— Verba Volant

Archive
Ficción

Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

Read More

Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

Read More

 

Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

Read More

Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

Read More

Son casualidades, sin duda. Las tres novelas que he leído últimamente. Una serie de ficción televisiva. Nada de elecciones conscientes, ni de afinidades entre ellas. Ni un hilo conductor común. Todas ellas giraban sobre la autobiografía y su manera de utilizarla y de rebasarla, de jugar al juego sin que se note, sin que moleste. Y, a la vez, sin esconder nada ni avergonzarse de lo que no es censurable en ningún momento.

Puestos a contar una historia, qué mejor que contar la tuya. La vida de uno no es interesante, qué duda cabe, pero sí lo es el acontecer de cada uno, esa deriva de los seres humanos con lo que tiene de común y lo que posee de extraordinario. Lo identificable en todos y lo que descubres porque alguien lo cuenta. Y percibes que es tuyo o te lo apropias.

Si el género biográfico siempre me ha parecido un imposible, el género autobiográfico bien entendido me parece lo deseable. Sin que sea necesariamente literal. Sin que tenga la obligación de alegoría. Un punto medio entre contar lo cierto e inventar lo probable, todo experimentado en carne propia, con el corazón o con la imaginación.

Aunque todos somos, en cierta medida, un personaje respecto a los demás, la autobiografía, la autoficción, tendría que ser el instrumento para deshacernos de los atavíos y mostrar un gran teatro del mundo, sí, pero con desnudos sugerentes. Ese gran teatro del mundo, sí, pero en el que los cómicos de Hamlet cuenten una historia en la que todos nos veamos representados. Le damos la vuelta así al dobladillo del personaje y, a la inversa, lo convertimos en la carne y el hueso.

Escribir autobiografía no significa escribir autobiografía de forma explícita. Nada peor que escribir autobiografía diciendo lo que hacer y lo que pretendes. Tampoco significa escribir autobiografía mintiendo y achacando las historias al vecino, a un amigo, al maestro armero. Significa escribir con lo que te sale y expresar con lo que conoces. Inventar lo justo para que sea cierto. Acertar incluso cuando das rodeos para evitar contar lo que ya se sabe. O lo que no.

Me gusta escribir de lo que conozco, aunque lo ignore todo. La ficción se convierte, entonces, en la aventura de cómo reconocernos.

Imagen de Shawn Harquail.

Read More

 

Acabo de leer el libro Los Cinco y yo, de Antonio Orejudo. Es un libro magnífico, escrito en el sendero más interesante de la autoficción, que nos hace reflexionar sobre la lectura. Sin desvelar mucho del libro, nos hace reflexionar, en realidad, sobre la lectura en tres niveles y sobre la escritura en dos. Por supuesto, es un libro que va más allá de la metaliteratura: sus reflexiones sobre el pasado y sobre el presente, sobre el presente mediatizado por el pasado, sobre el pasado mediatizado por el futuro y otras muchas cosas más lo convierten, de por sí, en una obra merecedora de una lectura atenta. Pero esa triple reflexión sobre la lectura (y su materialización en dos niveles de escritura) es una de las bases de la construcción del libro de Orejudo.

Todos esos niveles están intercalados en un mismo plano de forma muy inteligente. El primer nivel y la base de todos los demás, son los libros de Los Cinco de Enid Blyton. Aunque más joven que Orejudo, pertenezco a esa generación lectora que se formó con los libros de Los Cinco. Escribí, hace ya mucho, una entrada, titulada Thaumasía en la isla Kirrin, en la que hablaba sobre la curiosidad y admiración que me provocaron las novelas juveniles de Blyton. En casa había un par de libros, que empecé por casualidad y, durante unos años, propicié que todos los regalos de cumpleaños y de Reyes fueran completando toda la saga. Nunca he realizado, como Orejudo, una revisión –ni crítica ni acrítica– sobre estas novelas, pero la lectura de Los Cinco y yo ha conseguido reavivar esa chispa lectora juvenil que mantuve durante aquellos años. Luego llegaron lecturas de más “calidad”, pero nunca las consideré “mejores”, sino una evolución lógica de lo que estaba empezado y ya no podría parar.

El segundo nivel de lectura (y el primero de escritura) lo supone una supuesta novela de Rafael Reig, After five. Rafael Reig es un escritor real, amigo de Antonio Orejudo. Todo forma parte del juego literario que establece Orejudo a raíz de esta novela apócrifa: su escrito es una reflexión sobre el libro de Reig, en el que se nos habla de la vida de Julián, Dick, Ana y Jorge después de las novelas: su evolución como adolescentes y su vida como adultos. Como digo, este es el primer nivel de escritura de Orejudo, como creador de esta primera cota sobre la que escala su narración sobre los Cinco. Y un segundo nivel de lectura que se intercala necesariamente sobre el primero: no se trata ya solamente de hablar de las novelas de Los Cinco, sino de hablar de esas conexiones entre pasados y presentes. Orejudo aprovecha para, partiendo de la infancia, hablar de su juventud, de sus inquietudes, de la vocación literaria de ese Toni que está, sin ser una equivalencia exacta, tan cerca de él y de Reig en sus años de universidad. Vemos ese registro del pasado que construye la juventud sobre los cimientos de la infancia. Los Cinco son aprovechados, en este nivel, como argamasa que conjunta la niñez y la juventud como premonición de lo que puede ser el futuro.

El tercer nivel de lectura (y el segundo de escritura) es la novela Los Cinco y yo como tal. Es un nivel que, como los anteriores, asume y abarca los anteriores. Ahora se trata de cómo la lectura de los libros de Los Cinco y la necesidad narrativa que tiene el autor de hablar del libro After five de Reig le lleva a extender ese pasado y ese presente como reflexión intrapersonal, interpersonal y diría que generacional. Sin desvelar nada importante para posibles lectores de la novela, diremos que ese juego interno de narradores y lectores también los convierte, doblemente, en personajes. Y comprobaremos hasta qué punto pueden sus vidas combinarse, intercalarse, mezclarse y confundirse con las de Julián, Dick, Ana y Jorge.

Todos los lectores de Los Cinco tuvimos nuestra casa en la de tía Fanny y tío Quintín. Tuvimos experiencias gastronómicas de platos que nunca habíamos comido en nuestras casas. Tuvimos unas excursiones mágicas y llenas de peligros de la que nuestros cuerpos salieron ilesos, aunque nuestro corazón se agitó al ritmo trepidante de los acontecimientos Descubrimos que las islas y los tesoros estaban más cerca de lo que nos imaginábamos. Mientras aprendíamos a ser personas, supimos gracias a Los Cinco que la vida está llena de pasadizos secretos que servían como vasos comunicantes de nuestras experiencias adolescentes. Lo malo es que, ya de adultos, se nos olvidó todo y los pasadizos secretos los convertimos en laberintos. Pero ahí están las novelas de Los Cinco para recordarnos esa verdad y ahí está la novela de Orejudo para recordarnos que la realidad y la ficción están más unidas de lo que parece. Siempre.

 

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que tenía muy abandonada. Por su tema, aparecerá también en mi blog académico, ScriptaManent.

Read More

Hoy la cosa va de espías. No sé qué tienen los espías, que nos atrapan: será por su doble vida (ser una persona y la contraria, qué maravilla), el secreto (el suyo, oculto; y el de los demás, siempre desvelado), el doblez (personajes sencillos siendo complejos y complejos siendo simples). Y la tensión, dios, la tensión. El espía cumple a la perfección la máxima de que los malos son los mejores (de hecho, esta entrada me sirve para recuperar aquella serie de entradas que escribí hace ya mucho tiempo) porque, a mí por lo menos, no me gustan nada los espías buenos, sino los del lado contrario y, más todavía, los que descubren en un momento determinado que ya no tienen bando ni más bandera que la de unos principios básicos que son cuestionados y cuestionables.

Me encantan las series de espías. De hecho, ahora mismo estoy viendo tres de forma simultánea: The Americans, Oficina de infiltrados y El mismo cielo. The Americans es una de mis preferidas. Nada menos que una pareja de espías rusos viviendo en los Estados Unidos de la Guerra Fría, viviendo durante años como estadounidenses, con hijos ya norteamericanos y con un agente de la CIA como vecino y amigo. ¿Se puede pedir más? Sí, porque, desde le primer momento, nos ponemos de su parte. De hecho, incluso nos rebelamos ante la mayor frialdad y crueldad de Elizabeth. Dudamos a veces del bando en el que está Philip, más vulnerable, hasta que, pasadas las temporadas, todos (y muy especialmente los secundarios, rusos y norteamericanos) empiezan a colocarse en los ángulos incorrectos. El mismo cielo (The Same Sky) es una serie de factura alemana con una pinta magnífica: para mí, no acaba más que empezar (solo he visto dos capítulos), pero ya apunta maneras. Un espía de la RDA en la Alemania aliada. Cara dulce y aniñada en apariencia pero un fondo oscuro que no sabemos adónde nos llevará. Todo lo que pasa más acá y más allá del muro, con un túnel subterráneo en construcción y unas vidas en proceso de destrucción. ¿Podemos pedir más? Oficina de infiltrados (Le Bureau des Légendes) es una serie francesa de espías ambientada en la actualidad. Podría ser porque habla de islamismo radical y todos sus vértices, pero lo es más porque nos gusta su protagonista, Malotru, un personaje que, aparentando serenidad y profesionalidad, oculta un torrente de emociones que le llevan a tomar decisiones. Y hasta aquí puedo escribir.

El año pasado, ya nos dejábamos cautivar por El infiltrado (The Night Manager), con un Hugh Laurie que no hace de bueno cabrón sino de cabrón y malo y traficante de armas, y un Tom Hiddleston que hace de un impecable Jonathan Pine. Y también por Deutschland 83, otra serie alemana con jovencito de la Stasi infiltrado en la Alemania Federal. Nos pone en tensión, nos cautiva y, por el mismo precio, nos acompaña con una genial banda sonora de la música de aquellos años, que no son un descubrimiento para nosotros, pero sí lo son para Martin Rauch, su protagonista. Y no hablaré de 24, porque ya lo hice en su momento. No la considero una serie de espías,  como tal, pero nos hace replantearnos mil y una veces quiénes son los malos. ¿Seguro que lo sabemos? Solo por el formato, ya les tenían que haber hecho un monumento.

Sí, la vida es un toma y daca entre lo que sabemos y los secretos de los demás. Por eso nos gustan los espías. Entre las películas de espías, hay mil. Por supuesto, Con la muerte en los talones (North by Northwest), porque, por muy a salvo que estemos, un día podemos convertirnos en George Kaplan cuando nos creemos que somos el de siempre. Pero, para mí, nunca ha habido un espía como el de Operación Cicerón (5 Fingers). Porque la dirigió  Mankiewicz. Porque el espía es James Mason. Y porque siempre hay alguien que consigue su sueño… aunque no seamos nosotros.

Read More

Vuelves a ver Carta de una desconocida. Hacía muchos años que no contemplabas esa magnífica historia, llena de sentimientos, de ternura y realidades que te abofetean sin misericordia, contada con sutil maestría. Ves a Joan Fontaine-Lisa Berndle recorriendo la casa de Louis Jourdan-Stefan Brand: Lisa se desliza, casi vuela en un montaje prodigioso, por todas las estancias, por todos los objetos que le devuelven, en su ausencia, todo lo que ama. Por un momento, ingenuos nosotros, nos creemos la historia de ese amor. Porque dos semanas no es nada, pero pueden ser la barrera que separa las palabras de la incomprensión y la villanía, incluso la barrera que nos separa de la muerte.

Y sientes que la vida, afortunadamente, te atrapa bajo el embrujo de Sherezade. Siempre dispuesto a vivir un día más gracias a una historia que desearías que fuese interminable. En permanente estado de suspense, como ese artificio, el cliffhangerque te mantiene en vilo. Porque te enganchas a las ficciones como si no hubiera otra forma de consuelo. Porque, así, vives en todos los puntos cardinales, en todas las épocas y bajo todas las perspectivas.

Cada vez que sientes que la vida te oprime, cada vez que intentas respirar y parece que no hay aire suficiente, una historia te rescata. La casualidad ha hecho que hayas puesto la televisión y estuviese Joan Fontaine viviendo la historia de un amor. El mismo que le causa la muerte. Y así, ha aparecido otro escalón en la subida al paraíso de las ficciones.

Read More

Inside

“Escribir dentro” no significa no escribir. Más bien, supone todo lo contrario, aunque –hay que reconocerlo– tiene mucho de paradoja. Porque escribir dentro parece no escribir para todo el mundo menos para ti. Y porque escribir dentro es un acto muy similar al silencio. El silencio de no escribir existe porque, aunque escribes, musitas y no hablas. Se puede escribir dentro por muchas razones. Escribes dentro por no decir determinadas cosas y airearlas a los cuatro vientos y esto supone un acto de contención y –casi– una terapia y una lección. Escribes dentro porque lo necesitas, para evitar tu tendencia más verborreica y, sobre todo, lenguaraz.

Pero, sobre todo, escribes dentro como proyecto. Miras a los horizontes que no son el horizonte y escribes. Ves la línea del agua, titubeante, y escribes. Contemplas un color con el que tu daltonismo se aturrulla y escribes. Escuchas una conversación y escribes. Oyes ese sonido tan peculiar, entre espasmódico y contundentemente delicado, y escribes. Acaricias el césped irregular con tus manos y escribes. Adivinas lo que esconde una piel y escribes. Husmeas con ansia el aire de un agosto que está siendo frío y escribes. Y, todo ello, lo guardas. Lo filtras por todos los poros, lo cuelas hasta depositarlo en un cuenco y lo escribes, esta vez sí. Una nota suelta. Una frase. Unas palabras alineadas entre guiones. Paréntesis y corchetes. Lo depositas para que se sofría entre los calores de la pasión y lo dejas macerar con especias y un poco de licor no muy conocido.

No se confundan: escribir dentro no es “escribir para dentro”, porque eso sería un acto tan poco natural como dejar de respirar y es, justamente, lo contrario. Escribir dentro sirve, sobre todo, para escribir antes, durante y después. A la vera de nadie, a solas y sin testigo. Un lugar de paraísos.

Imagen de Astrid Westvang.

Read More

willywilder

Como ya sabéis, desde hace unos meses y sobre todo en las redes sociales, hago mención a los cumpleaños y aniversarios de los (mis) grandes del cine. Si la cosa se complica y el espacio lo requiere, les dedico también una entrada. Y, en este caso, la cosa se ha complicado porque he pasado unos días fuera y el espacio y la justicia poética precisaba de dedicarles unas líneas.

La cosa parecería sencilla, pero vais a ver muy pronto que no lo es tanto.

Porque un día 20 de junio de 1928 nació Martin Landau, al que vi por primera vez en Con la muerte en los talones haciendo de malo de catálogo y en Delitos y faltas desplegó todas sus maravillas y todos sus matices. Pero es que también un 20 de junio, esta vez de 1909, nació Errol Flynn, ese simpático caradura en la ficción y caradura y excesivo en su agitadísima vida real, el mejor Robin Hood, el mejor capitán Blood, el mejor halcón de los mares y el genial capitán Nelson de Objetivo, Birmania.

Porque un día 21 de junio de 1921 nació Jane Russell, con la que supimos que los caballeros las prefieren rubias, aunque ella convierta a las morenas en mujeres irresistibles. Pero es que también un 21 de junio, de 1944, nació Toni Scott, que no es tan solo –ni mucho menos– el hermano de Ridley, sino uno de los mejores directores del mejor cine de acción, al que siempre le puso un acento singular (Marea roja, Días de trueno, Top Gun…).

Y porque tal día como hoy, 22 de junio de 1929 nació la muy evidente, obvia y oscarizada Meryl Streep, que no fue mi santo de devoción en sus momentos más serios y más dramáticos pero que ha acabado sido santa de mi corazón a medida que ha asumido mejor sus matices melodramáticos para escaparse de ellos. Pero es que también un 22 de junio, de 1966, nació Emmanuel Seigner, la inseparable compañera de Roman Polanski, que siempre ha sabido inquietarnos y provocarnos (Lunas de hiel, La novena puerta, esa película irregular en la que sus ojos eran el diablo de ojos verdes): solo por ser el Virgilio que acompaña al soso Harrison Ford en el infierno de la noche de París en Frenético ya se hubiese merecido un puesto de honor en la historia del cine.

Pero es que, tal día como hoy, en 1921, nació Billy Wilder y aquí decir cualquier palabra, poner cualquier apelativo, señalar y subrayar un matiz es tan innecesario como herético. Gracias a sus palabras y su mirada, el cine ha sido mejor y me contará (para siempre, pase lo que pase) como uno de sus más fieles acólitos, uno de sus más humildes servidores.

Se me olvidaba decir que, aunque alguno de ellos hayan muerto, todos siguen vivos.

Read More