— Verba Volant

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Has jugado mucho con el uso de la segunda persona del singular para referirte a ti mismo. Has usado hasta el abuso de las estructuras anafóricas e, incluso, paralelísticas. Has reincidido en el empleo de una puntuación seca, casi mutilada. Has tendido los grupos sintácticos en estructuras triádicas por influencia de la lógica medieval y de Calderón de la Barca. Has reincidido en una suerte de oxímoros feroces que, de tan violentos, pueden pasar desapercibidos, del mismo modo que has conseguido esconder al gran público parte de tus quiasmos. Has desquiciado la semántica con falsas atribuciones a los referentes. Has intentado manejar los mecanismos pragmáticos, a los que eres tan aficionado, y a veces estos se te han vuelto contra ti cuando menos te lo esperabas. Pese al formato en el que te manejas, muchos de tus párrafos han resultado demasiado largos para este medio, que lo es más de esencias breves que de longitudes. Y te ha gustado acabar tus entradas de forma taxativa, cortando el aliento a los lectores como un cuchillo. Así. Porque sí.

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Vivimos en el mundo 2.0, en el que se cuentan las redes sociales por el número de amigos o seguidores, los blogs por número de «enganches» a las RSS o por la cantidad de comentarios que origina cada entrada. Pese a que pueda parecerlo, no es un mundo nuevo. Es un mundo paralelo y deudor de de las listas de los libros más vendidos, de las canciones que están en el top (40, 100, el número que se quiera), de los ingresos que originan las películas en las salas y en su venda en diferentes soportes. Es el mundo de la cantidad, de los números que ennoblecen cuanto más altos sean y más significativos.

Todo aquel que esté un poco al tanto de cómo se originan estas escalas, sabe que, tras el poso de verdad, se esconde la trampa: los números se hinchan, las cantidades se compran y todo gira en torno a un modelo de negocio, lo que equivale a decir que, tras el número, se esconde una técnica de mercado. ¿Es paralela esta situación en la parcela del mundo 2.0 que no desea ser negocio? No sé, a ciencia cierta, cuál es la contestación. Quizá podría adivinarla si a ese 2.0 gratuito se le tentara con las mieles de la publicidad y una oportunidad auténtica de ganar dinero. Lo que sí se es que, en la minoría, por muy mayoritaria que sea, también se esconde la estrategia.

Hay que decir, ante todo, que no hay una postura más genuina o auténtica que otra. Cada uno hace con sus amigos, sus seguidores o sus comentaristas lo que quiere (o lo que puede). A veces puede ser gratificante crear toda una comunidad de acólitos que parezcan obligados a danzar al ritmo de una sugerencia (a veces, desvirtuando una buena idea). A mí me dijeron ayer que escribía un blog para mí mismo (lo cual no es sinónimo de que sea un blog personal). Me lo tomé como un cumplido, aunque quizá no se sepa que, a veces, la difusión de un blog y su lectura sea una práctica privada que no tiene por qué ser ostentosa, ni aparatosa, ni registrada en forma de comentario o avalada con una exposición estadística. La lectura va por dentro de todos aquellos que se reconocen, al menos en parte, en las palabras que, siendo de otros, son suyas.

La creatividad no es sinónimo de cantidad. Ni todo lo contrario.

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Verba volant llega, con esta, a las 800 entradas. Esta celebración, precisamente, se me estaba atragantando en la cabeza y en los dedos, pasando por el corazón. A lo largo de estas vacaciones, me he encontrado con decenas de entradas que no quería escribir, con unas poquitas que intentaba evitar y, a la postre, con ninguna que celebrase el acontecimiento.

Entre las poquitas que quería evitar, se encuentran algunas en las que el blog se iba a abalanzar, como hace otras veces, contra lo divino y lo humano (más bien lo segundo que lo primero). Y, al final, no lo he hecho porque he pensado que no lo merecía la ocasión y, ante todo, porque por una vez en mi vida voy a permanecer calladito para no sacar a pasear mi connatural instinto asesino.

Poco diré también de las que no quería escribir. No quería ni recursos fáciles, ni poesía barata, ni análisis superficial, medio ni profundo, ni series. Punto.

La preocupación me ha ido viniendo a medida que pasaban los días con lo que sí quería escribir y no podía. Ni una idea más o menos brillante. Ni un contenido para asociar. Ni un recurso con el que enganchar. Y me preguntaba, a lo largo de muchos días y de muchos momentos, si esto no era barbecho sino desertificación y abandono. Me decía, constantemente, si 800 entradas no eran demasiadas. Si todo lo que quería decir estaba dicho. En definitiva, si ya no tenía nada que contar. Me intentaba convencer de que todavía quedaba mucho recorrido, pero el tiempo se empecinaba en demostrar otra cosa. Y cuanto más demoraba la escritura, menos ganas tenía de seguir escribiendo.

En muchas ocasiones, me he encontrado releyendo muchas entradas del blog de las que no guardaba ningún recuerdo. Entre hallazgos y decepciones, he visto algo que me agradaba por encima de muchas otras cosas: el título de algunas entradas, que me ha gustado por encima de las palabras que lo desarrollaban. Me he preguntado también por algún significado oculto, por algún matiz contextualizado y por otros muchos sacados de contexto, he pensado en las asociaciones entre imagen y texto.

También me he cuestionado el blog como herramienta de lectura. Me he ido alejando deliberadamente de algún tipo de receptores y, con mi nula pero deliberada interacción, he dejado escapar a muchos de los que buscaban aquí otra cosa que no eran, simplemente, palabras; de los que no buscaban aquí, simplemente, palabras mías. Desde el punto de vista de la recepción, las estadísticas me dicen que el blog es mucho más «universal» a medida que se alejaba del terruño del espacio que se alcanza a simple vista. He visto en esta «universalización» muchas cosas malas, pero también muchas cosas buenas o, por lo menos, regulares.

En definitiva, he escrito esta entrada número 800 para mí mismo más que para nadie en particular. La he escrito más porque yo necesitaba escribirla, en plenitud de creación onanista, más que porque alguno de vosotros necesitase leerla. A medida que la he ido pensando, componiendo y escribiendo, me he dado cuenta de que necesitaba seguir haciéndolo.

Y ahora solo me hace falta compañeros de viaje: viejos y nuevos, amigos y desconocidos. Nada tiene que volver a ser lo mismo. Como decía mi adorado Ángel González, «habrá palabras para la nueva historia / y es preciso encontrarlas antes de que sea demasiado tarde».

(Como adelanto de algunas cosas, diré que seguiré diciendo.)

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Hemos de partir de una base: cuando alguien decide escribir un blog, lo hace porque le da la gana. O puede que no le dé la gana: hay algunos casos (muy pocos) en los que un blog está vinculado a un contrato y, por lo tanto, es una forma sumamente decente de ganar dinero. Pero como este es un caso poco frecuente, pongámonos en lo primero.

La segunda premisa, esa que nos preguntan algunos amigos escépticos es: ¿Por qué se escribe un blog? Yo siempre digo lo mismo: porque su autor tiene algo que decir. Cuando digo que «tiene algo que decir» no estoy sosteniendo que el resto de la humanidad no pueda pensar que el esfuerzo es baldío o improductivo. A lo que me refiero es a que el autor piensa que tiene algo que contar y que puede haber gente que pueda leerlo. A uno le da por escribir cosas de actualidad; a otro por hacer crítica de libros, de televisión, de toros o de vaya usted a saber qué; a otro le da por hacer un blog profesionalizante, relacionado con cuestiones de su trabajo, mientras que a otro le da por hacerlo de sus aficiones; al de más allá le da por establecer un blog un espacio de creación literaria, fotográfica, artística en general; a otro le da la gana contarnos lo que hace en el día a día. Unos blogs parten de la realidad, otros parten de la ficción, otros mezclan una y otra en proporciones diversas.

La tercera cuestión es que, en el momento de crear un blog, estás abriendo un espacio –más o menos, según gustos y circunstancias– para que otros te lean. Es una cuestión que controlas en cierta medida y que, en otras, se te escapa por completo. Es controlada porque cada uno va estableciendo un haz de relaciones con algunos blogs afines o con amigos de manera que el blog es un espacio común (y a veces de intercambio): algunos son muy hábiles en establecer esos espacios comunes y otros no quieren hacerlo o son muy zotes (y no son mejores unos que otros; simplemente, son diferentes). Se escapa porque el azar de los buscadores hace que se llegue a los lugares más insospechados o porque lo que fue en un principio casualidad, acabó por hacerse causa y pasó a formar parte del grupo de relaciones estables. En el blog hay asiduos y gente que va y viene. Gente constante y gente que abandona. Personas que se vinculan y personas que no. Alguien que comenta y alguien silente. Trolls y gilipollas. Gente crítica. Lectores inteligentes y descifradores de signos poco avezados. Buena gente y personas con malos propósitos. Gente en busca de amistad. Individualidades en busca de colectividades. Algún colectivo en busca de conexiones. Pero, como he dicho, el blog expone a la lectura. En el momento que un autor expone hacia afuera, está ya haciendo un ejercicio de exponerse (en varios sentidos). Está expuesto a que a los lectores (pocos, muchos) les guste la tónica general del blog, sean proselitistas, tengan división de opiniones o, simplemente, lo aborrezcan. Existen lectores que, de tanto leerlo, lo quieren hacer suyo. Los hay también que quieren que el blog cambie para que sea como quieren ellos. El autor puede enfocar y canalizar lecturas y formas de recepción, pero no es (ni puede ser) un dique de contención frente a lo dicho. Las palabras salen –vuelan– y, en ese mismo momento, incluso las que parecen destinadas a ir a un punto fijo, acaban por tener una trayectoria en cierta medida incontrolable. Además, puede involucrase en la medida en la que le parezca oportuno en la retroalimentación de la comunicación interviendo (o no) en los comentarios.

Y nos queda el mensaje, ese espacio de intersección entre autor y lectores, ese vínculo común formado por la palabra, la tipografía, el color, el diseño, la fotografía, la imagen, la estética. Lo único verdaderamente tangible, aunque inaprensible. El autor lo acota y el receptor lo rompe. El autor lo lanza y el receptor lo apresa o lo esquiva  o lo ignora. Los contenidos se retroalimentan y acaban por configurar un mensaje múltiple compuesto por múltiples entradas que, de hecho, pueden guardar cierta coherencia (rastreable en temas, en categorías, en etiquetas, en series). Porque un blog suele tener un sendero por el camina, aunque a veces se separe de él. El blog nace por un camino y puede coger un atajo, o llegar a su fin pronto, o quedarse en punto muerto, o perderse en un laberinto, o puede empezar por una carreta secundaria y acabar en una autopista (o viceversa). Cuando hay suerte, evoluciona hacia otra cosa. Y a veces evoluciona para mejor.

Para acabar, me queda por hablar del narrador del blog. Partiendo de que un blog puede ser colectivo (e incluso puede subordinarse con estructuras complejas de instancias enunciadoras), es frecuente que, en los blogs de carácter más personal o creativos muchas personas no lleguen a diferenciar al autor del narrador. Una vivencia personal puede entremezclarse con la ficción exactamente igual que en otras manifestaciones literarias. La pregunta sobre «¿Quién habla»? no puede ser más pertinente. Los autores, en este caso, suelen oscilar en diferentes grados de ambigüedades y les corresponde a los lectores ir parcelando y poniendo en suspensión toda atribución segura. Ese es el ámbito donde realidad y ficción quedan deslindadas pero confundidas, amalgamadas pero seccionadas. Por eso mismo, son muy curiosas las reacciones ante estos espacios emocionales.

Como reflexión final, solo quiero que los lectores de este blog reflexionen sobre lo que esta entrada dice de forma explícita y sobre las cosas que esconde. Es una buena manera de compartir la experiencia en este viaje maravilloso, aunque no llegue a ninguna parte.

(He querido hacer esta reflexión desde un terreno neutro pero personal. La reflexión teórica sobre el proceso de enunciación y recepción de los blogs exigiría otros métodos y otros lugares. Y sí, en este caso, el narrador soy yo. Y el autor soy yo. Y, como siempre, puede que los dos seamos diferentes. O no…)

La imagen que encabeza la entrada es de Hardtomakeastand.

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Para los que no hayan profundizado en el ámbito de los derechos en el mundo de internet, es preciso recordar que algunos autores optan por fórmulas de copyright, dado que quieren proteger (creo que de forma totalmente legítima) el uso de sus obras. Otros optan por diferentes fórmulas de licencia Creative Commons. La que yo escogí desde el principio para este blog (y para mis fotos de Flickr) es una denominada de «Reconocimiento-Sin obra derivada», lo que significa que aquel que lo desee puede «copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra», pero siempre con el reconocimiento (es decir, que tiene que aparecer explícitamente la procedencia de la obra) y sin la posibilidad de realizar obras derivadas («no se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra). Además, tampoco está permitido que la obra que utilice estos materiales gane dinero gracias a ese uso.

En mi práctica particular como creador de un blog, me gusta ser especialmente cuidadoso con estas cuestiones: cito las palabras que no son mías, hago referencias mediante enlaces a las entradas de otros blogs y cito la procedencia de las fotografías (que siempre están también bajo una licencia de reconocimiento; si tienen los derechos reservados, pido el consentimiento pertinente a su autor). En algunas ocasiones, he tenido problemas con autores de otros blogs, que han cogido fotografías que no eran mías y las han colgado para ilustrar sus entradas sin ningún tipo de referencia. Aunque, en este caso, la culpa es suya y solo suya, me he molestado en escribirles para hacerles saber que las imágenes tenían una licencia y que el autor tenía todo el derecho a que su obra fuese reconocida. He de decir que casi todo el mundo es sensato y, una vez que se da cuenta de su error (y, la mayor parte de las veces, de una inconsciente ignorancia), subsana el error o suprime la imagen. En otras ocasiones, he visto cómo algunas publicaciones han robado mis fotos (y algunas de mi hijo) para publicarlas en otros blogs e incluso en alguna publicación de carácter comercial…

El objeto de esta entrada es alzar la voz contra el empleo que un blog concreto hace de mis textos. Lo había comentado ya en otras entradas de forma menos explícita, pero ha llegado un momento en el que empiezo a estar harto. Hay ocasiones en los que el uso de un determinado estilo paralelo al mío llega a lo enfermizo. Contra ello poco se puede hacer porque, en el fondo, todos hemos aprendido a escribir a través de otros textos y tenemos un conjunto de influencias más o menos explícitas. En cualquier caso, me sorprende que alguien no tenga la independencia y el criterio suficiente para hacer cositas que salgan de su magín. Sin duda el talento puede emplearse en tirar hacia delante y no en calcar. Pero lo que más me molesta es ver expresiones literalmente calcadas de mis textos. No lo entiendo, porque, como también recordé en otra ocasión, puestos a copiar, hay muchísimos autores con un talento desmesuradamente mayor que el mío. Por lo tanto, no comprendo esa obcecación en coger mis modestas palabras sin hacer referencia a ellas y, además, sin mi permiso. No es una cuestión de apetencias, sino de estatus legal: uno está obligado a hacerlo. Y punto. Lo demás es infringir una norma y pasarse las obligaciones legales por el arco del triunfo. Lo he dejado estar durante mucho tiempo, pero, como he dicho, estoy más que cansado.

El ámbito de la creación y sus relaciones siempre ha sido de gran interés para el estudio de las obras artísticas. La intertextualidad es una textura que amalgama hilos de distintas procedencias, matices y colores  y abarca nociones tan alejadas y controvertidas entre sí como el homenaje y el plagio. Todos entendemos que escribimos gracias a otros textos, tal y como he dicho más arriba, y que nuestra práctica como escritores obedece a lo que hemos leído (si no, que se lo pregunten a Cervantes en el Quijote, ese gran libro de libros). Pero vivimos ahora un mundo en el que parece que cada uno coge lo que le parece de donde le parece sin rendir cuentas a nadie. No se trata de cobrar, porque un servidor escribe gratis (y a mucha honra), sino de que el sentido común impere sobre tanta práctica que, aunque probablemente no malintencionada, es torticera a más no poder. Algún amigo me comentó hace mucho que, en el fondo, me debería de sentir orgulloso de episodios como este que relato. Sintiéndolo mucho, no me siento a gusto con estas prácticas: mis palabras vuelan, pero eso no significa que alguien las atrape con una red y las lleve para su casa diciendo que son suyas.

(Ya «fuera de cuadro», espero encontrar una reacción prudente y equilibrada de mis palabras en el destinatario de las mismas. Y espero que el resto de mis pacientes lectores sepa comprenderlas. Creedme que sé de lo que hablo.)

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Después de tres años con el mismo diseño, Verba volant ha entrado en el baño para acicalarse un poquito: una ducha con un poquito de gel exfoliante y champú para cabellos grasos; un poquito de base para un maquillaje tremendamente discreto; apenas un poquito de raya en el ojo. Como somos amigos de cosas  sencillas, seguimos con ese mismo principio estético que ya poseía la plantilla antigua, aunque la tipografía y la maquetación queda más cuca y moderna.

Todavía estamos en fase de pruebas, así que todavía puede haber algunos cambios: falta la cabecera que nos ha acompañado desde el principio, algunas traducciones, algunos ajustes…

Espero que os guste.

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Como soy un desastre, se me pasó celebrar los tres años de Verba volant. Como cuando miras los kilómetros que llevas recorridos en el coche y esperas ver el mágico 111.111 y te ha pillado en medio de la autovía Burgos-Vallolid, algo debió pasar para que me olvidase completamente de la efeméride. Mañana va a ser otro día de celebración muy diferente, así que hoy me voy a limitar a un análisis cuantitativo y (más o menos) externo.

Verba volant nació un ya lejano 19 de agosto de 2007. Como aparece en la entrada, esto supone el paso de 3 años, 2 meses y 9 días. Es decir, 166 semanas. Es decir, 1.166 días. Es decir, 27.984 horas. Es decir, 1.679.040 minutos. Es decir, 100.742.400 segundos. ¿Sólo números? No. Escribir un blog durante años no supone vivir por y para él todos esos días, pero sí tenerlo presente en la cabeza día tras día (a veces, hora tras hora). Buscar motivos, ideas, imágenes, ángulos, perspectivas. Por lo tanto, creo que no es azaroso decir que, en tres años de blog, uno le ha dado una pequeña parate de su vida.

¿Más datos objetivos? Como todo blog que se precie, los inicios son titubeantes. Verba volant nació para uso y consumo de su autor, sin ninguna pretensión de ir mucho más allá. Entonces, gracias a una magnífica iniciativa académica de mi compañero (y amigo) Pedro Ojeda, la Universidad de Burgos albergó unas interesantísimas jornadas en las que tuve la oportunidad de conocer la Burgosfera y alguno de sus más eximios representantes. Un efecto de contagio y una empatía con algunos de esos blogueros me llevó a subirme al carro. Fui muy bien acogido y, además, excelentemente asesorado, y gracias a la marca del Sr. K, Blogófago (¿qué hubiese hecho si el decano de los bloggers burgaleses no hubiese tenido la santa paciencia de enseñarme los vericuetos técnicos del asunto?), La acequia, Caminando en el desierto (y otros muchos, que conste). La Burgosfera, por lo tanto, dio un empuje y una difusión al blog. Los números de las visitas aumentaban, pero de momento, era un blog más o menos local.

Nunca pensé que fuese a durar tanto. Lo digo sinceramente. Soy vago e inconstante por naturaleza, pero también es cierto que soy duro de pelar cuando me pongo en serio a hacer algo. Creía que el blog no iba a ser esa «cosa» suficientemente seria, pero los datos parecen avalar lo contrario.

Luego llegaron las estadísticas: de no queres trascendencia, a la inevitable curiosidad por cuánta gente habría al otro lado. Algunas de los lectores respiran a través de los comentarios (y en este blog han respirado bien Bipolar, Merche Pallarés, Kokycid, Judit, Gelu, Pedro, el añorado Manzacosas, Mafaldia y otros muchos). Pero otros muchos esperan agazapados al otro lado de la pantalla y no queda otro remedio que los analizadores estadísticos. Éstos me dicen que el blog ha crecido exponencialmente (sin que vea yo la causa de tanto éxito, lo digo sinceramente). También me dicen que Verba volant nació siendo un blog en Burgos (aunque no «de/sobre Burgos). Los puntitos del mapa me indicaban que casi todo el tráfico se generaba en mi ciudad. Poco a poco, a lo largo del segundo año, cada vez se extendían más por España (y, tímidamente, por el extranjero). Ahora mismo, es un blog un poquito menos provincianos. Aunque mantiene aproximadamente la mitad de las visitas desde España, la otra mitad se desperdiga por México, Argentina y Chile (con una presencia relativamente importante) y, dentro de los países de habla no primordialmente España, se encuentra Estados Unidos. Dentro de España, las visitas desde Burgos son las más numerosas, pero ha crecido mucho en Madrid y Barcelona (mi querida Merche seguro que tiene algo que ver). Luego están Sevilla, Valencia, Zaragoza, Bilbao, Murcia, Málaga y Vigo.

¿Lo bonito de todo lo referido a los países, regiones y localidades? Que me consta que en algunos sitios se entra en Verba volant porque me conocen (normalmente para bien). Pero me agrada mucho también la llegada al blog por vía de los buscadores, encuentros azarosos que, a veces, perduran. Incluso me agrada que alguien llegue y se plante a leer un minutito una entrada para no volver jamás. Además de la lógica llegada de los visitantes diarios a través de las suscripciones RSS o por correo electrónico, a la que se suman también Twitter, Facebook y Tuenti, la búsqueda de algunos términos en la web hace que se llegue, por ejemplo, a través de la fiesta de pijamas, del peso de la lana, de las frases de El secreto de sus ojos, de los besos torcidos o de la noche en que descubrí el miedo. Dentro de las categorías, se llega a Verba volant muy frecuentemente a través de la soledad (¡qué bonito que la expresión de la soledad haga que nos encontremos juntos a través de ella!).

¿Más cosas curiosas? Refiriéndome tan sólo a las visitas de estos dos últimos días, el que alguien teclease pijama, libro, beso, «cómo llenar una postal», retruécano, papelitos o politesse condujo a alguien a mi blog. Y son, no me lo neguéis, palabras bonitas.

Podría aburriros con más cosas, pero la entrada se está haciendo larga. Tengo que dar las gracias a tantas personas que sólo me caben en el corazón. Pero lo de hoy ha sido un análisis cuantitativo, pero la próxima entrada será la número 700, así que os emplazo a mañana (o pasado) para que, si queréis, os unáis a la fiesta. Me gustaría liarda parda. Las palabras llevan volando muchos días, amigos.

Y lo que queda.

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URB Punta Cana 2010 - Raúl 145-1

Pues sí, se te atraganta la vida, se te hace la  cabeza un lío. Piensas que se te acaban todas las ideas y que, esta vez sí, te encuentras en mi mitad de la tierra baldía. Tienes cada día, como mucho, una triste idea y se te escapa entre las teclas;  tienes miedo de escribir historias llenas de vaivenes; mantienes la idea de que la creatividad es mucho más que seiscientas ochenta y tantas entradas de las que, mirando el retrovisor, ya no te acuerdas, porque tienes la mirada fija en la entrada que no es y en la que no será. No es fácil convertir las melodías del alma en frases con sujeto y predicado. Escribir es una tarea difícil porque es un proyecto de futuro basado en las letras del pasado, que ahora no se acompasan con música, en las que los acordes son más discordantes que la realidad. Ves alrededor los cadáveres de otros blogs insignes y te asalta la imagen de cuatro soldados malnacidos que se mantienen en pie a duras penas, sabiendo que la caída está cerca. En ocasiones, sientes reflotar un concepto, que se acaba sumergiendo de nuevo para depositarse en las gotas más secas del tintero.

Pues sí, se te atraganta la vida y las palabras sólo regurgitan a borbotones, similares a los estertores de lo que está vivo sólo durante unos instantes. Pese a todo, piensas que aún hay mucho caos agazapado en tu cabeza como para resignarte; pese a todo, piensas que todavía quedan historias por contar. Pero no sabes cuándo, ni cómo, ni por qué. Porque la vida es un baúl lleno de interrogantes resguardado por la llave de la creatividad. Y tú, de momento, esa llave la has perdido.

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Pozo

Alguno de vosotros, seguidores y amigos de Verba volant, os habréis preguntado qué ha motivado esa lentitud en el ritmo de publicación de las entradas. Y aunque no todo tiene en esta vida explicación y sentido, ya que no es sino laberinto, en este caso hay unas cuantas causas. Os advierto que, pese al comienzo más o menos lúdico, la cosa va en serio. Así que os animo a leer hasta el final (¡y no valen lecturas en diagonal!).

La primera es la explicación más explicable: estamos a final de curso y a las montañas de obligaciones se acumulan fuertes precipitaciones en forma de exámenes, correcciones y trabajos. Pero como en esta viña del Señor no todo es trabajo, la cinematografía tiene también la culpa para bien y para mal.

Aunque muy tarde, he empezado a descubrir Lost. Vi algunos capítulos sueltos allá por los inicios de la historia (y hace muchos años de esto) y, por aquello de la fragmentación, no me gustó. Ahora que todo el mundo la ha visto, me ha picado el gusanillo y en ello estoy. Temporada 1. Por otra parte, Breaking bad ha llegado al final de la tercera temporada y he cada vez estoy más convencido que estamos ante una de las grandes entre las grandes. La historia, lejos de empobrecerse, sigue creciendo y, con la última secuencia, uno permanece unos cuantos segundos ante el televisor un poco atontado esperando que nos den un poco más. Este cierre podría suponer un respiro, pero ya ha llegado la tercera temporada de True blood y Californication está al caer, así que la realidad de mis ficciones va a colmarse de sexo, sentimientos y pasiones al límite, horror profundo y sonrisas no solamente ligeras.

Por lo tanto, el trabajo y el vicio (a partes iguales) han ralentizado estas palabras volantes y voladoras. Pero decía que hay otro motivo, que vamos a asociar también con el cine. A los que no hayan visto la película Mujer blanca soltera busca… les será difícil manejar el paralelismo. Y como es mejor contemplar el horror que vivirlo, les diré que circunstancias ajenas a mí pero internas a este blog han vuelto a extender el desánimo. Si hace mucho tiempo había determinadas personas que buscaban y rebuscaban en este blog para verse representados (cuestión que creo superada, o al menos eso creo), desde hace un tiempo percibo (y no son delirios paranoides) algunos gestos nada sanos en algunos lugares. Ya dije en alguna entrada perdida que cada uno tiene su estilo, para bien y para mal. También es obvio que el estilo de cada cual tiene influencias múltiples y variadas, más o menos conscientes. Pero tengo el horror de contemplar que hay quien ha empezado a bucear por la blogosfera por los mares exactos por los que navego; tengo el espanto de percibir que mis palabras, mi estilo y mes querencias frecuentan de manera demasiado aproximada las palabras que tendrían que ser de otros. Me siento desdoblado sin quererlo, dividido en un Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin haber pasado por la ingestión de la pócima tramposa. Me encuentro con alusiones y réplicas veladas que yo no he pedido y que no he querido. El mundo es abierto y ancho y libre, y cada cual es amo de sus actos y de sus palabras, pero a mí me gustaría ser amo y señor de las más que modestas líneas que tengo a bien escribir porque me da la gana y que vosotros leéis porque sois buena gente y queréis pasar un rato con ellas. Me gustaría escribir aviesa amargura –por citar una cita inexistente y, por lo tanto, ejemplificatioria– y no encontrarme al cabo de poco con ese pensamiento y palabras estampados en el reflejo de otra pantalla para querer decir no-sé-qué. No creo que mi mundo y sus expresiones sean dignos de tantos seguimientos, apéndices y réplicas. Creo que ni las he pedido ni las he estimulado. Por si fuera poco (y sin que tenga que ver con lo anterior), mi correo se ha visto incomodado por mentes pertinaces que no aceptaban un silencio. Hasta se han permitido el lujo de sentirse ofendidas por no ocupar el lugar de Chipirón, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que soy yo el que decido en mi blog el lugar que ocupa cada uno. Para eso es mío.

Y es lo que tienen las ficciones, amigos. Al final, se funden con la vida.

En definitiva, cada vez que me sentaba ante el ordenador en busca de enlazar una historia con palabras más o menos afortunadas, me asaltaba la obsesión de no querer encontrarme lo que iba a venir después. Así que tenía que explotar y contarlo a mis parroquianos, por aquello de aliviar un poco las penas. Pues eso. E insisto: no son figuraciones mías.

(La imagen es de Ignacio Conejo.)

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Cortocircuito

Mi ausencia en Verba volant llega ya a nivel de rotación trienal de cultivos (parece que éste toca barbecho). Quizá sea mejor calificarla de pájara monumental. El que haya experimentado una sabrá a lo que me refiero: vas corriendo (o en bici) y te encuentras muy bien, vas a ritmo o incluso aceleras un poquito con una media sonrisa. Disfrutas hasta del paisaje. De repente, las piernas se te agarrotan en perfecta consonancia con una cabeza que se atonta, que pierde la noción del tiempo y el espacio. Cuando llega la pájara, no hay nada que hacer. No puedes continuar con el ritmo y lo que queda es ir al trantrán con la mirada perdida pero con un único objetivo: llegar, a ser posible vivo.

Bueno, pues algo de esto me está ocurriendo. Cuando antes siempre acudían mil ideas en hilera, ahora no llegan ni metiendo el cubo en el pozo, que parece seco. Cuando antes juntabas cuatro palabras y dos igual hasta quedaban bonitas, ahora te sientas y miras la pantalla como una vaca viendo pasar el tren.

¿Qué se hace mientras se está blogológicamente muerto? Lees (poco). Te apalancas horas y horas en la televisión para sufrir una sobredosis de basura. Escuchas música, pero no toda la que querías. Miras por la ventana cómo pasa la vida por los cuerpos de los demás. Consumes unos días de tu tiempo en no hacer absolutamente nada, en el sentido más absoluto del término.

Eso sí, has revivido en otros gracias a las películas y las series que van enriqueciendo esa vida que no tienes. Has pensado de forma difusa y lateral, pensando en la plasticidad del cerebro. Al final, llegas a la conclusión de que el tuyo es más plastilina que plástico y que tus neuronas son más cristales llenos de mierda que otra cosa.

Escribes alguna cosilla en Twitter, porque es éste un medio de ráfagas y tienes todavía munición con la que disparar unos tiros aunque no valgan ni con mucho para ganar batallas. Y, de todas esas ideas escupidas, piensas que hay una que tiene más sentido que las demás: que estás haciendo una copia de seguridad de tu disco duro y que, cuando el volcado estaba en proceso, un corte de luz ha mandado todo a la mierda.

(Imagen de GONZOfoto.)

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