— Verba volant

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Ficción

Los años pasan de forma tan cruel para el cine que, cada día que pasa, nos quedamos más solos. Aunque soy, en general, poco dado a las nostalgias y poco partidario de que la fórmula “Todo tiempo pasado fue mejor” sea exacta en todos los casos, no puedo evitar sentir que, poco a poco, se está desmoronando el gran edificio de los sueños que construyó el cine norteamericano de los años 40 y 50. Como ya dije en una ocasión, la muerte de los grandes directores y actores que se iniciaron o tuvieron su esplendor en esos años se clava como una puñalada en el corazón.

Hoy ha muerto Sidnet Lumet. El mero hecho de dirigir Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) merecería ocupar para siempre un lugar privilegiado en la historia del cine, en nuestra imaginación y en nuestros corazones. Hora y media de una película que se desarrolla casi en su integridad en una sala de deliberaciones de un jurado. Un drama judicial en la que no se juega con el efectismo del antes o del después, que no se enzarza en la batalla judicial entre abogados, fiscales y jueces. Doce hombres, algunos con las ideas demasiado claras, que tendrán la oportunidad de analizar la sociedad hacia el centro y, por lo tanto, la historia de un crimen les llevará a cuestionar sus propias actitudes ante la vida. Una película que se puede estudiar como una disección perfecta de diferente tipo de roles sociales; que puede desmenuzarse desde el ámbito de lo judicial y de lo moral; que puede contemplarse desde la óptica crítica de una sociedad demasiado superficial y categórica; que puede ser un alegato en favor del diálogo espaciado como la única manera de que el camino nos lleve a alguna parte. Pero, sobre todo, una espléndida lección de buen cine: un blanco y negro duro, excelentes actores, un juego muy inteligente de dirección que hace que lo complicado parezca sencillo. Una gran historia bien contada. Y la ficción, una vez más, como la gran maestra de todas las verdades.

El mundo, hoy, nos ha dejado un poquito más solos. Y llegará un día, no muy lejano, en el que ya no sabremos hacia dónde mirar. Menos mal que nos quedarán pantallas en las que nuestros sueños seguirán siendo corroborados por las imágenes, por las palabras, por los destinos de los que nos ayudaron a comprender todo.

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El otro día me llegó la noticia de que un padre prohibía a su hija leer Drácula. La niña tiene diez años, pero el padre no se basaba en la edad, sino en la simbología anticristiana de la novela, siendo el colegio en el que estudia su hija un centro concertado. No me extraña nada. Recuerdo a los lectores que, hace unos cuantos años, un padre castellano de pro protestaba porque en el colegio el profesor de Literatura había mandado a los alumnos leer el Diario de un cazador de Delibes y protestaba porque don Miguel se descolgaba con el reflejo del habla coloquial con unas cuantas palabrotas. Y la lista de protestas de padres, asociaciones y demás seguro que no cabría ni en mil entradas extensas. Cuando analizaba con mis alumnos la Celestina o leíamos algunos pasajes de El libro de Buen Amor les decía: “Si vais a vuestra casa este mediodía y comentáis que habéis estado leyendo estos libros, seguro que vuestros padres se ponen muy contentos y piensan que estáis leyendo libros muy importantes. Esto pasa porque mucha gente no ha tenido la oportunidad de leer estas obras: si algunos leyesen algunos de los pasajes que hemos comentado en clase, seguro que se escandalizaban”. También me acuerdo de que, de pequeño, estaba leyendo El árbol de los deseos de Steinbeck y mi madre me miraba con desconfianza por una interpretación desviada del título del libro, lo que no hace sino avalar que opinamos cargados de prejuicios. Sabemos también que el desfile de adaptaciones políticamente correctas de muchos clásicos están triunfando por encima de la razón (y si no, que se lo pregunten a Mark Twain, que estará removiéndose en la tierra al ver cómo modifican algunas de sus palabras y dulcifican algunos pasajes de un sur de EE. UU. que fue siempre profundo.)

No sé qué tienen algunas manifestaciones artísticas (y, en esto, creo que la Literatura y el Cine ocupan un lugar destacado) para desatar este cúmulo de fanatismos y despropósitos. Prefiero mil veces que mi hijo lea Lolita (libro que hoy, quizás, sería imposible de publicar), La naranja mecánica Drácula que alguna de las bazofias bienintencionadas que pueblan los colegios y los institutos del mundo entero. Porque creo que educa más el arte en sí que las buenas intenciones y forman mejor las mentes las buenas ideas que los consejos y las consejas. Y, por supuesto, los padres tienen todo el derecho a intervenir en la educación que reciben sus hijos en el colegio, pero quizás haya elementos que están por encima de toda intervención que, en este caso, es una grave injerencia. Si las creencias religiosas de una niña flojean por leer a Bram Stoker a lo mejor la culpa no la tiene el genial irlandés… y casi prefiero no decir quién la tiene.

Drácula es la típica novela recomendable para enzarzarse en el apasionante mundo de la Literatura. Una obra llena de genialidades, un libro lleno de secretos que, todo aquel que no lo ha leído, cree conocer. Una obra en el límite entre Oriente y Occidente, entre la modernidad y la tradición, entre el realismo y la fantasía. Una lección de narrativa. Y, sobre, todo, el descubrimiento de un personaje apasionante. Al padre en cuestión le vendría muy bien releer (o, seguramente, leer) Drácula. Quzás esa nueva lectura le descubriría que Stoker plantea muchos rasgos mesiánicos y establece muchos paralelismos con la figura de Jesucristo. Pero lo que sucede es que los padres confunden la realidad con la ficción. Ni Nabokov era un pedófilo ni Stoker tenía que ser un apologeta del vampirismo. Y es que, en definitiva, ¿a nadie se le ha ocurrido pensar que se pueden escribir ficciones?

El error, a mi juicio, está en confundir planos: la narrativa de ficción puede contar mentiras llenas de verdades del mismo modo que la historia está llena de ficciones e interpretaciones. Las obras de arte deciden contarnos la verdad profunda de las cosas, que es mucho más rica que la timorata, anecdótica, pacata y mojigata de lo que algunos piensan (mirándose en su reflejo). Y, sí, señores: con este panorama, sucede lo que sucede. Así nos luce el pelo.

(Imagen de Hidrophobica. Leí la noticia gracias a un tuit de @tonisolano.)

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Hemos de partir de una base: cuando alguien decide escribir un blog, lo hace porque le da la gana. O puede que no le dé la gana: hay algunos casos (muy pocos) en los que un blog está vinculado a un contrato y, por lo tanto, es una forma sumamente decente de ganar dinero. Pero como este es un caso poco frecuente, pongámonos en lo primero.

La segunda premisa, esa que nos preguntan algunos amigos escépticos es: ¿Por qué se escribe un blog? Yo siempre digo lo mismo: porque su autor tiene algo que decir. Cuando digo que “tiene algo que decir” no estoy sosteniendo que el resto de la humanidad no pueda pensar que el esfuerzo es baldío o improductivo. A lo que me refiero es a que el autor piensa que tiene algo que contar y que puede haber gente que pueda leerlo. A uno le da por escribir cosas de actualidad; a otro por hacer crítica de libros, de televisión, de toros o de vaya usted a saber qué; a otro le da por hacer un blog profesionalizante, relacionado con cuestiones de su trabajo, mientras que a otro le da por hacerlo de sus aficiones; al de más allá le da por establecer un blog un espacio de creación literaria, fotográfica, artística en general; a otro le da la gana contarnos lo que hace en el día a día. Unos blogs parten de la realidad, otros parten de la ficción, otros mezclan una y otra en proporciones diversas.

La tercera cuestión es que, en el momento de crear un blog, estás abriendo un espacio –más o menos, según gustos y circunstancias– para que otros te lean. Es una cuestión que controlas en cierta medida y que, en otras, se te escapa por completo. Es controlada porque cada uno va estableciendo un haz de relaciones con algunos blogs afines o con amigos de manera que el blog es un espacio común (y a veces de intercambio): algunos son muy hábiles en establecer esos espacios comunes y otros no quieren hacerlo o son muy zotes (y no son mejores unos que otros; simplemente, son diferentes). Se escapa porque el azar de los buscadores hace que se llegue a los lugares más insospechados o porque lo que fue en un principio casualidad, acabó por hacerse causa y pasó a formar parte del grupo de relaciones estables. En el blog hay asiduos y gente que va y viene. Gente constante y gente que abandona. Personas que se vinculan y personas que no. Alguien que comenta y alguien silente. Trolls y gilipollas. Gente crítica. Lectores inteligentes y descifradores de signos poco avezados. Buena gente y personas con malos propósitos. Gente en busca de amistad. Individualidades en busca de colectividades. Algún colectivo en busca de conexiones. Pero, como he dicho, el blog expone a la lectura. En el momento que un autor expone hacia afuera, está ya haciendo un ejercicio de exponerse (en varios sentidos). Está expuesto a que a los lectores (pocos, muchos) les guste la tónica general del blog, sean proselitistas, tengan división de opiniones o, simplemente, lo aborrezcan. Existen lectores que, de tanto leerlo, lo quieren hacer suyo. Los hay también que quieren que el blog cambie para que sea como quieren ellos. El autor puede enfocar y canalizar lecturas y formas de recepción, pero no es (ni puede ser) un dique de contención frente a lo dicho. Las palabras salen –vuelan– y, en ese mismo momento, incluso las que parecen destinadas a ir a un punto fijo, acaban por tener una trayectoria en cierta medida incontrolable. Además, puede involucrase en la medida en la que le parezca oportuno en la retroalimentación de la comunicación interviendo (o no) en los comentarios.

Y nos queda el mensaje, ese espacio de intersección entre autor y lectores, ese vínculo común formado por la palabra, la tipografía, el color, el diseño, la fotografía, la imagen, la estética. Lo único verdaderamente tangible, aunque inaprensible. El autor lo acota y el receptor lo rompe. El autor lo lanza y el receptor lo apresa o lo esquiva  o lo ignora. Los contenidos se retroalimentan y acaban por configurar un mensaje múltiple compuesto por múltiples entradas que, de hecho, pueden guardar cierta coherencia (rastreable en temas, en categorías, en etiquetas, en series). Porque un blog suele tener un sendero por el camina, aunque a veces se separe de él. El blog nace por un camino y puede coger un atajo, o llegar a su fin pronto, o quedarse en punto muerto, o perderse en un laberinto, o puede empezar por una carreta secundaria y acabar en una autopista (o viceversa). Cuando hay suerte, evoluciona hacia otra cosa. Y a veces evoluciona para mejor.

Para acabar, me queda por hablar del narrador del blog. Partiendo de que un blog puede ser colectivo (e incluso puede subordinarse con estructuras complejas de instancias enunciadoras), es frecuente que, en los blogs de carácter más personal o creativos muchas personas no lleguen a diferenciar al autor del narrador. Una vivencia personal puede entremezclarse con la ficción exactamente igual que en otras manifestaciones literarias. La pregunta sobre “¿Quién habla”? no puede ser más pertinente. Los autores, en este caso, suelen oscilar en diferentes grados de ambigüedades y les corresponde a los lectores ir parcelando y poniendo en suspensión toda atribución segura. Ese es el ámbito donde realidad y ficción quedan deslindadas pero confundidas, amalgamadas pero seccionadas. Por eso mismo, son muy curiosas las reacciones ante estos espacios emocionales.

Como reflexión final, solo quiero que los lectores de este blog reflexionen sobre lo que esta entrada dice de forma explícita y sobre las cosas que esconde. Es una buena manera de compartir la experiencia en este viaje maravilloso, aunque no llegue a ninguna parte.

(He querido hacer esta reflexión desde un terreno neutro pero personal. La reflexión teórica sobre el proceso de enunciación y recepción de los blogs exigiría otros métodos y otros lugares. Y sí, en este caso, el narrador soy yo. Y el autor soy yo. Y, como siempre, puede que los dos seamos diferentes. O no…)

La imagen que encabeza la entrada es de Hardtomakeastand.

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Buena se ha montado entre Arcadi Espada y Javier Cercas. Tal y como nos cuentan en El País, un artículo de Cercas defendiendo a Francisco Rico de las críticas vertidas contra el ilustre filólogo por haber afirmado que él no ha fumado un cigarrillo en su vida en un escrito contra la ley antitabaco ha desencadenado una virulenta respuesta de Arcadi Espada en la que se insinúa la implicación de Cercas en un asunto relacionado con una trama de explotación sexual. Como de la lectura de los enlaces cada lector puede sacar las conclusiones oportunas de cada postura, yo solo me quedaré con mi visión, que no puede ser más que personal y poco transferible. Creo que todos ellos hacen mal y casi a partes iguales. Rico, porque ataca a la ley antitabaco como si el hecho de ser fumador no interfiriera de algún modo en los razonamientos (que, a no ser que sean demostraciones, están siempre impregnados de algo nuestro). Cercas, porque pone tanto énfasis en defender a Rico que llega a confundir a base de paralelismos el cariño que tiene de su maestro con el uso debido o indebido de la ironía o del humor en la práctica periodística (insisto: no es lo mismo atacar una ley desde el presupuesto del fumador del que no fuma. Además, no todos los lectores de un periódico tienen por qué conocer a Francisco Rico y, por lo tanto, quedan engañados y, por lo tanto, empañados, con su afirmación). Espada, porque se pasa veinte mil pueblos afilando hasta sacar demasiada punta al argumento de Cercas. No es cosa esta de bromas y veras o de ficciones para explicar verdades y verdades para explicar ficciones. Es, en el fondo, la puñetera manía que tenemos los seres humanos de salirnos siempre con la nuestra pensando que lo estamos haciendo de modo aséptico y, por ende, objetivo. Y, más en el fondo, todos razonamos con la mierda que hemos pisado bajo la suela de nuestros zapatos.

(Imagen de .Bambo.)

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Copias

Como decían los antiguos presocráticos de la Escuela de Elea, “de la nada, nada sale”. Y eso vale casi para cualquier cosa, incluida la escritura y, por extensión, cualquier manifestación artística. Toda obra es una pequeña pieza de mosaico de un constructo cultural mucho más amplio en el que aquélla se inserta. Nos lo enseñaron muy bien Bajtin, Kristeva y Barthes.

Y como en esto de los influjos hay grados, formas y maneras, el campo está abierto casi para cualquier cosa, desde el pastiche hasta la parodia, desde la transposición hasta la imitación, hay mucha gente que se excede en el uso de la intertextualidad. Como ya dije en alguna otra ocasión, el estilo, pese a las evidentes influencias, es individual, propio, intransferible. Salvando cualquier distancia y analogía de calidad con este blog, no es lo mismo pintar con el estilo de Velázquez cuando pinta Velázquez o cuando pinta un discípulo de su escuela o –peor todavía– cuando un humilde pintor realiza una copia de una de sus obras en una calurosa tarde de verano en el Museo del Prado.

Desde mi humilde punto de vista, lo peor de todas las triquiñuelas del plagio procede, obviamente, cuando se copia descaradamente sin citar la fuente. Eso es un auténtico robo intelectual.  Como decía al principio, todos nos abastecemos humildemente con la genialidad de los demás. Por eso, no entiendo que, teniendo tantos modelos mucho más excelsos para copiar, alguien deslice sus palabras como si fueran mías. Al copista del Prado nunca se le ocurriría hacer un apaño con las influencias del maestro para hacer pasar lo suyo por original, en el sentido más primordial del término. Picasso nunca se planteó hacer los estudios sobre Velázquez haciendo pasar el origen como suyo, por muy fabuloso y original que fuese el resultado final.

Por eso, hoy vuelvo a estar hasta los mismísimos huevos de encontrarme con ciertas entradas en otros lugares. Igual sus autores piensan que existe una cierta telepatía artística mundial, pero, puestos a copiar, es mejor elegir a otros. Seguro que se lo merecen más.

(Imagen de Zitun.)

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Postit2

Cargo mi vida de post-it, de papeles arrancados, de bordes de periódicos, de sobres bancarios reutilizados. Apunto en ellos citas, expresiones, epifanías y, sobre todo, chorradas. Gracias a ese desorden en avalancha (eso sí que es una tormenta -un tormento- de ideas), he tenido aportaciones para artículos que  he escrito y que no escribiré, me han venido intuiciones para un poema, he tenido bosquejos para algunas de las entradas de este blog. Compruebo que encima de la mesa, debajo de la pantalla del ordenador, se había enquistado una de esas notas, que decía: “Voy a meterme en el palacio de tus sueños”. Me pareció una expresión bonita, que se me ocurrió no-sé-cuándo y que iba a utilizar en alguna ocasión. Hoy he decidido darle el día libre y soltarla al viento, sin ninguna conexión, sin nada más que la abrigue que la propia belleza de las palabras y el trasfondo de los significados. En sentido inverso a lo que es habitual, bautizo primero la expresión para dotarla luego de vida y experiencia. No es una realidad, ni es un deseo. Son ocho palabras fugadas de un cerebro, enlazadas con el hilo de la imaginación y cosidas en la piel ruda de nuestra existencia. “Voy a meterme en el palacio de tus sueños”. A ver qué pasa.

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Bacterio

En los maravillosos tebeos de Mortadelo y Filemón,  se sometía a los espías capturados por la TIA a toda una extensa gama de torturas que iba desde las cosquillas integrales con pluma de oca hasta la obligación de escuchar insistentemente y a todo volumen el “Vivir así es morir de amor” de Camilo Sesto o el “Gavilán o paloma” de Pablo Abraira (también se barajaba como posibilidad el “Échame a mí la culpa” en versión de Albert Hammond). El que voy a contar ahora es un caso divertido, en un estilo tan atinadamente agitador de las fronteras entre la realidad y la ficción que merecería incorporarse a la serie de interpretaciones y lecturas sobre el Quijote que realiza magistralmente Pedro Ojeda en La acequia: en Guantánamo los presos quedan forzados a permanecer erguidos, sin poder mover los brazos ni las piernas y encadenados al suelo, con el aire acondicionado al nivel de lo extremadamente gélido y escuchando insistentemente hora tras hora a Bruce Springsteen, Christina Aguilera, Metallica o Britney Spears. Si el asunto no fuese tan serio, daría por ironizar y  decir que, entre el Springsteen y la Spears, los torturados verían que no hay color. Pero como todo esto es mucho más serio que todo esto y como la vida no es de tebeo, no quiero seguir viendo paralelismos entre Mortadelo y Filemón y los métodos de tortura de los Estados Unidos. Más que nada, porque me pongo a pensar en el profesor Bacterio. Y no sé si echarme a reír… o a temblar. Que luego pasa lo que pasa…

Mortadelo Torres

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Spam

El spam es nuestro compañero de viaje cibernético. Nos acompaña cada mañana con el correo saludando el nuevo día con promesas sugerentes: bonos gratuitos para jugar en un casino, píldoras variopintas y multicolores para satisfacer nuestros placeres y mitigar nuestras dolencias, réplicas más verdaderas que sus originales, promesas de actualización de datos bancarios y, sobre todo, insinuaciones elásticas de que el día sea más largo cuando nos miremos de canto en un espejo. Mola. Más que denostarlo, tendríamos que ver al correo no deseado como el más deseado de nuestros correos. Para algunos incautos, es un recurso muy útil con el que te engañan sin moverte de casa. Para los groseros, es una manera muy fácil de borrar de un plumazo y con energía parte de nuestra bandeja de entrada.

Los blogueros tenemos un eficaz vigía (Akismet) que nos protege someramente del comentario no deseado. ¡Con lo que agradecemos un comentario en los cálidos y fríos días de vacación estival! Nos perdemos recomendaciones farmacéuticas, sitios web la mar de guarrindongos y observaciones tan brillantes como ésta, que rescato por su interés para los aficionados a los laberínticos vericuetos de nuestro destino: “?????? ???????! ???? ??????????? ????????”. Lo malo de todo esto es que, a veces, se confunde lo verdadero con lo irreal. A mí me ocurrió cuando escribía el post anterior, Palíndromo (de hecho, tuve que borrar parte de lo escrito, porque se transformaba en algo ilegible), y a uno de mis más queridos comentaristas le ocurrió lo mismo. Así que si uno quiere ver el inverso de sí mismo, tiene que ir directamente a la web recomendada.

La conclusión de todo esto es que el spam es un palíndromo de nuestra existencia, porque acaba justo a la inversa de como empezó y, por ende, nos hace más inmortales, más rotundos, más vigorosos en la lucha contra un enemigo que somos nosotros mismos. El spam nos hace perder tiempo en el trabajo, ocupa algunos segundos de nuestras conversaciones y sale de forma recurrente en los telediarios.

Acabo de enterarme que el rey del spam ha muerto. ¿Quién me escribirá a mí mañana?

(Imagen de Mikonya Bence)

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Ramongris

Siempre he pensado -y, directa o indirectamente, lo he reflejado mil y una veces en este blog- que ni la historia es la maestra de la vida ni siquiera es el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Los que así piensan caen, a mi juicio, en dos errores de base: primero, pensar que la realidad es siempre objetiva y, segundo, poner siempre por encima la realidad a nuestros sueños. Yo pienso justamente al revés: la ficción es la maestra de la vida y se me antoja el mejor elemento estructural para comprender el mundo. Como las ficciones no las construyen los marcianos -incluso las ficciones de marcianos las construimos nosotros-, como las ficciones son tan elementalmente nuestras, reflejan y explican mejor que cualquier cosa todos los grandes horizontes de nuestras vidas, todos los grandes interrogantes de nuestra existencia y todas las maravillas y lacras que constituyen nuestra esencia personal y social.

Yo, que siempre he pensado esto y que he aprendido muchísimo de la vida gracias a las ficciones, me he dado cuenta en estos últimos días de que hay ficciones que hemos percibido siempre como intrínsecamente nuestras pese a no haberlas vivido. Y también he percibido que llega un momento en el que todas nuestras vivencias han sido ya escritas, contadas, explicadas. Eva al desnudo es una de esas películas (entre otras cosas, porque su director,  Joseph Leo Mankiewicz es un experto en contar la vida y los sentimientos íntimos de las personas). No es cosa de contar con detalle el argumento, porque el mejor favor que puede hacerse a alguien que no haya visto la peli es decirle que deje inmediatamente de leer estas chorradas y compre-alquile-saque prestada-o lo que quiera la susodicha. Baste decir que el filme trata el tema de la traición desde una perspectiva inigualable: la traición de base, iniciada desde la perfidia del falso respeto y adulación, de la imitación y usurpación, y consumada con la serena delicadeza del aprovechamiento de los momentos débiles del oponente. Es la zancadilla elegante del que echa el pie para delante en el marasmo de la multitud para luego llevarse la mano a la boca con la sorpresa del batacazo mayúsculo. Considero a All about Eve como la más moderna de las ficciones de la traición, con una explicación mucho más próxima a nosotros que la de Judas Escariote o la de Marco Bruto, que tampoco tienen desperdicio (nunca el beso y el puñal han estado tan próximos).

Vivir de espaldas a la realidad cobijado en los mundos de la ficción tiene, qué duda cabe, unas desventajas manifiestas. Entre otras, que estés tan obcecado viendo asesinos en la pantalla cada vez más plana y en las páginas cada vez más libres de cloro de los libros que no llegues a ver cómo se acercan a tu puerta. Ahora bien: el acto de vivir ficciones tiene otra ventaja inigualable. Que siempre encuentras en ellas historias para vivir nuevas vidas. Y Eva al desnudo está muy bien, es una obra maestra y es, como he dicho, una manera muy moderna de descubrir las acciones humanas. Pero yo soy un antiguo al que le fascina el folletín decimonónico. Quedo maravillado ante Scaramouche (tanto el literario de Sabatini como el cinematográfico de George Sidney, que son distintos siendo iguales), pero tengo desde pequeñito un héroe al que adoro sobre cualquier otro: El conde de Montecristo. Así que cuidadito, que es fácil desterrar del Paraíso a todas las Evas que, una vez privadas de todos sus ropajes, se muestran tal y como son: desnudas e indefensas por el mundo, víctimas de su propia tentación.  Ezequiel, 25, 15-17. No todo el mundo es Margo Channing. Y la historia contemporánea se inició con la Revolución Francesa.

(Imagen de Ramón Gris)

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