— Verba Volant

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Salud

Podemos enfermar de la memoria, por supuesto. En la mayoría de las ocasiones, enfermamos por defecto, pero también existen trastornos por exceso. Recordar mucho puede ser un recurso beneficioso para los mnemonistas y para aquellos que poseen una memoria eidética. En cualquier caso, para que la memoria tenga beneficios y, sobre todo, para que tenga réditos para la inteligencia, necesita combinarse con el proceso psicológico de la imaginación, del que no tiene que andar muy separada (en ambas anida, quizás, el mismo germen). No obstante, recordar en exceso puede resultar una tortura. ¿Os imagináis lo que sería recordar las veces que uno se ha equivocado en la vida, poniendo fechas y horas? ¿No sería una tortura recordar los pasos en falso, las caídas, los rencores, los celos, los resquemores, los días aciagos y nefastos, los días en que la lluvia arruinó nuestros zapatos?

Es lo que lo que les pasa a los que paden hipertimesia (hyperthymesia; véase aquí un PDF de literatura científica de 2006), una terrible enfermedad de la que se han descrito muy pocos casos y que he descubierto gracias a House. Como dice la paciente en la serie, «Recordarlo todo no me hace más inteligente», pero sí la convierte en un ser terriblemente desgraciado. Porque, a veces, es mejor olvidar. Y beberse los recuerdos hasta que se deslicen los horizontes. Hasta que no quede nada, que es lo más parecido a la muerte. Que es lo más parecido a haber vivido.

(Imagen de Stain-Girl.)

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Lo voy a decir, cueste lo que cueste. Me importa poco si la ley antitabaco va a conseguir reducir el número de fumadores porque, salvo en menores, donde la incitación al consumo es más que grave, cada uno es adicto a lo que quiere y es muy libre de morirse de lo que crea conveniente. Me importa poco que los fumadores se quejen de la falta de libertad con esta ley que ellos denominan restrictiva: si en vez de inhalar (y, por lo tanto, expulsar) la nicotina, el alquitrán el humo se lo bebiesen, yo no les pondría ninguna pega. Pero resulta que ese humo se lo tragaba el resto de la humanidad.

He conocido fumadores de todo tipo. Algunos (pocos) son razonables; pero hay una gran mayoría que hace prevalecer su vicio sobre el sentido común: como ellos son fumadores, incluso en las casas en las que hay niños se ponen a fumar en las comidas domésticas entre plato y plato, aunque haya niños (curiosamente, eso valía cuando los niños eran de los demás; si los niños son propios, los parámetros cambian). Lo que más gracia me hace de todo esto es cómo varía su opinión cuando dejan de ser fumadores.

El asunto del tabaco ha llegado hasta aquí no por la intolerancia actual del gobierno, sino por la intolerancia y la falta de educación que han tenido ellos durante años y años, que no pensaban en los demás. Los que ya tenemos algún que otro añito hemos visto fumar dentro de los colegios, en los cines, en los aviones y en el interior de los hospitales. Ahora cualquiera de estas situaciones nos parecería extravagante. Que es, precisamente, lo que va a pasar cuando hablemos de esto dentro de unos años.

Yo, ahora, respiro mejor. ¿Y tú?

(Imagen de Florian Leroy.)

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