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Tag "Diario de un turista"

 México DF Zócalo

 

El turista, durante unos días, lo será a tiempo parcial. Acude a un lugar lejano por razones de trabajo, para hablar sobre el hablar, sobre el argumentar, sobre el comunicar. Pero el turista piensa que, incluso en estos momentos, no puede evitar esa mirada entre admirada y extrañada a lo que es ajeno.

El periplo comenzó ayer y el turista, además de cansancios, desfases horarios, esperas y controles, traspasó sobrecogido la oscuridad. Había hecho una escala en el país que es dueño y señor del mundo y, por lo tanto, de la luz. El avión recorría cientos de kilómetros en los que la luz permanecía casi constante, perseverante. De pronto, en una extraña situación que el turista asoció a la frontera, se hizo la oscuridad. Ni un punto de luz a lo largo de minutos, minutos y minutos. El turista parpadeaba sin comprender, sin encontrar nada que explicase algo que no era, a fin de cuentas, sino el paso del mundo del poder al de la carencia.

Eso sí. De pronto, la luz apareció a sus ojos con refulgencia, con magia, con insistencia. No era un cambio sino más, bien, la evidencia de un contraste que a la postre, es la contradicción misma de nuestros mundos.

El turista, al final, llegó a su destino. A través de la ventanilla del taxi su mirada recorría un mundo para el que carecía de contexto previo y, por lo tanto, le provocó una admiración ingenua, que seguramente es en la que más confía.

Y, poco a poco, ya en el hotel, sus ojos se cerraban para soñar.

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Raúl cruzando Abbey Road

El turista se reafirma en cada viaje. Naturalmente, en un viaje a Londres el turista tenía varios lugares que visitar y uno de ellos era, por supuesto, Abbey Road. Al turista le da igual que ese paso de peatones ahora esté unos metros más allá del original. También le da igual tener que hacer cola para tener que cruzar por ese paso de peatones y que los coches, sin duda ya acostumbrados, tengan que esperar pacientemente a que se inmortalice el momento.

El turista no es un viajero y, aunque no necesariamente siga todas las rutinas de los que visitan una ciudad, piensa que no tiene por qué renunciar a todo aquello que le apetezca hacer y que quizá nunca pueda volver a repetir. En este sentido, piensa que los viajeros son una cosa y los turistas otra, pero que no son compartimentos estancos. En todo caso, el turista decide que, si un viajero no quiere hacerse una foto cruzando el paso de cebra de Abbey Road, allá él y sus elecciones.

Por un momento, el turista se siente invadido del espíritu de esa portada de disco que tanto le gusta. El resto, son cavilaciones.

(Esta entrada pertenece a la serie Diario de un turista.)

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Támesis

Del mismo modo que le gusta subir a las alturas, al turista le gusta navegar por los ríos. Llega a un embarcadero y no puede evitar montarse en un barco que le lleve a dar un recorrido por la ciudad. Bien es cierto que, al poco tiempo, pierde el hilo de las explicaciones que va dando alguien micrófono en mano y va dejándose mecer por el sentido que tiene fluir por la arteria que da sentido a la ciudad. Además de la mirada mecánica hacia un lado u otro motivada por alguno de los edificios excelentes, el turista va fijándose en pequeños detalles que le arriman a los sitios de una manera cada vez más emocional. Ese barco en el que uno vive, ese edificio exquisito que, de no ser por este viaje, pasaría desapercibido entre todo lo demás. Al turista le gusta también fijarse en los rostros y reacciones de las personas que están en el barco: su manera de enfocar los objetivos hacia el todo o hacia la nada, las sonrisas de satisfacción que les alejan, por un momento, de todos sus problemas.

El turista reflexiona y descubre que las ciudades de las que se ha sentido enamorado tienen un río. Y son ríos que, desde su historia, siempre le han hecho pensar.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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El turista cree haber dicho en otras ocasiones que le gusta subirse a las alturas, a esas alturas típicas de los lugares típicos. Piensa que hay en ello algo de ver sin ser visto o algo de ver lo que otros contemplan en las postales con la perspectiva inversa. También puede ser una cuestión psicoanalítica, de llegar a las cimas como símbolo de prepotencia. O un espíritu deportivo mal entendido de intentar llegar siempre más arriba.

En este caso, nunca hubiese pensado que lo haría en un artilugio mecánico. En su ignorancia sana o ignorancia a secas, él había pensado siempre que era una noria, sin más. Pero no. Se trata de unas cápsulas que no dan vueltas y vueltas, sino una vuelta, en singular. Lo que atrae no es la agitación del vértigo combinado con el movimiento, sino la contemplación espaciosa y más o menos serena de un movimiento ralentizad0.

Ha tenido suerte: si le hubiesen dado a elegir entre todas las posibilidades contempladas, él hubiese elegido un día de lluvia matizada. Le gustan los días lluviosos. En eso se diferencia, probablemente, de los turistas amigos sempiternos del sol. Le gusta la lluvia por varias razones. La primera, que con luz tras las nubes la lluvia aparece inaudita, maravillosa, vivificante. La segunda, que quizás una ciudad como la que está visitando, tan asociada al agua caída del cielo, quizás no sería la misma sin ella. Además, ahora la lluvia se ve desde dentro, entre una urna de cristal que provoca una contemplación nueva. Los monumentos, el paisaje urbano no es sino un fondo mediatizado por el primer plano de las gotas sobre los cristales.

Un poco más tarde, el turista bajará de las alturas y, ya pie en tierra, comprará un paraguas típico en una tienda típica. Nunca hubiese imaginado que llegaría comprar un objeto cotidiano con los colores de una bandera. Lo ha hecho. Pero hablaremos a ras de suelo. Después.

(La imagen procede de mi galería en Flickr).

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Todo comienza con un viaje en coche, en autobús, en tren, en avión, pero concluye siempre en un metro o, sobre todo, deambulando por las calles de una ciudad.

Este año, el turista ha sentido que tenía que congraciarse de nuevo con ese concepto que defiende, tan distinto del viajero. El turista es todo aquel que no quiere diferenciarse del resto, que llega a una ciudad alta y mira hacia arriba, que ve un monumento significativo y quiere entrar a verlo, que mira a una ciudad vieja y propaga su mirada hacia todos los lados. El turista no se avergüenza de contemplar descaradamente a las personas que viajan en el metro, no intenta pasarse por una de aquellas personas que deslizan sus vidas cotidianamente cabizbajos. No esconde el plano con el que guiará sus pasos y abre las hojas de su guía turística orgulloso de lo que le queda por visitar, por contemplar. Y viaja siempre con una mochilita que protege fieramente con su mano izquierda.

(La imagen pertenece a uno de mis recientes viajes a Londres.)

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El viajero ha llegado a su destino después de un tortuoso vuelo a bordo de un avión de hélices, mecido por el viento y a expensas de una lluvia torrencial. El viajero, mientras sentía una inquietud próxima al miedo, piensa, ahora más que nunca, que los viajes son metáfora de la vida o, incluso, son la vida misma. Llega a un aeropuerto pequeño, casi vacío. Ahora tiene que encontrar un medio para llegar a la ciudad y lo hace contratando a un chófer que se compromete a llevarle a su destino. Al viajero le fascina conocer los nuevos paisajes, los nuevos países en viajes nocturnos, por carretera. El viajero piensa que es una manera de percepción más directa al inconsciente que valorable por la razón del sentido de la vista limpio y diurno. Las señales, las aceras, los comercios, se suceden a un ritmo frenético que cuesta asimilar. Tras la ventanilla, ligeramente abierta, se atisban nuevos olores. Cuando llega a la ciudad, al fin, es incapaz de reconocer algo que no sean las luces del hotel en medio de la negrura del contexto. Los trámites en la recepción se le hacen interminables. Incapaz de mover un músculo, pide algo de comida en la habitación. Vencido por el sueño, por el trasiego, cierra los ojos por un tiempo que él pensaba breve. Y la noche le sumerge entre los sueños, entre las ilusiones de lo que aún resta por vivir.

(Imagen de Juan José Ferres.)

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El viajero, como las ocas afortunadas, va avanzando de bus en bus y de vuelo en vuelo. Ahora permanece entre la calma de un ambiente agitado pero agradable en un aeropuerto lejano de su mundo, pero cercano a sus palabras. El viajero ha dormido con la continuidad entrecortada propia de las luces cambiantes, los ruidos y el saberse sin reposar dentro de una cama. Al final, el cansancio ha podido más que sus obsesiones y ha perdido la partida para recobrar el estado de inocencia.

Ahora está contento, con muchas horas de viaje encima, pero con la ventaja de que mantiene la ilusión del que va, del que todavía mantiene ilusiones. El viajero ha ingerido una frugal colación, de esas de las que hablaba el catecismo, pero la ha acompañado de una bebida gaseosa y dulce, que le ha salpicado con las burbujas una nariz que huele nuevas fragancias.

Dentro de poco, el viajero volverá a desaparecer por otro túnel, volverá a emerger hacia el cielo. Y volverá a sentir que las cosas acaban para seguir comenzando.

(Imagen de apr77.)

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[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será «el viajero» y no «el turista» y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

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El turista, hoy, ha decidido abandonar la paz de los árboles, del campo y de los confines verdes y azules por el ajetreo de la gran ciudad. Hacía más de veinte años que no recorría sus calles y se ha sentido especialmente cómodo. Le ha divertido ver el trasiego de turistas empecinados en ver mercados, edificios acomodados al orden natural, altos confines hacia el mundo celestial. Ha soportado el calor con perseverancia, ayudado por un poco de agua fría, sustentado por la ilusión de redescubrir lo que vio un día, de adivinar nuevos matices en las cosas y en las personas. Por circunstancias parcialmente ajenas a su voluntad, se ha visto empujado hacia un gran estadio deportivo. Ha paseado por las sombras de los triunfos y por las luces de los pasillos umbríos. Ha contemplado gente uniformada que hacía de estos momentos una ilusión, una sintonía con lo que supone la victoria. Al turista le hubiese gustado un ambiente más amparado en los momentos de derrota, en los minutos tristes en los que se pierden los millones y las sonrisas, pero aquí solo hay lugar para la construcción del mito. Reconoce que el ambiente es soberbio, aunque su personalidad cetrina le empuja más hacia los pequeños detalles (un césped sin la mancilla de la cal, unos chicles conformando un bonito collage) que hacia la parafernalia y el ornamento. Una vez fuera del recinto, el turista ha girado la cabeza y ha visto un pabellón mucho más pequeño. Le hubiese gustado encerrarse a solas, frente a una canasta y, en el silencio más rotundo, en la soledad más inconsolable, botar el balón tres veces y sentir el eco; respirar hondo; soltar todo el aire; lanzar a canasta con un preciso giro de muñeca. Y comprobar que, pese a todos los pesares, el mundo vuelve a estar en su sitio.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Una vez instalado el edificio volátil, el turista duda entre la exploración o el descanso. Ante la disyuntiva, una breve mirada a su alrededor le invita a desplegar una silla y sentarse unos minutos. Alza el mentón hacia el cielo, que no aparece nítido sino sobrevelado por la presencia de las frondosas ramas de un árbol. El turista se dice a sí mismo que tiene que aprender a reconocer los árboles. Uno de esos libros de campo, se dice, con ilustraciones del tronco, de las hojas, con fotografías y dibujos. Lo lleva pensando desde años y es uno de esos propósitos que se quedan en eso y que nunca desembocarán en realidades. En la parcela vecina, suena un runrún de música que agita en pequeñas porciones esa tranquilidad. El turista echa un vistazo a las relaciones y diferencias entre los diferentes modos de vivir la paz y el descanso de unos días en pleno contacto con el campo. Comprueba que algunas personas ansían hacer de su estancia una prolongación de su existencia normal y habitual, con todos los pequeños detalles que hacen de sus vacaciones un hogar. Al turista, al contrario, le agrada esa sensación espartana de profesionalidad y, por ende, de alejamiento. Unos días viviendo con lo básico y desde lo básico.. Por un momento, también respira la mezcolanza de distintos preparados culinarios, que le azuzan con unas ganas de comer que tenía olvidadas. El turista siente pereza. Se vuelve a sentar. A lo lejos, unos niños jugando. A lo lejos, la implacable travesía de un tren en su persistente recorrido. En el horizonte, unas briznas de paz para asentarse sobre la tierra.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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