— Verba Volant

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Personalidad

Hate & Anger, by Timothy Vogel

Hoy me he puesto a hacer todo tipo de test de forma compulsiva. Aunque veo en ellos más un pasatiempo que cualquier atisbo de verdad científica, he leído algunas de las conclusiones y he percibido entre líneas algunas cosas que me han dado miedo.

Por ejemplo, me dicen que yo no soy yo, que soy capaz de poner cara de circunstancias con mucho esfuerzo y por agradar a los demás, pero que cada vez me cuesta más soportar esa carga de apariencia. Me dicen que acabo por caer prisionero de mi propia imagen. Que debería tener el derecho de enfadarme y, por qué no, de cogerle el gusto a la disconformidad y a la disidencia, que es mi estado natural (pero interior).

Y otras pruebas me descubren un síndrome que padezco, que en francés (la locura es que todos estos test me ha dado por hacerlos en esta bella lengua) se llama «syndrome de la cocotte-minute» (la olla a presión de toda la vida), ese en el que aguantas, aguantas y aguantas y en un segundo, explotas con toda tu ira. Sí ese síndrome tan ineficaz que a ti genera luego culpabilidad, que crea tan mal rollo… y que no solucionada nada.

(Imagen de Timothy Vogel)

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Big1988

Dos películas se entremezclan a menudo en mi concepción de la vida. En una de ellas, Josh Baskin se encuentra en un parque de atracciones con Zoltar, un artilugio desenchufado que le concede un deseo: hacerse mayor. En la otra, un chimpancé del doctor Barnaby, en su búsqueda de laboratorio de la eterna juventud, pasa de objeto de experimentación a sujeto y, mezclando mejunjes, da con la fórmula secreta. Se trata, ya lo habréis adivinado, de Big (Penny Marshall, 1988) y Monkey Business (Me siento rejuvenecer, Howard Hawks, 1952).

En la primera, se da el salto de niño a adulto; en la segunda, el salto de adultos a jóvenes. Pero ambas tratan de territorios conquistados y territorios perdidos para, de alguna manera, legitimar y reivindicar la infancia y el espíritu juvenil. Desde el punto de vista negativo, también los dos filmes tienen un aspecto didáctico, que siempre pretendo olvidar: nunca es bueno traspasar esos límites de forma artificial, pues cada etapa de nuestra vida tiene sus límites, sus tiempos y sus vivencias.

Es cierto, no es bueno quebrantar fronteras ni forzarlas. Pero la reivindicación de todo lo que vamos perdiendo a medida que nos hacemos adultos es algo digno de mención. Hay algo en nuestra vida que hemos olvidado. No se trata de complejo de Peter Pan –que me parece el más bello y esencial de los complejos–, sino el haber olvidado algo que es tan importante. La mirada fresca e ingenua. El mundo como algo nuevo y el conocimiento no resabiado. El espacio para la locura, sin que tenga necesariamente que ser controlada. Negarse a convertirse en un ser gris, estereotipado y aburrido.

Cada vez que veo estas dos películas, me río con ingenuidad y con envidia. También siento un pozo de amargura y tristeza cuando me reconozco en esos adultos llenos de aspectos miserables.

Y, de repente, me apetece entrar en un laboratorio y ceder mis bártulos a un mono para que la vida me conceda cuatro minutos de locura. Y, de pronto, me quiero acercar a una feria, echar una moneda y formular el deseo de, pese a ser un adulto, soñar con entrar en una tienda de juguetes de Nueva York y tocar el piano. Y disfrutar en el reino fabuloso de Neverland. En este caso, siglos y siglos.

MonkeyBusiness

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La mirada

Ando entre desesperado e incrédulo. Una serie de misteriosas coincidencias empiezan a dominar mi vida y van a llegar a poder conmigo: es ya conocida por los asiduos parroquianos de Verba volant mi preferencia por los malos, a los que voy dedicando toda una serie titulada «Los malos son los mejores». Pero, últimamente, las cosas se ponen feas: hago un test de personalidad y se me diagnostica como triunfador con tendencias psicópatas y asesinas. Blogófago propone un meme como experimento divertido y, sin que medie ninguna otra voluntad que la del azar, a mí me sale una portada de disco cuyo grupo es Horror Conventions, el título del trabajo es «Otherwise they’ll kill you» y la foto es una sombra acechante. Dedico una entrada a Dexter y tres personas, sin ninguna relación entre ellas, me dicen que, cuando ven la serie, les recuerda mucho la personalidad difusa y obtusa de Dexter Morgan a mi forma de ser (por lo visto, difusa y obtusa). Y no es menos cierto que tenía unas notas tomadas con unas reflexiones del angelito psicópata: «¿Soy bueno? ¿Soy malo? Dejé de preguntarme esas cosas. No tengo las respuestas. ¿Alguien las tiene?» y quería ilustrar esos pensamientos para reflejar mi manera de concebir el mundo. Yo creía que todos éramos así, pero se conoce que respondemos principalmente a estos parámetros la ficción (Dexter) y yo (¿realidad?).

Por cierto, un antiguo vecino mío lleva pasando a mi lado tres veces sin saludarme, con mirada displicente. Y yo, como Hannibal Lecter, no soporto la mala educación. Voy a tener que darle unas lecciones…

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Eneagrama

Todos somos distintos, todos somos iguales. Individualmente, tenemos unos rasgos inequívocos que nos diferencian de los demás. Colectivamente, se nos puede estudiar y segmentar en muchas porciones para demostrar que nuestro pastel humano está aderezado con no pocos ingredientes comunes. Y, sí, efectivamente, esta entrada va sobre los test de personalidad. Sobre un test de personalidad. Pero os juro que no es uno más. Todos hemos hecho alguno de estos test a lo largo de nuestra vida y, seguramente, nos ha dejado a medias. El que voy a recomendaros nos lleva, precisamente, al otro extremo: es tan certero que nos divertimos al comprobar que se ajusta perfectamente a las personas que conocemos, pero nos enfada cuando comprobamos los resultados en nuestras carnes (y en nuestras mentes): nos radiografía (para lo bueno y para lo malo) con una precisión desconcertante.

Debo su descubrimiento a Connie, una californiana trotamundos, dulce y encantadora. Reconozco que, al principio, su manera tajante y autoconvencida de hablar de las teorías del eneagrama de Don Richard Riso me sonaba a monserga dogmática con variantes a lo New Age. Pero Connie habló de tanta pasión del libro de Riso Personality Types que, buceando en la Red, encontré uno de los test con el que incardinamos nuestra personalidad en un eneagrama.

En fin: os recomiendo que dediquéis unos minutos para hacer el test (hay versión en español). Luego tened paciencia para leer detenidamente todas las características de cada tipología (puede que vuestra puntuación sea alta en más de un tipo). Y ahí es cuando os llevaréis la sorpresa: si os pasa como a mí, empezaréis con una sonrisa autocomplaciente pero, a medida que avancéis, notaréis cómo desvela muchos rasgos no tan amables. Por eso es muy sano que se animen a hacerlo más personas a vuestro alrededor confrontando los resultados con la imagen que tienen de vosotros los que os conocen bien.

Si lo habéis hecho, os pido dos atrevimientos: que me digáis si ha coincidido con lo que vosotros y vuestra familia y amigos pensáis; y, si no es mucho pedir, que digáis a cuál de los eneatipos pertenecéis. En mi caso, me duele reconocer que soy un tipo 3. Para que sepáis con quién os jugáis los cuartos. (No obstante, me revelo rebelándome: yo no soy así, ni de coña)

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