— Verba volant

Archive
Ficción

4897520545_7ff5a1c440

Ayer decía que tenía un amigo que se llamaba Leo Finch y hablaba un poco –con él, con todos– sobre el acto de escribir, con sus ilusiones, sus miserias y, a veces, sus inacciones. Y resulta que, de tanto frotar la lámpara mágica de las palabras, ha salido un genio (que sí, puede ser el de Aladino; que sí, que puede ser el geniecillo maligno de Descartes) y parece que una olla de esas de las antiguas, de las que funcionan bien si tienen el pitorro libre de atascos y van administrando vapor a golpetazos, ha empezado a cocinar algunas líneas en el paraíso de las palabras.

Porque, manoseando esa lámpara, resulta que el vapor ha dibujado la figura de otro amigo mío. Puestos a chulear, podré decir que soy uno de los primeros en la lista de atisbar sus ingenios. Sería un mocoso de 14 años, sí, probablemente; y, lo que es peor, sería un mocoso con un gran bigote de pelusilla, pero ya tenía la ilusión creadora –si no recuerdo mal, basada aún en una enfermiza afición por el dibujo de espadas, hachas, lanzas y demás– y una incipiente pasión lectora. Y sé que busca el Grial desde hace mucho tiempo. Entre otras cosas, porque durante unas clases que fueron para mí una delicia leímos El halcón maltés de Dashiell Hammet. Algunos descubrieron a su primera femme fatale envuelta en las páginas de un libro y yo tuve el enorme privilegio de leer uno de los exámenes más perfectos que he tenido que corregir durante mi temporada (bastante larga) como profesor de Literatura Universal.

La vida, sus aficiones y sus “aficciones” le han llevado por muchas sendas creativas diferentes e interdisciplinares. Porque el ingenio se muestra con la punta del lápiz, con un visor de una cámara, delante de un teclado o con una casaca de gusto, para mí, dudoso a lomos de un monopatín (obviamente, en ese mundo no hay nada perfecto). Y este amigo mío, que va en busca del Grial, si un día se pone, igual lo encuentra. Y sí, es negro.

(De hecho, otro día, si me da por ahí –que espero que sí–, escribiré algo sobre un grupo de chicos que coincidieron en un espacio y un tiempo. Y de cómo coincidí con ellos. Porque el mundo de la enseñanza podrá ser bueno, malo; enaltecido o vilipendiado; pero nunca podrá ser indiferente. La foto que ilustra la entrada es de Mario Larrá y tiene todos los derechos reservados. Como me imagino que leerá la entrada, si quiere que la quite… pues la quito.)

Read More

 

Tengo un amigo que se llama Leo Finch. Ayer le oí gritar. Era el suyo un alarido que se resumía en su extensión hacia los cuatro puntos cardinales y las cuatro esquinitas que tienen todas las camas. El hecho de escribir es lo que tiene. Que provoca dudas, interrogantes. Insatisfacciones llenas de plenitudes.

Creo que Leo Finch grita por terapia, hacia fuera pero por dentro. Como todos los que se agazapan debajo de los raíles elevados de los trenes nocturnos. Porque escribir es un acto lleno de incógnitas que no pueden ser resueltas. Y la pregunta de para quién escribimos es la pregunta más pertinente de todas las impertinencias.

Parto de un hecho (que creo que es) cierto: si escribimos un blog por el mero hecho de escribir un blog como producto cool de la posmodernidad estamos errando el tiro. Para eso, por desgracia o por fortuna, están otros (de hecho, el mundo está lleno de personas que escriben un blog sin tener uno de los requisitos fundamentales para hacerlo: escribir). Para nosotros, Leo, un blog es una herramienta y no un fin. Nos gusta contar historias. Nos inclinamos por adoptar una perspectiva (a veces, una pose). Lo hacemos en un blog pero lo podríamos hacer igualmente en una libreta de páginas blancas 0 cuadriculada (pero nunca milimetrada), en un posavasos o, en forma de mensaje fugaz, en el vaho de un cristal en un día de invierno. Y somos legión.

¿Quién nos lee? Te diré una cosa: escribo mucho más a gusto desde que no consulto las estadísticas. Llegaron a abrumarme y sé de muchos a los que solo les sirve para hinchar el ego. Evidentemente, preferimos que nos lean a que nos dejen abandonados. Pero piensa un par de cosas, Leo: la primera suena a tópico, lo sé, pero prefiero cuatro buenos lectores que un centenar de ellos bien adoctrinados y adocenados. (¡ojalá hubiera centenares de ellos sin esas circunstancias pero, quizá, sea más difícil encontrarlos que a esas once mil vírgenes que buscaba el personaje de Jardiel!). La segunda es que no te creas que la difusión que puede tener un blog relativamente aceptable difiere mucho de la tirada (y no digamos de la repercusión real) de un libro de poesía editado en España.

Escribamos, Leo. Con ese impulso que nos da el placer y el arrebato. Al final, siempre hay alguien al otro lado del espejo.

(La imagen es de Antoine Courmont.)

Read More

Una entrada en el blog Cuentos para descontar, escrito por Samuel Pérez, me impulsa a escribir ahora sobre el autor. Samuel, de forma subjetiva pero brillante, reflexiona sobre el estilos al escribir y creo que esto me viene al pelo para un asunto que quería contaros.

En una novela, es muy importante saber quién es el autor y, en consonancia con esa instancia productora, quién es el receptor. No me refiero ahora, aquí, ni al autor de carne y hueso ni al lector de hueso y carne. En el caso del primero, es evidente quién es: la única pega sería saber lo que es la instancia metafísica y existencial del yo; en el caso del segundo, no hay nada evidente porque, en la creación literaria, se tienen pocas seguridades sobre la(s) persona(s) que puede(n) llegar a leer nuestro texto. En la teoría de la narrativa, se han estudiado dos instancias intermedias entre el autor real y el narrador –que son el autor implícito no representado y el autor implícito representado– y otras dos para las instancias intermedias entre los lectores reales y los narratarios –que son el lector implícito no representado y el lector implícito representado–. Yo me voy a ocupar de esas instancias intermedias, sin entrar hoy en la cuestión de la representación (o no).

Iniciar una novela supone reflexionar sobre el  autor presente (aunque no esté presente de forma explícita) en el texto y lo que el lector puede deducir del mismo. Además, ese autor proyecta una imagen que recibe el lector, ese en el que piensa el autor cuando produce los materiales textuales (las teorías de la narración han llamado a este lector modelo, lector ideal, lector implícito…). Creo que la proyección de uno está en consonancia y equilibrio con la extensión al otro. En mi caso, intento escapar –y creo que lo consigo– de ese escritor que se autofagocita a sí mismo en el acto de escribir, que proyecta una imagen embelesada de sí mismo y que, de puro embelasamiento, no piensa quién se encuentra al otro lado del espejo. Ni siquiera me planteo, tampoco, el pensar tanto en el lector como para darle la papilla de las palabras que suponen los best-seller. Hacer un texto deliberadamente fácil y enfocado al mercado más que a la Literatura es algo que me repugna (aunque todos los filólogos que habitan el mundo mundial hemos tenido quizá la tentación de ganar dinero fácil, conocedores como somos de los entresijos de la literatura fácil). El estilo mixto que comenta Samuel es uno que exprime y sufre lo que Harold Bloom denominada the anxiety of influence: ha rastreado –y ha pasado– por las etapas anteriores y lucha por ser él mismo entre los textos de otros. Como me da mucho miedo el último paso que comenta Samuel, ese del estilo del Autor con mayúscula, aquel que ha llegado a la satisfacción y plenitud de saberse con un estilo propio, trabajado y sublime, me imagino que yo perteneceré a todos aquellos que intentan ser suficientemente precavidos como para saber que están luchando contra muchos elementos, algunos de los cuales se les escapan.

En lo que llevo escrito, noto que ese autor se está definiendo a sí mismo y se proyecta en unas instancias narrativas algo complejas. Más complejas de lo que había imaginado en un principio. En ningún caso el autor soy yo, aunque vaya prestando cosas mías a los narradores y a algunos personajes. En muchos casos, parto de todo el conocimiento de lo leído para crear un marasmo complejo lo suficientemente explícito para hacer cómplices a los lectores avezados, lo suficientemente sutil para que no huela. Y sí, intento crear un espacio intermedio entre acercarme a los lectores y que estos hagan –también– el esfuerzo de aproximarse.

Y, claro está, todo estos son intentos que nunca se sabrán conseguidos hasta que el proceso de comunicación narrativo no se acabe. Aunque todos los profesores de Semiótica tengamos un Umberto Eco (y su forma de construir El nombre de la rosa) en la cabeza.

(Imagen de Edgar Barany. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

Read More

Estoy trabajando en un capítulo que me está dando bastantes problemas, algunos de los cuales tienen que ver con la perspectiva y el punto de vista, aspectos de los que tendré que hablar más pronto que tarde.

No obstante, hoy quiero tratar otra cuestión, que no es otra que la planificación frente a la “improvisación”. Una planificación excesiva hace que el texto quede encorsetado; una improvisación demasiado alegre deja a este texto sin control. ¿La solución? Que el texto esté tan bien planificado como para que no se advierta y que tenga las dosis de improvisación necesarias para que parezca fresco.

Todo esto es fácil decirlo y muy difícil ejecutarlo. Comencé el capítulo del que estoy hablando con una idea ligera que se iba plasmando muy lentamente en el proceso de escritura y quedé bastante satisfecho. Luego, por razones de trabajo, tuve la necesidad de “recuperar” muchas horas perdidas en una única sesión de trabajo en el que el ritmo de escritura fue poco meditado y vertiginoso. Contaba, eso sí, con unos apuntes previos, lo que ha facilitado que el texto sea mucho más coherente. Mi principal inquietud era si se notaría esas dos secuencias distintas de trabajo. Tras una revisión final, he comprobado que todo ha quedado más compacto de lo que yo pensé en un principio.

Esto demuestra que el proceso de escritura tiene un proceso previo de composición que no tiene que estar necesariamente en el papel. De hecho, es evidente que las vueltas que les doy a las ideas mientras estoy corriendo o cuando nado hacen que, en el fondo, nada sea totalmente improvisado. Hacer ejercicio me sirve para dar vueltas, para colocar y recolocar. Para que aparezca, de repente, una frase. Si la mala suerte viene acompañada de la mala memoria, la frase se perderá para siempre.

Si nos olvidamos de este proceso, algunos pensarán y confiarán en que esto es inspiración. Pero todo el que se ha puesto a escribir sabe que esa inspiración procede de darle muchas vueltas a algo en nuestra cabeza. Si la escritura tiene algo de mágico, no lo tiene por estas “ráfagas”, sino por una luz que estaba en algún sitio y aprendimos a canalizar.

(Imagen de Eneko Menica. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

Read More

En el proceso de escritura, lo más sencillo puede resultar complicado. Es muy fácil llamarse de alguna manera en la vida real, del mismo modo que es sencillo beberse un vaso de agua; pero no es tan fácil que un actor, delante de la cámara, sepa realizar acciones cotidianas con naturalidad –igual es mucho más sencillo ponerse en situaciones complejas– y tampoco es tan accesible bautizar a los habitantes del territorio de nuestras ficciones.

¿Qué decisión toma un autor? ¿Elige nombres procedentes de otras novelas o de películas o de un periódico o de las esquelas o del listín que tenga a mano? ¿Del santoral? ¿Del profesor que te caía mal y de la primera chica que te gustó?

Hay nombres que no son creíbles porque no lo son. Hay nombres que no son creíbles porque, aunque extraños son demasiado verdaderos: le pasaba a Cela, al que le acusaban de poner nombres extravagantes y el respondía con personajes de carne y hueso que se llamaban de formas inverosímiles. Y, entre la selva improbable y previsible, están nuestras decisiones.

No voy a adelantar demasiado, pero diré que dos personajes de la novela se llaman Nacho y Angélica. Nacho, porque sí: me parece un nombre sencillo, común y cercano pero no del montón; también con cierta eufonía. Y Angélica no se por qué. Probablemente, porque no es un nombre tan común; también porque tiene fuerza.   Que yo recuerde, solo recuerdo dos Angélicas: la primera, una alumna mía de hace muchísimos años, morena, mala estudiante y, pese a ello –o quizá por eso mismo– con buen criterio y excelente lectora; la segunda, mucho más reciente, una periodista de un periódico de mi ciudad. Ninguna de las dos es el referente de mi Angélica como personaje, pero quizá me han ayudado a rescatar ese nombre para el bautizo.

Pasean también otros nombres de mujer. Hay una Mónica a la que quiero llamar Sonia. Pero, cuando la llamo Sonia, la quiero llamar Mónica. Con todas las viceversas posibles. Las dos, como nombres y como mujeres de ficción, se han paseado por mis Fragmentos para una teoría del caos. No obstante, todavía ignoro hacia dónde van a dirigirse en actuaciones y palabras.

Como adelantaba, los nombres lo son, de momento, de personajes. De momento, sin apellidos (me son demasiado familiares. ¿Querré esa familiaridad para los lectores o no la desearé?) Todavía no he bautizado con nombres concretos ni bares, ni cines, ni localidades. Probablemente, eso signifique algo, pero todavía no se muy bien qué.

Y queda por hablar de la función de los personajes, de su caracterización. Pero de eso hablaremos mucho. En otro momento y, probablemente, muchos otros días.

(La imagen es de Philip Howard. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

Read More

Lo anuncié ayer en Twitter y hoy empiezo a realizar lo prometido:

Lo primero, lo de escribir una novela, era algo que tenía en mente hace mucho tiempo. No hablo de tentativas, de capítulos escritos, de proyectos que no salen: hablo de tener la intención firme –no se puede tener seguridad en estas cosas– de escribir una novela. Lo segundo, lo de contar el proceso aquí, en el blog, es una cosa que se me ocurrió el otro día. Y no solo por la idea de Pérez-Reverte, que no he seguido más que en un par de entradas –hay otros blogs sobre que reflexionan sobre el proceso creativo–, sino porque también era una cuestión que tenía metida en algún rincón de la cabecita hace tiempo.

A lo largo de los últimos años, hay personas que me instaban a dar el paso hacia la escritura de una novela. Les agradezco a ellos el impulso y a otros muchos que lo hayan acogido dando ánimos. Aunque lo que está claro es que escribir una novela, desgraciadamente, no significa escribir una buena novela. No obstante, lo intentaré.

Y lo último, por hoy (en esta primera entrada no voy a entrar en detalles concretos: los dejaré para la siguiente): la cuestión de la narración del proceso en el blog. Como un servidor tiene la dicha o la desgracia de ser filólogo y la suerte –o no– de haber dedicado la confección de su tesis doctoral al estudio de los mecanismos de la construcción literaria, es inevitable que piense y reflexione sobre cuestiones teóricas y técnicas sobre la novela. No obstante, mi intención no es, ni mucho menos, la de realizar una sesuda divagación sobre el asunto, sino la de contar a amigos, conocidos y visitantes varios las cuestiones que van surgiendo y cómo intento solucionarlas. Intentaré por lo tanto, realizar este propósito a pie de calle y no a pie de página; en conversación y no en lección académica.

Muchas gracias por acompañarme en este camino que espero que sea duro, pero gratificante.

(Las entradas llevaran el hilo de Novela.)

Read More

Confieso mi debilidad por el primer capítulo del Quijote. Siempre que vuelvo mis ojos a las páginas de Cervantes, sea por motivos profesionales, por puro vicio lector o –lo más frecuente– por ambas cosas a la vez, no deja de admirarme la construcción perfecta del inicio de la novela (y de toda la obra en general, por supuesto): un hombre corriente, como muchos otros en su época, con sus costumbres alimenticias, su atuendo, su fisionomía. Su afición a la lectura –con las vueltas y revueltas que da en su cabeza a las ficciones caballerescas–, que acaba por convertirse en vicio y, posteriormente, en obsesión enfermiza. Todo ello incontrolado, dentro de unos límites, hasta que toma la decisión de saltar al otro lado del espejo y decide convertir su afición, vicio y obsesión en realidad. Y cómo esa realidad no podía ser la realidad de cualquier ciudadano de a pie, sino la realidad que a él le gusta vivir.

En este proceso, se cruza la inconsistencia de los nombres y los lugares reales (no sabemos muy bien dónde vivió, no sabemos muy bien cómo se llamaba en realidad nuestro hidalgo), se pasa a un proceso de bautismo: el flaco caballo, Rocinante. Él mismo, don Quijote (en un maravilloso alarde, que no cabe aquí contar, mezclando elementos diversos de forma atinada e inteligente). Por fin, Dulcinea. Me fascina lo satisfecho que se queda don Quijote al dar nombre a la poco agraciada Aldonza Lorenzo y convertirlo en Dulcinea del Toboso. Al final, Cervantes piensa que el nombre de la dama, junto a todo las demás denominaciones, configura un nombre “músico y peregrino y significativo”.

Músico, peregrino y significativo son, ni más ni menos, las características idóneas para dotar de un nombre a las cosas y a las personas: que sea eufónico, que resulte especial y que esté dotado de significado coherente con la realidad que lo contiene. Por eso, bautizar el mundo es, de algún modo, crearlo de nuevo.

En la mayor parte de las ocasiones, los nombres nos vienen dados. Los tenemos tan apegados a nuestro devenir que se nos olvida volvernos hacia ellos. En el caso de las personas, son los padres los que dan vueltas y más vueltas hasta que eligen un nombre para sus hijos (un día tengo que contar por qué me llamo Raúl y en qué medida mi padre tomó la decisión de saltarse el consenso familiar). Nacemos con un nombre y, en la mayor parte de las ocasiones, nos morimos con él y con posibles variantes en la forma de motes e hipocorísticos. Por eso, quiero comentar un hecho mágico y singular que acontece con los estudiantes chinos que acuden a la Universidad de Burgos como alumnos de intercambio.

Conscientes sus tutores de origen y ellos mismos de la dificultad de aprender y pronunciar sus nombres, escogen un nombre español para denominarse. Lo descubrí hace tres años, cuando mis alumnas fueron presentándose en clase de Terminología y me encontré con unas chicas que eran un manojo primoroso de flores (alguna se llamaba Violeta, otra Rosa, otra Margarita). Este año, tienen nombres de mujer corrientes en español. Preciosos nombres a los que han devuelto el vigor que habían perdido en mi memoria por ser para nosotros algo repetido y rutinario. Y no solo eso: me iban diciendo sus nombres y me iban explicando por qué habían escogido ese nombre y no otro. De entre una variedad inmensa y (casi) incontrolable, ellas habían seleccionado de forma motivada, lo que suponía, en cierta medida, que habían renacido como personas o –al menos– que habían interiorizado más su forma de ser y la habían ajustado al continente y contenido de su nuevo nombre.

No sé cómo se sentirán cuando, acabado al curso, vuelvan a su país, a su hogar. Pero, de momento, Cervantes ha tenido razón, una vez más. Ha vuelto la ficción como realidad y la realidad como ficción en forma de nombres. Músicos. Y peregrinos. Y significativos.

 (Imagen de Silvia Cordero Vega.)

Read More

Los años pasan de forma tan cruel para el cine que, cada día que pasa, nos quedamos más solos. Aunque soy, en general, poco dado a las nostalgias y poco partidario de que la fórmula “Todo tiempo pasado fue mejor” sea exacta en todos los casos, no puedo evitar sentir que, poco a poco, se está desmoronando el gran edificio de los sueños que construyó el cine norteamericano de los años 40 y 50. Como ya dije en una ocasión, la muerte de los grandes directores y actores que se iniciaron o tuvieron su esplendor en esos años se clava como una puñalada en el corazón.

Hoy ha muerto Sidnet Lumet. El mero hecho de dirigir Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) merecería ocupar para siempre un lugar privilegiado en la historia del cine, en nuestra imaginación y en nuestros corazones. Hora y media de una película que se desarrolla casi en su integridad en una sala de deliberaciones de un jurado. Un drama judicial en la que no se juega con el efectismo del antes o del después, que no se enzarza en la batalla judicial entre abogados, fiscales y jueces. Doce hombres, algunos con las ideas demasiado claras, que tendrán la oportunidad de analizar la sociedad hacia el centro y, por lo tanto, la historia de un crimen les llevará a cuestionar sus propias actitudes ante la vida. Una película que se puede estudiar como una disección perfecta de diferente tipo de roles sociales; que puede desmenuzarse desde el ámbito de lo judicial y de lo moral; que puede contemplarse desde la óptica crítica de una sociedad demasiado superficial y categórica; que puede ser un alegato en favor del diálogo espaciado como la única manera de que el camino nos lleve a alguna parte. Pero, sobre todo, una espléndida lección de buen cine: un blanco y negro duro, excelentes actores, un juego muy inteligente de dirección que hace que lo complicado parezca sencillo. Una gran historia bien contada. Y la ficción, una vez más, como la gran maestra de todas las verdades.

El mundo, hoy, nos ha dejado un poquito más solos. Y llegará un día, no muy lejano, en el que ya no sabremos hacia dónde mirar. Menos mal que nos quedarán pantallas en las que nuestros sueños seguirán siendo corroborados por las imágenes, por las palabras, por los destinos de los que nos ayudaron a comprender todo.

Read More