— Verba Volant

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Lenguaje

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Una catástrofe, abatimiento, destrucción. Caos, que es desorden y una abertura por la que se escapan todos nuestros anhelos, tirados por las estanterías. Mamotreto criado en la falsa creencia de que es mejor desarrollar algo de forma insana y desproporcionada. Inmerso en un letargo, ese estado de somnolencia enfermiza que nos lleva a no estar lúcidos para nada ni para nadie. Sacrificar 1 o 100 víctimas para satisfacer a la hecatombe y ser tan generoso como para invitar a los banquetes a los que pasaban por una fiesta que no era la suya. Parásitos, les llaman. Con ese estado desafinado que conduce al pánico, mezclado con tintes de bilis negra. Esperando que los dioses se reencarnen y que bajen a salvarnos para no salvarnos a nosotros mismos. Porque no supimos. Porque no sabemos. Porque no llegaremos a saberlo. Así, la vida.

(Sí, para esta entrada es preciso saber del griego y de sus etimologías. Imagen de Leo Eloy.)

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 Los españoles lo tenemos claro, a no ser que pertenezcamos a una comunidad autónoma con lengua propia: hablar dos lenguas bien retrasa la aparición de la demencia. La Asociación Americana de Neurología ha publicado en su revista Neurology el 6 de noviembre de 2013  un estudio de un grupo de científicos encabezados por Suvarna Alladi (“Bilingualism delays age at onset of dementia, independent of education and immigration status”, reseñado en ) que demuestra la importancia de hablar varias lenguas para que la aparición de enfermedades neuronales relacionadas con la demencia sea más tardía.

El estudio es importante porque, hasta ahora, se sabía que el conocimiento de varias lenguas era beneficioso para el cerebro, pero este beneficio se relacionaba más con aspectos intelectuales. Ahora, no obstante, sabemos que no existe una necesaria correlación con la formación o la educación, ya que esta mejoraría se daba en personas analfabetas. Esto para que digan que el conocimiento de otras lenguas y su dominio en el ámbito bilingüe sea superfluo. De hecho, el conocimiento de idiomas extranjeros parece ser un excelente remedio para proteger nuestra memoria de daños futuros (lo demostró Magali Perquin, en un estudio presentado en 2011 en un congreso de la Asociación Americana de Neurología en Honolulú). Y no solo conocer varias lenguas, sino adquirir pronto habilidades lingüísticas. ¿Que la lengua no es importante? Pues sí, lo es: Juan C. Troncoso nos ha demostrado que la adquisición temprana de habilidades lingüísticas es muy beneficiosa para preservar nuestra memoria.

¿Qué nos queda a nosotros, en este cochino país en el que se desdeña la enseñanza de las lenguas, de nuestra lengua y de muchísimas otras cosas más? Que, al menos, somos un país con dieta mediterránea, hasta que la comida rápida nos quite nuestras costumbres. Un poquito de pollo, pescado y aceite de oliva nos pueden ayudar también a que no perdamos la cabeza antes de tiempo.

 Para la elaboración de esta entrada me ha sido de mucha utilidad la excelente web e! Science News, así como noticias sobre ciencia aparecidas en el New York Daily News. Imagen de Anaís Gómez-C.

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: “Porque Pinocho estaba ya registrado”.

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: “¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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Has jugado mucho con el uso de la segunda persona del singular para referirte a ti mismo. Has usado hasta el abuso de las estructuras anafóricas e, incluso, paralelísticas. Has reincidido en el empleo de una puntuación seca, casi mutilada. Has tendido los grupos sintácticos en estructuras triádicas por influencia de la lógica medieval y de Calderón de la Barca. Has reincidido en una suerte de oxímoros feroces que, de tan violentos, pueden pasar desapercibidos, del mismo modo que has conseguido esconder al gran público parte de tus quiasmos. Has desquiciado la semántica con falsas atribuciones a los referentes. Has intentado manejar los mecanismos pragmáticos, a los que eres tan aficionado, y a veces estos se te han vuelto contra ti cuando menos te lo esperabas. Pese al formato en el que te manejas, muchos de tus párrafos han resultado demasiado largos para este medio, que lo es más de esencias breves que de longitudes. Y te ha gustado acabar tus entradas de forma taxativa, cortando el aliento a los lectores como un cuchillo. Así. Porque sí.

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Delibes

Van en una oposición y se las dan de listos: ponen un examen con un texto para corregir la puntuación, un parrafito de El hereje (el que encabeza esta entrada). Los opositores van y lo hacen. Y el tribunal va y lo corrige. Y como para corregir hay una cuestión esencial, que es el criterio, ellos utilizan uno: todos los ejercicios que tengan la puntuación exacta al original están bien. Y los que no, por deducción de la buena, están mal. Es cultura de Sesame Street. Se dejan olvidado el propósito del ejercicio, que me imagino que no será aprenderse esta novela de memoria, esta vez sí, con puntos y comas, sino que tendrá el loable propósito de que los futuros funcionarios sepan poner los puntos sobre las íes.

Todo esto nos lleva a la gran cuestión, que es la ignorancia generalizada sobre cuestiones ortográficas. En asuntos de puntuación, es tan importante saber que no vale cualquier cosa como ser plenamente consciente de que también entran en su campo asuntos estilísticos. Y, en ese campo, Delibes tiene el suyo (inmejorable, magistral) y otros muchos pueden proponer varias alternativas igualmente correctas. Y lo peor de todo esto es que la cultura queda para muchos en el terreno de lo inexpugnable, cuando escribir y redactar correctamente es cosa de todos. Y no sólo de Delibes (que, por cierto, lo hacía como los ángeles, con los que ahora cuenta historias).

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capoeira

La gilipollez humana no tiene límites. Bueno, sí los tiene: tiene límites en forma de cupo. A mis alumnos de “Medios de comunicación y sociedad” suelo comentarles lo peligroso que es que los temas sociales aparezcan tan frecuentemente adscritos a las páginas sobre asuntos “nacionales”. Así, los marginados pasan a engrosar el capítulo de problemas, pero no el problema de víctimas. Y las víctimas pasan a engrosar las páginas de sucesos cuando la sangre ha llegado al río (nunca mejor dicho). Por lo tanto, propongo a nuestros dirigentes que cambien los cupos por lotes. Como la palabra lote es española, ha entrado en desuso: ahora lo fetén es decir pack, así que hagamos la sandez de utilizarla con un buen fin. Propongo -decía- que la policía establezca packs de inmigrantes y se los cambie con los de la comisaría del distrito de enfrente: “Comisario Bermúdez, que tengo un pack de negro de Kenia, colombiano y pakistaní. ¿Me lo cambias por uno de ecuatoriana, ruandés y rumano?”.  A lo que Bermúdez dirá: “Joder, Mínguez, no me hagas la putada. Con lo que me ha costado atrapar al ruandés, que el muy jodido se escondía en lo oscuro”. “Bueno, Bermúdez, menos mal que estamos finos. Me acaba de llegar una remesa de búlgaro, marroquí y una polaca. ¿Hace el cambio?”. “Bueno, me lo quedo por el búlgaro, que es ropa de marca… ¿Cómo, que un búlgaro es un tipo de de Bulgaria? ¡Haberlo dicho antes!”.

Vistas así las cosas, los chinos almacenarían estos packs de inmigrantes en sus almacenes ilegales y la policía, en vez de redadas,  los compraría allí a precio de costo… digo de coste. Todos estarían tan contentos. Sobre todo Rubalcaba, que ha tenido la gentileza de aportar varios testimonios distintos, lo que es un equivalente -me temo- de tirar la piedra (o dejar que alguien la tire) y esconder la mano.

En fin. No diré lo que otros han dicho con mejores argumentos y mejor estilo. Sólo me queda por recordar una palabra de Rubalcaba durante su declaración: delicuencial. Nos hemos acostumbrado tanto a utilizar anglicismos del tipo educacional por educativo que se nos ha debido olvidar que existe la palabra delictivo… que no es sinónimo de nada, más que de sí mismo. “Empacketad”, policias, haga cupos, señor ministro. Y refresquen todos su vocabulario… y sus ideas (si es que ambas cosas no son lo mismo).

(Imagen de Junior Ribeiro)

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 Clochard

Politesse es una bonita palabra francesa que, como todas las palabras francesas que son bonitas (es decir, casi todas), es muy difícil de traducir con idéntico significado cultural. Si decimos que significa ‘educación’, ‘cortesía’ o algo parecido, estamos en lo cierto, pero no en lo profundo de su significado en el contexto vital. Como no hay otra manera de entender las palabras de otros idiomas que vivirlas, os voy a contar lo que significa politesse. Fue en esa temporadita mágica en la que tuve la suerte de estudiar en París.  Me encontraba en una parada de metro en Clichy -una ciudad dormitorio de las afueras, en la que tenía mi apartamento- y un grupo de adolescentes descerebrados se reían de un vagabundo (clochard, otra bonita palabra francesa entre las bonitas palabras francesas). Se encontraban todos en el andén de enfrente, así que podía ver todo el espectáculo a mitad de camino entre la pantalla panorámica y las luces de bambalinas -esta vez, fluorescentes- del escenario. El vagabundo se irguió en toda su majestad,  miró a los jovenzuelos con ojos penetrantes y les señaló con un dedo admonitorio. No puede decirse que estuviese encolerizado ni fuera de sí. Estaba indignado. Y les espetó: “La politesse, avant tout”. En Francia, ni un mendigo, carente de todo y lleno probablemente de etéreos efluvios de vino barato, puede admitir que se rompan las reglas de la cortesía. La educación y la cortesía, ante todo. Es lo que nos queda a los seres humanos para tener algo. Un punto de referencia. Para poder andar con el mundo con los bolsillos vacíos, pero con toda la entidad y dignidad humana llena, limpia. Egregia.

Eso ayudará, probablemente, a entender el enfado de Sarkozy en los preliminares de una intervención televisiva ante la omisión de un saludo de un técnico y una maquilladora. Y mira que me cae mal, el tío. Pero me encanta la grandeur francesa. Sobre todo, vista a la luz de los ojos ebrios de un mendigo. Porque a veces, en los idiomas, las palabras bonitas son más que palabras.

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Burla

Dos auxiliares de vuelo de la compañía aérea CityJet han sido expedientados por las bromas lanzadas al dar las instrucciones de seguridad a los pasajeros: “Rogamos que su cinturón de seguridad Gucci esté debidamente asegurado”, “Los chalecos salvavidas Chanel se encuentran debajo de sus asientos”, “Los padres que viajen con sus hijos deben, en caso de accidente, ajustarse primero su propia máscara de oxígeno antes de colocar la de sus hijos: después, pueden comenzar a ponérsela al hijo que sea de su preferencia”. Yo no sé situarme cómodamente ante estas cuestiones, porque estoy siempre a mitad de camino entre pensar que son cosas que no se deben hacer para, enseguida, quitarles importancia. No se puede negar que son bromas que muchos pueden considerar molestas, pero no es menos cierto que, entre el tedioso proceso desganado y rutinario de las necesarias instrucciones en el comienzo de los vuelos, quizá estas chispas de humor pueden relajar a los pasajeros e incluso acrecentar su atención.

Desde luego, me molesta el sentido hipertranscentente y serios del que algunos quieren siempre revestir todos los elementos de su vida. Recuerdo todavía el caso de un profesor de instituto apartado de sus funciones por insultar a sus alumnos. Que quede bien claro, desde el principio, que no justifico que se falte el respeto a nadie, pero me gustaría también haber conocido el contexto justo en el que este profesor llamaba a alguien negrito, ketama, Maripili, chinita tú chinito yo, respectivamente, a un alumno negro, uno marroquí, un alumno que mostró un ramalazo o una china. Quizás tengan razón en reprobar en este profesor un comportamiento inconveniente, pero tengo muchas dudas de que éste pueda ser tildado de xenófobo o machista.

Precisamente por eso, me parece que todas las cuestiones que giran en torno al lenguaje son una broma. ¿No será una broma lo de Aído con los miembros y miembras? ¿No será una broma que no descarte poder incluir la expresión en el diccionario, como dijo más tarde? Como todos somos muy graciosos, igual estaba gastándonos una broma a todos que, pobres ilusos, creíamos que el Diccionario académico lo hacen lo mejor que pueden, con sus aciertos y sus errores, los académicos de la RAE. Que para eso están. Seguro que sí, seguro, seguro. Porque continúan la broma de Carmen Romero cuando se dirigió a un grupo de “jóvenes y jóvenas” (gracieta que ha vuelto a proferir Elena Valenciano). Será una broma, también, el que diga que el lenguaje es sexista. El lenguaje es un código construido por una sociedad, lo cual no es ninguna broma. Y, lo mismo que la sociedad, el lenguaje evoluciona con el uso. Sí puede ser una broma que un parlamento autonómico vote si lo que se habla en la región es lengua o dialecto, como ocurrió con el valenciano. Un día podrán someter a votación la ley de gravitación universal. También puede calificarse de broma el que la lengua que hablamos en este y, afortunadamente, en otros muchos benditos países, se llame aquí, en su cuna, de manera diferente a como se la conoce en el resto del mundo (sería como si yo me llamase Raúl en España y, cuando saliese de ella y en todo documento oficial me llamase Manolo). ¿Es tan difícil, en el mundo globalizado, aceptar que hay palabras comunes? ¿Es tan complicado entender que el lenguaje lo crea la aceptación general de las personas que lo hablan?

Será una broma -imagino- que algunos afirmen que el problema del sexismo en el lenguaje se agrava por el hecho de que los académicos sean mayoritariamente varones (y siempre, con mayor o menor intención, aparece el nombre de Pérez-Reverte, defensor de la prudencia exultante y con conocimiento de causa). No es una broma, en cambio, manifestar el hecho de que las instituciones deben de incorporar a las personas que lo merecen, y aquí el machismo sí ha hecho de las suyas (una de nuestras mejores lexicógrafas, María Moliner, no tuvo el asiento que merecía). Como no es una broma, las mujeres van incorporándose en proporción superior a la de los hombres a los oficios con un acceso de valía, codos y oposición. Y es justo que así sea. Seguro que es una broma que Soledad Gallego Díaz piense que hemos dado demasiada importancia a una o o una a y que esa relevancia procede, precisamente, de un acoso machista. En efecto, debe de ser una broma. He tenido la suerte y la desgracia de impartir varios cursos de Modernización del lenguaje administrativo para los funcionarios de la Junta de Castilla y León. Y el Manual de estilo de estilo del lenguaje administrativo del antiguo MAP y los consejos y consejas del Instituto de la Mujer al respecto eran una de esas bromas que te hacen despertar sobresaltado por las noches.

La violencia, la discriminación, la sociedad patriarcalizada no son ninguna broma. El lenguaje tampoco lo es. Ahora sí, sirve para hacer gracias. Algunas de ellas, con consecuencias muy graciosas. Si no, que se lo digan a los auxiliares de vuelo de CityJet. Eso les pasa por gastar bromas (bueno, está bien, basta de bromas: bromos).

(Imagen de mirkillo)

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