— Verba Volant

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Ficción

House-Dexter

En mi vida, en mi relación con los demás, tengo algún que otro problema. Es pequeño, casi insignificante: mi modo de ser, del que se deriva mi manera de ver el mundo y de actuar en consecuencia.

Con los años, me he encontrado ya en varias ocasiones con personas que me han dicho que les recuerdo al doctor House o Dexter. No me lo decían como elogio ni como reproche, sino como constatación de algo evidente y profundo. Yo tampoco me lo tomaba ni bien ni mal ni todo lo contrario. Simplemente, me hacía gracia. Luego vinieron las pequeñas casualidades, los repetidos “¿Lo ves?” en algunas de mis acciones, de mis pensamientos, de mis palabras. Y mi reacción no era negativa, porque, no sabía por qué, tanto el médico como el técnico forense me caían francamente bien.

De House me encandilaba esa disociación entre una vida interior y privada desquiciada mezclada con una práctica profesional deslumbrante, caústica y agresiva. En las conversaciones entre Dexter –otro ser disociado y, por ello, diseccionador– y su “oscuro pasajero”, siempre me asombró la desconexión que mostraba entre el mundo exterior, aparentemente normal pero envuelto en podredumbre y el mundo del pensamiento y de sus sentimientos. Luego me he dado cuenta de que, en ambos casos, aprecio el carácter analítico, el ansia de llegar a una verdad separada y desgajada de la apariencia, siempre fácil, falsa, demasiado evidente para ser cierta, aunque la sangre no manche mis manos ni la vicodina haya recorrido nunca mis venas. Uno tiene una carcasa interior y otro exterior, pero ambos sufren.

Por eso, no sin cierta sorna, me gusta pensar que soy ese oscuro pasajero que acompaña a Dexter Morgan. Porque sé, como Gregor House, que todo el mundo miente.

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Halt and Catch Fire

Para que sea más dinámica y más frecuente, voy a reconvertir mis sugerencias. Como ya saben los asiduos, antes recomendaba, en una misma entrada, una serie de televisión, una película, una canción y un libro. Ahora, según las circunstancias, haré una recomendación única, pero dejando pasar menos tiempo entre ellas.

Lo que no cambia es la esencia y la motivación de las entradas. Por eso, copio la entradilla con la que empiezo siempre: no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

Hoy voy a recomendar una serie de televisión de las nuevecitas (se estrenó en Estados Unidos en junio de este año: Halt and Catch Fire. Empecé a verla casi por casualidad y pensaba que era un producto destinado para los frikis y los nostálgicos de la informática (en líneas generales, la historia aborda los momentos en los que algunas compañías pugnaron por intentar crear clones que hicieran la competencia al todopoderoso IBM). Pero hubo algunos detalles que empezaron a sugerirme que esa historia externa trata, en el fondo, de otra cosa.

La evolución de la informática a principios de los años 80 se convierte, aquí, en una lucha por la superación empresarial y personal. En competencia y colaboración. En un salto al vacío de la imaginación y el talento frente a lo establecido. Y, por supuesto y por encima de todo, en los abismos personales de quienes protagonizan la historia. Lo que en un inicio parecen estereotipos, poco a poco, se van revelando como personas de carne y hueso que tienen un reto insuperable y que tienen que debatirse entre esa conciliación entre el trabajo y sus vidas. Porque, por encima de todo, en esta serie vamos conociendo cosas de nosotros mismos gracias a nuestra paulatina identificación con vivencias que, en un inicio, creíamos muy lejanas. Y, a medida que van pasando los capítulos, llegamos a vernos reflejados en la programadora genial y desadaptada, en el jefe que no lo es, en el ejecutivo ambicioso con recovecos, en el ingeniero con extraordinarias habilidades para su trabajo y nulas capacidades de gestionar su vida familiar. Y mucho más. La serie no ha acabado todavía, pero promete. Y el último capítulo emitido es sublime.

Hay que verla, amigos. Hay que verla.

(Esta es la séptima entrada de la serie Sugerencias.)

 

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Down

No es fácil escribir con palabras bellas las realidades feas. No es fácil, pero es posible. Es posible, pero solo está al alcance de unos pocos y yo no soy uno de ellos. Veo posibles cuestiones intermedias, en escalas feo-feo y bello-bello. Más o menos. El problema está cuando la realidad te pilla muy cerca, acechando con sus hocicos los umbrales del miedo. El problema está cuando la ficción está muy lejos, lejos de todos límites posibles.

No es fácil vivir ni escribir cuando estás más allá del limes, más allá de una frontera. Cuando la realidad te desborda y la ficción no te encaja en tus tiempos ni en tus territorios. El problema es no encontrar metáforas que expliquen cosas inexplicables. El problema es no poder acudir a la paradoja, ni al oxímoron, ni al retruécano. No es fácil vivir sin poder romper con la sintaxis, sin poder utilizar los desechos de lo que no eres o de lo que no quieres o de lo que no puedes. Es posible habitar entre contrarios, pero eso está al alcance de unos pocos.

Y yo no soy uno de ellos.

(Imagen de H. Koppdelaney.)

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Apartamento de Dexter Morgan en Miami Beach

El turista tenía una promesa y un reto. Es una persona que, aunque no lo reconozca, tiene algo de fetichista. Bueno, quizás no, quizás más que fetichista es una persona que justifica su superficialidad con estereotipos. Él, para salvarse, piensa que son estereotipos, pero cada uno justifica sus motivaciones vitales como puede y como quiere.

El turista está alojado en el sur de una isla amparada en el vicio, como tuvimos ocasión de comprobar en una entrada anterior. Desde mucho antes de comenzar su viaje sabía que haría una excursión larga y prolongada hacia el norte, en busca del lugar donde se rodaron algunas de las escenas de una de sus series de ficción favoritas. Era la casa del héroe y asesino, del monstruo que todos llevamos dentro. El turista confía en la buena voluntad de una mujer que le asegura, en la parada de autobús, que este le llevaría hasta el norte de la isla. Pasado un buen rato y con un tráfico insoportable –la isla es famosa por el constante rodaje de series, de películas, de eventos multitudinarios–, el turista se da cuenta de que la ruta es errónea y decide parar un taxi. Le da al taxista el papel con una dirección y este le asegura que a los diez minutos y por poco dinero le llevará a su destino. Pasada una media hora de bandazos, esperas e interrogantes, el turista le pide al conductor que pare en medio de la nada. Y, de esta manera, se encuentra perdido en medio de unas coordenadas conocidas a medias, solo aproximadas. De pronto, un nombre procedente del mundo de la ficción se desvela como real. De pronto, un mar conocido en fotogramas. De pronto, un edificio de apartamentos de estructura reconocible, aunque muy diferente, por otra parte, del que existía en su imaginario, en una memoria recortada por el encuadre, por el plano.

El turista se encuentra con un cartel intimidatorio en un país en el que estas advertencias no pueden ser tomadas a la ligera. Se lo piensa una, dos veces. Todo pasa por cortar unos bandas que obstaculizan el acceso a través de unas escaleras. El turista es tonto y fetichista e inconsciente, pero hasta extremos más o menos moderados. Por eso, decide cambiar la estrategia. Se encamina al aparcamiento exterior de la urbanización aledaña. Desde allí no se ve nada. Pero el turista ha visto muchas películas y sabe que en todas las traseras de los edificios se encuentran los cubos de la basura. Se encamina hacia ese lugar y decide trepar, auparse, encaramarse. Y llega a verlo. Está ahí. El lugar por el que el héroe-asesino sale esbozando una sonrisa todos los días en la cabecera de la ficción.

El turista saca la cámara y dispara. Se nos olvidaba decir que iba vestido como el monstruo cuando sale a trabajar.

Las vistas de Bay Harbor desde el apartamento de Dexter

Las vistas de Bay Harbor desde la urbanización

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

La urbanización. De ahí viene la denominación “Bay Harbor Butcher”

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

Otra vista del apartamento

En Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter

Y el monstruo ;)

(Las fotografías pertenecen a mi galería de Flickr.)

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Libro de horas de Jean de Montauban

La cosa va de inventarte una historia. Se empieza por escoger un personaje. Que sea parecido a ti pero muy distinto. Sobre todo, y por encima de lo anterior, que sea reconocible para los demás, que sirva para que, de alguna manera, el que lo conozca se siente identificado. Las miserias de uno no son interesantes si son miserias de uno, pero sí lo son si cada uno las siente como suyas. Porque las ha pensado. Porque alguna vez han pasado por su cabeza en forma de anhelos, de deseos, de proyecciones. La vida, a fin de cuentas, es una mierda y todo el mundo lo sabe. El que no lo sabe es que no lo ha pensado detenida, firmemente. Una mierda. Pero luego viene alguien y te cuenta una historia. Y se te enciende una chispa. No es ilusión, es reconocimiento. No es esperanza, es un testamento notarial de que las cosas son así, de que serán así, pero que nosotros nos las podemos imaginar. Que, si el mundo contado es mejor que el real, a nosotros qué coño nos importa el mundo real. Si pasamos nuestras vidas soñando. Mejor soñar que otra cosa. Mejor soñar que rebañarse en la mierda y ahondar en nuestros laberintos.

La cosa va de inventarse una historia. Y se elige un escenario. Puede ser algo muy lejano. Exotismo, le llaman. Porque el que está en la cárcel sueña con paraísos, con imágenes de estrellas de cine que te servirán para escapar. Porque a nadie le gusta que se le caiga el jabón en la ducha, por mucho que le prometan la salvación eterna. O puede elegirse algo muy cercano. Que el nombre del río sea de una ciudad del terruño. Que el personaje se suba a un monte que no necesite el auxilio de Google Maps. Que no es que sea importante que sea de aquí. O sí, porque significa que lo cercano te importa, que partes de ello, que lo convierten en postulado artístico del realismo. Puedes uno irse a la Edad Media. O se inventa un tiempo. O se elige una fecha del futuro. Hay que elegir bien. Porque luego se pone “Los Ángeles, 2019″ y el tiempo pasa muy rápido y los replicantes acechan. En realidad, acechan siempre. ¿Quién no se encontró alguna vez un búho que hace cosas raras con los ojos?

El caso es que la cosa va de inventarse una historia. Porque inventarla es lo que vale. No se puede llamar creación, porque nadie ha creado nada de la nada. O sí, porque imaginarse algo relativamente nuevo –si es que existe, si el mundo no es una convivencia con el estereotipo, con el molde, con algo que nadie se inventó porque ya era nuestro. De la humanidad, digo–. Se puede llamar como queramos que se llame. Pero es una historia que ensancha nuestro mundo. Ahora dicen que también ensancha nuestro cerebro. Que vivir ficciones sirve como si las viviésemos. Pero eso ya lo sabíamos cuando nos acurrucábamos en los días de invierno y Nemo nos raptaba lo mismo que a Aronnax, cuando Moonfleet nos cautivaba con sus contrabandistas o cuando alguien lucha contra alguien y puede ser su amigo, su hermano o su padre.

El caso es la cosa. Inventarse una historia. Y poder mandar todo a la puta mierda. Y decir que ya basta. Y dar un puñetazo en la mesa. Ese que no nos atrevemos a dar nunca para seguir con nuestra rutina asquerosa. Luego podremos engañarnos, hacer la flor de loto y elevar los dedos pulgar y corazón y hacer sonidos quejumbrosos. ¿Quién coño ha conseguido dejar la mente en blanco? Eso es imposible y todo el mundo lo sabe. Y lo podemos hacer de muchas maneras, pero esta es la única legal, la única aceptada. La única que nos permiten aunque a nosotros, en el fondo, nos dé igual. Nadie sabe lo que escriben para que otros lo lean. Lo que algunos leen para que otros lo escriban.

En eso consiste la cosa. En inventarse una historia. Y que todo nazca, perdure y muera. La rosa no es nada. Ni metáfora, ni símbolo. Ni emblema, ni escudo, ni nada. Y que todo gire en las ficciones. Que el mundo nos dé vueltas y que gire más allá de las órbitas. Porque no conoceremos más órbitas que las de los ojos que un día se perdieron en una ficción.

(La imagen pertenece al Libro de horas de Jean de Montauban, de la Biblioteca des Champs libres, en Rennes.)

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tophat

Era escéptico, lo reconozco. Pensaba que la vida era un transcurso sin dilaciones ni distracciones. Que no era posible que el mundo se detuviese un segundo para entonar una canción. Que era imposible congelar el tiempo con el movimiento del baile. Me negaba a reconocer que admiraba ese momento robado a la lógica en el que la protagonista abría los brazos hacia el cielo con las notas de una canción.

Ha sido un largo proceso, una conversión callada entre demasiado ruido y escasa armonía. Pero, cuando te encuentras solo y sientes que las canciones se acercan para susurrarte verdades en pequeñas dosis de ficción, sabes que el momento ha llegado. Que toda la realidad juega con las notas de una canción de amor.

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No se juega con los besos de amor. Era tan bonita la idea de que alguien filmase a veinte personas desconocidas compuestas en diez parejas para ver cómo sería su primer beso. Era tan conmovedor el ver los titubeos iniciales y las presentaciones, los labios temblorosos, la pasión desencadenada. La timidez y la osadía. Las ganas de volcarse y las ganas de ser recibido… Y, sobre todo, era tan conmovedora la sonrisa…

Y sabemos que toda realidad es ficción en el fondo y en la forma. Que el mundo es un teatro y la vida es sueño. Pero no se juega, no. No se juega con los besos de amor, que siempre anidan en lo más profundo de nuestro ser. De nuestra imaginación.

Y, de banda sonora, el Salut d’amore de Edward Elgar.

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JoanFontaine

Cada vez que ocurre es peor: van, poco a poco, muriendo los grandes del cine clásico. Quedan muy pocos. En unos días, se nos han ido Eleanor Parker, Peter O’Toole (este es un poco posterior) y Joan Fontaine. Me cuesta asumirlo y admitirlo. Soportar tanta perdida. Pero no puedo perdonar a la vida –o a la muerte– lo que nos ha hecho. Sobre todo contigo, Joan Fontaine. Dirán que quedan tus películas, es cierto. Que podremos seguir viendo esa sonrisa entremezclada con la timidez o la seducción encubierta. Tendrán razón.

Pero yo sigo deseando que mis sueños lo sean de carne y hueso. Además de Sospecha, una película tan inteligente como mal rematada, te adoré siempre como “la otra” señora de Winter en RebecaEs complicado luchar contra los fantasmas y las realidades entreveladas. Apocada, timorata, siempre dubitativa.

Pero te admiré como actriz casi hasta extremos del delirio en Carta de una desconocida. Con ese amor sobresaliente, admirativo. Contando la verdad en el último segundo. Desde el último segundo.

Prometo no abandonarte nunca, Joan Fontaine. Seguirás en mis sueños lo mismo que tus compañeros de ficción estuvieron en tus pesadillas. Vasos de leche, muertes y desgarros, sinvergüenzas con chaqué. Yo te admiro como aquella actriz que supo sonreír a medias, mejor que ninguna.

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE DE TELEVISIÓN

Borgen

Borgen. Es una serie danesa que ha terminado ya su tercera temporada. Trata sobre el gobierno y el poder y la mirada desde la perspectiva de un país nórdico es de lo más vivificante. Gracias a esta magnífica producción, vemos los problemas que tienen los daneses con su democracia. La clave está, además de en las interesantes historias personales, en cómo resuelven ellos esos problemas. Además, sirve como contraste. No puedo ni imaginarme una serie de estas características en una serie española. Nosotros, para la política, solo sabemos hacer comedias.

PELÍCULA

Dans la maison

Dans la maison, película de François Ozon (2012) basada en la obra del dramaturgo español Juan Mayorga El chico de la última fila, es una película apasionante. El punto de partida es un trabajo escolar encargado por un profesor. Entre la medianía de los trabajos de todos los alumnos, destaca la composición de Claude, brillante y desconcertante. La obligación de un profesor, en este caso, es animar al alumno al escribir. Esto suscita curiosidad, hasta que la literatura empieza a mezclarse con la vida. Y, como en la vida, todo se descontrola.

CANCIÓN

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Hoy, como en el caso del libro recomendado, nos iremos unos años atrás. La canción que sugiero para que recuperéis (o descubráis) es “Beyond my control”, de Milène Farmer. Está inspirada en dos personajes de Les Liaisons dangereuses (mal traducido en español por Las amistades peligrosas. El que haya leído el libro o visto la película, sabrá que esas relaciones tienen cualquier cosa menos amistad: de hecho, aparece repetida la voz de Malkovich en un corte de la adaptación cinematográfica de la novela. Una canción de amor y muerte. Y no digo más.

LIBRO

brooklyn-follies

Hoy no voy a hablar de un libro de reciente aparición, sino de una novela de 2005. Se trata de Brooklyn Follies, de Paul Auster. Podéis consultar aquí un dosier coordinado por Jocelyn Dupont con artículos y reflexiones sobre el libro (en inglés y en francés). Cuando algún amigo me recomienda un libro para leer, de forma casi inevitable me sale este, por varias razones. La principal, porque Auster tiene una manera de contar las historias tan peculiar y atrayente que, ya solo por esto, merece la pena adentrarse en estas ficciones. En este caso, además, encandila la historia del protagonista, del que no voy a dar muchos datos. Nathan, que está recuperándose de un cáncer y acabada una etapa desde el punto de vista familiar, regresa a Brooklyn. Su vida ha cambiado tanto, que espera que, por sí sola, cambie de rumbo de nuevo. Y en las novelas, como en la vida, a veces el azar cumple su cometido. Conviene, para acabar, recordar unas palabras del autor, que se encuentran en la reseña de Guelbenzu a la novela: “Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente: ‘Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia’. Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo”.

(Esta es la tercera entrada de la serie Sugerencias.)

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