipirón es una mujer. Coincido con Yago en que tiene pinta de ser lista o, por lo menos, muy observadora de pequeños detalles. Y no sé nada más, ni nada menos.

Por lo tanto, yo me he encargado de «dibujar» a este personaje, que tiene su trasunto en el mundo real (o todo lo real que es el mundo cibernético). Y, por último, os preguntaréis por qué hablar de Chipirón al hablar de las femmes fatales, y yo sólo puedo decir que no lo sé, la dibujé así. Pero tiene pinta de tener un lado oscuro, que es el que saca a pasear en/con este blog. Pero seguro que, más allá del código binario, tiene un corazoncito que late al mismo ritmo que el del resto de los mortales… y una sonrisa pícara que piense: «Garbanzo negro, siempre estás equivocado».

(La ilustración pertenece a Tim O’Brien, vía Pasa la vida)

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levis

DI. Este ha sido el lacónico mensaje que, hace unos días, me envió mi ignota Chipirón negro. Lacónico y redundante, pensé. Porque las palabras, y más cuando son voladoras, dicen. Por si mismas o –mejor– por el sujeto que se acurruca después, dotándolas de significados. Luego le di alguna vuelta de más, porque sus mensajes suelen llevar carga escondida, y me dije que había estado mucho tiempo sin escribir una entrada, así que su imperativo era una manera de animarme a la escritura.

Me quedé sin saberlo hasta hace unos pocos días, cuando una secuencia ordenada de mensajes enhebraron el hilo. El primero era también de lo más escueto: «Vaya, Garbanzo Negro. Y yo pensé que sabías latín: DI». Le empecé a dar vueltas a todas las conjugaciones posibles hasta que, por fin, me di cuenta de lo elemental: era un número romano. En efecto, la aparición –cada vez más espaciada– de Chipirón Negro en esos mensajes a mi bandeja de correo suelen estar emparejadas con las efemérides. Y un mensaje recibido unos minutos más tarde lo corroboraba: «He estado esperando que te las apañeses sin mí para tu entrada número 500, pero veo que no sirves para nada, Garbanzo. Te has tirado doce entrada para pasar por las narices al respetable tus viajes por el Caribe disfrazándolo de relato profundo. Tú mismo, turista. Tú mismo. Por lo menos, yo te sirvo los temas en bandeja. DI, Garbanzo. DI».

Si he de ser sincero, no se me había pasado por alto la inminencia de mi entrada 500 en un blog. Quinientas entradas son muchas y consolidan, creo, un trabajo asiduo durante mucho tiempo. Fui dándole vueltas a posibles ideas, pero ninguna me parecía buena. Ninguna, al menos, digna de servir de frontera.

Chipirón me dejo algún mensaje más en los que me dejaba pequeños puntos de partida. «Garbanzo, ahora me toca dejar unas miguitas de pan para que no te pierdas. Seguro que eres de los que necesita un GPS para ir a la tienda de la esquina. 501 es un número muy tuyo. Te pega». La pequeña certeza de que Chipirón es alguien que me conoce realmente o que posee un umbral olfativo sorprendente en lo que a mí se refiere. Ya casi no los uso, pero tuve una época marcada en mis piernas por los Levi’s 501. No era cuestión de pijotería. Simplemente, me gustaban. Otro día contaré los azarosos viajes de un día en tren hasta Hendaya para comparme los pantalones en Francia. Tengo algún resquicio de mi gusto por la marca, como un par de camisetas con el logotipo de la marca estampado.

Sin embargo, ahora mismo no me identifico entre-en-con ellos, así que no entendía la idea de Chipirón. El mensaje que me mandaría un poco más tarde –os recuerdo que nunca le contesto a los correos– no me aclaraba nada. Más bien, lo enturbiaba. Ponía tan sólo: «Argentina». Como no tengo nada que ver con Argentina, a no ser el hechizo que comparto con muchos de mis paisanos por su acento, o la calidad de algunos de sus anuncios publicitarios, no sabía por dónde iban los tiros. Tampoco he visitado el país, tristemente; no conozco a ningún argentino… En fin, un lío. A los pocos minutos, llegó otro cibermensaje. «Jóvenes argentinos». Decidí tirar por la calle de en medio y me fui a Google a teclear esto. Y casi me vuelvo loco, porque no veía ni común denominador, ni máximo común divisor, ni mínimo común múltiplo. Ni por el derecho ni por el revés. Ni por el haz ni por el envés. Pero como tengo como principal virtud y defecto –a partes iguales– la cabezonería enconada, seguí rastreando y, en este caso, creo que lo encontré. Esta vez pillé a Chipirón antes de que se las diese de lista, ella que tanto me lo recrimina. En el sistema de votación obligatorio en Argentina, existe un grupo de jóvenes llamados los «jóvenes 501» que, para burlarse de un sistema autoritario de democracia (una buena contradicción, albicelestial para ser argentina), deciden justificar su inasistencia a las votaciones por encontrarse a 501 kilómetros de su jurisdicción electoral, justo el límite impuesto por su legislación.

Me senté como un gilipollas ante Gmail esperando que pasasen los minutos para ver su nuevo mensaje. Éste se hizo esperar un par de horitas. Entre otras cosas, decía: «Sí, Garbanzo. DI. 501. Argentina: todas las pistas para un tipo listo. Anfibologías, Indeterminaciones e Incógnitas a partes iguales e inconexas. Aunque últimamente eres un blando, aunque últimamente tu blog se ha quedado más vacío de contenidos para convertirse en un blog de sentidos, creo que eres un joven, con perdón, 501: un tío que lucharía por votar cuando no le dejasen y que se aleja de elegir cuando le obligan. El 501, como los pantalones vaqueros, es un signo de frontera y de límite. De encontrarse siempre fuera sin poder sentirse nunca de ningún sitio. Eres un puñetero blando, Garbanzo Negro 501, un ángel custodio de las ventanas que esperan un salto. La cobertura del azar detiene tus ladridos, que ansían ser dentelladas y que no lo consiguen. Eres un tipo de la frontera, que se acerca cuando le echan y se aleja cuando le acercan. La contradicción permanente, un niño en el buen sentido de la palabra y un puñetero crío en el sentido malo. La función de tu blog está empezada. La empezaste hace mucho. La has continuado con la tierra de la frontera, con los sudores de la risa y las lágrimas de la tristeza. Ahora te queda celebrarla sólo un rato y pasar página. Hasta llegar a otras quinientas».

Yo, en esta ocasión, me dedico a celebrar mi entrada 501 como al pardillo al que sus amigos le dan una fiesta sorpresa. Pero una cosa es cierta: algo de ese espíritu 501 me queda. Y también mucha carretera.

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Road line

Este blog, hasta hace poco, tenía una regularidad de publicación que para sí la quisieran algunos adeptos del bífidus activo para otros fines. Desde hace ya unos cuantos días, el ritmo se ha pausado y la línea continua que parecía conducir al horizonte se ha ido quebrando. Las ideas se van quedando por el camino y, mientras, no llegan otras nuevas. Los agobios de cada uno –que son muy suyos, que es muy suyo– contribuyen también a levantar el pie del acelerador, o a ir pisando el acelerador con un tembleque en la pierna que parece la deriva de un conductor novato.

El paso ya no es tan firme, no es tan rotundo. Pocos se imaginan lo parecida que puede ser la vida de un profesor –al menos, la de cierto tipo de profesores– a la de una compañía de cómicos o la banda de músicos de verbena, cuando «van de bolos»: una conferencia aquí, una ponencia allá, una charla en el otro sitio, trabajos de investigación, artículos, exámenes, clases… Todo ello te hace ir vaciándote por dentro y por fuera, sin saber muy bien dónde estás y, sobre todo, por qué estás. Tenemos fama de vagos y de poco trabajadores, pero os aseguro que día tras días el trabajo se acumula hasta llegar a estar en peligro de rachas fuertes de vientos, marejadillas y marejadas, tornados y peligros de inundaciones. O incendios. O siniestros totales.

Mayo y junio son meses de mucho andar para recorrer poco. Con responsabilidades nuestras y de otros. Con nuestra vida por solucionar y la vida de muchos otros a cuestas. La semana que entra va a ser infernal, así que os pido un poco de paciencia. Espero que vuelvan las inspiraciones (y espiraciones), las ideas y las vueltas, los dimes y los diretes. En el camino estamos, a punto de la avería. Aguantaremos hasta que el cuerpo aguante, hasta que el camino diga: «Ya vale. Vuelve por donde has venido», sin saber que eso ya no es posible, porque nunca fuimos conscientes de que nos encamináramos a ninguna parte.

(Imagen de Jim Moran)

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Fotografía de Jesús Javier Matías para DB

Lo que da de sí «salir en los papeles»… Salía de casa esta mañana y mi vecinita de enfrente, con sonrisa picarona, me ha saludado de manera especial. Un señor, al que sólo conozco de vista, se ha parado a dos metros de la boca del garaje cuando me ha reconocido (con casco y todo), me ha querido dar la mano y a punto he estado de estamparme con la bici. Nada más llegar a mi centro de trabajo, entre el silencio envidioso de algunos, que susurraban algo así como «Lo que hacen algunos para ser famosos…», se han oído vítores y peticiones de vuelta al ruedo. Al salir, un nutrido conjunto de chicas en edad de merecer se han acercado vergonzosas con el periódico en la mano para que les firmase una foto y les presentase a mis colegas. He recibido doscientos cincuenta y tres correos electrónicos de lectores desconocidos que querían ser amigos míos. Un despistado, que sólo compra el periódico para mirar las esquelas, se ha equivocado de página y me ha mandado sus condolencias pensando que estaba muerto. Al llegar a casa, he encendido la televisión y una cadena de ámbito nacional empezaba el informativo con las Red Foxes, todas ellas coreografíadas, cantando: «Burgosfera, Burgosfera. Ra, ra, ra». Al acento americano le ha dado un toque muy picantón, así que me he ido a refugiarme en las ondas de la radio. En la parrilla, todas las noticias giraban en torno a las palabras voladoras, como si se tratase de un reality de invasión marciana a lo Orson Welles.

He vuelto a leer el reportaje y me ha entrado la risa floja. En primer lugar, me he visto con la manera más ortopédica posible de agarrar un monitor para mostrarlo al público. En segundo lugar, lo da la morcilla me ha empezado a repetir, y eso que soy de Burgos. Y luego he pensado la imagen que se llevarían de mí los lectores que, por vez primera, traspasasen el umbral de este blog. Lo primero que destaqué en la entrevista fueron mis fracasos más que mis aciertos. Luego afirmo que encontré la clave de las cosas que quería contar. Cualquiera que se haya paseado por el blog, me verá como un pensador de carácter onanista, con ansias de poeta maldito, que se queja de todo para que las chicas se compadezcan y le pidan una cita y que se mete, en ocasiones, con todo bicho viviente para que todo dios le niegue la palabra y el saludo. Lo de cultural, se lo inventa él a base de enlaces y de mezclar las cosas del mundo con su propia vida. Misántropo, anacoreta y «tonto-los-güevos», el autor de este blog se pasea por la red para contar lo que le da la gana, como le da la gana y pese a quien le pese. Le han dado hasta en el carnet de identidad, le miran con lupa cada palabra para sentirse insultados, le temen y le compadecen. Algunas buenas personas, hasta le aprecian y le quieren.

Mientras tanto, él se ríe de sí mismo, de su mundo y del mundo. De las palabras y de sus palabras. Y para que luego no digan que su blog no es cultural, se mete con todos los muertos de Rafael Ansón, ex-simio presidente de la Real Academia Española (de Gastronomía), que suelta perlas como ésta: «En los colegios e institutos no hay un solo profesor de alimentación o nutrición, pero es mil veces más importante saber comer que conocer la historia de la Edad Media». Y yo, con mi inmenso bagaje cultural y mi delicado cuidado del lenguaje digo: «Hay que ver cuánto tonto-la-chorra anda suelto».

He dicho. Bienvenidos. Pasen y vean. Y vuelvan, que el blog promete. Se lo digo yo. Y esta vez va en serio.

 

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retazos

Juntar palabras es un don cuando las junta uno. Cuando las juntan varios, es un privilegio. Si las dice uno, se le ocurren sólo las suyas -buenas, malas o regulares- , pero si las dicen varios, los pequeños susurros se hacen verdades compartidas, confidencias hacia el aire nuestro.

Y eso que parece que el silencio resulta cómodo cuando miran a ningún lado pensando miles de cosas a la vez. Las palabras son como los viajeros auténticos de la vida, que no se ganan el tiempo viajando rápido, sino sentándose aquí, en el parque de las oraciones y los sintagmas para ver florecer los almendros, para comprobar que los perales lacónicos también nos brindan sus frutos, sentados todos ganando la pérdida del tiempo perdido en torno a una mesa, hablando de nuestras cosas.

Sentados para perdernos en el tiempo, robado a la tarea de un robot, incapaz de saltarse leyes, obstinado en la obligación de lo odiado, difícil y repetitivo. Imagino la compleja tarea de detenerse, de pensar en la palabra perfecta, de negociar con adjetivos, sustantivos y verbos para que cada una de las partes no se sienta invadida, pisoteada y olvidada como los pueblos que habitan en medio del desierto de los significados del inmenso y significante conjunto vacío.

Sólo así podemos preguntarnos por nosotros mismos, empezar de manera casual para terminar criticando a los grandes, a los intocables, con sus defectos y sus escasas virtudes, que no están acostumbrados a ser tocados por los dedos rebeldes, que insultan con su mismo nombre a todos los que no son iguales a sí mismos, pero dejando siempre un rincón reservado para el reflejo de la luna, de un rostro que hoy son muchos.

Las palabras, como los cantos de marzo, sirven para cantar eufóricos por una naturaleza que se viste de gala para esperar la línea prieta, cargada de los sentidos que dan tono a nuestra vida, que evitan una tristeza que nos devora y que nos posee de tal manera que nos conforta con su aliento en nuestra vida.

Hoy se han juntado en unas líneas unas palabras que representan a muchas otras, todas efímeras y perpetuas a partes iguales, con la inconsciencia del que hace las cosas a sabiendas y con la sabiduría del que no sabe nada. Las palabras vuelan -ya se sabe-. Cada uno las caza como puede para que permanezcan escritas en un hueco del alma.

 

Entrada realizada con retazos literales o modificados de los blogs y posts que se citan más abajo, reproducidas -todo hay que decirlo- sin permiso de los autores. El propósito, cariñoso, es una muestra de las Creaciones Comunes de nuestra madre. Ellos saben por qué.

(Imagen de Libertinus)

 

 

 

 

 

 

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