— Verba Volant

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Ficción

willywilder

Como ya sabéis, desde hace unos meses y sobre todo en las redes sociales, hago mención a los cumpleaños y aniversarios de los (mis) grandes del cine. Si la cosa se complica y el espacio lo requiere, les dedico también una entrada. Y, en este caso, la cosa se ha complicado porque he pasado unos días fuera y el espacio y la justicia poética precisaba de dedicarles unas líneas.

La cosa parecería sencilla, pero vais a ver muy pronto que no lo es tanto.

Porque un día 20 de junio de 1928 nació Martin Landau, al que vi por primera vez en Con la muerte en los talones haciendo de malo de catálogo y en Delitos y faltas desplegó todas sus maravillas y todos sus matices. Pero es que también un 20 de junio, esta vez de 1909, nació Errol Flynn, ese simpático caradura en la ficción y caradura y excesivo en su agitadísima vida real, el mejor Robin Hood, el mejor capitán Blood, el mejor halcón de los mares y el genial capitán Nelson de Objetivo, Birmania.

Porque un día 21 de junio de 1921 nació Jane Russell, con la que supimos que los caballeros las prefieren rubias, aunque ella convierta a las morenas en mujeres irresistibles. Pero es que también un 21 de junio, de 1944, nació Toni Scott, que no es tan solo –ni mucho menos– el hermano de Ridley, sino uno de los mejores directores del mejor cine de acción, al que siempre le puso un acento singular (Marea roja, Días de trueno, Top Gun…).

Y porque tal día como hoy, 22 de junio de 1929 nació la muy evidente, obvia y oscarizada Meryl Streep, que no fue mi santo de devoción en sus momentos más serios y más dramáticos pero que ha acabado sido santa de mi corazón a medida que ha asumido mejor sus matices melodramáticos para escaparse de ellos. Pero es que también un 22 de junio, de 1966, nació Emmanuel Seigner, la inseparable compañera de Roman Polanski, que siempre ha sabido inquietarnos y provocarnos (Lunas de hiel, La novena puerta, esa película irregular en la que sus ojos eran el diablo de ojos verdes): solo por ser el Virgilio que acompaña al soso Harrison Ford en el infierno de la noche de París en Frenético ya se hubiese merecido un puesto de honor en la historia del cine.

Pero es que, tal día como hoy, en 1921, nació Billy Wilder y aquí decir cualquier palabra, poner cualquier apelativo, señalar y subrayar un matiz es tan innecesario como herético. Gracias a sus palabras y su mirada, el cine ha sido mejor y me contará (para siempre, pase lo que pase) como uno de sus más fieles acólitos, uno de sus más humildes servidores.

Se me olvidaba decir que, aunque alguno de ellos hayan muerto, todos siguen vivos.

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Monkey Business

Dentro de todas las rutinas cotidianas, suelo tener una que es muy agradable: abro la aplicación de IMDb en mi iPad y me pongo a consultar algún dato de una película o una serie, alguna pequeña anécdota, un apunte biográfico que llama la atención… Nunca falta ver en qué día nacieron algunos de mis directores y actores favoritos.

Hoy acabo de ver que, un 30 de mayo de 1896, nació Howard Hawks. Hawks es uno de mis directores (y guionistas) favoritos. Algunos de sus detractores le reprochan la sencillez de las escenas: la cámara en las películas de Hawks nunca está en un sitio inesperado, jamás en una angulación significativa… lo que quiere decir, en la mayor parte de las ocasiones, que se encuentra en el lugar justo para contar una historia.

La fiera de mi niña, Solo los ángeles tienen alas, Luna nueva, El sargento York, Bola de fuego, Tener y no tener, El sueño eterno, Río Rojo, La novia era él, Me siento rejuvenecer, Los caballeros las prefieren rubias, Río Bravo, ¡Hatari!, Su juego favorito, Río Lobo. Una nómina de obras maestras que asusta, entre la comedia desenfrenada, casi surrealista, el mejor cine negro, el Western.

Howard Hawks era un auténtico maestro en dejar a los hombres, a menudo famosos galanes o tipos duros, en el más espantoso de los ridículos, sujetos a situaciones que no pueden dominar y siempre girando a unas mujeres claramente superiores.  Hawks fue el que nos demostró que la vida nos hace vivir de forma cotidiana en un sitio en el que no deberíamos estar, experimentar unas vivencias de una forma que no nos corresponde. Nos hace sentirnos extraños en los momentos y los lugares que, quizá, fueron nuestros pero ya no nos pertenecen o, al contrario, acaba por hacernos próximos y cotidianos todos los delirios que acabarán siento el centro de nuestra vida.

¿Qué queda por hacer? Para mí, sin duda, coger una de sus películas, una de sus comedias locas y ver que el mundo cobra sentido cuando todas las rutinas se desbaratan.

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El callejón del pecado

Todo empezó sin muchas razones lógicas, pero acabó –al menos así lo recuerdo– con un hombre en el suelo, que intentaba protegerse la cabeza con las manos. No soy muy consciente de todas las patadas que le di, pero sí tengo un recuerdo completo del momento en el que decidí parar. No fue por misericordia y tampoco por cansancio (para los que no son asiduos de los barrios bajos y las malas compañías, es necesario que tengan en cuenta que liarse a golpes es una actividad física agotadora). Simplemente, noté una molestia que era mucho más fuerte que el dolor en las extremidades. Y esa molestia me hizo detenerme.

(Este fragmento pertenece al proyecto en el blog de la novela que estoy escribiendo. Imagen de Juan Jesús Santiesteban)

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House-Dexter

En mi vida, en mi relación con los demás, tengo algún que otro problema. Es pequeño, casi insignificante: mi modo de ser, del que se deriva mi manera de ver el mundo y de actuar en consecuencia.

Con los años, me he encontrado ya en varias ocasiones con personas que me han dicho que les recuerdo al doctor House o Dexter. No me lo decían como elogio ni como reproche, sino como constatación de algo evidente y profundo. Yo tampoco me lo tomaba ni bien ni mal ni todo lo contrario. Simplemente, me hacía gracia. Luego vinieron las pequeñas casualidades, los repetidos “¿Lo ves?” en algunas de mis acciones, de mis pensamientos, de mis palabras. Y mi reacción no era negativa, porque, no sabía por qué, tanto el médico como el técnico forense me caían francamente bien.

De House me encandilaba esa disociación entre una vida interior y privada desquiciada mezclada con una práctica profesional deslumbrante, caústica y agresiva. En las conversaciones entre Dexter –otro ser disociado y, por ello, diseccionador– y su “oscuro pasajero”, siempre me asombró la desconexión que mostraba entre el mundo exterior, aparentemente normal pero envuelto en podredumbre y el mundo del pensamiento y de sus sentimientos. Luego me he dado cuenta de que, en ambos casos, aprecio el carácter analítico, el ansia de llegar a una verdad separada y desgajada de la apariencia, siempre fácil, falsa, demasiado evidente para ser cierta, aunque la sangre no manche mis manos ni la vicodina haya recorrido nunca mis venas. Uno tiene una carcasa interior y otro exterior, pero ambos sufren.

Por eso, no sin cierta sorna, me gusta pensar que soy ese oscuro pasajero que acompaña a Dexter Morgan. Porque sé, como Gregor House, que todo el mundo miente.

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Halt and Catch Fire

Para que sea más dinámica y más frecuente, voy a reconvertir mis sugerencias. Como ya saben los asiduos, antes recomendaba, en una misma entrada, una serie de televisión, una película, una canción y un libro. Ahora, según las circunstancias, haré una recomendación única, pero dejando pasar menos tiempo entre ellas.

Lo que no cambia es la esencia y la motivación de las entradas. Por eso, copio la entradilla con la que empiezo siempre: no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

Hoy voy a recomendar una serie de televisión de las nuevecitas (se estrenó en Estados Unidos en junio de este año: Halt and Catch Fire. Empecé a verla casi por casualidad y pensaba que era un producto destinado para los frikis y los nostálgicos de la informática (en líneas generales, la historia aborda los momentos en los que algunas compañías pugnaron por intentar crear clones que hicieran la competencia al todopoderoso IBM). Pero hubo algunos detalles que empezaron a sugerirme que esa historia externa trata, en el fondo, de otra cosa.

La evolución de la informática a principios de los años 80 se convierte, aquí, en una lucha por la superación empresarial y personal. En competencia y colaboración. En un salto al vacío de la imaginación y el talento frente a lo establecido. Y, por supuesto y por encima de todo, en los abismos personales de quienes protagonizan la historia. Lo que en un inicio parecen estereotipos, poco a poco, se van revelando como personas de carne y hueso que tienen un reto insuperable y que tienen que debatirse entre esa conciliación entre el trabajo y sus vidas. Porque, por encima de todo, en esta serie vamos conociendo cosas de nosotros mismos gracias a nuestra paulatina identificación con vivencias que, en un inicio, creíamos muy lejanas. Y, a medida que van pasando los capítulos, llegamos a vernos reflejados en la programadora genial y desadaptada, en el jefe que no lo es, en el ejecutivo ambicioso con recovecos, en el ingeniero con extraordinarias habilidades para su trabajo y nulas capacidades de gestionar su vida familiar. Y mucho más. La serie no ha acabado todavía, pero promete. Y el último capítulo emitido es sublime.

Hay que verla, amigos. Hay que verla.

(Esta es la séptima entrada de la serie Sugerencias.)

 

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Down

No es fácil escribir con palabras bellas las realidades feas. No es fácil, pero es posible. Es posible, pero solo está al alcance de unos pocos y yo no soy uno de ellos. Veo posibles cuestiones intermedias, en escalas feo-feo y bello-bello. Más o menos. El problema está cuando la realidad te pilla muy cerca, acechando con sus hocicos los umbrales del miedo. El problema está cuando la ficción está muy lejos, lejos de todos límites posibles.

No es fácil vivir ni escribir cuando estás más allá del limes, más allá de una frontera. Cuando la realidad te desborda y la ficción no te encaja en tus tiempos ni en tus territorios. El problema es no encontrar metáforas que expliquen cosas inexplicables. El problema es no poder acudir a la paradoja, ni al oxímoron, ni al retruécano. No es fácil vivir sin poder romper con la sintaxis, sin poder utilizar los desechos de lo que no eres o de lo que no quieres o de lo que no puedes. Es posible habitar entre contrarios, pero eso está al alcance de unos pocos.

Y yo no soy uno de ellos.

(Imagen de H. Koppdelaney.)

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Apartamento de Dexter Morgan en Miami Beach

El turista tenía una promesa y un reto. Es una persona que, aunque no lo reconozca, tiene algo de fetichista. Bueno, quizás no, quizás más que fetichista es una persona que justifica su superficialidad con estereotipos. Él, para salvarse, piensa que son estereotipos, pero cada uno justifica sus motivaciones vitales como puede y como quiere.

El turista está alojado en el sur de una isla amparada en el vicio, como tuvimos ocasión de comprobar en una entrada anterior. Desde mucho antes de comenzar su viaje sabía que haría una excursión larga y prolongada hacia el norte, en busca del lugar donde se rodaron algunas de las escenas de una de sus series de ficción favoritas. Era la casa del héroe y asesino, del monstruo que todos llevamos dentro. El turista confía en la buena voluntad de una mujer que le asegura, en la parada de autobús, que este le llevaría hasta el norte de la isla. Pasado un buen rato y con un tráfico insoportable –la isla es famosa por el constante rodaje de series, de películas, de eventos multitudinarios–, el turista se da cuenta de que la ruta es errónea y decide parar un taxi. Le da al taxista el papel con una dirección y este le asegura que a los diez minutos y por poco dinero le llevará a su destino. Pasada una media hora de bandazos, esperas e interrogantes, el turista le pide al conductor que pare en medio de la nada. Y, de esta manera, se encuentra perdido en medio de unas coordenadas conocidas a medias, solo aproximadas. De pronto, un nombre procedente del mundo de la ficción se desvela como real. De pronto, un mar conocido en fotogramas. De pronto, un edificio de apartamentos de estructura reconocible, aunque muy diferente, por otra parte, del que existía en su imaginario, en una memoria recortada por el encuadre, por el plano.

El turista se encuentra con un cartel intimidatorio en un país en el que estas advertencias no pueden ser tomadas a la ligera. Se lo piensa una, dos veces. Todo pasa por cortar unos bandas que obstaculizan el acceso a través de unas escaleras. El turista es tonto y fetichista e inconsciente, pero hasta extremos más o menos moderados. Por eso, decide cambiar la estrategia. Se encamina al aparcamiento exterior de la urbanización aledaña. Desde allí no se ve nada. Pero el turista ha visto muchas películas y sabe que en todas las traseras de los edificios se encuentran los cubos de la basura. Se encamina hacia ese lugar y decide trepar, auparse, encaramarse. Y llega a verlo. Está ahí. El lugar por el que el héroe-asesino sale esbozando una sonrisa todos los días en la cabecera de la ficción.

El turista saca la cámara y dispara. Se nos olvidaba decir que iba vestido como el monstruo cuando sale a trabajar.

Las vistas de Bay Harbor desde el apartamento de Dexter

Las vistas de Bay Harbor desde la urbanización

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

La urbanización. De ahí viene la denominación “Bay Harbor Butcher”

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

Otra vista del apartamento

En Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter

Y el monstruo 😉

(Las fotografías pertenecen a mi galería de Flickr.)

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Libro de horas de Jean de Montauban

La cosa va de inventarte una historia. Se empieza por escoger un personaje. Que sea parecido a ti pero muy distinto. Sobre todo, y por encima de lo anterior, que sea reconocible para los demás, que sirva para que, de alguna manera, el que lo conozca se siente identificado. Las miserias de uno no son interesantes si son miserias de uno, pero sí lo son si cada uno las siente como suyas. Porque las ha pensado. Porque alguna vez han pasado por su cabeza en forma de anhelos, de deseos, de proyecciones. La vida, a fin de cuentas, es una mierda y todo el mundo lo sabe. El que no lo sabe es que no lo ha pensado detenida, firmemente. Una mierda. Pero luego viene alguien y te cuenta una historia. Y se te enciende una chispa. No es ilusión, es reconocimiento. No es esperanza, es un testamento notarial de que las cosas son así, de que serán así, pero que nosotros nos las podemos imaginar. Que, si el mundo contado es mejor que el real, a nosotros qué coño nos importa el mundo real. Si pasamos nuestras vidas soñando. Mejor soñar que otra cosa. Mejor soñar que rebañarse en la mierda y ahondar en nuestros laberintos.

La cosa va de inventarse una historia. Y se elige un escenario. Puede ser algo muy lejano. Exotismo, le llaman. Porque el que está en la cárcel sueña con paraísos, con imágenes de estrellas de cine que te servirán para escapar. Porque a nadie le gusta que se le caiga el jabón en la ducha, por mucho que le prometan la salvación eterna. O puede elegirse algo muy cercano. Que el nombre del río sea de una ciudad del terruño. Que el personaje se suba a un monte que no necesite el auxilio de Google Maps. Que no es que sea importante que sea de aquí. O sí, porque significa que lo cercano te importa, que partes de ello, que lo convierten en postulado artístico del realismo. Puedes uno irse a la Edad Media. O se inventa un tiempo. O se elige una fecha del futuro. Hay que elegir bien. Porque luego se pone “Los Ángeles, 2019” y el tiempo pasa muy rápido y los replicantes acechan. En realidad, acechan siempre. ¿Quién no se encontró alguna vez un búho que hace cosas raras con los ojos?

El caso es que la cosa va de inventarse una historia. Porque inventarla es lo que vale. No se puede llamar creación, porque nadie ha creado nada de la nada. O sí, porque imaginarse algo relativamente nuevo –si es que existe, si el mundo no es una convivencia con el estereotipo, con el molde, con algo que nadie se inventó porque ya era nuestro. De la humanidad, digo–. Se puede llamar como queramos que se llame. Pero es una historia que ensancha nuestro mundo. Ahora dicen que también ensancha nuestro cerebro. Que vivir ficciones sirve como si las viviésemos. Pero eso ya lo sabíamos cuando nos acurrucábamos en los días de invierno y Nemo nos raptaba lo mismo que a Aronnax, cuando Moonfleet nos cautivaba con sus contrabandistas o cuando alguien lucha contra alguien y puede ser su amigo, su hermano o su padre.

El caso es la cosa. Inventarse una historia. Y poder mandar todo a la puta mierda. Y decir que ya basta. Y dar un puñetazo en la mesa. Ese que no nos atrevemos a dar nunca para seguir con nuestra rutina asquerosa. Luego podremos engañarnos, hacer la flor de loto y elevar los dedos pulgar y corazón y hacer sonidos quejumbrosos. ¿Quién coño ha conseguido dejar la mente en blanco? Eso es imposible y todo el mundo lo sabe. Y lo podemos hacer de muchas maneras, pero esta es la única legal, la única aceptada. La única que nos permiten aunque a nosotros, en el fondo, nos dé igual. Nadie sabe lo que escriben para que otros lo lean. Lo que algunos leen para que otros lo escriban.

En eso consiste la cosa. En inventarse una historia. Y que todo nazca, perdure y muera. La rosa no es nada. Ni metáfora, ni símbolo. Ni emblema, ni escudo, ni nada. Y que todo gire en las ficciones. Que el mundo nos dé vueltas y que gire más allá de las órbitas. Porque no conoceremos más órbitas que las de los ojos que un día se perdieron en una ficción.

(La imagen pertenece al Libro de horas de Jean de Montauban, de la Biblioteca des Champs libres, en Rennes.)

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tophat

Era escéptico, lo reconozco. Pensaba que la vida era un transcurso sin dilaciones ni distracciones. Que no era posible que el mundo se detuviese un segundo para entonar una canción. Que era imposible congelar el tiempo con el movimiento del baile. Me negaba a reconocer que admiraba ese momento robado a la lógica en el que la protagonista abría los brazos hacia el cielo con las notas de una canción.

Ha sido un largo proceso, una conversión callada entre demasiado ruido y escasa armonía. Pero, cuando te encuentras solo y sientes que las canciones se acercan para susurrarte verdades en pequeñas dosis de ficción, sabes que el momento ha llegado. Que toda la realidad juega con las notas de una canción de amor.

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