— Verba Volant

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Escribir

Querido diario:

Te escribo hoy, 7 de enero de 2016, tras mucho tiempo de ausencia. Y lo hago más por lo que quiero callar que por lo que que quede reflejado en estas líneas. Es muy difícil –todo un acto de injusticia– establecer nuestra existencia como una balanza en la que pesas circunstancias vitales de las que ignoras casi todo, sobre todo cuando alguien ya ha elegido por ti el lado más cruel de tu destino. Conoces la ya frecuente dificultad que tengo para dormir. Empiezo la lucha aferrándome al edredón y sintiendo una amargura que me acompaña en los primeros sueños. Luego, de repente, abro los ojos entre la pesadilla, con ese dolor extraño que no consigo localizar porque me temo que pertenece a un lugar recóndito que se llama alma. Me entristece que haya tenido que empezar a sentir ese dolor como algo familiar, que parece que me acompaña a donde quiera que vaya. Conozco la sensación y reconozco que me da mucho miedo. Mientras tanto, los días pasan y no me dicen nada. Todo es una monotonía tremenda que me lleva siempre a lo mismo. A la ausencia y a sentirme a gusto entre esas tardes frías y lluviosas que tanto se parecen a lo que soy. A veces me pregunto si hay en todo esto algo de autocomplacencia algo de pose de hombre maldito, pero creo que es una sensación que refleja perfectamente algo que ya no es cómo me siento, sino lo que soy.

No puedo escribir más, compréndeme. No eres el tipo de diario que tiene una cerradura en forma de corazón. Y, si lo fueses, la llave que lo abre no es más que una manera cruel de hurgar en una herida que ya es eterna.

(La imagen es de Alonis)

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Imagen de EstefaniaVS

Querido diario dos puntos

Escribo en tus páginas satinadas, matizadas por esa cubierta acartonada ya doblada en sus extremos, sobre esas líneas de un color azul vagamente descolorido. Ya he tenido que borrar dos líneas y sé que no te gusta que te mancillen con palabras que solo se sostienen en el anonimato y el odio de los tachones poco escrupulosos. De forma anecdótica, te diré que he empezado a escribir de nuevo, después de tanto tiempo, otra vez a un ritmo de un ritmo. Pero, en esta ocasión, se me ha descabalgado entre las manos. Lo he intentado atrapar, pero la canción ha sido más rápida que yo punto y aparte

Quiero que sepas que he cogido, otra vez, el bolígrafo de casi siempre, ese que pinta de una forma lo suficientemente firme pero no horada la hoja de forma contundente, agresiva. Sé que no te gusta que las páginas sean un conglomerado de palimpsestos entre el recto y el verso. Y coincido contigo dos puntos qué desagradable es ver esa invasión violenta entre trazos, con relieves que revelan un estado de ánimo más allá de las palabras, que tendrían que ser suficientes, que tendrían que ser necesarias punto y aparte

Hoy ha la lluvia ha intentado atraparme en varias ocasiones pero he conseguido esquivarla. Y, como en el ritmo de la canción, una racha de viento entre los árboles se ha vengado con una descarga inesperada. El retorno se me ha hecho muy largo, como la vida que tienes atrapada en esa goma que clausura y guarda tus secretos. Ahora tendría que buscar un párrafo que remate y compense la escritura, pero no importa. Sabes que esto es algo que queda entre tú y yo, a modo de narración de explicación de un universo que es demasiado particular como para escribirlo en mayúsculas punto y aparte

Todos me dicen que tendría que tener motivos para estar contento y tienen razón, lo sé. Pero la vida es una camisa en la que los botones y los ojales no son equidistantes. No obstante, me acuerdo del calor. Querido diario dos puntos yo no sé qué sentirás tú, cuando mis manos te abandonan y te quedas solitario, lleno de palabras y enmiendas, en el cajón al pairo de la temperatura ambiente. Al margen del calor, creo que a los dos, por lo menos, nos quedan las palabras punto final

se abre paréntesis fotografía de EstefaniaVS se cierra paréntesis

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Un escritor, sea en un blog o en bloc, siempre se plantea cómo llegan los escritos a sus lectores. Y es difícil que estos, los receptores, no tengan que ver, de algún modo, con lo que escribe el autor. Es complicado abstraerse de gustos, de consejos, de influencias y, sobre todo, de éxitos.

Como no podía ser de otro modo, cada uno tiene unos objetivos al escribir y parte de unos principios. En mi caso, escribo porque me gusta y escribo de lo que me gusta. A ráfagas, a impulsos. Con series y planificaciones, sí, pero también adaptando el tono y el tema al día en el que se escribe, al sentimiento que uno tiene. Como llevo ya muchos años en esto, sé perfectamente lo que más gusta y lo que no: hay entradas con centenares de visitas y entradas con docenas escasas. Lo natural sería fijarse en los números y escribir con ellos como destino final…

Pero no. Escribiré esas entradas que les gustan a centenares solo cuando me apetezca escribirlas y porque las considere adecuadas al momento. Y, francamente, me quedo con las entradas más íntimas o más difíciles (o más simbólicas). Aunque exista únicamente una persona que las lea y disfrute con ellas, seguiré. Lo haré por los lectores, sumados uno a uno; lo haré por mí, para no terminar con mis principios.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: “Porque Pinocho estaba ya registrado”.

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: “¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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L'écrivain

He empezado cuatro veces a escribir una entrada sobre la escritura. Y he comenzado a hablar de aspectos neuronales, culturales, de aprendizaje y otras cosas más. Después de escribir unos párrafos infumables, me he dado cuenta de que era absolutamente incongruente que escribiese mal sobre el hecho de escribir. Y ahora, después de estar escribiendo este párrafo, me doy cuenta de que escribo sobre el hecho de no escribir.

Paradojas al margen, quizás, fuera mejor recordar los sabios consejos que tenían los tratadistas de retórica para construir discursos, pero volvía de nuevo a liarme. Por eso, he preferido adaptarlas y decir (escribir) que todo escritor tiene que tener algo que transmitir, tiene que tener imaginación para hacerlo y tiene que tener técnica para escribirlo bien.

Es algo tan sencillo como para tenerlo claro. Es algo tan complicado como para pensarlo –pensárselo– dos veces. Antes de escribirlo y antes de hacerlo.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

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Ayer decía que tenía un amigo que se llamaba Leo Finch y hablaba un poco –con él, con todos– sobre el acto de escribir, con sus ilusiones, sus miserias y, a veces, sus inacciones. Y resulta que, de tanto frotar la lámpara mágica de las palabras, ha salido un genio (que sí, puede ser el de Aladino; que sí, que puede ser el geniecillo maligno de Descartes) y parece que una olla de esas de las antiguas, de las que funcionan bien si tienen el pitorro libre de atascos y van administrando vapor a golpetazos, ha empezado a cocinar algunas líneas en el paraíso de las palabras.

Porque, manoseando esa lámpara, resulta que el vapor ha dibujado la figura de otro amigo mío. Puestos a chulear, podré decir que soy uno de los primeros en la lista de atisbar sus ingenios. Sería un mocoso de 14 años, sí, probablemente; y, lo que es peor, sería un mocoso con un gran bigote de pelusilla, pero ya tenía la ilusión creadora –si no recuerdo mal, basada aún en una enfermiza afición por el dibujo de espadas, hachas, lanzas y demás– y una incipiente pasión lectora. Y sé que busca el Grial desde hace mucho tiempo. Entre otras cosas, porque durante unas clases que fueron para mí una delicia leímos El halcón maltés de Dashiell Hammet. Algunos descubrieron a su primera femme fatale envuelta en las páginas de un libro y yo tuve el enorme privilegio de leer uno de los exámenes más perfectos que he tenido que corregir durante mi temporada (bastante larga) como profesor de Literatura Universal.

La vida, sus aficiones y sus “aficciones” le han llevado por muchas sendas creativas diferentes e interdisciplinares. Porque el ingenio se muestra con la punta del lápiz, con un visor de una cámara, delante de un teclado o con una casaca de gusto, para mí, dudoso a lomos de un monopatín (obviamente, en ese mundo no hay nada perfecto). Y este amigo mío, que va en busca del Grial, si un día se pone, igual lo encuentra. Y sí, es negro.

(De hecho, otro día, si me da por ahí –que espero que sí–, escribiré algo sobre un grupo de chicos que coincidieron en un espacio y un tiempo. Y de cómo coincidí con ellos. Porque el mundo de la enseñanza podrá ser bueno, malo; enaltecido o vilipendiado; pero nunca podrá ser indiferente. La foto que ilustra la entrada es de Mario Larrá y tiene todos los derechos reservados. Como me imagino que leerá la entrada, si quiere que la quite… pues la quito.)

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Hoy escribo porque lo necesito, porque quiero desconectar, porque el autobús ha pinchado en medio de una autopista y he descubierto que, en medio del desierto, hace mucho frío por las noches. Como en todas partes.

Escribo porque en el primer piso del hotel hay una juerga de padre y muy señor mío, porque yo estoy ahora en el segundo piso, con cuatro obsesos del ordenador que, como yo, nos dedicamos a contar historias aislados del mundo pero, a la vez relacionados.

Escribo porque espero y espero porque escribo, un poco harto de que el trabajo me salga mejor que la vida, anclada en sinsabores. Escribo a cuatro pasos de un Carrefour escrito en árabe y a dos de tiendas exclusivas. En un país bastante más variado de lo que nos venden desde fuera.

Escribo porque poner una letra detrás de otra cura unas heridas y otras sangran, como el fácil remedio de los médicos de antaño. Escribo desde el sinsabor de encontrarme aislado, pero con la dulce compañía de una repostería exquisita.

Escribo porque sí, porque hacía mucho que no lo hacía. Y punto.

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Estoy trabajando en un capítulo que me está dando bastantes problemas, algunos de los cuales tienen que ver con la perspectiva y el punto de vista, aspectos de los que tendré que hablar más pronto que tarde.

No obstante, hoy quiero tratar otra cuestión, que no es otra que la planificación frente a la “improvisación”. Una planificación excesiva hace que el texto quede encorsetado; una improvisación demasiado alegre deja a este texto sin control. ¿La solución? Que el texto esté tan bien planificado como para que no se advierta y que tenga las dosis de improvisación necesarias para que parezca fresco.

Todo esto es fácil decirlo y muy difícil ejecutarlo. Comencé el capítulo del que estoy hablando con una idea ligera que se iba plasmando muy lentamente en el proceso de escritura y quedé bastante satisfecho. Luego, por razones de trabajo, tuve la necesidad de “recuperar” muchas horas perdidas en una única sesión de trabajo en el que el ritmo de escritura fue poco meditado y vertiginoso. Contaba, eso sí, con unos apuntes previos, lo que ha facilitado que el texto sea mucho más coherente. Mi principal inquietud era si se notaría esas dos secuencias distintas de trabajo. Tras una revisión final, he comprobado que todo ha quedado más compacto de lo que yo pensé en un principio.

Esto demuestra que el proceso de escritura tiene un proceso previo de composición que no tiene que estar necesariamente en el papel. De hecho, es evidente que las vueltas que les doy a las ideas mientras estoy corriendo o cuando nado hacen que, en el fondo, nada sea totalmente improvisado. Hacer ejercicio me sirve para dar vueltas, para colocar y recolocar. Para que aparezca, de repente, una frase. Si la mala suerte viene acompañada de la mala memoria, la frase se perderá para siempre.

Si nos olvidamos de este proceso, algunos pensarán y confiarán en que esto es inspiración. Pero todo el que se ha puesto a escribir sabe que esa inspiración procede de darle muchas vueltas a algo en nuestra cabeza. Si la escritura tiene algo de mágico, no lo tiene por estas “ráfagas”, sino por una luz que estaba en algún sitio y aprendimos a canalizar.

(Imagen de Eneko Menica. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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Hablar es una habilidad natural de los seres humanos. En mayor o menor medida, todos nosotros somos capaces de comunicarnos por medio de la palabra para transmitir nuestras necesidades básicas y para hacer partícipes de nuestro estado de ánimo, de nuestras emociones y de nuestras inquietudes. Luego –claro está– aparece la mayor o menor capacidad para lograr que esta habilidad se convierta en un arte de persuasión poderosamente eficaz. Aprendemos a hablar en el seno de la vida social: desde el núcleo familiar inicial, pasamos por diferentes escalas a medida que nos relacionamos con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de colegio, connuestros colegas… o a fuerza de viajar y de vivir otras muchas experiencias.

La escritura, sin embargo, no es algo natural entre los seres humanos. Lo parece porque vivimos en la ficción de una sociedad con un porcentaje de alfabetización muy elevado. Y aquí es donde llega el problema: la escritura es una realidad cultural desde hace siglos, pero también es una entelequia. En el fondo, siempre lo ha sido.

Desde la óptica de la lectura, la palabra escrita se divulgaba con frecuencia en voz alta ante un auditorio en lecturas colectivas en una práctica que ha durado siglos. Incluso la lectura en silencio fue una innovación que dejó patidifuso a San Agustín, cuando descubrió a Ambrosio pasar las páginas de un libro en plácida lectura silente. El fenómeno de la lectura nunca ha llegado plenamente a la totalidad de la población y siempre ha tenido escalas problemáticas que no vamos a tratar aquí.

Desde el ángulo de la escritura, la cosa es todavía más difícil. Si la alfabetización por medio de la lectura es, aunque inconstante, más o menos fecunda (aunque habría que hablar tanto de los niveles de lectura…), la escritura siempre ha sido mucho más problemática. Sobre todo, porque decir que se escribe como se habla es una falacia (es más, escribir como se habla sería la quintaesencia de un profundo ejercicio de estilística que pocos escritores han conseguido). Escribir supone aprender a escribir, lo que equivale traspasar al código escrito las propiedades del código hablado. Y como casi todo el mundo piensa que esa traslación es más o menos automática, le dedica poco tiempo e interés a este cometido. Aparentemente, se le da mucha importancia a la escritura en la enseñanza. Y sí, instruimos en el noble arte de la caligrafía –que le llevó a Steve Jobs al gusto por el diseño único e irrepetible– mejorando en aspectos psicomotrices, pero no alcanzamos a profundizar lo suficiente en que escribir bien debería de ser algo esencial en una cultura como la nuestra.

A poco que escarbemos en el asunto de la enseñanza de la escritura, descubrimos poco o nulo conocimiento sobre las reglas ortográficas, sintácticas y compositivas del texto escrito de una buena parte de profesiones que necesitan expresarse por medio de la palabra. De entre ellas, el colectivo de los profesores, por su trascendencia, merece unas líneas. En el ámbito de la docencia, muchos parecen ignorar las sabias palabras de Fernando Lázaro Carreter, maestro de tantas cosas: “Todo profesor en español es profesor de español” (por supuesto, esto es traducible a todas las lenguas del ancho mundo). La corrección de la transmisión escrita no es un asunto propio de filólogos, ya que la lengua no es un reducto exclusivo de eruditos, sino patrimonio de todos. Es extraño y abominable ver la cantidad de gente que comete tantísimos errores a la hora de plasmar el objeto de comunicación por medio del canal escrito. No se trata, en este caso, de ser más o menos inteligentes, sino de pasar por el necesario período de aprendizaje. No nos engañemos: el camino, quizás, no es sencillo de recorrer, pero no es tan tortuoso como para abandonarlo. Es frecuente ver exámenes con faltas de ortografía, carteles en los centros escolares sin las tildes pertinentes, páginas web de centros escolares y universitarios en los que la pulcritud sintáctica brilla por su ausencia. Como en la actualidad la maquetación de un texto escrito es tan sencilla, parece que olvidamos que las palabras tienen algo más de lo que aparece en sus alrededores.

Unas cuantas circunstancias personales más o menos recientes me han dejado patidifuso: docentes y profesionales que ignoran los misterios –no tan profundos– de la puntuación, que redactan de forma vacilante e incorrecta, que se inventan grafías… Y no se trata de errores esporádicos, que todos cometemos –yo el primero y mil veces–, ni siquiera de desidia. Se trata de algo que pasa resbalando por el escrito porque los productores del mismo no llegan a convencerse de que la forma y el contenido son dos caras de la misma moneda.

Necesitamos ser comprendidos, necesitamos comunicarnos, necesitamos expresar nuestro pensamiento oralmente… y por escrito. En caso contrario, llegaremos a ese estado de incomunicación que manifiesta Belén Esteban, esa gran comunicadora: “¿Me entiendes?”.

(Imagen de Chuck Patch.)

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